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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 154 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Eran altos y esbeltos, de hombros anchos. Su sola presencia exterior rezumaba una distinción tan noble que bien se les habría tomado por aristócratas de alta cuna. Sin embargo, más que cualquier otro rasgo, lo que acaparaba las miradas de los presentes eran sus orejas. Aquellas orejas largas y puntiagudas, imposibles de encontrar en un ser humano, revelaban a las claras la estirpe a la que pertenecían. "Da la impresión de que acaban de librar una guerra hace muy poco." "Tanto los rastros de sangre como el hollín esparcidos por doquier parecen recientes." "Lord Baradis... ¿En verdad habrá algún vestigio del Árbol del Mundo Madre en un lugar como este?" Aunque semejaban simples murmullos, su pronunciación y cadencia se distinguían con cristalina nitidez. Los guardias contemplaban con asombro aquella lengua de los elfos jamás escuchada por sus oídos; sin embargo, las palabras que aquellos seres intercambiaban no eran más que una funesta primera impresión sobre Deomar. "... El caballero Vlad lo dijo. Aseguró que los recuerdos del Árbol del Mundo Madre fueron traídos desde esta misma ciudad." A pesar de los recelos e informes desfavorables de sus montaraces, Baradis decidió confiar. Al fin y al cabo, Vlad le había asegurado con certeza que los recuerdos del Árbol del Mundo Madre habían comenzado allí, en aquel enclave llamado Deomar de la Casa Heinal. Tratándose de cualquier otro humano cabría dudar, pero la palabra de Vlad, quien había protegido al joven Árbol del Mundo, era digna de toda fe. "Lamento haberlos hecho esperar. La señora feudal acaba de conceder la autorización para su entrada." Entre las miradas de los humanos, resonó en voz baja la lengua élfica. Duncan, aproximándose a aquella palpable frontera donde ambos mundos convergían, habló con una amplia sonrisa dibujada en el rostro. Había sido una visita intempestiva, pero se trataba a todas luces de huéspedes ilustres; no existía motivo alguno para no brindarles la más cálida hospitalidad. "Adelante, por favor. Yo mismo los guiaré." Cabía preguntarse si aquel hombre era consciente de su propio acto: se acababa de convertir en la primera persona en toda la historia del imperio en franquearles las puertas a los elfos. Bajo la orden de Duncan, el portón de la muralla, que a simple vista pedía a gritos un reemplazo, comenzó a abrirse poco a poco. Aunque crujía con desgarbo debido a su humilde y desgastada estructura, el movimiento de las puertas de Deomar encerraba un significado de inmenso calibre. "... Tenía razón, después de todo." La ciudad de Deomar comenzaba a abrirse de par en par ante los elfos. Al contemplar por primera vez en sus vidas una urbe de los hombres, las miradas de los montaraces cobraron un brillo singular. Por descontado, aquella ciudad humana rebosaba de elementos ajenos e inquietantes, pero el aroma del aire que vagaba por sus calles traía consigo una misteriosa familiaridad que, de algún modo, evocaba los bosques de Ausrina. ¿Y de dónde nacía semejante familiaridad? De la mansión blanca de Deomar. Y por encima de ella, asomando apenas la cabeza sobre la colina, la Serpiente Blanca. Pese a la distancia, la criatura se divisaba con claridad y parecía contemplar a los elfos con expresión de perplejidad. "Sean bienvenidos a Deomar, nobles elfos." Baradis asintió con un leve movimiento de cabeza al escuchar las palabras de Duncan. Era la primera vez que se adentraban en una ciudad de los humanos. Aunque la extrañeza del lugar despertaba en ellos una cautela extrema, resultaba indiscutible que Deomar les daba la bienvenida. Tan acogedora como aquella cola blanca que no cesaba de ondular hacia los elfos al reconocer su presencia. \* \* \* En las sombras que anidaban en la ciudad se ocultaba una vieja taberna. Apoyado contra la penumbra que se cernía entre los muros del tugurio, un hombre cubierto de cicatrices asintió al ver aproximarse a Vlad desde la lejanía. "Agradezco que hayas venido, Marcus." "Ahora me llamo Poznan." "... ¿No te confundes tú mismo de tanto cambiarte de nombre?" Ante la réplica burlona de Vlad, el hombre que ahora respondía por Poznan se limitó a esbozar una sonrisa gélida. "Con esto queda saldada la deuda por la ayuda de aquella vez." "De acuerdo. No volveré a sacar a relucir lo que ocurrió con Charl." Al ver a Vlad encogerse de hombros con aire despreocupado, Poznan se limitó a desviar la mirada. Era un muchacho insolente y audaz que se había atrevido a plantearle un trato al mismísimo líder de la red encubierta. Ni siquiera los dos herederos de la sangre de Bayezid osarían tratarlo con semejante desparpajo. "Dale un buen uso y devuélvelo." "Entendido, Marcus." Vlad se guardó en el pecho el cuervo que Marcus le entregó y, sin inmutarse lo más mínimo, avanzó a zancadas hacia el interior de la taberna que tenía enfrente. Su porte rezumaba una absoluta indiferencia, como si le tuviera sin cuidado lo que pudiera aguardarle tras la puerta. "Tal como decían los rumores, es un tipo que jamás hace caso a nadie." Le había advertido que se llamaba Poznan, y aun así Vlad se obstinaba en llamarlo Marcus. Aquel hombre sin nombre no tuvo más remedio que admitir que, con la misma terquedad que caracterizaba a aquel joven caballero, él seguiría siendo recordado como Marcus durante mucho tiempo. 