Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 152 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
"Perdóneme, padre."
Tras el hombre que inclinaba profundamente la cabeza, languidecía el crepúsculo de la jornada.
Un ocaso carmesí, una cabellera bermeja inclinada y los vendajes empapados en sangre que envolvían las manos del guerrero.
Radu, que había regresado cargando en su propia carne la severa advertencia enviada desde el norte, no hallaba sosiego ni sabía dónde ocultar su vergüenza.
"Era... inevitable, supongo. Lo comprendo."
Una voz fatigada llegó desde entre las densas sombras que arrojaba el ocaso.
Al escuchar aquella respiración entrecortada, semejante a un quejido, Radu alzó la cabeza con cautela.
"El Duque de Acero de esta generación... tampoco resultó ser un hombre fácil de tratar."
Al final de la mirada de Radu se encontraba un anciano que se ponía en pie con dificultad, aferrado a un bastón.
Un anciano que descendía las escaleras pisoteando el sol agonizante de la tarde.
Sus pasos vacilantes hollaban con lentitud la mullida alfombra mientras bajaba hacia Radu.
"Aun así, es una lástima, hijo mío."
"..."
En contraste con sus pasos tambaleantes, el anciano, que había descendido a grandes zancadas sin que nadie lo notara, abrazó a su vástago en un gesto de consuelo; sin embargo, Radu, sostenido contra su pecho, se puso completamente tenso.
"Después de haber recibido semejante hospitalidad en el norte, al menos debiste haberles devuelto una parte."
"Lo... lo lamento tanto, padre."
Era una voz clara y firme, muy distinta del tono extenuado de hacía unos instantes.
Aquel hombre de aspecto maduro contemplaba la mano izquierda teñida de escarlata de Radu, mesándose la áspera barba como si algo no fuera de su agrado.
"Es una estampa demasiado miserable para quien hereda la sangre del dragón."
Derrota, deshonra y, por añadidura, un insolente desafío dirigido contra su propia persona.
Al contemplar a su hijo, que había llegado hasta allí cubierto de toda clase de inmundicias, el duque Sarnus, el Duque de la Sangre de Dragón, se limitó a apretar con firmeza los labios.
"Has hecho un esfuerzo en venir. Retírate a descansar."
"... Sí, padre."
En aquel sombrío salón donde solo permanecían ellos dos, una luz desprendida por múltiples velas colmó la estancia sin que nadie las encendiera.
Bajo la lumbre que vacilaba de un lado a otro mecía por el viento, se revelaba el rostro rejuvenecido de su padre.
Radu, al contemplar el semblante del Duque de la Sangre de Dragón parcialmente velado por las sombras, volvió a inclinar la cabeza.
"... Mircea."
"Sí, padre."
En el lugar que Radu acababa de abandonar cabizbajo, ante el llamado de Sarnus, una silueta alzó lentamente la cabeza desde aquel espacio que parecía desierto.
"Me temo que ese muchacho solo llega hasta aquí."
"... ¿Así lo cree?"
Mircea, que compartía unos rasgos idénticos a los de su progenitor, comprendió al instante a qué se refería el duque Sarnus.
"Por más tiempo que cuelgue de la rama un fruto incapaz de madurar, no hará más que pudrirse."
Un hombre que comparaba al hijo de su propia sangre con un fruto en descomposición.
A diferencia de Radu, Mircea, dotado de la facultad de horadar las tinieblas con la mirada, distinguía con nitidez la expresión que dibujaba el rostro de su padre en ese instante.
"Sea como fuere, me pregunto hasta dónde llegará a crecer este otro vástago."
La mano del Duque de la Sangre de Dragón, que en un parpadeo se había tornado tersa y desprovista de arrugas, posó con parsimonia el bastón que ya no requería.
"Pues incluso para mí es la primera vez que siembro una posibilidad en el fango."
Por todos los rincones del salón en penumbra, allí donde los rayos del sol jamás alcanzaban, se encendían las velas.
