Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 153 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
La luz del sol, al filtrarse a través de las vidrieras policromadas, teñía el níveo corredor con una miríada de tonalidades. Aunque el viento impregnado con el hálito del otoño resultaba fresco y reconfortante, los rostros de los dos hombres que recibían aquel ambiente permanecían rígidamente adustos.
La capital imperial, Brigantes. En el corazón mismo de aquella gloriosa urbe, dos hombres caminaban por el interior de un inmaculado edificio blanco.
"Aun así, este no es el momento oportuno, obispo Pierre".
Ambos vestían hábitos talares de color carmesí. No obstante, si se observaba con detenimiento, resultaba evidente que el color del alzacuello que rodeaba sus gargantas era distinto.
"El consistorio de cardenales que se celebrará en esta ocasión no es una asamblea en la que se pueda someter a debate semejante propuesta formulada por ti".
"Pero, Eminencia".
Al contemplar al cardenal Eduard, quien hablaba con rotunda firmeza sin siquiera dignarse a mirarlo, Pierre intuyó de inmediato que el asunto no sería nada sencillo.
"Yo también lo sé muy bien. Sé que esta asamblea se ha convocado debido a la doctrina herética esgrimida por la Alianza del Norte. Sin embargo...".
A pesar de todo, aquellas palabras debían ser transmitidas sin falta.
El obispo Pierre había acudido a la baronía Utman tras seguir el rastro de la perversa presencia que se cernía sobre el norte. No obstante, lo que lo aguardaba allí no fue una honorable cruzada, sino tan solo un combate sospechoso y empañado por toda clase de dudas.
"Lo ocurrido en la baronía Utman fue palpablemente distinto a todas las cruzadas que he presenciado hasta la fecha".
Se trataba de un ejército alzado en pos de los designios sagrados, pero, incluso al plantarse frente a las tinieblas, sus comandantes mantuvieron una pasividad exasperante. Aquellas fuerzas centrales, que ni siquiera se inmutaron ante sus amenazas y súplicas, solo se pusieron en marcha tras recibir la noticia de que el Duque de Acero del norte se aproximaba a paso firme.
Su conducta, semejante a la de quien aguardaba con paciencia a que el norte colapsara por no poder resistir más, resultó más que suficiente para sembrar la semilla de la sospecha en el pecho de Pierre.
"A todas luces, la conducta de Dragulia es turbia, Eminencia".
"¡Chist!".
Sobresaltado por las palabras de Pierre, Eduard lo empujó con celeridad contra la pared. Aunque Pierre era un hombre de estatura notablemente espigada, no pudo oponer resistencia ante el apremiante empellón del corpulento cardenal.
"...¿Acaso no te he advertido siempre lo mismo? Incluso al perseguir la voluntad divina, los ojos y los oídos deben mantenerse permanentemente atentos al entorno".
Ante aquel siseo apremiante del cardenal, Pierre se limitó a asentir en silencio.
Dragulia era una de las cuatro únicas casas ducales de todo el imperio. Al escuchar una acusación tan flagrante y abierta contra semejante estirpe, incluso un cardenal de la jerarquía de Eduard no podía evitar palidecer ante el desconcierto y el peligro.
"Valoro en gran medida tu devoción, pero te ruego que consideres al menos cómo se mueven las cosas a tu alrededor".
"...Le pido disculpas, Eminencia".
Aunque la Santa Sede obedecía los designios divinos, al hallarse en medio de los mortales, le resultaba imposible aislarse por completo del mundo secular. Dado que entre los propios cardenales debía de haber hombres que contaban con el respaldo de Dragulia, la franqueza desmedida del obispo Pierre entrañaba un riesgo indiscutible.
"Tus palabras tienen cierta lógica, pero primero concluyamos los asuntos del norte y luego lo meditaremos con calma. Una Iglesia Ortodoxa del Norte... Menudo desvarío tan monstruoso".
Eduard, con un gesto que revelaba una incomodidad palpable, extrajo un pañuelo de entre sus hábitos y comenzó a secarse el sudor de la frente. El informe presentado por Pierre resultaba ciertamente inquietante, mas en ese instante, la Santa Sede afrontaba una amenaza tangible que exigía una respuesta inmediata.
"En cualquier caso, permanece en silencio y mantén la calma aquí hasta que todo este asunto concluya. Puesto que ahora, de todos modos, no podrás regresar a Shoara".
