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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 147 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Cartas enviadas a Shoara, cuervos surcando los cielos desde múltiples rincones e incluso el orbe mágico de Dorothea, que no cesaba de destellar. Una sucesión ininterrumpida de noticias funestas convergía sobre el ejército de Bayezid que marchaba rumbo a Deomar. "Es un despacho urgente de Bayezid." Erigiendo las orejas puntiagudas características de la raza de las bestias, Dorothea contempló a Rutger sin poder disimular su honda preocupación. "Dicen que a la señora Oksana le ha llegado una orden de comparecencia de la Santa Sede..." Habían sido los desvelos de una madre por su hijo enfermizo, pero a los ojos de ciertos hombres aquello no fue más que un acto perverso. Juzgada al antojo de quienes solo miraban lo que deseaban ver, la mujer llamada Oksana acabó sentenciada sin miramientos. A pesar de que no era una persona que mereciera semejante trato. "Padre." "..." Deomar se encontraba ya a tiro de piedra. Bastaba apenas medio día de marcha para alcanzar el campo de batalla, pero aun así los malos presagios continuaban lloviendo sin descanso. Los espías apostados por doquier, la Santa Sede mostrando los colmillos y los señores vecinos con territorios colindantes; todos, al unísono, advertían de que una catástrofe mayúscula estaba a punto de cernirse sobre Sturma. "Habrá que regresar." Tras recibir incluso el cuervo despachado desde el confín más remoto del norte, Peter ensombreció el semblante con severidad y rompió el silencio. "Pero señor conde, si nos replegamos ahora, Josef quedará totalmente aislado allí solo." Al oír la resolución de Peter de regresar sobre sus pasos, Rutger comenzó a oponerse con vehemencia, alegando que no podían dejar las cosas en tal estado. "Deomar puede que no importe, pero al menos a Josef debemos sacarlo de allí. Si me confía un contingente..." Quizá se debiera a la gravedad de la situación, pero en la voz de Rutger se traslucía, siquiera un ápice, una auténtica sinceridad. Eran hermanos predestinados a enfrentarse desde la cuna, mas al menos en aquel instante, ambos eran sangre de Bayezid. "No te preocupes. No dejaré a Josef solo." "¿Cómo?" Rutger abrió los ojos con asombro al advertir la tenue sonrisa que despuntaba en el rostro de Peter. En un momento en que la señora de la casa condal había sido convocada por la Santa Sede y las tropas imperiales del centro amenazaban Sturma, la estampa de Peter denotaba una calma absoluta. "Por naturaleza, la clave de toda guerra reside en frustrar aquello que el enemigo pretende lograr." La victoria en un conflicto bélico dependía, a fin de cuentas, de cuántos recursos pudieran volcarse sobre el frente establecido. Precisamente por ello, Sigmund y Dragulia habían urdido semejante maniobra: para escindir el grueso del ejército de Bayezid de las fuerzas de Heinal mediante una amenaza crucial que resultara imposible de ignorar. "Ahora que tenemos claras las intenciones del enemigo, responderles será más sencillo." Peter arrugó entre los dedos la última misiva enviada por el Duque de Acero. En sus oscuras pupilas comenzó a emerger la cólera que hasta entonces había mantenido celosamente reprimida. "Habrá que dar un gran rodeo. Quizá nos retrasemos un poco." Dicho esto, la mirada de Peter se clavó en la distancia. Apuntaba en una dirección ligeramente desviada de la que habían seguido hasta ese momento. \* \* \* "...