Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 146 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
En lo profundo de una noche en que todos dormían, Alicia ascendía a solas la colina tras la mansión, sosteniendo un farol en la mano.
"Uf..."
Un pesado suspiro, impropio de sus ligeros ropajes, escapó de sus labios. Vestía únicamente un chal sobre una prenda vaporosa, como si acabara de levantarse tras dar vueltas en el lecho sin poder conciliar el sueño. Con toda probabilidad, dormir le resultaba imposible; el aire enrarecido por la tensión que rezumaba desde cada rincón la atenazaba sin darle tregua.
"¡Ah!"
En cuanto posó el pie en la falda de la colina, una repentina ráfaga de viento estival comenzó a soplar. Alicia no tuvo más remedio que cerrar los ojos ante el viento que se colaba directo hacia sus párpados. Ante aquel vendaval imprevisto, sus cabellos de color de agua ondearon hacia el cielo nocturno.
"Uf. Últimamente no deja de pasarme esto."
Alicia se frotó los ojos ante aquel viento tan impetuoso que se antojaba malicioso, y refunfuñó con el semblante ceñudo. En estos últimos días, cada vez que subía a la colina, se levantaba una brisa que no correspondía en absoluto a la estación. Dado que los demás criados aseguraban no haberla sentido jamás, Alicia se limitaba a pensar que simplemente se trataba de su propia mala suerte.
"¿Eh?"
Fuese o no sugestión suya, tras recibir aquel viento, el paisaje en la cima de la colina parecía de pronto algo distinto al de hacía unos instantes. En medio de aquel entorno que se antojaba insólitamente luminoso a pesar de la claridad de la luna en el firmamento nocturno, una familiar cabellera rubia comenzó a dibujarse ante sus ojos.
"Hum. Qué descaro el suyo."
Al divisar a Vlad sentado y apoyado contra la base de un árbol, Alicia frunció los labios con remilgo y se aferró al borde de su falda.
"No hace más que hablar con soltura, pero ninguna de sus palabras me demuestra nada tangible."
Subía allí con total desparpajo, como si a estas alturas aquel fuera su propio rincón. Al contemplarlo, Alicia no pudo evitar murmurar quejumbrosa en voz baja. De nada servía que se proclamara el caballero de Lady Alicia si apenas se presentaba una vez cuando ella lo mandaba llamar, y eso con suerte. Para encontrarse en una mansión tan modesta, Vlad se las arreglaba para ocultarse con tal destreza que no dejaba el menor rastro por dondequiera que pisara.
"..."
Alicia apresuró el paso colina arriba con tanta prisa como despecho albergaba, pero lo que la aguardaba allí no era más que Vlad con la cabeza inclinada, recostado contra el tronco. Parecía completamente dormido, pero al ver que aun así se las ingeniaba para sostener su espada firmemente abrazada, Alicia no pudo reprimir una leve sonrisa.
"Qué vida tan envidiable la tuya."
Siendo de noche, era natural que le venciera el sueño. Con todo, ¿acaso los caballeros solían dormirse de forma tan profunda como para perder la noción de cuanto los rodeaba? Al advertir que Vlad ni siquiera se inmutaba a pesar de los ruidos que ella hacía para delatar su presencia, Alicia frunció el ceño con desconcierto.
"...Míralo cómo duerme. ¿Es que ni siquiera siente tensión?"
En escasos días daría comienzo una guerra encarnizada. Pese a ello, en la figura apaciblemente dormida de Vlad no se vislumbraba la menor tribulación ni zozobra. Y, sin embargo, aquella estampa suya entregada a un reposo despreocupado le infundía a Alicia una sutil brizna de serenidad.
"Un caballero insolente que ni siquiera reconoce a su señora."
Aunque de sus labios brotaban reproches, Alicia tomó asiento con sigilo junto a Vlad por temor a despertarlo. Las luciérnagas que flotaban en un suave revoloteo se dispersaron en todas direcciones en cuanto ella se acomodó en la hierba.
Una solitaria luna azul se alzaba sobre la serena noche estival. Tras contemplar el firmamento junto a Vlad durante un largo rato, Alicia movió los labios con suavidad, como si hubiera tomado una determinación. Por el modo en que se hallaba sumido en el sueño, parecía evidente que no despertaría fácilmente hiciera ella lo que hiciese.
"...Vlad es el caballero de Lady Alicia."
La voz de Alicia resonó con delicadeza en el oído del muchacho dormido.
"Por lo tanto, en el futuro vendrás a visitar a Alicia con frecuencia."