Las trémulas oscilaciones que desprendían iluminaban las pupilas azules del dragón más antiguo.
\*\*\*
En las murallas de Deomar, donde la contienda había tocado a su fin, todavía persistía una densa costra de tizne renegrido.
Junto a las cenizas a medio consumir, aún manchaban los rincones de Deomar incontables salpicaduras de sangre.
Y los llantos que de cuando en cuando quebraban el aire revelaban que la urbe continuaba gimiendo bajo las heridas de la guerra.
"Cof, cof."
Aunque habían alcanzado la victoria militar, lo único que pervivía en aquel lugar era una irremediable pesadumbre.
En aquella ciudad atestada de cadáveres y lamentos de los heridos, Josef permanecía recostado en silencio sobre su lecho, contemplando el exterior a través de la ventana.
"... Nada ha cambiado en absoluto."
El frágil cuerpo de Josef al final no había soportado los estragos del encarnizado asedio.
Bien podría haber considerado un consuelo haberse desplomado únicamente tras cumplir con creces el deber encomendado; sin embargo, en la mirada que clavaba hacia el oeste ardía un resentimiento difícil de apaciguar.
Desde su más tierna infancia hasta el presente, aquel maldito caparazón de carne jamás había dejado de encadenarle los pasos.
"¿Habrán alcanzado ya Nassau a estas alturas?"
"Es lo más probable. Los señores feudales de las inmediaciones no disponen de fuerzas bastantes para contenernos."
A su lado, Sir Zayar, como si comprendiera el pesar de Josef, se acarició en silencio el parche del ojo mientras miraba a través del ventanal.
Tal como afirmaba Zayar, las huestes de Bayezid debían de hallarse en ese mismo instante marchando imparables hacia el oeste.
La batalla había terminado, pero la guerra no hacía más que comenzar, y la Casa Bayezid gozaba de pleno derecho para cobrar el tributo debido a aquellos señores occidentales que se habían atrevido a desenfundar sus aceros primero.
"... Ya veo. ¿Vlad sigue desanimado?"
No obstante, a diferencia de quienes marchaban hacia adelante, a los que permanecían rezagados les correspondía encarar las heridas acumuladas hasta el momento.
Entre choques tan virulentos era inevitable que brotaran cicatrices, y a Josef, retenido allí contra su voluntad, le atañía el deber de velar por tales heridas.
"¿Es su primera derrota?"
"Oficialmente, así es."
Al escuchar la confirmación de Zayar, a Josef se le escapó una risa seca.
"Pensar que el rival de su primera derrota ha sido Godin de Gaidar..."
Aunque su estado actual era desalentador, todavía tenía motivos para esbozar una tenue sonrisa.
Pese a que todo parecía lúgubre en Deomar, un pequeño vestigio de gloria aún se demoraba en la ciudad.
"¿Debería decir que fue una derrota honrosa? Con el peso que acarrea el nombre de Godin, nadie en ningún rincón del mundo osará mirarlo por encima del hombro."
"No perdió la vida, lo cual es ya de por sí una bendición."
Zayar torció el gesto con evidente desagrado ante las palabras de Josef, pero no pudo rebatir nada.
Pues, tal como afirmaba Josef, en este mundo existían cumbres cuya mera ascensión bastaba para granjearse el más alto reconocimiento.
Montañas tan escarpadas que, al margen del resultado final, el solo hecho de acometerlas se hacía acreedor de ovaciones.
Y Godin de Gaidar, a quien Vlad había osado plantar cara, representaba sin duda una cima con semejante mérito.
"Sea cual sea el desenlace, a partir de ahora Vlad se adentrará de lleno en el verdadero mundo de los caballeros."
Así como había estrellas que caían, también las había que se alzaban. Muy probablemente, para cuando el desenlace de esta guerra se propagara a los cuatro vientos, todos los desocupados y curiosos del imperio escucharían el resonar de un nombre recién ascendido.
