Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 150 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Mientras bregaba por sofocar el caos, Sigmund divisó una sombra azabache que cruzaba a toda velocidad junto a él.
Cabello rubio y ojos azules.
Era una estampa tan imponente que, aun sin mediar explicación de quienes lo rodeaban, trajo de inmediato a su mente un nombre que ya conocía de sobra.
"A-Aquel...".
Vlad de Shoara.
El mequetrefe del norte que se había atrevido a arrebatarle la espada a su hijo.
"¡¿Qué clase de demente bastardo es este?!".
Y, en efecto, aquel insolente ejecutaba ahora mismo una auténtica locura.
Por desbaratada que estuviese la formación, se hallaba en pleno corazón de las filas enemigas; aun así, aquel maldito bribón galopaba a rienda suelta, sorteando y aprovechando con ingenio cada resquicio.
De no haber sido un enemigo, sus movimientos habrían parecido una acrobacia digna de contemplarse boquiabierto; sin embargo, no había margen para el asombro, pues cada vez que se desplazaba, las líneas que con tanto esfuerzo acababan de recomponer volvían a desgarrarse por entero.
"Ja...".
Sigmund encajó una conmoción mucho más profunda ante el temerario proceder de Vlad que ante la caballería de Bayezid que acababa de embestirlos hacía unos instantes.
Aquel ataque cabía dentro de lo previsible; pero semejante desvarío era una extravagancia que jamás había presenciado en toda su vida.
"¿Qué demonios fue eso...? ¡Apareció de pronto a nuestras espaldas!".
"¿Acaso se abrieron las puertas de la fortaleza? ¿De verdad estaremos a salvo?".
Cual si pregonara que podía abrirse paso a través de ellos a su antojo, aquel caballero de Bayezid había irrumpido como un relámpago para esfumarse al instante.
Aunque no hubiese sido su intención deliberada, la audacia de Vlad equivalió a arrojar una piedra sobre las aguas de la inquietud que Sigmund con tanto afán intentaba apaciguar.
Como las suaves ondas que se propagan en la superficie de un lago, los azorados murmullos de los soldados comenzaron a extenderse con lentitud por entre las huestes de Gaidar.
\*\*\*
Vlad galopaba por la verde llanura tras haber roto en solitario las filas enemigas.
Aquel espacio abierto entre Gaidar y Bayezid, una vasta extensión a la que nadie más había alcanzado a llegar, le infundía una inexplicable sensación de libertad.
"¡...!".
Mas la leve sonrisa que brotó ante aquel desahogo fue efímera.
Al instante, Vlad hubo de pegar el torso con firmeza contra el lomo de Noir y contener el aliento.
Un hedor ominoso comenzaba a descender desde los confines mismos del firmamento.
"¡Disparad! ¡Jamás se presentará otra oportunidad como esta!".
Al unísono con aquel grito de mando, una nube renegrida de flechas empezó a tupir la bóveda celeste.
Vlad apretó los dientes al sentir cómo aquel torrente de ponzoña sobrevolaba su cabeza para estrellarse a sus espaldas.
La sutil brecha que Vlad había entreabierto le confirió un tiempo precioso a Bayezid, y la mirada incisiva de Peter no dejó escapar semejante resquicio.
"¡Aaaaargh!".
"¡Alzad los escudos! ¡Los escudos!".
El suelo era esmeralda, mas el firmamento se teñía de luto; y allí por donde descargaba aquella lluvia renegrida, la sangre derramada de incontables hombres formaba charcos de un rojo viscoso y ardiente.
El mundo al que había emergido tras sortear tan estrecha fisura era sin duda inmenso, pero no por ello menos despiadado.
"¡Declara tu identidad!".
"¡Bayezid! ¡Soy Vlad, caballero de Bayezid! ¡Porto un mensaje del señor Josef!".
Los proyectiles se precipitaron con furia, cual si hubiesen aguardado con ansia su salida.
Habiendo cruzado incólume aquella tormenta junto a Noir, Vlad extendió una misiva lacrada hacia los soldados que le conminaban a identificarse.
En aquella carta, redactada de puño y letra por el propio Josef, yacían informes de incalculable valor que jamás habrían podido confiarse a un despacho arcano ni a las patas de un cuervo mensajero.
"Dejadlo pasar".
El blasón estampado en la carta acreditaba su procedencia, y la dirección desde la que había desgarrado las líneas enemigas constituía prueba palmaria de su lealtad.
Exigirle a un hombre semejante una pesquisa exhaustiva habría sido una fútil pérdida de tiempo.
"Seguidme, por favor".
Guiado por el centinela, Vlad avanzó hasta el corazón mismo del despliegue militar.
