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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 149 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Alaridos y bramidos indistinguibles zumbaban en sus oídos. Por doquier yacían esparcidos los miembros cercenados de cuerpos destrozados. Un soldado que aún no terminaba de morir sollozaba y aullaba mientras intentaba recoger sus propias vísceras derramadas. "... ¿Qué es esto?". Istvan contemplaba el panorama desplegado ante sus ojos con la sensación de caminar dentro de una pesadilla. 'Esto no puede ser.' 'Hasta hacía apenas un instante estábamos seguros de la victoria.' "¡Recobre el juicio!". De pronto, un tirón violento le aferró la pechera. Al resonar una voz penetrante que rasgó de golpe el aturdimiento de sus oídos, Istvan pudo al fin descender de aquella extraña sensación de ingravidez. Era Godin, el comandante de la orden de caballeros. "¡Debemos movernos! ¡Esto todavía no ha terminado!". En la mirada de Godin, más refulgente que nunca, se imponía una severidad abrumadora que sofocaba el pánico. Aquel temple implacable del comandante, que en días ordinarios le resultaba ponzoñoso como el veneno, en semejante trance se convirtió en la mayor salvación para Istvan. "Sí... Es verdad. Todavía no ha terminado". Al sostener la mirada de Godin, Istvan logró al fin serenar el aliento y fijar la vista en el campo de batalla. En efecto, tal como aseguraba el caballero, era evidente que nada había concluido aún. Pues en medio de la refriega, su propio padre continuaba vociferando a pleno pulmón mientras recomponía las formaciones. "¡Les he dicho que se peguen a la muralla derecha! ¡No se queden ahí parados como imbéciles recibiendo flechazos!". La repentina arremetida de la caballería de Bayezid había sido brutal. En su primera embestida se habían apoderado de todo cuanto ambicionaban; sin embargo, las huestes de Gaidar aún no se habían quebrado del todo. "¡Wagner! ¡Ponte al frente de la caballería! ¡Quítame a esos dementes de encima!". "¡Entendido!". Aunque se tratara de un caballero despojado de su pendón, en una coyuntura tan crítica cualquiera debía cumplir con su deber. Wagner reorganizó a toda prisa a la caballería para escindirse del grueso del ejército, mientras Sigmund maniobraba la formación hacia la muralla derecha que ya tenían tomada. Rutger, que contenía el aliento preparándose para una segunda carga, se mordió el labio al ver con qué rapidez imprevista el ejército de Gaidar sofocaba el caos, recomponiéndose mucho más aprisa de lo esperado. "¡Istvan! ¡Pedazo de inútil! ¡¿Acaso no entiendes mis palabras?!". Solo cuando Sigmund bramó su nombre a voz en cuello, la lucidez regresó por entero a los ojos de Istvan. Su padre podía ser un hombre de modales frívolos y conducta ligera, pero sus cualidades como señor de la guerra eran indiscutibles. "¡¿Acaso no me has oído ordenar que le prendan fuego a los arietes?!". Espoleado por el bramido de Sigmund, Istvan recobró el juicio de golpe y contempló los ennegrecidos portones de la fortaleza de Deomar. Frente a ellos yacían desparramadas diversas máquinas de asedio. Hasta hacía unos instantes habían servido para derribar las defensas, pero ahora debían convertirse en un obstáculo improvisado para impedir la salida del ejército de Heinal. "... ¡Esa escuadra, síganme! ¡Que todos tomen aceite y antorchas!". Incluso en este momento, las miradas que las huestes de Bayezid les clavaban desde el frente eran feroces y afiladas. Sin embargo, una presencia aún más inquietante que ellos era la fortaleza de Deomar, a la cual no tenían más remedio que dar la espalda. "¡Maldición!". Atrapados por completo en una tenaza entre Bayezid y Heinal. Para sortear semejante encrucijada, no