¡Por tales razones, exijo que Josef de Bayezid salga de inmediato a disculparse por sus insolencias pasadas! ¡Y que la baronesa Alicia demuestre su debido respeto hacia el oeste aceptando este enlace matrimonial!" Portando la bandera blanca de emisario, un caballero del oeste cabalgaba a voces frente a la muralla. Aunque Vlad ignoraba la identidad de aquel hombre, pensaba que al menos cabía encomiar el valor de soltar semejantes estupideces con tanta arrogancia ante una marea de enemigos. "¿Qué? ¿Por qué me miran?" Sin embargo, los soldados a su alrededor no parecían opinar lo mismo. Con rostros cargados de inconformidad, los hombres de Heinal empezaron a mirarlo uno tras otro. Parecían reclamarle que, en una situación como esa, era él quien debía dar la cara y soltarles cuatro verdades. "...Ejem. Maldito infeliz merecedor de la muerte. ¿Cómo se llama ese bastardo?" No se debía únicamente a la extraña presión que sentía. Aunque aquellas palabras brotaron para avivar la moral de la tropa ahora que ejercía como comandante... "¡¿Cómo te atreves a ultrajar a nuestra señora baronesa?! ¡Da la cara y di tu nombre, insolente!" "¡Sir Vlad exige saber cómo te llamas, escoria!" Lo que había comenzado como un apagado murmullo de Vlad se transformó en una ola que recorrió las filas y resonó con estruendo a lo largo de las almenas. "¡Te estamos vigilando! ¡El caballero de Lady Alicia tiene los ojos puestos en ti!" "¡Si te cruzamos en el campo de batalla, te descuartizaremos miembro a miembro!" Ante la repentina andanada de improperios que los soldados desataron como si hubiesen estado esperando la señal, no solo el emisario que traía la declaración quedó atónito, sino el mismísimo Vlad. Jamás imaginó que los ánimos fueran a encenderse hasta semejante extremo. Aunque no sabía si era mera sugestión, le pareció sentir la mirada incisiva de Josef clavándose en él desde la distancia. "¡Kuk!" Viendo la furia de las tropas de Deomar, alguien debió de juzgar que la farsa había ido demasiado lejos, pues una flecha surcó el aire de improviso. Aunque no buscaba segar una vida, el proyectil que se clavó en las ancas del corcel bastó con creces para sembrar el desconcierto en el emisario. "¡Ese miserable se cayó de la montura!" "¡Salgan a matarlo!" La pretensión de Gaidar de amedrentar al adversario con aquella declaración quedó hecha pedazos en un instante. El caballero de Gaidar echó a correr a tropezones tras su montura, que había huido despavorida. Con el cuerpo bamboleándose al cojear por el golpe de la caída, su silueta en fuga no resultaba más que ridícula a la vista de todos. "...Vaya manera de haberlo provocado hasta el fondo." Bajo el pendón más fastuoso, observando el campo de batalla desde lo alto del adarve, Josef se rascó la frente con fastidio al ver que las líneas del ejército de Gaidar comenzaban a ponerse en marcha en el confín opuesto. "Se mire por donde se mire, lo suyo es un don natural. Puso en movimiento a cinco mil hombres con una simple frase." "...Me encargaré de llamarle la atención más tarde." Desde el límite de la estepa, las tropas de Gaidar comenzaron a aproximarse con paso firme. Incluso a simple vista, se distinguían en el horizonte unas torres de asedio ensambladas a una escala tan colosal que rivalizaba con la propia altura de los muros. "Se han preparado a conciencia." Las máquinas de asedio debían contarse por docenas. Si cabía hallar algún consuelo, residía en el hecho de que, al tratarse de un terreno carente de formaciones rocosas, el enemigo no dispondría de proyectiles adecuados para operar catapultas. "Prendan fuego a las saetas." Sin embargo, Gaidar no era el único que se había preparado meticulosamente. Los arqueros aproximaron las puntas de sus proyectiles a las antorchas para encenderlas una a una. Apuntando hacia el sol recién despuntado en el firmamento, las flechas de las huestes de Heinal se alzaron al unísono. "Aún no." Midiendo las distancias con gélida serenidad, Josef comprobó el alcance del tiro. En la posición del defensor que resiste tras los muros, nadie comprendía mejor que él que ningún asalto resultaba tan certero e infalible como la primera andanada arrojada sobre el adversario. La