"...Comprendo".
Pierre se mordió los labios con fuerza al observar cómo Eduard se alejaba meneando la cabeza, abrumado por la pesadumbre.
Tal como temía, la naturaleza humana los obligaba a reaccionar con mayor apremio ante una amenaza visible antes que ante una oscuridad oculta entre las sombras.
"...'Y la luz resplandece en las tinieblas, mas las tinieblas no prevalecieron contra ella'".
Al quedar completamente solo en medio del pasillo tras la partida de Eduard, el obispo Pierre se consoló a sí mismo recitando la oración en un susurro apagado.
Una oscuridad siniestra que ciertamente había visto con sus propios ojos, pero ante la cual no podía hacer nada. Por si fuera poco, esa ponzoña se ocultaba al amparo del ilustre nombre de Dragulia.
"Señor, ¿qué debería hacer?".
Aunque la luz que se derramaba a través de las ventanas era radiante, Pierre sentía como si aún estuviera extraviado en la penumbra más densa. El devoto inquisidor, que jamás se había desviado de los mandatos celestiales, solo anhelaba que, una vez más, la gracia divina descendiera para posarse sobre sus hombros.
\* \* \*
En circunstancias normales, el puerto de Nassau habría rebosado de una multitud bulliciosa. Sin embargo, sumido en un silencio sepulcral y desprovisto de un solo transeúnte debido a la repentina irrupción de las tropas de Bayezid, el muelle despertaba en Vlad una extraña melancolía.
"Salí aquí afuera para nada".
Una sensación insalvable de abatimiento, junto a un vacío que parecía horadarle el pecho. Incluso cuando intentaba serenar su mente por la fuerza, la evocación imprevista de la figura de Godin que surgía a intervalos irregulares todavía lo teñía con una lúgubre tonalidad azulada.
"Oye, tú, el ojos azules de Shoara que está ahí plantado".
Una voz lo arrancó de golpe de sus pensamientos mientras contemplaba el mar extendido ante sus ojos.
"...Lord Rutger".
Un hombre de cabellos azabache se aproximaba con paso firme hacia el muelle. Era Rutger Bayezid, el heredero y legítimo orgullo de la Casa Bayezid.
"Qué descaro el tuyo. Con todos corriendo de un lado a otro como condenados, ¿qué haces tú aquí solo?".
"Le ruego que me disculpe".
A decir verdad, aquellos cabellos dorados y las crines negras que destacaban en soledad sobre el muelle azulado eran colores que difícilmente pasarían inadvertidos. Al contemplar a Vlad y a Noir, quienes giraron para mirarlo al unísono con un movimiento sincronizado como si compartieran un mismo cuerpo, Rutger no pudo reprimir una leve sonrisa.
"Si quieres esconderte en alguna parte, te convendría empezar por cubrirte la cabeza".
Rutger alzó una mano y se señaló la coronilla con un gesto teñido de socarronería.
A todas luces, el hecho de que Rutger hubiera salido a buscar a Vlad obedecía al propósito de brindarle un consuelo a su manera. Al ser él mismo un caballero, comprendía a la perfección el abatimiento de Vlad, y al haber estado presente en el mismo sitio, era plenamente capaz de empatizar con su dolor.
"De un modo u otro, le pusiste un final al asunto, así que basta con eso. Te desempeñaste de manera admirable".
"......".
Las palabras que Rutger deseaba transmitirle a Vlad no eran otras que un sincero reconocimiento: lo había hecho bien. Aunque el duelo hubiera hallado una resolución tan vacía y desoladora, la férrea determinación de Vlad por sellar aquel destino con sus propias manos había sido un testimonio visible para todos los presentes.
Rutger, que se había acercado acariciando el lomo de Noir, le tendió a Vlad un collar desconocido.
"¿Qué es esto?".
"¿Acaso no lo ves? Es el emblema de la Iglesia".
"Para ser el emblema de la Iglesia... su diseño es un tanto extraño".
Lo que descansaba en la mano de Rutger era indudablemente el distintivo eclesiástico; sin embargo, en su parte inferior llevaba grabada una línea horizontal adicional.
Un detalle insólito grabado en el corazón de un símbolo familiar.
Al ver a Vlad levantar la mirada en muda demanda de una explicación, Rutger abrió la boca para hablar.