quedaba más salida que avanzar. Las murallas de Deomar, tan castigadas por sus propios impactos, ya habían perdido su función defensiva, por lo que empujar hacia adentro carecía de sentido. "¡Prendan fuego, rápido!". Bajo las órdenes de Istvan, los arietes y las torres de asedio comenzaron a arder uno tras otro. En cuanto las colosales moles de madera quedaron envueltas en llamas, una densa humareda negra se alzó para bloquear los portones de Deomar. "¡Listo!". Al contemplar las voraces llamaradas, el semblante de Istvan recobró el color. Con un obstáculo ardiente de tales dimensiones, por mucho que el enemigo abriera los portones, jamás podría lanzarse a la carga de inmediato. Retirar los restos calcinados de las máquinas de asedio tomaría horas; ese margen era más que suficiente para ganar el tiempo que necesitaban. Ahora el ejército de Gaidar solo tenía que concentrarse en hacer frente a las tropas de Bayezid que se plantaban ante ellos. "¡...!". Sin embargo, en ese mismo instante, Istvan sintió una súbita sacudida que le encogió los hombros. "Maldición...". Una presencia gélida se filtraba desde detrás de las puertas del castillo. Tras los portones de Deomar, sumidos en un silencio tan sobrecogedor que rozaba lo siniestro, alguien lo fulminaba con la mirada. "Maldito bastardo...". Aunque no pudiera oírlo, era capaz de percibirlo con total certeza. Podía sentir la presencia de alguien que recobraba el aliento con lentitud tras los portones. El recuerdo imborrable de aquel aciago duelo del pasado volvió a emerger, nítido y amargo, en la memoria de Istvan. \* \* \* Apoyándose mutuamente, los soldados descendían por una escalera en extremo angosta. Diseñada con deliberada estrechez por temor a que la muralla cayera en manos enemigas, la arquitectura trababa los pasos de los hombres, volviendo su repliegue lento y dificultoso. Con todo, si en medio de tan penosa retirada lograban alcanzar suelo firme sanos y salvos, era gracias al solitario caballero que aún resistía a espaldas de la tropa, plantando cara al enemigo. "Hah... hah...". El caballero de Bayezid. Vlad de Shoara. Su resplandeciente cabellera rubia había desaparecido sin rastro bajo una capa carmesí; sus mechones empapados de sangre daban testimonio de la ferocidad del combate que acababa de librar. Pese a todo, si algo permanecía inquebrantable en su figura, eran sus pupilas azules, las cuales refulgían con luz propia. En medio de aquella vorágine donde todo su cuerpo estaba cubierto de sangre, sus ojos eran lo único que preservaba su color original. "Atrévanse a dar otro paso, bastardos". El estertor áspero y ahogado al final de sus palabras resonó como el gruñido de una fiera salvaje. Pero al comprender que no se trataba de una vana provocación, sino de una advertencia letal, los caballeros de Gaidar apretaron los dientes con rabia impotente. "Maldito demente...". "Déjenlo ir. No malgastemos fuerzas combatiendo con él aquí". Hartos de aquella tenacidad sanguinaria, los caballeros de Gaidar comenzaron a retroceder con lentitud. Aunque su ademán pretendía aparentar que le franqueaban el paso por propia voluntad, en el fondo de sus pisadas se arrastraba una irremediable sombra de derrota. Pues aunque a lo largo de la muralla se extendía un sendero carmesí que parecía no tener fin, justo a espaldas de Vlad el suelo de piedra se conservaba intacto. Igual que si le hubiera cortado la cabeza a una serpiente de un solo tajo, aquel joven caballero había logrado cercenar de cuajo el rastro de sangre. "Sir Vlad. Todos se han retirado". "... Bien". Vlad echó una mirada hacia atrás y confirmó que, tal como le indicaba Stefan, la totalidad de los soldados se había replegado. "Vámonos". Sin apartar la vista de los caballeros de