oportunidad más valiosa debía aprovecharse con la máxima precisión. "Ya se acercan." "Todavía no." El clamor de las huestes de Gaidar resonaba desde la vanguardia. Los saqueadores del oeste cargaban a la carrera, embrazando sus escudos. Varios de los más veloces habían conseguido alcanzar ya las inmediaciones mismas situadas al pie de la muralla. "¡Ahora!" El extremo superior de una de las torres de asedio se inclinó bruscamente hacia un costado. Al advertir que el instante decisivo había llegado, Josef bramó la orden con un rugido atronador. "¡Es una trampa!" "¡Los malditos cavaron fosos!" "¡Maldita sea! ¡Si pasamos por aquí hace apenas un instante!" Se trataba de trampas diseñadas para ceder según el peso ejercido sobre la superficie. Zanjas tan hondas como fosos defensivos se abrieron de súbito, tragándose de un solo bocado la formidable maquinaria de asedio de Gaidar. Y desde lo alto del cielo, una lluvia torrencial de flechas candentes al rojo vivo comenzó a precipitarse sobre sus cabezas. \* \* \* "...¿Cómo decías que se llamaba ese tipo?" "Josef. Es el segundo hijo de Bayezid." A lomos de su corcel, contemplando el campo de batalla, Sigmund soltó una risa seca. "Ese muchacho tampoco parece estar del todo en sus cabales." "¡Aaaaargh!" "¡Flechas!" "¡La torre de asedio está ardiendo!" "¡Apaguen el fuego primero!" Habían excavado una cantidad tan demencial de trampas por doquier que desafiaba el sentido común. Al presenciar aquel entramado tan denso que daba risa por lo inverosímil, Sigmund sonrió con incredulidad. Era una estratagema que bien podía tildarse de ardid propio de un cobarde, pero cuando alguien se atrincheraba a defender con semejante grado de determinación y esmero, no quedaba más remedio que reconocerle el mérito. "Ya veo. Nos estaban tapando los ojos." El hecho de que Peter hubiese desplegado un destacamento independiente para hostigar su retaguardia no había tenido por único objetivo cortar las líneas de suministro. Los exploradores, que cumplían en el campo de batalla la función primordial de los ojos... Mucho antes de esto, los numerosos exploradores del oeste que debieron haber reconocido el campo de batalla con antelación no habían logrado advertir aquella situación por andar persiguiendo a destacamentos independientes como el de Vlad. "Eviten las zonas derrumbadas y vuelvan a enviarlos. Después de todo, no es más que una maniobra para ganar tiempo". "Entendido, señor conde". A pesar de que las pérdidas eran mayores de lo previsto, Sigmund no perdió la compostura. En todo asedio, las bajas en el bando asaltante eran inevitables por naturaleza. Sigmund prefirió concentrarse en el desenlace en lugar de dejarse agobiar por el proceso. "Al fin y al cabo, solo hace falta superar las murallas". Las murallas de Deomar eran bajas y no contaban con ningún accidente geográfico que sirviera de obstáculo. Para colmo, la disparidad de fuerzas era de casi cinco a uno: mil trescientos contra cinco mil. Sumado a ello, sus hombres eran combatientes veteranos curtidos en incontables batallas, de modo que aquella contienda no era más que una mera cuestión de tiempo. Esas trampas enterradas con frenético empeño no hacían sino evidenciar con elocuencia la inquietud del bando defensor. "Por mucho que aguardes, ese padre al que tanto esperas jamás vendrá. Qué lástima, de verdad". Cualquier señor feudal intentaría impedir a toda costa que le arrebataran su capital territorial. Jamás renunciaría a Sturma solo para proteger una tierra ajena como Deomar. "La primera torre de asedio ha encajado contra la muralla". "Sí. Ya lo he visto". Tal como informó Godin, una de las torres de asedio, ennegrecida por el hollín y el fuego, había conseguido aferrarse con firmeza a las almenas de Deomar. Al ver el alboroto desconcertado que comenzaba a propagarse sobre el adarve, Sigmund