Allí, lo primero que apresó su mirada fue el ondeante estandarte de Bayezid mecido por las ráfagas de viento.
Los recios baluartes de Sturma parecían darle la bienvenida.
"Acudo como emisario de lord Josef. Me llamo Vlad".
A pesar de ser una pradera abierta donde ni siquiera se erigían tiendas de campaña, aquel paraje exhalaba una solemnidad más imponente que la de cualquier cámara palaciega.
Multitud de caballeros clavaban sus miradas en él, tal como lo hicieran antaño cuando desfiló sobre la alfombra escarlata.
A través de la senda que sus filas abrieron con sosegada disciplina, un par de familiares ojos oscuros se posaron sobre Vlad.
"Bien hecho, Vlad, caballero de Josef".
Peter examinó con minuciosidad al guerrero que su hijo le enviaba.
Pese a que el joven templaba el aliento para sosegarse, sus hombros se estremecían con un leve vaivén.
Además, las profundas abolladuras de su armadura daban fe indiscutible de que el muchacho acababa de atravesar un combate feroz e implacable.
"Tanto tú como Josef... ¿acaso habéis sufrido daño alguno?".
"No, mi señor goza de cabal salud".
Ante la rotunda réplica de Vlad, limpia de cualquier ápice de duda, Peter sintió un alivio sustancial en su interior, si bien su rostro se mantuvo imperturbable.
"Me alegro de escucharlo".
La sangre azul de su estirpe impelía a Peter a calcular con estricta pragmática, mas aquello no implicaba que su corazón se hallase petrificado por el hielo.
Ciertamente temía por su enfermizo hijo y, a la par, se enorgullecía de su temple.
"Quinientos hombres...".
Tras corroborar la seguridad de su vástago en la firmeza de aquellos trazos enérgicos, Peter tendió el pliego a Antalas, comandante de la orden de caballeros.
No era el escrito de un hijo a su progenitor, sino el parte bélico despachado por Josef en calidad de comandante de Deomar.
En dicho informe se advertía que solo quinientos efectivos estarían en condiciones de franquear las puertas de la fortaleza.
"Hum...".
No obstante, lo que realmente capturó la atención de Peter no fue la cifra de quinientos combatientes, sino una sola apostilla al pie del documento.
Aunque su segundo hijo jamás malgastaba tinta en futilidades, en esta coyuntura había añadido una frase expresa en favor de su caballero.
"¿... Pretendes batirte con Godin?".
"Sí".
Ante la sosegada y grave pregunta de Peter, las miradas de los caballeros que formaban su séquito se tensaron.
Al mentar a Godin, ¿acaso aludía al temido comandante de la orden de caballeros de Gaidar?
"No es mi intención desmerecerte, pero el abismo que media entre ambos no es algo que se franquee con facilidad".
Fue un ademán tan imperceptible que Vlad no logró percibirlo, pero los veteranos caballeros que habían servido a Peter durante décadas supieron reconocerlo al instante: en aquel preciso momento, su señor sonreía.
"Sea como deseas. Mal podría sostener que careces de mérito para intentarlo".
Se trataba, en verdad, de un vigor norteño que no contemplaba desde hacía mucho tiempo.
Habiendo quedado atrás la época en que la generación dorada de Bayezid floreció en su cenit, ¿por qué desaprobar a un joven caballero que alzaba la mirada para medirse contra un muro colosal?
La posibilidad era algo sublime, y aquellos retoños que pugnaban por abrirse camino hacia el florecimiento siempre encarnarían el bien más preciado.
\*\*\*
"¡Maldito hijo de perra!".
Los soldados de Gaidar trepaban penosamente por la pendiente cenagosa.
Pese a haber recompuesto las filas a duras penas, la amarga certeza de verse obligado a marchar por su propio pie de regreso al vórtice del desastre arrancó de la garganta de Sigmund un alarido henchido de hiel.
"¡Peter Bayezid! ¡Bastardo inmundo, ni devorando tus entrañas aplacaría mi furia!".
Aquel soberano del norte había utilizado Deomar como señuelo para sembrar el caos, aguardando con frialdad la brecha para asestar una estocada letal.
Y ahora, atrincherado en la cima de la loma, forzaba a Sigmund a una disyuntiva implacable:
'Ven a por mí si te atreves. Aunque te aguarde con las fauces bien abiertas'.
Habiendo bloqueado las rutas de suministro y cortado toda vía de retirada, Peter, que ahora los había acorralado contra un callejón sin salida, obligaba a Sigmund a asumir un sacrificio devastador hasta el último instante. La crueldad gélida e implacable que exhibía era tal que hacía estremecer de rabia incluso al usurpador del oeste.