Gaidar, Vlad y Stefan retrocedieron con cautela. Habían combatido con una bravura encomiable, pero sostener la posición por más tiempo era imposible. La muralla derecha de Deomar ya hormigueaba de soldados de Gaidar, y en ese mismo instante varios caballeros con aceros afilados y desenvainados continuaban fulminándolo con la mirada. "Tenga cuidado". Sin parpadear una sola vez, devorando con la vista a los guerreros enemigos, Vlad descendió los peldaños apoyándose en Stefan. Una distancia tensa y extraña se abrió entre Vlad y los caballeros de Gaidar. Sin embargo, pese a que quien retrocedía era Vlad, eran los caballeros invasores quienes dejaban traslucir una evidente expresión de alivio. 'Gaidar...' Aun mientras bajaba la escalera con paso mesurado, Vlad grabó en sus pupilas la bandera que ondeaba allá en lo alto del muro. Un pendón que ya no exhibía el árbol de la Casa Heinal, sino el águila de Gaidar. Al contemplar al objeto ineludible de su venganza, a una distancia tan próxima que ya no cabía el desvío, Vlad templó en silencio una resolución inquebrantable. "¿Estás bien? ¿No estás herido en ninguna parte?". Tras abandonar la muralla, Vlad y Stefan acudieron a paso firme hacia la reserva que aguardaba a retaguardia. En cuanto Vlad se aproximó, comenzaron a elevarse en torno a él murmullos y exclamaciones de admiración. Los soldados de Heinal, exhaustos y derrumbados por doquier a causa de la fatiga, arrastraron sus cuerpos maltrechos para ponerse en pie nada más divisar su figura. "Me encuentro bien". Vlad tomó el paño que le ofreció Sir Zayar para retirar la sangre que le cubría el rostro y giró la cabeza hacia aquellos ojos del color del agua que lo contemplaban fijamente desde el frente. "Solo he cumplido con lo que debía hacer". Los labios fuertemente apretados de la doncella lucían tan inflexibles como el cabello que llevaba recogido con severidad. Sin embargo, en el fondo de sus pupilas, le resultaba imposible ocultar el desborde de una honda e inocultable angustia. Vlad, de oído agudo, recordaba la frágil voz que a lo lejos le gritaba que bajara de inmediato. "Has hecho un buen trabajo. Ahora descansa". Josef rodeó con el brazo el hombro ensangrentado de Vlad, ahorrándose con aquel gesto un sinfín de palabras. Nadie había contemplado con el corazón más en vilo la desesperada lucha de Vlad, que centelleaba sobre la muralla, más que el propio Josef. "Iré". "... No seas terco". "Permítame acompañarle. ¿Acaso no me lo prometió?". Sin embargo, Vlad mantenía desenvainada su espada, como si se negara en redondo a aceptar semejante consideración de parte de Josef. Aún goteaba un hilo carmesí a lo largo de la hoja de su acero. Sus hombros, estremecidos al compás de un aliento entrecortado, delataban el límite de sus fuerzas, pero no podía detenerse allí. "Me dijo que me pondría frente a Godin. Esa fue nuestra promesa". "..." El momento prometido había llegado. El caballero, otrora un simple muchacho, se hallaba más cerca que nunca de la luna azul, y ahora reclamaba su derecho con absoluta firmeza. "Sí. Ciertamente fue así". Josef lo recordaba con total claridad. 'Tú me darás lealtad; yo te daré honor. Y si surge la oportunidad y te ganas el mérito, te prepararé el escenario para tu venganza'. Esa había sido la condición fijada para aquel plazo de siete años. "Se lo prometo. Esta vez no cometeré ninguna imprudencia". Vlad no estaba pidiendo simplemente que lo dejara marchar. "Aunque me plante frente a Godin, antepondré la responsabilidad y el deber de un caballero". Había cometido muchos errores en el pasado, pero deseaba que al menos esta vez confiara en él. Porque ahora sabía quién era y comprendía lo que debía hacer. Al cargar con la responsabilidad que conllevaba ser un