El recién llegado que había atravesado al galope las formaciones de Gaidar y que, aun habiéndose enfrentado a un enemigo formidable como Godin, había sobrevivido.
Vlad de Shoara.
Un nombre que ya no requería que él mismo lo proclamase para que los demás lo reconocieran de antemano. Al ver a Zayar esforzarse por negarlo, aduciendo que aún le faltaba un largo trecho por recorrer, Josef se limitó a sonreír entre accesos de una tos débil.
※※※※
"¡Ese cabrón que trepó por la muralla! ¡¿Qué demonios es?!"
"¡Es Vlad! ¡Vlad el Ojos Azules!"
Nassau, la ciudad de la Baronía Iznik. Aquella urbe, que ya había ardido en una ocasión a manos de Rutger, apuntó sus lanzas contra el ejército de Bayezid, mas no fue una acción que revistiese mayor trascendencia.
"¿Vas a abrir el portón o no?"
"...Grrr."
El sendero que había recorrido rebosaba de sangre, y los ojos azules que lo contemplaban estaban colmados de sed homicida. En verdad, a la altura de la infamia que se había propagado por el oeste, el joven caballero de Bayezid no albergaba la menor piedad en la punta de su espada.
"Si esta vez tampoco respondes, estás muerto. ¿Acaso crees que eres el único aquí que sabe cómo abrir este portón?"
"¡L-lo abriré, lo abriré!"
Nassau apenas contaba para empezar con unos pocos cientos de tropas terrestres. Sus murallas, destruidas en el asalto anterior, ya no cumplían adecuadamente su función defensiva, y el despliegue forzado de refuerzos para secundar a Gaidar había mermado aún más su capacidad militar. Peter, el comandante supremo de esta contienda, había discernido aquella debilidad a la perfección.
"Por cierto, tú. ¿Qué fue lo que me llamaste hace un momento?"
"¿C-cómo dice?"
Eran apenas unos diez caballeros, mas, tal como Peter había previsto, dominaron la muralla de forma magistral. Aunque su número fuese escaso, el renombre de aquellos caballeros pesaba más que el de cientos de soldados.
"Ha dicho 'el Ojos Azules'. Vlad el Ojos Azules."
Al ver a Rutger pasar de largo mientras se reía con sorna, Vlad frunció el ceño con disgusto.
'¿El Ojos Azules? Para ser un epíteto digno de un caballero, ¿no carece acaso de toda solemnidad?'
¡Rrrrr-clanc-clanc!
Al margen del descontento de Vlad, el puente levadizo de Nassau comenzó a descender hacia el foso entre el estrépito de pesadas cadenas.
Solo un caballero puede hacer frente a otro caballero. Mas, por desgracia para Nassau, la ciudad no contaba con caballeros de suficiente valía para medirse a los de Bayezid.
"Que cada comandante lo transmita con total claridad a las tropas."
Al contemplar cómo el puente levadizo descendía con lentitud ante sus ojos, Peter dictó una vez más una gélida advertencia:
"Al menos en Nassau, no permitiré acto de saqueo alguno. Quien ose quebrantar esta orden será castigado con la máxima severidad."
Ante la orden afilada y tajante de Peter, los soldados de los alrededores tragaron saliva de manera involuntaria. Por muy rigurosa que fuese la disciplina militar de un ejército, el pillaje que acontecía entre sombras solía ser algo inevitable. Sin embargo, Peter Bayezid mantenía un control absoluto sobre sus huestes mediante una presencia más feroz que las heladas del viento del norte.
"Entrad."
"A sus órdenes, mi señor conde."
La ciudad de Nassau. El puerto más septentrional cuyas aguas jamás se congelaban. Aunque la costumbre tácita en las guerras territoriales dictaba garantizar al menos el dominio feudal de cada gobernante, Peter no albergaba la menor intención de acatar semejante convención en lo que a Nassau respectaba.
