Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 148 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Los soldados de Gaidar se agolpaban contra la muralla como un enjambre de abejas.
El acre hedor del aceite hirviente que caía a raudales sobre ellos comenzó a punzar la nariz con un ardor asfixiante.
"¡Aaaaargh!"
Desde allá abajo brotaban alaridos desgarradores, casi insoportables de escuchar. Hombres que se precipitaban al vacío cubriéndose los rostros derretidos y soldados arrastrados a la caída por las convulsiones de sus camaradas. Aquella estampa no duraba más que un instante, mas era un segundo que condensaba toda la crudeza de la guerra.
"Maldita sea."
Sin tiempo siquiera para secarse el sudor que le empapaba el rostro, Cade se vio obligado a colocar otra flecha en la cuerda. Aunque sus dedos estaban colmados de viejos callos, en aquel instante hilos de sangre escarlata resbalaban por sus yemas. Un asedio encarnizado que se prolongaba ya por tres días enteros había sido tan despiadado como para arrancar incluso la piel endurecida por los años.
'Casi preferiría volver a aquel pueblo sumido en la niebla.'
Evocando la amarga experiencia vivida en aquella aldea cubierta de bruma, Cade extrajo en silencio la siguiente saeta. Cada vez que una flecha partía de su mano, alguien caía derribado sin excepción; no obstante, aquello no ofrecía más que un alivio pasajero.
Cinco mil contra mil trescientos. La máxima del arte de la guerra que dictaba que, al amparo de unas murallas, era posible contener a una fuerza tres veces superior carecía de validez en aquellas circunstancias. Esta modesta muralla jamás había sido erigida bajo la premisa de resistir una guerra de semejante envergadura.
La inflexible determinación de Sigmund, resuelto a doblegar Deomar costase lo que costase aquel mismo día, no hacía más que volver la situación más crítica a cada segundo.
"¡Maldito seas!"
Mientras Cade se quedaba absorto por un instante, una mano emergió de súbito por encima de una escala desguarnecida. Una mano empapada en sangre que, aferrándose al adarve de Deomar, logró por fin izar el resto del cuerpo.
"¡Maldita comadreja escurridiza! ¡Te he estado vigilando desde hace un buen rato!"
Entre los párpados del ojo izquierdo de aquel hombre que rugía con ferocidad comenzaba a filtrarse una especie de tenue voluta de vapor. Aquel que había erigido su propio mundo. La prueba irrefutable de ello: el Aura.
"¡Muere!"
"¡Uggh!"
¡Creeeck!
Había intentado contenerlo con todas sus fuerzas, pero al final se abrió una brecha inevitable. La impetuosa marejada que irrumpió a través de ella arremetió con furia desmedida contra Cade.
"¡Miserable imbécil! ¡Hasta el final te niegas a desenvainar la espada!"
Junto a la mofa de aquel caballero desconocido, las fisuras se propagaban por el cuerpo del arco. El orgullo de Cade, la preciada piedra angular sobre la que había cimentado pacientemente su propio mundo, se desmoronaba.
"¡Tal como esperaba de los bastardos sin cuna del norte! ¡Tener la desfachatez de llamar caballero a semejante medio pelo!"
El caballero de Gaidar lo despreciaba por empuñar un arco en vez de una espada. Sin embargo, la resistencia que Cade oponía era aún demasiado débil para borrarle la burla del rostro.
"¡Kgh!"
Al final, incapaz de soportar un embate imbuido de Aura, el arco terminó partiéndose en dos. La punta de la espada, imposible de desviar, le desgarró el pecho de un tajo.
"Mucho renombre y muchas habladurías, pero los caballeros del norte no valen nada."
En la mirada con la que el caballero anónimo contemplaba a Cade desde su altura titilaba un éxtasis inocultable. La constatación de la propia valía a través del sometimiento del débil. Al carecer de convicción en sí mismo, en la punta de su espada palpitaba un mundo que solo era capaz de percibir mediante la humillación ajena.
"¿Cómo te llamas? Aunque vayas a irte al otro mundo, al menos deberíamos intercambiar nombres antes de que partas."
El caballero de Gaidar escupió sobre el adarve empapado en sangre. Aguardando con ansia la nueva capa de carmín que teñiría la piedra, la punta de su espada comenzó a temblar.
"Te he preguntado tu nombre, maldito arquero."
Pese a encontrarse al borde de la muerte, por alguna razón, Cade sonrió. Apoyado con esfuerzo contra el muro, la mirada con la que observaba al caballero apuntaba hacia un punto situado más atrás.
"Vlad de Shoara."
"¿... Qué?"