'Aunque hay que reconocer que el nombre de Marcus sonaba bien.' En los labios de aquel hombre que jamás debía ser recordado, asomaba ya un largo cigarrillo humeante. \* \* \* Sobre la jarra que el tabernero le servía se reflejaba un limpio y resplandeciente tono dorado. Era cerveza, la especialidad de las tierras del oeste y el orgullo supremo de aquel establecimiento. Al contemplar una bebida que jamás en su vida había visto, la lengua de Vlad humedeció sus labios secos. El olfato del antiguo vendedor de velas que había trabajado en La Sonrisa de la Rosa se lo decía con certeza: aquel licor sobre el que flotaba una espesa espuma blanca debía tener un sabor formidable. "¿Dices enanos?" "Así es. Enanos. Esos tipos bajos y robustos." Aunque sus ojos no se apartaban ni un instante de la cerveza, la palma abierta de Vlad señalaba la altura de su propia cintura. Al ver el ademán con el que indicaba la estatura de tales seres, el tabernero ladeó la cabeza con perplejidad. "¿Y a qué viene preguntar por los enanos de pronto...?" "He oído que por aquí se compran y se venden. Me refiero a los enanos." Ante aquellas palabras soltadas con absoluta indiferencia, el aire del lugar se congeló al instante. El tabernero, que hasta hacía un momento exhibía un semblante desconcertado; el sirviente que transportaba los platos; e incluso los parroquianos que yacían desplomados sobre las mesas simulando estar ebrios. Todos, sin excepción, clavaron la mirada en Vlad con unos ojos completamente distintos a los de antes. "He venido sabiendo todo lo que se cuece aquí. Así que ahorrémonos los rodeos." Sin embargo, a pesar de que todas las miradas convergían sobre él cargadas de hostilidad, Vlad se limitó a sostener su jarra con calma. Era un caballero de Bayezid engendrado en las tinieblas de los bajos fondos. En los ojos de Vlad, quien sostenía la jarra de cerveza con pasmosa serenidad, ardía una densa advertencia que solo aquellos de su misma calaña eran capaces de reconocer. "A partir de ahora, yo voy a preguntar y ustedes se limitarán a responder." "No creo que sea una pregunta tan difícil". Ante la imponente presencia que desprendía Vlad, incluso aquel tratante de esclavos curtido en mil batallas era incapaz de disimular la tensión. Emanaba el aire de una figura formidable que contrastaba radicalmente con su aspecto juvenil. La existencia de Vlad se había transformado en un mundo demasiado vasto y colosal como para que los oscuros callejones pudieran contenerlo. "He venido porque escuché que en este almacén tienen enanos encerrados". Aun cuando a Vlad le habían concedido un permiso de descanso, había acudido hasta allí para concluir con su deber. Era un caballero de Bayezid, pero, por encima de todo, el caballero de Josef. Tras dejar atrás Deomar y alcanzar Nassau, Vlad había recibido una pequeña misión de su señor, postrado en cama por la enfermedad, y se había desplazado hasta aquel rincón. "No comprendo en absoluto de qué me está habla... ¡Aaaaargh!" "Por lo común suelo empezar por los dedos, pero ahora ando un poco corto de tiempo. Así que iremos directo a la muñeca". A espaldas de aquella voz que hablaba con pasmosa indiferencia, una muñeca salió volando por los aires. Abrumado por el punzante dolor que le sobrevino con retraso, el tratante de esclavos, disfrazado de tabernero, se desgañitó en alaridos; no obstante, los hombres de su banda eran incapaces de abalanzarse contra Vlad. "Quisiera hacerte saber que, tras la mano que te queda, lo siguiente será el pescuezo. Ese es el estilo de Shoara". Los ojos azules que brillaban tras su semblante plácidamente sonriente resultaban siniestros. Aferrándose como podía al muñón ensangrentado de su muñeca cercenada, el tratante de esclavos solo entonces logró discernir la identidad del hombre erguido ante él. "¡V-Vlad de Shoara...! ¡El Ojos Azules...!" "... Ja. ¿A qué viene eso de 'Ojos Azules'? En serio". En el norte pronunciaban su nombre con reverencia y orgullo; en el oeste, con pavor. "Así que, los enanos. ¿Están aquí o no?" Tan divergente como la mirada de quien lo contemplase, el nombre de Vlad se propagaba a lo largo del continente albergando connotaciones enteramente opuestas. ※※※※ La razón por la cual la caballería del oeste era tan célebre. Nadie podía negar