"¡Malditos salvajes!"
Aunque la desventaja fuera abrumadora, tenían que abrirse paso colina arriba. Pues cuanto más tiempo pasara, más desfavorable sería la situación para Gaidar. Al ser un trance en el que resultaba imposible resistir, Sigmund debía abrir a toda costa una vía de escape hacia el oeste quebrando las líneas del ejército que tenía frente a sus ojos.
"¡Lanceros, al frente!"
Y así, finalmente chocaron contra los soldados del norte. Por encima del férreo muro de escudos firmemente erigido, centelleaban hachas de azulados filos acerados. Se asemejaban en todo a los antiguos bárbaros, como si hubieran heredado intacta la ferocidad de aquellos salvajes que antaño descendían por las aguas de los ríos para saquear las ciudades.
"¡Maldición! ¡Mi lanza se partió!"
"¡Los que hayan perdido sus armas, retrocedan!"
"¡Aaaagh! ¡Esos desquiciados están arrojando hachas!"
Era una contienda de números parejos. Sin embargo, el agotamiento físico y la moral por los suelos marcaban ya una disparidad irreversible; por ende, los alaridos que resonaban en el campo no podían pertenecer a otros que a los hombres de Gaidar.
"¡Bayezid! ¡Adelante!"
Hombres en cuyas venas se mezclaba la sangre de los bárbaros. Aunque se trataba de una expresión teñida de desprecio y discriminación, resultaba imposible de refutar, pues una ferocidad sanguinaria sin duda fluía a través de su linaje.
"¡Cómo se atreven estos bastardos a meter las narices aquí!"
"¡Mueran! ¡Muéranse de una maldita vez!"
El temple de aquellos hombres, que debían mantener su fuego ardiente incluso bajo las gélidas ventiscas del viento del norte, era sin duda más salvaje y despiadado que el de los habitantes de cualquier otra región. Una locura propia del norte, difícil de definir únicamente mediante tácticas y estrategias militares, se transmitía vivamente a través de sus hachas.
'¡Tal como temía...!'
Sigmund, que no cesaba de arengar a sus soldados, apretó los dientes al contemplar cómo la sangre reventaba en primera línea. Como era previsible, resultaba imposible para los lanceros del oeste hacer frente a la infantería del norte. En un choque cuerpo a cuerpo de infantería contra infantería, apenas existiría en todo el imperio una fuerza capaz de doblegarlos.
"¡Aguanten un poco más! ¡La oportunidad llegará sin falta!"
Aun así, había una razón por la que Sigmund continuaba empujando a sus tropas hacia la vanguardia sin tregua: si el norte contaba con atroces hacheros, el oeste poseía a los jinetes que cruzaban los agrestes yermos.
"¡Si logramos resistir a estos infames, el curso de la batalla volverá a ser nuestro!"
Por las características geográficas del oeste, resultaba natural que el calibre de su caballería alcanzara un desarrollo sobresaliente. Además, la caballería pesada del oeste, pertrechada con armaduras arrebatadas a los enanos, era una fuerza a la que la caballería norteña difícilmente podría medirse de igual a igual. El hecho de que Peter se hubiera posicionado deliberadamente sobre la cenagosa pradera obedecía, precisamente, al recelo que le inspiraba aquella carga.
'¡Basta un solo golpe!'
En una situación donde todo se desmoronaba, a lo que debían aferrarse era al método más certero. Por ello, Sigmund decidió sortear esta adversidad concentrando todos sus recursos en una única apuesta decisiva: a través de las puntas de lanza de la caballería, el orgullo supremo de Gaidar.
\* \* \*
La tierra era un lodazal y los cascos de las monturas se volvían cada vez más pesados. Sumada al sofoco del verano, la pegajosa pradera de Deomar resultaba, a todas luces, un campo de batalla ajeno e inhóspito para los caballeros del oeste.
"¡El enemigo responde!"
Godin chasqueó la lengua para sus adentros, maldiciendo el maldito campo de batalla que habían elegido. La velocidad menguaba gradualmente. Aun así, era factible lograrlo. Habían volcado todo cuanto tenían en esta arremetida.
"¡La caballería de Bayezid carga por el flanco derecho!"
"¡Ignórenlos!"
La carga de la caballería es semejante a una flecha: desde el instante en que se desprende hasta alcanzar al enemigo, no debe detenerse jamás. Consciente de ese principio, la caballería de Gaidar arremetió sin el menor atisbo de vacilación contra los soldados que plantaban sus escudos.
\*¡Krrrajjj!\*
"¡Aaaargh!"