Aunque estaban a solas, Alicia se cubrió los labios discretamente con la palma de la mano alzada, temerosa de que alguien pudiera escucharla. Únicamente los vientos que danzaban en lo alto de la colina entendían el sentido de su voz.
"Vendrás a ver a Alicia más a menudo que a Lord Josef. ¿Entendido?"
Alicia empezó a repetir aquellas frases una y otra vez, casi como si pretendiera hipnotizarlo. Sabía de sobra que Vlad no actuaría según su voluntad por mucho que hiciera aquello, pero susurros como aquellos no daban muestras de detenerse. Eran palabras que podía pronunciar con soltura precisamente porque él era incapaz de oírlas.
Sin embargo, aquellas frases se estaban grabando en la mente de Vlad con más hondura que nunca.
"...¿No me estarás oyendo, verdad?"
Sin duda Alicia lo hacía como una simple travesura, por lo que ignoraba por completo la verdad: en ese mismo instante, Vlad no estaba durmiendo, sino contemplando su propio mundo interior a través de una profunda meditación.
"¿Por qué mueves las orejas?"
Dado que debía sumergirse hasta lo más hondo, el mundo de Vlad se encontraba abierto de par en par, permitiendo que los murmullos de Alicia se filtraran directamente en su interior.
Vlad se hallaba ordenando su mundo interior mediante la meditación a fin de prepararse para el combate que se avecinaba. Al tratarse de una tarea sumamente delicada, les había encomendado con insistencia que lo despertaran si alguien se aproximaba; sin embargo, la serpiente blanca y los pequeños espíritus de la colina, a quienes les había confiado la guardia, se limitaban a fingir inocencia, desentendiéndose por completo como si el asunto no fuera con ellos.
\*\*\*
"Hum."
A la mañana siguiente, Josef subió a lo alto de las murallas y divisó a lo lejos al ejército de Gaidar, que avanzaba hacia ellos.
"Vaya, parece que apenas han sufrido deserciones."
Pese a las incesantes maniobras de hostigamiento, el Conde Gaidar se las había ingeniado para mantener cohesionadas sus huestes. El ejército del oeste bajo su mando comenzaba a despuntar en el confín de las verdes praderas de Deomar.
"Los soldados están inquietos, Lord Josef."
"...Hicimos bien en elevar la moral de antemano."
La densa atmósfera del campo de batalla se percibía sin necesidad de mirarla. Cinco mil hombres frente a mil trescientos. Por mucho que estuvieran resguardados tras los muros de la fortaleza, a cualquiera le resultaría difícil conservar la serenidad al ver aproximarse una fuerza que los superaba en más del triple. Con todo, aunque la zozobra recorría las filas del ejército de Heinal, su moral no daba visos de desmoronarse.
"Por descontado, previste esta situación cuando actuaste, ¿no es así?"
"...Supongo que sí."
Vlad asintió con presteza ante la mirada impasible que Josef le dirigía. En cierto modo, aquella rotunda provocación suya no había sido distinta de asestar el primer golpe. Los soldados del ejército de Heinal hallaban un alivio considerable no solo en la certeza de que las tropas de Bayezid llegarían tras ellos, sino también en la sola presencia del caballero llamado Vlad.
"He oído que esta mañana has acudido a presentarle tus respetos a la Baronesa."
"Así es."
Josef plegó el catalejo y comenzó a caminar con parsimonia por el adarve. Los caballeros de Bayezid que lo escoltaban formaron una larga hilera tras sus pasos.
"Has hecho bien. Aunque solo sea a título nominal, la comandante de esta contienda es Lady Alicia, por lo que resulta primordial ensalzar su dignidad."
Cualquiera dentro de la fortaleza era plenamente consciente de ello: por mucho que Alicia ostentara el mando supremo en esta batalla defensiva, no se trataba más que de una mera formalidad. Quienes en verdad movían los engranajes de la guerra eran Gaidar y Bayezid, y quien dirigía a las tropas en aquel bastión era Josef. En semejante coyuntura, las muestras de deferencia que Vlad le brindaba a Alicia se convertían, sin duda alguna, en un factor idóneo para enardecer la moral del ejército de Heinal.
Un caballero a quien Bayezid tenía en tan alta estima y que, no obstante, no vacilaba en inclinar la cabeza ante el señor de aquellas tierras. Aquella actitud de respeto hacia ella bien podía considerarse una maniobra política consumada.
"Veo que ahora te desenvuelves a la perfección incluso sin necesidad de que te lo enseñe."
"..."