caballero, Vlad ya no podía ser un muchacho obnubilado únicamente por la venganza. "No arruinaré esta guerra por un rencor personal". "..." El deber añadía peso a la existencia, y ese peso forjaba la verdadera solemnidad. Al contemplar en él la estampa de aquel muchacho, del cual apenas quedaban ya vestigios, Josef no tuvo más remedio que asentir con la cabeza. "Está bien". Ignorando la punzante mirada de Alicia a sus espaldas, Josef hizo un ademán con la mano e impartió la orden de traer a Noir. "Confío en ti. La lealtad que me has demostrado a lo largo de este tiempo ha sido, sin duda, genuina". El hecho de que Josef no se hubiera deshecho de Vlad a pesar de sus numerosos traspiés no obedecía únicamente a la codicia por su talento. Incluso en sus días de muchacho, Vlad siempre había sido alguien que se desvivía por cumplir la palabra empeñada, sin importar cuán descomunal o difícil de sobrellevar fuera esa promesa. Josef valoraba enormemente esa sincera integridad. "No debes perderte a ti mismo, sin importar cuán inmensa sea tu ira. Pues perderte a ti mismo equivale a extraviar el camino que tienes por delante". A lo lejos, los relinchos de Noir comenzaron a aproximarse. Aun así, resultaba imposible apartar los ojos de Josef, pues las palabras que le dedicaba en aquel instante entrañaban un peso inmenso. "Gaidar ha bloqueado las puertas. El camino a seguir es angosto y nadie acudirá en tu ayuda". "Entendido". Vlad apartó al fin su mirada de los ojos de Josef para contemplar las puertas fuertemente atrancadas del castillo de Deomar. Eran unas puertas malparadas y agrietadas por doquier tras haber resistido al límite de sus fuerzas. Sin embargo, para avanzar hacia un mundo más vasto, tarde o temprano era imperativo lanzarse fuera de la seguridad de los muros. "Ve. Ve y hazles saber que aún seguimos en pie". Bajo las órdenes de Josef, las puertas de la fortaleza comenzaron a abrirse lentamente. Lo único visible a través de la angosta rendija eran los obstáculos que bloqueaban el paso en todas direcciones; aun así, Vlad pudo discernir con meridiana claridad la ruta que debía tomar. Un sendero que se dibujaba tras su ojo izquierdo, profundamente cerrado. Los vestigios legados por Auguste señalaban la dirección por la que Vlad debía abrirse paso. "Entonces, me pongo en marcha". Si había un sendero, no existía razón alguna para vacilar. Vlad, que antaño había estado confinado en un mundo cerrado y sin salidas, era alguien dispuesto a abrirse paso a través de la hendidura más estrecha. Más allá de las rojas llamaradas y del humo azabache, las pupilas azules de Vlad se fijaron más allá del umbral de las puertas. \* \* \* "¡Maldito demente!". Al contemplar la escena que se desplegaba ante sus ojos, Istvan masculló una maldición sin poder contenerse. Una antorcha azul ardía en silencio más allá del humo negro. Y esa misma antorcha cargaba ahora directamente hacia él sin la menor vacilación. "¡Detenedlo! ¡Cerradle el paso!". Dañadas en alguna parte por la cruenta embestida, las puertas del castillo de Deomar apenas se habían abierto a la mitad. Sin embargo, aun siendo tan solo eso, bastaba sobradamente para que un jinete solitario cruzara a galope tendido. Para el muchacho de los callejones, una abertura de semejante calibre era poco menos que una bendición. "¡Ese tipo está cargando contra nosotros!". "¡De todos modos no podrá pasar! ¡Hay demasiados obstáculos!". Las máquinas de asedio ardían en una caótica hilera. Por consumado que fuese un jinete, nadie sería capaz de sortear semejante cantidad de barricadas. Consciente de ello, Istvan mantenía la mirada clavada, aguardando el instante preciso en que Vlad se viese forzado a frenar en seco. ¡Hiiii-ji-ji-ji! Sin embargo, el corcel