\*Schk.\*
Había hecho la pregunta mirando hacia adelante, mas la respuesta le vino desde la espalda. Junto a aquella gélida réplica, el mundo entero se invirtió. Del cielo a la tierra, de la tierra al cielo. Girando vertiginosamente, la mirada del caballero captó, por última vez, el estandarte de Gaidar que ondeaba a lo lejos.
\*Plash.\*
"Cade. ¿Está bien?"
"Je, jeje..."
Recostado contra la pared, Cade se limitó a reír con debilidad al reconocer la figura de Vlad.
"Vámonos deprisa. Nuestro flanco también ha cedido."
"... La muralla es demasiado pequeña. Jamás fue una estructura pensada para resistir un asedio."
Vlad, sosteniendo a Cade para ayudarlo a caminar, asintió en silencio ante sus murmullos. Tras ellos venían Stefan y los soldados de Vlad. En el espacio que dejaban atrás al replegarse, los combatientes de Gaidar comenzaron a filtrarse uno a uno.
"Primero debemos reagruparnos."
Vlad apartó de una patada la cabeza del caballero desconocido que rodaba por el suelo. Jamás le preguntó su nombre. Se limitó a clavar los ojos en los soldados de Gaidar que le cerraban el paso. Incluso en ese instante, el estruendo incesante de las escalas golpeando contra el muro resonaba con violencia en sus oídos.
\*\*\*
"¡El flanco derecho de la muralla ha caído! ¡Las fuerzas de Gaidar avanzan ahora por el adarve hacia el portón!"
"El portón tampoco resistirá mucho tiempo a menos que logremos destruir el ariete."
Josef permanecía con los ojos cerrados, aguzando el oído. No necesitaba los apremiantes informes que llegaban de todas direcciones para comprenderlo: entremezclado con la densa y funesta atmósfera se percibía un sordo retumbar. Era el ariete de Gaidar, que embestía una y otra vez contra el portón.
"¿Cuándo demonios llegarán los refuerzos? ¡Hemos aguantado ya tres días enteros!"
Incapaz de contenerse por más tiempo, uno de los caballeros de Heinal descargó un puñetazo contra la piedra del muro, dando rienda suelta a su cólera. Su armadura estaba pringosa por la sangre enemiga. La marea inagotable de soldados de Gaidar que cargaban una y otra vez parecía haber devorado hasta el último vestigio de su paciencia.
"Vienen con un poco de retraso."
"..."
Sin embargo, la voz que respondió a su arrebato rebosaba una calma imperturbable.
"Renunciaremos al muro derecho. Destruyan las escaleras que conducen al interior de la fortaleza."
"¡Pero señor!"
"A partir de ahora nos prepararemos para el combate urbano. Tal como dispusimos de antemano, prendan fuego a las viviendas civiles más cercanas a la muralla."
En medio del clamor incesante de los alaridos, las órdenes de Josef conservaban una absoluta frialdad. Porque Josef Bayezid era alguien que siempre se preparaba para el peor de los desenlaces.
"¿Renunciará a la muralla?"
"Lo lamento, Sir Duncan."
Ante la disculpa de Josef, Duncan terminó por abatir la cabeza. Habría querido protestar que semejante decisión era inconcebible, pero el viejo caballero sabía bien que la situación había llegado a su límite. En tales circunstancias, cualquiera se vería obligado a replegarse.
"Al final, todo termina así."
Debían renunciar a Deomar. Al contemplar la desolación del veterano guerrero que había consagrado su vida entera a la defensa de Heinal, los demás caballeros de la casa bajaron la cabeza al unísono.
"¿...?"
En ese instante, un sonido tenue comenzó a resonar en los oídos de Duncan. Era un clamor grave pero profundo, lo bastante perceptible para que incluso él, sumido en un amargo desconsuelo, lograse distinguirlo. Un sonido insólito que jamás había escuchado en un campo de batalla.
"... Es un cuerno de colmillo. Está labrado con los colmillos de los tigres dientes de sable que solo habitan en el norte."
"¿Cómo dice?"
Duncan abrió los ojos con asombro, aguardando mayores explicaciones, pero Josef se limitó a soltar un leve suspiro y tomó asiento.
"Le pido disculpas. No se lo advertí de antemano por temor a que el plan pudiera filtrarse."
Solo entonces pudo apreciar de cerca la figura del joven. El semblante demacrado, las sombras pronunciadas bajo los ojos. Únicamente en ese instante se hacía visible el titánico esfuerzo que le había costado aparentar una serenidad mayor que la de cualquier otro.
"...Ja."
'He envejecido en vano'.
