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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 151 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Recuerdo la mirada de Jorge, vacilante y sin fuerzas tras perder el rumbo cuando caía la luna. Recuerdo el llanto ahogado de las rameras e incluso el hedor viscoso de la carne sanguinolenta que cayó sobre mi propia cabeza. Aquel hombre que destrozó mi nido de esa manera se marchó sin volver la vista atrás. Así fue. Yo mismo conduje a ese hombre hasta allí. "Godin." A través de la brecha que abrían los caballeros se vislumbraba la figura de un hombre familiar. Su porte y ropajes eran un desastre, pero la espada que sostenía aún resplandecía con invariable fulgor. "Al fin has llegado hasta aquí, mocoso." Al encararlo de cerca al cabo de tanto tiempo, Godin sonreía con languidez. Igual que en aquel entonces, cuando se presentó bajo un nombre falso. Sin embargo, a diferencia de antaño, la espada que alzaba apuntaba con absoluta certeza hacia él. "Di tu nombre, caballero de Gaidar." "¿... Qué?" Aquel hombre que ya no era un chiquillo de los callejones, sino que se alzaba como un caballero. Frente a la luna azul con la que por fin se encaraba, Vlad dio voz a las palabras que había guardado en su pecho durante tanto tiempo. "Tu nombre. Dilo. Aquí y ahora, ante mis ojos." Una furia albergada durante tanto tiempo que había terminado por tornarse en un anhelo ardiente comenzaba a desbordarse. No deseaba el nombre engañoso de aquel día, sino su nombre auténtico. Ahora que nos miramos de frente en un plano de igualdad, tengo el derecho de escuchar esas palabras de tus labios. "Sí. Así debe ser." Godin, al contemplar los ojos de Vlad desbordantes de un fervor insólito, asintió como si de pronto lo hubiese comprendido todo. Aunque aquel encuentro hubiera sido efímero, siempre le había agradado ese rasgo del muchacho. 'Al final, debí habérmelo llevado conmigo en aquel entonces.' "Soy Godin de Gaidar." "Vlad de Shoara." Al fin escuchaba su verdadero nombre brotar de sus propios labios. Al oírlo, Vlad apretó con firmeza el puño. Por fin he llegado. Hasta este mismo lugar. El hombre que antaño se antojaba tan inalcanzable como la luna en el firmamento se encuentra ahora ante mis ojos. "Dijiste que un caballero solo toma el precio que le corresponde en justicia, ¿no es así, Godin?" Dos hombres que ya no eran el muchacho de los callejones ni el falso caballero, sino que se medían revelando sus identidades reales. Tras intercambiar sus nombres, Godin y Vlad cerraron al unísono el ojo izquierdo, como si mediara entre ambos un pacto tácito. "Todavía hay algo que no he cobrado de ti." Un nido destrozado jamás se recupera intacto. Por eso, hoy quebrantaré a la luna. Arrebatándote la vida. Porque esa, Godin, será mi justa retribución por lo sucedido aquel día. \*\*\* ¡Kbaaaang! En medio del campo de batalla donde incontables caballeros colisionaban, existía un rincón donde se libraba el duelo más deslumbrante de todos. Era el punto donde un azul que estallaba con violencia y un blanco semejante a él se desafiaban con miradas feroces. '¡Es rápido!' Una velocidad que rebasaba cualquier previsión. Aunque se trataba sin duda de una trayectoria de esgrima sumamente simple, el tajo de Vlad entrañaba una celeridad tal que sumió a Godin en el desconcierto. "¡Haaaap!" Tomar la iniciativa con esplendor y contundencia; y una vez conquistado el ímpetu, jamás soltarlo. Tal como le había instruido la voz en su mente, Vlad, tras asestar con éxito el primer golpe, embistió contra Godin blandiendo a su antojo la ventaja asegurada. 