se limitó a esbozar una sonrisa mientras se acariciaba la gruesa quijada. \* \* \* "¡Viene la torre de asedio!" "¡Disparen las flechas!" "¡Mátenlos antes de que salten a la muralla!" "Uf...". Vlad exhaló un suspiro pausado y clavó la vista en la torre de asedio que se cernía justo ante sus ojos. A pesar de encontrarse envuelta en llamas, su titánica mole no detenía la marcha. En la cúspide de aquella máquina colmada de malevolencia se agolpaban los soldados de Gaidar, apretujados y encogidos tras sus escudos alzados. "¡Señor Vlad!" "Ya lo sé". El capitán mercenario Stefan aprovechaba al máximo su vasta experiencia para secundar a Vlad. "Aparte de ellos, ¿no hay otros enemigos trepando cerca?". "¡No, señor! ¡Ninguno!". Sin embargo, su superior, de quien cabía esperar una total inexperiencia, mantenía una serenidad mucho más imperturbable de lo imaginable. 'Nació para esto...'. En ocasiones surgían hombres así. Aquellos cuya propia sangre estaba predestinada para el campo de batalla. En este mundo existían personas para las cuales afirmar que eran hábiles en combate real se quedaba corto: estaban hechas a la medida exacta de la guerra. "¡La torre ha hecho contacto!". "¡Hijos de perra! ¡Muéranse todos!". El caballero de Gaidar que encabezaba el asalto pateó la compuerta de madera en llamas y se lanzó hacia adelante en cuanto la estructura alcanzó la muralla. "¡Soy Hommel de Gaidar...! ¡Cof!". Aquel caballero de Gaidar había rugido como una fiera, dando rienda suelta a toda la furia contenida. Sin embargo, no pudo terminar de pronunciar su propio nombre antes de ser repelido de vuelta al interior de la torre por una patada brutal. "Stefan". "¡Sí!". "Cierra la compuerta". "¿Cómo dice?". El caballero rodó estrepitosamente hacia el fondo de la torre de asedio. Acto seguido, los ojos azules de Vlad se lanzaron tras él, adentrándose en aquella estructura que ardía al rojo vivo. "Te he dicho que eches el cerrojo a la compuerta". Hacia esa torre de asedio atestada de alaridos, órdenes rabiosas y tumulto sangriento, Vlad dio un paso al frente sin la menor vacilación. "Bien. Ese tipo que gritaba hace un momento... ¿cómo dijiste que te llamabas?". Antes de que aquellos intrusos pudieran pisar la muralla, Vlad resolvió convertirse primero en el intruso de sus enemigos. En medio de la torre devorada por las llamas, su ojo izquierdo resplandecía con un fulgor blanco incandescente. \* \* \* En La Sonrisa de la Rosa, en Shoara. Allí, la madama de cabellera escarlata sostenía una carta recién entregada, incapaz de disimular la sonrisa que se dibujaba en su rostro. "Míralo nada más... Se empeñó en escribirla sobre un barco que no paraba de tambalearse. Diciendo que hasta ahora había estado demasiado ocupado como para escribir". "Como si Vlad fuera a decir semejante cosa". Ante el afilado reproche de Jemina, Haben se rascó la nuca y tomó asiento. En la mesa del cuarto piso, un lugar reservado con exclusividad para los huéspedes más distinguidos, ya descansaba una copa de licor aromático servida para el capitán que acababa de traer tan gratas noticias. "De cualquier modo, la escribió él. De eso no cabe duda". "...Bah. ¿Y a mí qué me importa?". A pesar del desdén de sus palabras, las yemas de los dedos de Jemina temblaban levemente mientras rasgaba el sobre enviado por Vlad. Bajo el resplandor de la araña de luces, el adorno en su cabello brillaba con fastuosidad. Nadie que contemplara a la Jemina actual sería capaz de evocar la imagen de la muchacha de los callejones. Frente a la belleza deslumbrante de La Sonrisa de la Rosa, la carta del caballero dirigida a Lady Jemina comenzó a desplegarse. En aquellos trazos torpes e irregulares latía la huella imborrable de alguien a quien tanto añoraba. \* \* \* Para Jemina: Me encuentro bien. "¡¿Pero qué demonios le pasa a este desquiciado?!". "¡Mátenlo! ¡Mátenlo