Comprendiendo la situación recién en ese instante, Duncan cerró en silencio los ojos bajo sus canosas cejas.
¿Cuánto habría tenido que soportar? Para alcanzar ese momento certero que estaba por llegar, Josef no solo había tenido que cargar con los embates del enemigo, sino también con el pavor de sus propios aliados.
Ese era el peso de un comandante y el deber que debía asumir como un Bayezid.
"¿Es whisky?"
"Sí".
Ninguno de los hombres de Heinal allí presentes pudo increpar a Josef acusándolo de haberlos engañado. La punta de los dedos de Josef, que aún sostenía la cantimplora, temblaba con levedad. Aquel joven de profundas ojeras sin duda había apostado también su propia vida sobre las murallas de Deomar.
"Era algo que apreciaba mucho, pero qué afortunado soy de haber vivido para beberlo".
'Después de todo, cosas como el vino caliente o un té desabrido no bastan para satisfacerme. Solo este licor, que desciende desgarrando la garganta y quema hasta las entrañas, me hace sentir con certeza que sigo con vida'.
\*Uuu... uuuu...\*
A lo lejos, resonaba tenuemente el bramido de los cuernos. A medida que aquel eco se aproximaba, el aire cenagoso y asfixiante del campo de batalla se disipaba, dando paso al gélido viento del norte.
Acompañado por aquel sonido tan familiar de su tierra septentrional, Josef alzó el whisky que después de tanto tiempo volvía a paladear.
※※※※
"¡Péguense al muro! ¡Trepen de una maldita vez!"
Bramaba con ferocidad el señor hegemónico del oeste. Con la espada desenvainada en su propia mano, Sigmund vociferaba como un poseso:
"¡Al bastardo que baje sin haber peleado lo mataré yo mismo! ¡Apuñalen lo que sea antes de caer!"
Con los ojos enrojecidos por los vasos sanguíneos reventados y corriendo sin cesar, parecía haber arrojado por la borda cualquier atisbo de decoro. A ojos de cualquiera no era la estampa de un noble refinado, pero ni aun así Sigmund tenía intenciones de detenerse.
"¡Es hoy! ¡Hoy mismo cruzaremos esta maldita muralla!"
No era un método elegante, pero sin duda constituía una forma legítima de mando. Los aspavientos de Gaidar, que más que apasionados rayaban en el frenesí, espoleaban a los soldados con implacable vehemencia.
"Ya está. Ya casi está".
Sintiendo cómo la balanza del combate se inclinaba a su favor, Sigmund sonrió de oreja a oreja.
¡Bum! ¡Bum!
El portón de la fortaleza que cedía impotente y las almenas que, en un abrir y cerrar de ojos, comenzaban a llenarse con sus propios hombres.
Al final, todo se reducía a esto. Por más genio de la estrategia que fuese quien acudiera, para someter a un adversario atrincherado no había otra alternativa que empujar tozudamente a las tropas una tras otra. Y Sigmund era un hombre con una fortaleza indiscutible en esa virtud: la obstinación ciega.
"Ponte a la vanguardia, hijo mío. Ve y restaura tu maltrecho orgullo".
"Entendido, padre".
Ante la orden de Sigmund, Istvan comenzó a jadear con agitación, suspendido en algún punto entre la tensión y el éxtasis. El mandato de su padre marcaba el momento que tanto tiempo llevaba esperando.
'Si la espada que me arrebataron no se encuentra allí, arrancaré al menos la flor del nomeolvides'.
"¡Han quebrado el portón!"
"¡Excelente!"
Un asedio podía prolongarse por más de un año si se complicaba. Sin embargo, Sigmund albergaba la certeza de que rendiría Deomar, y contaba con tropas aguerridas capaces de respaldar esa convicción.
"Aun así, para ser un mocoso resistió con tenacidad".
Sigmund esbozó una sonrisa satisfecha al contemplar los muros ennegrecidos por el hollín de Deomar. El imberbe de Bayezid se había esforzado, pero desde el principio aquella muralla no estaba a la altura de contener a cinco mil soldados. Aunque sin duda se habría desgañitado aguardando a un padre que jamás llegaría.
"¡Escuchen bien, caballeros! ¡Aquel que primero decapite al bastardo de Josef recibirá trescientas monedas de oro!"
En cuanto se proclamó la dorada promesa, resonaron vítores por doquier. La voz de Sigmund, que tronaba al unísono, rebosaba una seguridad absoluta.
"¡Y a quien me traiga a la Baronesa Alicia...!"
No obstante, sus palabras no lograron llegar a su fin.