'Ha vuelto a crecer.' Aunque sus pasos fluidos ocultaban un sinfín de intenciones, la espada que descargaba era simple y precisa. Un golpe cargado de un propósito inequívoco, en contraste absoluto con sus movimientos impredecibles. Una existencia que encarnaba la contradicción misma. En él ya no quedaba el menor rastro de aquel corte torpe e infantil de antaño. "¡...!" A través de su ojo izquierdo cerrado, Vlad contemplaba el mundo de Godin. Hacia dónde miraba y qué era lo que pretendía alcanzar. '¡Ahora!' E incluso dónde residían sus fisuras. El agudo discernimiento de debilidades que había aprendido de la espada del imperio le señalaba la senda hacia el vacío que la luz de la luna azul no alcanzaba a rozar. ¡Klang, klang, klang! "¡Kgh!" Una arremetida desprovista de vacilaciones nacida de la convicción. Y, junto a ella, las réplicas de aura que estallaban con furia estruendosa. Aunque todos en aquel lugar libraban una encarnizada lucha a muerte, aquel resplandor ejercía una atracción que forzaba a volver la mirada hacia ellos. "Te lo advertí en aquel entonces." "¡...!" La espada que empuñaba era un colmillo, y aquello a lo que clavaba la mirada, una fiera. Dos espadas que aullaban despidiendo un chirrido estridente y desgarrador. Y en el fondo de aquellas pupilas azules que se cruzaban a tan escasa distancia, comenzó a brotar una demencia insólita que ningún ser humano ordinario osaría albergar. "¡Que te mataría sin falta!" Un alarido de Vlad que parecía clamar: '¡Mírame!'. Una presencia viva que Godin ya no podía ignorar ni darle la espalda se erguía ante él. "¡Muere!" El aliento agitado ascendía a borbotones desde su cuerpo exhausto, pero los pasos con los que avanzaba eran sumamente livianos. Precisamente porque el rival al que se enfrentaba era Godin, Vlad era capaz de sumergirse en un mundo más profundo que nunca y concentrarse en el combate. A tal grado que ni siquiera advertía cómo la luz condensada en la punta de su espada mutaba paulatinamente del azul hacia otra tonalidad. ¡Bum! ¡Klang! ¡Klang! Chispas feroces salían despedidas entre la espada que abrazaba las estrellas y la espada donde habitaba la luz de la luna. Un caballero de cabellos dorados que no titubeaba lo más mínimo en consumirse a sí mismo. El mundo que tanto había deseado, aguardado y querido alcanzar con toda el alma se encontraba ahora ante sus ojos. "¿¡Eso es todo lo que tienes, mocoso!?" "¡No me llames mocoso!" Al echar la mirada atrás en el presente, todo lo que quedaba a sus espaldas no eran más que vestigios. Desde el nombre que le confirió un sacerdote devoto hasta la espada que empuñaba en ese instante, todo provenía de las huellas dejadas por otros. "¡Tú eres el único que jamás debería llamarme mocoso!" Y de entre todas ellas, la huella grabada con mayor profundidad. Aquella era una herida, una cicatriz y el recuerdo incrustado con más agonía en el mundo de Vlad. "¡Porque ahora nos estamos mirando de frente!" "¡...!" La Sonrisa de la Rosa. El nido del muchacho. Las rosas escarlatas que antaño habían florecido allí en plenitud. Recuerdo la cabeza cercenada de Buray rodando por el suelo; recuerdo la mirada inerte y vacilante de Jorge. "En aquel entonces no pude hacer nada." Una silueta nítida comenzó a proyectarse desde la espada con la que Vlad le hacía frente. El mundo que solo habitaba en su interior emergía hacia el exterior, adoptando una forma que cualquiera podría reconocer con claridad. Y al mismo tiempo, su ojo izquierdo empezó a abrirse lentamente. "¡Pero ahora ya no es así!" A través de aquel mundo que al fin encaraba plenamente con ambos ojos, un haz de aura descendió fluyendo como una lágrima. Dorado. Aquel color era el dorado resplandeciente que el muchacho había albergado en su ser desde el momento mismo en que nació en este mundo. ¡————! Un destello de luz forzó a abrir los ojos de par en par tanto a los caballeros que batallaban en sus respectivos frentes como al propio Peter, quien contemplaba la escena desde la lejanía. De la punta de la espada que Vlad blandía con fiereza, un oleaje dorado comenzó a ondular con fuerza. "¡Apártense!" "¡Agachen todos la cabeza!" Sobre aquel mundo que encaraba en su plenitud, el universo de Vlad comenzó a materializarse. Un oleaje tan fastuoso como afilado; una estampa idéntica a la de aquel día en que la luz de la luna se había propagado. 