Al ver la satisfecha sonrisa de Josef, Vlad no pudo evitar rascarse la nuca. Únicamente lo había hecho porque hoy, por alguna razón, había sentido la corazonada de que debía rendirle pleitesía; jamás imaginó que aquel gesto acarrearía tales implicaciones. Al escuchar las reflexiones de Josef, pareció comprender al fin por qué Alicia y Duncan se habían mostrado tan complacidos ante un simple saludo matutino.
"Observa bien. Desde este tramo hasta aquel será el sector que quedará bajo tu mando."
Siguiendo las instrucciones de Josef, Gregory, Cade y Maksim fueron apostándose uno a uno en sus respectivas posiciones asignadas.
Y ahora era el turno de Vlad. Tras asignar meticulosamente los sectores a cada uno de sus oficiales, Josef se dirigió al último de ellos para indicarle la zona que quedaría bajo su mando. Era algo que bien podría haberse resuelto en un consejo de guerra ordinario, pero se trataba de una consideración especial hacia Vlad, quien se enfrentaba a una contienda por primera vez.
"He recibido informes de inteligencia que indican que el ejército de Gaidar avanza equipado con maquinaria de asedio. Sin duda intentarán escalar las murallas".
Aunque las habían reforzado a conciencia, los muros de Deomar eran inevitablemente reducidos en escala. Sigmund había juzgado que le bastaría con eso para vulnerarlos, y el despliegue de las armas de asedio que traía consigo demostraba la firmeza de sus intenciones.
"Será un combate feroz. Más que nunca, será un momento en el que tu juicio resultará decisivo".
"……".
En medio de incontables escaramuzas, discernir qué sector cedía o en cuál se abría una brecha: determinar todo aquello recaería a partir de ahora sobre los hombros de Vlad. Aunque se trataba de un tramo de muralla que bien podía tacharse de corto, desde ese instante Vlad se había convertido, en la práctica, en el señor de aquel bastión.
"Mantén siempre los ojos puestos en los caballeros enemigos. Al igual que tú, son hombres capaces de alterar el curso de los acontecimientos en cualquier instante".
"Entendido".
A un caballero solo podía hacerle frente otro caballero. Al carecer de experiencia bélica, Vlad tendría que guardarse sin tregua de aquellos que poseyeran un filo tan afilado como el suyo.
"……".
A Josef le restaban más palabras por decir, pero optó por guardárselas. Después de todo, su caballero ya tenía la mirada fija en el enemigo.
"Ten cuidado".
"Así lo haré".
Ambos se separaron tras un escueto cruce de palabras. Mientras descendía por la angosta escalera de piedra, Josef rememoró un gélido día de invierno.
"¿Se enfrentarán ambos?".
"Si se le presenta la oportunidad, es muy probable que lo haga".
"…… Ya veo".
A pesar de haber sido un mísero muchacho de los callejones, aquel joven había declarado con absoluto aplomo que destrozaría a la Luna del Oeste. En aquel entonces no era más que una remota posibilidad, pero ahora se había transformado en una probabilidad tangible y de peso.
"¿Podrá Vlad ganar?".
"…… Todavía no".
Josef le había hecho una promesa a aquel audaz muchacho: le aseguró que, si estaba en sus manos, le brindaría la oportunidad de cobrar su venganza. Aquellas palabras no habían sido una simple cortesía vacía, sino una condición planteada teniendo presente que algún día podrían cruzar sus filos contra Gaidar.
'Hice bien en apostarlo en el flanco opuesto al mío'.
Sin embargo, jamás le prometió lanzarlo al ruedo en una situación en la que la derrota estuviese garantizada de antemano. Godin de Gaidar y Vlad de Shoara estaban atados por un destino que aún no debía cruzarse. Aunque compartieran el mismo campo de batalla, la intención de Josef era mantenerlos estrictamente apartados en espacios delimitados.
"Ojalá todo resulte según lo previsto, pero……".
Por muy perspicaz que fuera un comandante, era imposible controlar cada una de las variables de la guerra. Al contemplar al ejército de Gaidar que se aproximaba en la lejanía recortado contra el crepúsculo, Josef exhaló un discreto suspiro. Hoy, más que nunca, las sombras que avanzaban desde el oeste se antojaban demasiado alargadas.
\* \* \*
El verano se había asentado plenamente en las estepas del norte.
En medio de aquel paraje donde ondeaban innumerables tiendas de campaña, un hombre avanzaba con paso firme abriéndose camino entre las filas de soldados.
"Apártense".