negro de la estepa era una bestia espiritual que desafiaba por completo el sentido común. Habiendo percibido a la perfección la senda de Vlad a través de la comunión de sus mundos, Noir atravesó las llamas sin vacilar un solo instante, desgarró la densa humareda y se abalanzó hacia el frente. "Por todos los cielos...". Istvan se quedó boquiabierto, atónito, al ver a Vlad saltar por encima de su cabeza. El caballero que le había arrebatado su espada. Había rechinado los dientes de rencor contra él durante todo aquel tiempo, pero ahora que volvía a tenerlo delante, Vlad saltaba sobre él con la mirada puesta en un horizonte mucho más vasto. "¡Vamos, Noir!". ¡Hiiii-ji-ji! De su párpado izquierdo cerrado fluía la luz de la luna azul que guardaba en su memoria. Por dolorosa que fuese la herida, era innegable que constituía el cimiento mismo del mundo de Vlad. Aquel mundo de caballeros que presenció por primera vez entre las brasas de una fogata. Y el nido que perdió por culpa de ello. Vlad, que no había cesado de rememorar aquellos recuerdos una y otra vez, había obtenido al fin el derecho de pronunciar con entera plenitud el nombre de aquella luz lunar. "¡Goooodin! ¡Sir Godin, caballero de Gaidar!". Segando a los soldados que intentaban cortarles el paso, Vlad y Noir atravesaron a toda carrera la desarticulada formación de Gaidar. Ante la repentina embestida de un caballero surgido a sus espaldas, todos los hombres de Gaidar volvieron la mirada al unísono, presas del estupor. "¡Aquí estoy! ¡Mírame, tú, caballero que jamás pagó el precio legítimo!". Abriéndose paso en solitario a través de aquella inmensa marea humana, Vlad continuaba arremetiendo hacia adelante. La mirada de soslayo de Godin se cruzó con la de Vlad, contemplándolo con absoluto asombro. "¡Toma esto de vuelta, hijo de perra!". Aunque todavía no estuviera a su entero alcance, la luz de la luna azul ahora lo miraba de frente. Directo a los ojos desorbitados de Godin voló un bulto ennegrecido arrojado con furia por Vlad. "¡Te lo advertí!". En un gélido día de invierno, hubo un muchacho que profirió aquel grito mientras se arrastraba por el suelo teñido de escarlata. "¡Juré que te mataría sin falta!". La Sonrisa de la Rosa, sumida en un silencio sepulcral. Aquel rincón donde la cabeza suspendida de Jorge y el llanto de las rameras sollozantes fueron los únicos testigos del muchacho. Lo que allí se derramó no fueron únicamente sangre y lágrimas. "... Ja". Un caballero solo toma lo que corresponde a un precio legítimo. Sin embargo, aquel muchacho que fue Vlad jamás aceptó el falso pago que le arrojaron. Se limitó a conservarlo consigo durante largo tiempo, como la cicatriz imborrable de una herida. "... ¿Aún conservabas esto?". Un pedazo de carne toscamente prensado. Aquella tira de cecina mal curada que había caído sobre la cabeza de Vlad aquel funesto día había regresado de nuevo a manos de Godin. Al contemplar aquel bulto ennegrecido que había volado con impecable puntería hasta él, una sonrisa desprovista de fuerza se dibujó en sus labios. "¡Abran pasoooo!". Vlad atravesó de lleno las filas del ejército de Gaidar y avanzó a galope tendido en dirección a Bayezid. La formación enemiga se abrió en una hendidura recta, semejante a la estela que traza una flecha. A través de aquella brecha, Vlad había arrojado con todas sus fuerzas aquel despojo hacia la luz de la luna azul que por fin lo contemplaba de frente. Y, junto con aquella cecina, arrojó también el doloroso recuerdo de aquel día que durante tanto tiempo había guardado en su pecho. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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Estás leyendo el capítulo 149 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.