"Es el emblema de la recién nacida Iglesia Ortodoxa del Norte".
La voluntad divina era una sola, mas las interpretaciones al respecto se contaban por miríadas. La exégesis de los dogmas sin duda había constituido un constante dolor de cabeza para el clero al suscitar innumerables disputas; no obstante, la Alianza del Norte y la archidiócesis norteña de San Rozino habían resuelto aprovechar aquella controversia en su favor. Para sostenerse erguido por cuenta propia, era imperativo forjar una identidad exclusiva, sin importar el mundo en que uno se encontrase.
"Yo solo confío en las palabras del sacerdote Andrea".
"Él también pertenece ahora a la Iglesia Ortodoxa del Norte".
"Entonces este emblema es el correcto".
De cualquier modo, la forma del emblema carecía de importancia para Vlad. A fin de cuentas, para él, la senda más cercana hacia Dios no era otra que el sacerdote Andrea.
Aquel hombre le había otorgado un nombre con el que grabarse en el mundo a él, que en el pasado no había sido más que un desarrapado rodando por el fango de los callejones. Hasta que lo conoció, nadie se había dignado a transmitirle la palabra divina a un muchacho de los bajos fondos.
"Por cierto, ¿qué piensas hacer? ¿Seguirás viniendo con nosotros?".
"¿Cómo?".
Vlad no pudo evitar abrir los ojos con sorpresa al ver a Rutger preguntarle a quemarropa si pensaba continuar marchando tras ellos.
"Este avance no concluirá en Nassau. Aunque, por supuesto, sería imposible ocupar todo el oeste".
Tal como decía Rutger, el ejército de Bayezid no albergaba intención alguna de detenerse allí, en Nassau. Peter ya había seleccionado con antelación ciertos territorios estratégicos que debían anexarse sin falta en esta contienda, un dominio que se extendía a lo largo de tres baronías situadas en el oeste.
"Después de todo, las cuentas solo saldrán cuadradas si nos apoderamos al menos de esos enclaves".
Gaidar había dado inicio a la guerra, pero Bayezid se encargaría de ponerle fin. Los señores feudales del oeste que habían secundado al usurpador tendrían que pagar un amargo precio por su osadía.
"Pero entonces, ¿por qué me pregunta si voy a...?".
"Si deseas regresar, te permitiré marcharte".
Aunque corrían tiempos en que cada caballero resultaba invaluable, Peter y Rutger prestaban suma atención al estado anímico de Vlad. Todavía no alcanzaba la mayoría de edad y, además, acababa de atravesar circunstancias de sobra suficientes para sacudir su templanza; se hallaba en un punto donde requería sosiego y cuidado.
"Josef también está postrado en cama. Supongo que le vendría bien tener a su lado a alguien entero y en plenas facultades para asistirlo".
"......".
A pesar de que lo expresaba con rodeos, Vlad fue capaz de discernir la verdadera intención oculta tras las palabras de Rutger:
'Sería mejor que descanses un poco. Tu estado actual dista de ser bueno'.
"……Parece que regresaré a Shoara después de tanto tiempo".
"Así es. Aprovecha esta ocasión para descansar".
Sintió el impulso de objetar algo ante aquel descanso forzoso, pero Vlad ya no era el niño de antaño que se limitaba a montar en cólera. Se había transformado en un caballero capaz de examinarse a sí mismo y sopesar con serenidad su propia condición.
"El mar…… Era agradable".
"¿Ah, sí?".
Ya no estaba en las alturas la luna a la que solía contemplar, por lo que resultaba natural tener que encarar de frente la inmensidad del mar azul. Aquel mar parecía susurrarle algo: que ya no era el momento de ascender, sino de ensancharse.
'Me gustaría escucharla una vez más, tras tanto tiempo'.
Aunque nadie se lo hubiera enseñado, Vlad decidió prestar oídos a la resonancia que vibraba en silencio dentro de su propio mundo. El palpitar de aquel eco albergaba una familiaridad tal que evocaba con nitidez una voz en su memoria.
※※※※
En Deomar, una tierra que aún gemía bajo los estragos de la guerra, los informes que no dejaban de llegar continuaban oprimiendo sin tregua los nervios de Alicia.
"……Al final, no ha sido más que cederle el campo de batalla a Bayezid".