El estrépito de los escudos al hacerse añicos fue atronador. El grito desgarrador que lo acompañó era un sonido con el que estaban sumamente familiarizados.
'¡Tal como pensaba!'
Hay acometidas que, aun siendo previsibles, resultan imposibles de frenar. Para Gaidar, la carga de la caballería había sido siempre la fórmula infalible que garantizaba el triunfo; por eso mismo, Sigmund no albergaba la menor duda de que este golpe demoledor abriría una brecha de salvación.
'¿...?'
Sin embargo, Godin, quien ejecutaba la embestida a la vanguardia, sintió cómo las yemas de sus dedos se enfriaban gradualmente ante una sensación desconcertante que le transmitía la punta de la lanza.
'¡Falta impacto!'
Ciertamente había alcanzado el objetivo, pero la sensación resultaba insuficiente. Debería haber penetrado con mucha mayor profundidad, pero la lanza que hendía el aire dejaba una sensación inexplicablemente vana.
"¡Maldita sea...!"
Apartando la mirada de la punta de su lanza para fijarla en la distancia, Godin comprendió de inmediato el origen de aquella extraña sensación.
Un ángulo que la ondulada colina ocultaba con astucia. Una formación que resultaba indetectable desde la parte baja reveló su verdadera naturaleza en el instante mismo del choque.
'¡Una formación oblicua!'
Habían creído que estaban apostados en línea recta, pero los soldados de Bayezid formaban, en verdad, una línea diagonal. Solo un punto de impacto frontal y preciso puede descargar una fuerza destructiva total; no obstante, la arremetida de Gaidar, desviada en ángulo sesgado, se vio obligada a deslizarse a lo largo del muro de escudos en la dirección exacta hacia la que los defensores la encauzaban.
"¡Viren de inmediato...!"
Por ser la maniobra en la que mayor confianza tenían, el enemigo había sabido contrarrestarla de la manera más contundente.
"¿A dónde van con tanta prisa?"
"¡...!"
Apareciendo a su costado en un abrir y cerrar de ojos, la caballería de Bayezid se transformó en otro muro infranqueable, arrebatándole a Gaidar todo espacio para maniobrar o dar un rodeo.
"Bien que se pavonearon a sus anchas hasta ahora."
Entre las rendijas de su párpado izquierdo cerrado, un mundo de fulgor carmesí se desbordaba al exterior.
Rutger Bayezid. El hombre destinado, con casi total certeza, a convertirse en el próximo patriarca de la casa.
"¡Empujen! ¡No les cedan ni un palmo de terreno!"
"¡Mierda!"
A su derecha, el muro de escudos de la infantería. A su izquierda, la caballería de Bayezid pegada a sus costillas sin dar tregua. Y así, en aquel embudo que se estrechaba implacablemente como el cuello de una botella, lo que aguardaba a los jinetes de Gaidar eran los caballeros de Bayezid, quienes desprendían un ímpetu sobrecogedor.
Todos y cada uno de ellos mantenían el ojo izquierdo cerrado.
"¡Tráiganmelas! ¡Caballeros míos!"
La punta de la espada de Peter, señor soberano y caballero curtido, apuntaba a la caballería que se precipitaba hacia ellos.
"¡Sus cabezas! ¡El final de aquellos que se atrevieron a ultrajar el nombre de Bayezid!"
Una carga precipitada hacia la ruina. Los caballeros del oeste intentaron apresuradamente desplegar sus propios mundos para contraatacar, mas no eran sus cuerpos lo que los caballeros de Bayezid tenían en el punto de mira.
\*¡Hiiii-iin!\*
"¡Aaaagh!"
Los relinchos desgarradores de caballos mutilados de sus patas comenzaron a resonar con estrépito sobre la colina de la pradera. Hacia un suelo al que ya jamás volverían a aferrarse, rodillas cercenadas pataleaban en vano en el aire.
"¡Ugh...!"
Bestias que se desplomaban contra la tierra con sordos impactos. Sobre ellas, las siluetas de los caballeros, perdiendo el equilibrio, salían despedidas por los aires para estrellarse contra el fango. Privada por completo de su ímpetu, la carga del oeste comenzó a detenerse en seco ante los caballeros del norte.
"¡Orden de Caballeros de Bayezid!"
Una caballería desprovista de monturas deja de ser caballería. Ante aquellos hombres obligados a desmontar de golpe en el fango, las gélidas ventiscas del viento del norte comenzaron a rugir con furor.
"¡Adelante!"
Miradas cargadas de sed de sangre que se cruzaban sobre una tierra que se había detenido.
A partir de este instante, el tiempo pertenecía por entero a los caballeros.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 150
Estás leyendo el capítulo 150 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.