'Aquí estoy yo. Yo, Vlad de Shoara, voy a tu encuentro. Mi mundo, ahora erigido con firmeza, alcanza incluso a la luna que eres tú.' "¡Kgh!" Frente al oleaje dorado que se desplegaba, el mundo encarnado en Godin comenzó a hacer florecer una rosa en medio de salpicaduras de sangre escarlata. Un mundo que compartía el mismo oleaje que el suyo, mas de un color a todas luces diferente. "¡Jajajajaja!" Aunque se habían cruzado como adversarios, Godin no pudo evitar soltar una atronadora carcajada al contemplar a ese joven mundo que al fin lo había alcanzado. Pues, aunque jamás hubiera sido su propósito, le invadía una complacencia incontenible al contemplar a un mundo que había crecido siguiendo sus propios pasos. "Es una verdadera lástima que nos hayamos cruzado como enemigos". Mientras expresaba su pesar, un aura azulada comenzó a condensarse en la punta de la espada de Godin. La luz de la luna azul, que había marcado el umbral de toda esta historia, destellaba con la misma desolación lúgubre que en aquel entonces. ※※※※ Un campo de batalla que antes rebosaba de innumerables alaridos y donde ahora solo reinaba un silencio sepulcral. El fango, entremezclado con la sangre derramada, se tornaba viscoso. "Uff, ah...". Tan denso y pegajoso resultaba el lodazal que apenas le permitía alzar la cabeza; Vlad se limitaba a permanecer de rodillas, jadeando con dificultad. Y eso a pesar de que, en ese mismo instante, una hoja de espada gélida le rozaba la nuca. "Aun así, renacuajo. ¿Acaso no te lo dije en aquel entonces?". Pese a que le había exigido que no lo llamara renacuajo, Godin seguía dirigiéndose a él de esa manera. Era natural: al fin y al cabo, Vlad había sido derrotado por él. "Te advertí que, antes de avanzar, debías cerciorarte primero del lugar exacto en el que estabas parado". Era la lección impartida a aquel muchacho que corría rasgando la penumbra de Shoara. Sin perder la calma, despacio. Fijarse primero en dónde se encontraba y hacia dónde debía dar el siguiente paso. "Solo así... tomarías la dirección correcta, ¿no crees?". Más que la prisa, era preciso encontrar el rumbo acertado. Solo de ese modo se evitaba errar el blanco, tal como le acababa de suceder. "Cof...". Por la hoja que tocaba su nuca descendía un hilo de sangre carmesí oscuro. Aquel reguero bermejo, que resbalaba lentamente a lo largo del acero, descendió con lentitud por el cuello de Vlad hasta alcanzar las yemas de sus dedos ateridos. "Para ti... aún es pronto. Por ahora, solo te alcanza para ganarte un nombre. Renacuajo". Al compás de la punta vacilante de su espada, la voz de Godin se fue apagando por momentos. Antes de que sus palabras fueran devoradas por completo por las tinieblas, Vlad levantó apresuradamente la cabeza y contempló al hombre que se erguía ante él. "..." En algún instante inadvertido, los caballeros de Bayezid habían rodeado a Godin. Las espadas clavadas a lo largo de su cuerpo bloqueaban cada mínimo ademán con el que pretendía alcanzar el cuello de Vlad. Y entre ellas, la hoja que le había atravesado el corazón con implacable precisión ostentaba grabado el blasón que únicamente el patriarca de Bayezid tenía potestad para portar. "...Bienvenido, renacuajo". La luna que señoreaba en lo alto del firmamento se precipitaba en su caída. No derribada por la espada de Vlad, sino por las