la magnificencia de sus corceles ni la excelencia de su equitación, pero el motivo primordial radicaba en las armas ligeras y resistentes que blandían. Flechas que alcanzaban mayor distancia. Escudos y armaduras más sólidos. Disparidades sutiles en el armamento que, en el campo de batalla, marcaban una diferencia decisiva. Todo aquello era expoliado a expensas de la sangre y el sudor de los enanos. Por esa misma razón, tal como con los que yacían ahora entre rejas, en las tierras del oeste su tráfico se desenvolvía con intensa actividad. "..." Aquel varón entre los barrotes tenía la barba, el orgullo indiscutible de su raza, trasquilada de manera atroz. Los músculos que se dibujaban sobre su enjuto y demacrado torso ofrecían un aspecto desolador. Las cicatrices de latigazos grabadas a lo largo de su espalda daban fe del trato que había recibido hasta entonces. \*Clang.\* Cuando el estruendo de un pesado cerrojo descendió desde lo alto, se hizo perceptible la respiración ahogada y tensa de los jóvenes cautivos. Una mazmorra subterránea en penumbras y cadenas de hierro que aprisionaban firmemente pies y manos. Los innumerables suplicios padecidos en aquel encierro bastaban para doblegar incluso el espíritu indómito que corría por la sangre de los enanos. "A ver, veamos... ¿Vulcaru? ¿Vulcano?" "... Vulcano". Junto al crujido de los tablones de madera, descendió un hombre. Aunque aún era de día, del joven ya emanaba un picante tufillo a cerveza. Su sonrisa socarrona y su porte pendenciero denotaban que, al igual que el rubio pajizo de sus cabellos, era una mala hierba podrida desde la raíz. En verdad, merodear en busca de esclavos a una edad tan tierna revelaba un material idóneo para corromperse con holgura. "Mmm, mmm, bien. Vulcano. De acuerdo". "¿...?" No obstante, en cuanto aquel joven rubio se aproximó, Vulcano logró percibir un olor cobrizo que se ocultaba tras el vaho de la cerveza. Era olor a sangre. Y no la sangre de una o dos personas, sino una fragancia densa e inconfundible que no se impregnaba con facilidad. "Aquí de verdad no hay más que enanos. Con razón decían que era un mercader especializado en ellos". Tal como rezaban los informes de Marcus, las jaulas de hierro apiladas cual cajones rebosaban de enanos. Seres enclaustrados en cubículos tan diminutos que no podían estirar debidamente las extremidades. Al distinguir entre ellos a varios niños enanos, Vlad se limitó a inclinar en silencio la jarra de cerveza que sostenía. "... Aceptaré su propuesta. Si dejan marchar a los niños que están aquí, cooperaré en la forja de armas...". "Los liberaré a todos". El primer trago entraba fresco y descendía suave por la garganta. Sin duda era un brebaje mucho más barato que el whisky, pero Vlad sintió que bien podría dejarse cautivar por aquella bebida que saboreaba por primera vez. "¿Qué?" "Pero tengo una condición, Vulcano". Tras arrastrar una silla cercana, Vlad arrojó la jarra de cerveza a un lado y fijó la mirada en los ojos de aquel enano. Por fin los había encontrado. A los enanos. "Soy Vlad de Shoara. Un caballero al servicio de milord Josef Bayezid, segundo hijo de la Casa Bayezid". El estrépito de la jarra al hacerse añicos contra el suelo resonó con fuerza en el sótano. Y en la mano de Vlad relució un manojo de llaves manchadas de sangre fresca. Una propuesta y una elección. De los labios de Vlad fluyeron las palabras encomendadas por Josef: "Él desea forjar lazos con el Frente de Liberación Enano". Una mazmorra subterránea en la que parecía no entrar siquiera una brizna de aire fresco. Allí, deslizándose a través de los barrotes apenas entreabiertos, se hallaban una carta y un cuervo. "Si juras que traerás la respuesta a esta misiva, todos los enanos aquí presentes obtendrán su libertad". Los enanos prisioneros en rejas agobiantemente angostas y un Josef atrapado desde su nacimiento en un cuerpo enfermizo. Ambos, plantados en su precaria estampa, requerían una salida hacia un mundo más vasto siquiera para sobrevivir. "Y esto es tan solo una pregunta que se me ocurre". El primer trago, colmado de sentido del deber, había sido por Josef. Y el siguiente, imbuido del fulgor dorado sumergido en su interior, era por la voz. Al contemplar a Vulcano, desconcertado ante aquella repentina proposición, Vlad decidió plantear otra interrogante que había guardado en su pecho. "Por casualidad, ¿existe en esa isla donde habitan alguna leyenda ligada a un Maestro de la Espada?" Vlad no lo había olvidado. Aquel pacto sellado tiempo atrás en el que prometió devolverle su nombre. Los vestigios acerca del Maestro de la Espada que señalaban en la aldea de los elfos apuntaban, sin lugar a dudas, hacia el oeste donde residían los enanos. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 154

Estás leyendo el capítulo 154 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.