Habían resultado aliados formidables, pero, a la hora de la verdad, las cicatrices pertenecían exclusivamente a Deomar. Dado que habían sobrevivido a la guerra, consiguieron al menos salvaguardar la continuidad del linaje; no obstante, a partir de ese instante era el turno de padecer entre llagas purulentas.
"¿Habrá sido premeditado?".
"……Incluso si así fuera, fue una decisión ineludible. Es muy probable que el anterior señor de la casa hubiera actuado de la misma forma".
Mientras Bayezid continuaba recorriendo el oeste a paso firme para cosechar los despojos de la victoria, Heinal se limitaba a permanecer inmóvil, recuperando apenas el aliento. Alicia no podía permitirse desahogar su indignación ni siquiera al contemplar la atroz postración en la que yacía Deomar.
"Al final, en los únicos en quienes podemos confiar es en nosotros mismos".
Por carecer de poder eran desdeñados, y al no ser capaces de sostenerse sobre sus propios pies no les quedaba más opción que apoyarse en otros. Ante Alicia, forzada a sobrellevar en soledad tan asfixiante realidad, aguardaban todavía incontables tribulaciones en el porvenir.
"Tendré que asistir a la asamblea".
Frente a Alicia, quien no había tenido más remedio que inclinar la cabeza bajo el abrumador peso que la doblegaba, reposaba una invitación de refinado diseño arcaico. Al fijar la vista en aquella esquela, los ojos color agua marina de la joven comenzaron a encenderse con un fulgor que contrastaba de forma singular con su tono límpido.
"Nosotros tampoco podemos pasarnos la vida cultivando únicamente limones".
"......".
Hacían falta tropas, hacían falta caballeros y se requería una fuerza marcial que nadie osara despreciar. Y lo único capaz de hacer posible todo aquello no era sino el brillo de las monedas de oro. Aunque solo fuera por el bien de los vasallos de Deomar, que en ese instante languidecían sumidos en el sufrimiento, Alicia estaba obligada a abrirse paso hacia una nueva senda a través de la Gran Asamblea del Norte.
"……Ahora que lo pienso, partió con tanta prisa que ni siquiera pude despedirme como es debido".
En ese instante, a través del ventanal se vislumbraba el árbol de Heinal. Bajo aquel tronco centenario, cuya soledad ahora resultaba aún más desoladora a la vista, ya no se hallaba la silueta del caballero que siempre le había brindado sosiego.
'Habría sido tan reconfortante si él estuviera aquí en un momento como este'.
"¡Mi señora! ¡Mi señora!".
Justo cuando Alicia afianzaba su determinación en silencio con la mirada puesta en el árbol que se recortaba al otro lado del cristal, la puerta del despacho se abrió de golpe con estrépito al compás del grito desesperado de alguien.
"¡Ahora mismo afuera, afuera……!".
"¿Qué significa este alboroto?".
Sir Duncan no pudo ocultar su desconcierto al observar al mayordomo que, doblado por la cintura, jadeaba sin resuello frente a él. Era el leal mayordomo de Heinal, un servidor de dilatada trayectoria. Tan veterano como el propio caballero, aquel hombre solía asistir a Alicia con un temple inalterable; sin embargo, su semblante en ese momento distaba por completo de la compostura habitual.
"¿Afuera? ¿Qué ocurre?".
"Lady Alicia……".
Ante la insólita agitación del mayordomo, hasta la propia Alicia adoptó una expresión de tensa zozobra. No obstante, no era una noticia funesta lo que había empujado al anciano a buscarla con semejante premura.
"En este momento…… hay unos huéspedes esperando afuera".
"¿Huéspedes?".
Al contemplar al mayordomo, que apenas lograba recuperar el aliento, a Alicia le pareció percibir, por alguna extraña razón, una brisa fresca y familiar que soplaba a espaldas del anciano.
"Son elfos. Afirman que desean tener audiencia con la señora del feudo".
"……¿Qué?".
La misiva de los elfos que había traído consigo su caballero, quien en esos momentos ya no se encontraba en aquellas tierras. El aire que soplaba ahora traía consigo una sensación idéntica a la brisa que en su día pareciera emanar del interior de aquella carta.
"¿Elfos? ¿Ha dicho elfos?".
Huéspedes llegados desde confines remotos. Decían provenir de Ausrina, en el lejano extremo oriental.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 154
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 153
Estás leyendo el capítulo 153 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.