de otros. "Al mundo de los caballeros". Un crujido áspero resonó cuando, de las heridas de las que se retiraban lentamente las hojas, brotaron a borbotones hilos de sangre escarlata. Godin se desplomó poco a poco entre el caudal carmesí. Sin embargo, en el semblante con el que miraba a Vlad no asomaba dolor ni rencor, sino tan solo una tenue sonrisa. Una sonrisa que únicamente pertenecía a los vencedores. "...He perdido. Godin de Gaidar". Aunque el moribundo ya no pudiese escuchar sus palabras, Vlad le dedicó la despedida que correspondía a un caballero. La luna azul a la que había odiado, pero que al mismo tiempo había admirado. Al contemplar a esa luna a la que con tantas ansias había deseado alcanzar y a la que, a fin de cuentas, no había logrado superar, Vlad volvió a inclinar la cabeza. El vencedor arriba; el derrotado, abajo. Y esa luna azul a la que ya jamás podría volver a desafiar permanecería por siempre por encima de él. Así, Vlad se limitó a musitar en silencio hacia la luna que yacía derribada sobre la tierra. ※※※※ "¡Mi señor conde! ¡Mi señor conde!" "..." A su lado clamaba con desesperación el caballero de su guardia personal. Sin embargo, a pesar de sus gritos, Sigmund permanecía inmóvil, con un semblante abatido. Era una expresión desolada y vacía, como si algo vital se le hubiera escapado del pecho. "¡Debemos retirarnos de inmediato! ¡A nuestras espaldas se han abierto las puertas de Deomar!" Tal como advertía el caballero, a la retaguardia de Gaidar avanzaban soldados a paso firme. Eran las tropas de Heinal, que por fin habían reorganizado sus líneas y abierto los portones de par en par. La ferocidad con la que irrumpían tras aquel joven de marcadas ojeras era tan sanguinaria como el castigo que habían soportado hasta entonces. "...Asegúrate de poner a salvo a mi hijo. Ahora es lo más valioso que me queda, después de mí mismo". "¡Entendido, mi señor conde!" Habían perdido la batalla, pero la guerra aún no concluía. Una contienda no se decidía por el desenlace de un solo choque, de modo que Sigmund debía reservar sus fuerzas para una nueva oportunidad. "...Maldita sea". En medio del clamor de innumerables alaridos que sacudían el campo de batalla, Sigmund clavó la mirada en la colina situada en lo alto. El estandarte del águila, que hasta hacía unos instantes ondeaba al galope con arrogante gallardía, se había detenido en seco. Al parecer, la carga que soportaba aquel solo pendón resultaba demasiado pesada para sostenerlo todo sobre sus hombros. "¡Retirada general! ¡Sobrevivan por sus propios medios como puedan!" Esta batalla estaba perdida. Aunque la vida fuera una constante sucesión de incertidumbres, jamás llegó a imaginar que las cosas tomarían un giro semejante. "Es una herida que cala hasta los huesos". Sin embargo, más que el amargo sabor de la derrota, lo que en verdad atormentaba a Sigmund era la pérdida irreparable de su caballero, derribado para siempre. Un caballero de luz de luna azul que, si bien nunca fue leal, sin duda albergaba el mismo sueño. Solo gracias a haber cabalgado a su lado había conseguido encumbrarse hasta la cúspide. "¡Mi señor conde!" "...Vámonos". Para entrar no había requerido permiso de nadie, pero para salir se veía obligado a abandonar demasiadas cosas. Esa había sido la exigencia de Peter, y ahora Sigmund debía escabullirse de manera miserable para no tener que entregar también su propia vida. A sus espaldas resonaban el resentimiento y las maldiciones de innumerables soldados. Dejándolos atrás mientras huía a la desesperada, junto a Sigmund apenas quedaba una maltrecha tropa de ni siquiera cien hombres. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 151

Estás leyendo el capítulo 151 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.