"Si es posible, desearía hacerme con ella sin mayores mermas."
Desde el principio había resuelto anexionar esta ciudad. Anhelar un mundo más vasto no era un privilegio exclusivo de un jovenzuelo. La Casa Bayezid tampoco deseaba continuar confinada en las tierras del norte.
"¡Corred hacia el puerto! Sabéis dónde queda, ¿verdad?"
"¡El camino por el que entramos la última vez era totalmente distinto!"
Al comprobar que el puente levadizo terminaba de bajar, los caballeros se apresuraron a descender de la muralla y se lanzaron a la carrera rumbo al puerto de Nassau. En la lejanía brumosa del muelle, un navío colosal que no habían visto en su anterior incursión comenzaba a desplegar su velamen.
"¡Tal como pensaba, se disponía a escapar!"
Tal como exclamó Vlad, muy probablemente el Barón Iznik había planeado aquello desde un principio. El bando de Gaidar al que se había sumado se había desmoronado, y las tropas del norte, henchidas de gloria al descender sobre el oeste, eran algo que jamás podría frenar con sus solas fuerzas.
"¡Apresuraos!"
Los caballeros de Rutger, provistos cada uno de su propio mundo interior, se lanzaron a la carrera hacia el puerto.
"A aquel que alcance el puerto primero le daré..."
"¡Noir...!"
Antes de que Rutger terminara de hablar, Vlad bramó a viva voz hacia las puertas de la muralla. Dejar escapar al Barón Iznik sería una contrariedad inevitable, pero codiciar las riquezas que aquel hombre había reunido era una inclinación irresistible. La guerra era un monstruo que devoraba monedas de oro, y ese oro era un tributo que, por ley natural, correspondía pagar a los vencidos.
"¿Qué le dará al primero que llegue?"
"...Te recompensaré con creces, sea como fuere."
Al contemplar cómo el corcel negro ya se había pegado a sus espaldas con apenas pronunciar su nombre, Rutger no pudo evitar suspirar.
"Ya aguardo con ansias la liquidación de este invierno."
"Y esa expectativa quedará en vana ilusión si permites que ese navío zarpe ahora mismo."
Aunque sus palabras sonaran escépticas, Rutger sabía a la perfección que Vlad, acompañado por Noir, alcanzaría el muelle antes que nadie. La estampa de aquel joven desgarrando y sembrando el caos en las formaciones de Gaidar todavía se proyectaba nítida ante sus ojos.
"¡Vamos!"
¡Hiiii-iin!
Al compás del grito de Vlad, el corcel negro se lanzó en desbocada carrera por la cuesta que conducía hacia el muelle. Bajo el sol del verano, el mar azul fulguraba con destellos centelleantes. Al contemplar aquel brillo, en las pupilas de Vlad anidaba ya el resplandor de la luna azul que había suspendido en lo alto de su propio mundo.
"¡No dejéis que llegue al muelle!"
"¡Frenad a ese bastardo! ¡Cerradle el paso!"
Frente a los soldados que intentaban obstruir su avance, Vlad cerró en silencio el ojo izquierdo sobre el lomo del veloz Noir. El mundo interior de Vlad, que por fin había hallado su auténtico color.
"¡Apartaos de mi camino, cabrones!"
Había cosas que ya resultaban inalcanzables, mas precisamente por ello permanecían inmutables. La luna de Godin ya no pendía de la bóveda infinita de la noche; sin embargo, a los ojos de Vlad, continuaba siendo una luna que refulgía sin mengua.
Una tonalidad que no era blanca, ni verde, ni enteramente azul, sino un matiz que pertenecía pura y exclusivamente a Vlad, comenzó a ondular como un oleaje bravío en la punta de su espada. El principio de aquel mundo teñido de fulgor dorado se había originado, muy probablemente, en la luz de la luna azul que un día brotó junto a una hoguera.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 153
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 152
Estás leyendo el capítulo 152 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.