de una vez!". El barco se mece bastante y me marea un poco, pero se puede soportar. "¡La torre de asedio se está tambaleando!". "¡Ese loco está destrozando las escaleras!". He tenido diversas misiones por aquí y por allá, aunque ninguna fue gran cosa. Pronto habrá una guerra, pero no hace falta que te preocupes. Al fin y al cabo, soy algo así como el caballero escolta del señor Josef, de modo que dudo que me manden a la vanguardia más profunda. Eso significa que estaré a salvo. "¡Señor Vlad! ¡Tiene que salir ya!". "¡La torre se viene abajo!". Así que no te angusties demasiado y nos vemos luego en Shoara. Hasta pronto. \* \* \* Era pleno día, pero un viento gélido barría la planicie. Entre los estandartes caídos por doquier, los cadáveres se amontonaban unos sobre otros en macabras hileras. En medio de aquel silencio compartido por vivos y muertos, solo un hombre dejaba escapar quejidos agónicos. "¡Puaj...! ¡Cof!". "Te lo preguntaré una vez más. ¿Dónde estamos?". Aquel caballero de llamativa cabellera escarlata la tenía ahora manchada de un rojo mucho más denso y sombrío que su tono natural. "El norte... Estamos en el norte". "Así es. Esto es el norte". Con un cabello cano acorde a sus años, pero con una expresión tan rebosante de vitalidad que evocaba a un león septentrional: Timur, el Duque de Acero. "Entonces, ¿por qué me ignoraste en mis propios dominios? ¿Acaso te parecía un bufón?". "¡Guh!". Radu volvió a ser estampado contra el fango empapado por una fuerza despiadada. Incapaz de aspirar una bocanada de aire, su cuello, demudado por la asfixia, comenzó a convulsionar con desesperación. "Escúchame bien, engendro pelirrojo que apenas heredó la mitad de la sangre de dragón". "¡Cof! ¡Guh!". El brazo de Timur permanecía de hierro, sin ceder lo más mínimo ante el torrente de Aura que el joven liberaba en un intento desesperado por sobrevivir. En el rostro del león, que le mostraba las fauces de la muerte a un cachorro insolente, se dibujó una sonrisa cruel. "Ya sabía de sobra que ese emperador que yace postrado y moribundo no es más que un cadáver andante". "¡... !". Ante aquellas palabras de Timur, las manos de Radu se clavaron con fuerza en el lodo. El temblor errático de sus dedos denotaba que sus fuerzas tocaban a su fin. "¡Puaj! ¡Cof, cof!". Solo cuando la pesada presión que aplastaba su cabeza desapareció, Radu logró salir a duras penas del cenagal. "Jaaah, jaaah...". Al alzar la vista con urgencia, descubrió a su alrededor una multitud de estandartes de diversos diseños y colores. Las insignias de los señores feudales del norte. En los ojos de aquellos nobles que contemplaban fríamente al dragón no cabía la menor compasión. "¿Desde... desde cuándo...?". Timur mostró sus blancos dientes en una sonrisa de mofa al ver que el dragón recién comprendía la situación. Sin embargo, el arrepentimiento siempre llega tarde. Por mucho que Radu se lamentara a destiempo, los cadáveres de los innumerables soldados que marchaban hacia Sturma jamás volverían a ponerse en pie. "Te perdonaré la vida. Así que ve y dile a tu padre:". "¡Aaaaaagh!". La espada de Timur fue desenvainada con una rapidez imperceptible a la vista. La punta de la hoja atravesó la palma de Radu y se clavó profundamente en la tierra. "Que no volveré a jurar lealtad a un imperio que carece de un emperador legítimo". El dragón lloraba ante la inminencia de la muerte, mientras el león del norte sonreía al contemplarlo. Aquella sonrisa, guardada en secreto durante tanto tiempo, resplandecía con implacable nitidez. Entre sollozos contenidos y un frío silencio sepulcral, aquel lugar era el norte. Una tierra exclusiva para ellos, donde las leyes del imperio ya no tenían validez. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 147

Estás leyendo el capítulo 147 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.