\*Uuu... uuuu...\*
Un bramido semejante al aullido de una bestia. El toque de un cuerno que portaba una gélida crudeza interrumpió la voz de Sigmund.
Ante aquel repentino estruendo, todos sin excepción se vieron forzados a volver la mirada hacia atrás.
"...¿Qué demonios es eso?"
Allí se desplegaba una escena inconcebible.
En las profundidades del bosque situado a espaldas de su propia formación, una densa marea oscura de soldados comenzaba a derramarse sobre la pradera. A juzgar por su número, debían de ser al menos tres mil efectivos.
"No... puede ser..."
Sigmund abrió los ojos de par en par con incredulidad ante aquella visión. Se frotó los párpados a toda prisa con la mano, pero frente a él seguía alzándose con solidez aquel ejército formidable.
"...¿Acaso han abandonado Sturma?"
Creía haber tendido una trampa de la que resultaría imposible escapar. Sin embargo, lo que ondeaba ahora ante ellos era el estandarte de quienes bajo ninguna circunstancia deberían hallarse en aquel lugar.
"¿Por qué?"
El norte había aguardado durante largo tiempo. El instante en que pudiera alzarse con orgullo, superando la discriminación, el desprecio y la incesante contención. La amenaza de Dragulia y Gaidar no había sido más que la chispa que aceleró la llegada de ese momento.
"¡Bayezid! ¡¿Por qué Bayezid?!"
El estandarte de Bayezid que ondeaba al frente: esa insignia constituía la mismísima respuesta que el norte le entregaba al oeste. Los muros de Sturma bordados en la bandera que ondeaba al viento proclamaban que habían contenido su furia durante demasiado tiempo.
※※※※
"Después de todo, nos hemos demorado un poco".
Peter frunció el ceño al contemplar las murallas de Deomar teñidas de negro por el fuego y el hollín. Sin embargo, en lo más alto de la muralla aún ondeaba el estandarte de Heinal, de modo que no habían llegado tarde.
"Has resistido bien".
Maniobrar y rodear el terreno con un contingente tan masivo de tres mil soldados era, sin lugar a dudas, una empresa descabellada. No obstante, seguro había sido mejor que la ordalía soportada por Josef, quien resistía en el interior de aquellos muros. Peter dejó escapar una sonrisa amarga al pensar en su segundo hijo, quien hasta ese momento se habría batido en una lucha solitaria y desesperada.
"Hijo mío. Ve a la cabeza".
"Sí, padre".
Ante la orden de Peter, Rutger enristró y alzó en alto la lanza de caballería que sostenía. Hacia donde apuntaba la afilada punta de aquella lanza se extendía la formación del ejército de Gaidar, que dejaba su retaguardia completamente expuesta.
"¡No me andaré con rodeos! ¡Caballeros míos, vayan y muéstrenles!"
Desde los oscuros ojos de Peter comenzó a aflorar con lentitud una profunda cólera. Aquellos que se habían atrevido a ultrajarlo, a insultar a su esposa y a atormentar a su hijo. La furia gélidamente afilada de Peter se transmitió al corazón de Rutger a través de la sangre de los Bayezid.
"¡Quiénes son los Bayezid...!"
Junto con el rugido de la orden de Peter, los alaridos de los caballeros comenzaron a retumbar. La caballería de Bayezid inició su carga arrolladora a lo largo y ancho de la vasta pradera. Habiéndolos avistado recién entonces, las tropas de Gaidar intentaron adoptar una formación defensiva a toda prisa, pero ya era demasiado tarde para frenar a una caballería que se precipitaba a la carga.
"¡¿Qué demonios es eso?!"
"¡¿Por qué están esos bastardos a nuestras espaldas?!"
"¡No podemos esquivarlos!"
Al frente, cientos de corceles cargando con ímpetu devastador. A sus espaldas, una muralla que aún no habían conseguido franquear.
Rutger, quien mantenía cerrado su ojo izquierdo, golpeó suavemente su lanza con la yema del dedo.
"Entraron a su antojo, como les vino en gana".
Una resonancia que brotaba desde las profundidades de su mundo interior comenzó a propagarse a lo largo de la punta de su arma. Aguardando con regocijo la ruina que pronto pendería del filo de su lanza, Rutger sonrió en silencio.
"Pero no se marcharán cuando les plazca".
¡Baaam!
"¡Aaaaargh!"
Los soldados de Gaidar salieron despedidos y dispersos como fragmentos rotos. El mundo de Rutger, aquel que había sido capaz de hender incluso al más pétreo de los dragones, embestía con ferocidad implacable directo hacia el águila del oeste.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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Capítulo 149
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 148
Estás leyendo el capítulo 148 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.