Aquel hombre no perdía un ápice de su imponente presencia ni siquiera ante la multitud de caballeros que lo fulminaban con la mirada. Bajo una presión que habría ahogado el aliento de cualquier individuo ordinario, el Duque de Acero Timur y los caballeros del norte simplemente se abrían paso hacia adelante con serena calma.
"Señor duque. ¿Ha venido en persona?".
Pese a que aquella avasalladora presencia podía percibirse incluso desde fuera de la tienda, Radu, de la Orden de Caballeros Matadragones, emergió rascándose la cabeza con absoluta indolencia, fingiendo haberse percatado de su llegada en ese mismo instante.
"El asunto parecía demorarse en demasía, de modo que he decidido venir yo mismo. Después de todo, ¿acaso la carga resultaba excesiva?".
El Duque de Acero Timur. Aquel que ostentaba el título de soberano indiscutible del norte no estaba dispuesto a tolerar más contenciones políticas.
"Vine a aliviar un poco esa carga. Por lo visto, debí haber venido mucho antes".
Había sido una expedición militar que se prolongaba ya durante medio año. A pesar de ello, las fuerzas de la corte central ni siquiera habían asomado un pie dentro de la Baronía Utman, lo que evidenciaba a ojos de cualquiera cuáles eran sus verdaderas intenciones. En vista de ello, Timur no pensaba dejarse manipular por más tiempo. Haciendo caso omiso a las advertencias de la Santa Sede, se había presentado en persona con la determinación de dirigir sus tropas y aplastar la Baronía Utman. Sabía que suscitaría controversias y resistencias por doquier, pero su propósito era extirpar de raíz la causa del pretexto y expulsar a la Orden de Caballeros Matadragones del territorio norteño.
"¡Ja, ja! Que se tome tantas molestias por este humilde subalterno me honra profundamente, señor duque".
No obstante, Radu, el caballero al mando de dicha expedición, permaneció del todo imperturbable. No cabía duda de que Timur no era el único que notaba la marcada amplitud de su sonrisa.
"Precisamente me disponía a informarle de que estábamos a punto de marcharnos de aquí".
"…… ¿Marcharse?".
Las cejas de Timur se crisparon ante la inesperada respuesta de Radu. Un vago e inquietante presentimiento de contrariedad, transmitido por aquella sonrisa, comenzó a filtrarse desde la planta de los pies de Timur.
"Puesto que hemos cumplido nuestra misión, es hora de ponernos en marcha".
Al advertir el sutil desconcierto de Timur, Radu hizo un ademán teatral hacia sus caballeros. Ante su señal, comenzaron a avanzar varias carretas. Sobre ellas, una serie de bultos bamboleantes de naturaleza incierta comenzaron a acercarse poco a poco hacia el duque.
"Ha sido una fortuna. No fue una batalla sencilla, pero, después de todo, el Señor velaba por nosotros desde las alturas".
"……".
Ignorando el sarcasmo de Radu, Timur clavó la mirada en silencio sobre la carga de las carretas. Multitud de miradas veladas e inertes salían sin cesar a su encuentro conforme recorría los tablones. Innumerables cabezas decapitadas, despojadas de sus torsos, abarrotaban las carretas, amontonadas como si fueran fardos de carga.
"Si observa de cerca, estoy seguro de que muchas le resultarán familiares. Ahí tiene al Barón Utman, a su señora esposa y a sus caballeros……".
"¿Qué significa esto?".
Comprendiendo la gravedad de los hechos tan solo por aquellos indicios, Timur no ocultó su cólera. De pronto, el aire a su alrededor se volvió súbitamente plúmbeo y sofocante. Ante la presencia aplastante y feroz que desprendía el caballero entre caballeros, Timur Baranov, todos los presentes contuvieron la respiración.
"¿Qué clase de atrocidad acaban de cometer?".
La hierba bajo sus pies se aplastaba pese a no existir una masa tangible sobre ella. Al observar aquellas cabezas carentes del menor signo de resistencia, y a unos soldados que ni siquiera daban muestras de haberse desplegado para combatir, Timur comprendió que aquella masacre no era el desenlace de una batalla legítima.
"…… Modere su temperamento, señor duque".
Ante la arrolladora intensidad de Timur, Radu borró por fin aquella sonrisa viperina. Sin embargo, aunque la mueca hubiera desaparecido de su rostro, no perdió un ápice de compostura. Después de todo, la abrumadora presión del más ancestral de los dragones, a la que se había enfrentado durante tanto tiempo, era infinitamente más viscosa y aterradora que esto.
"El Barón Utman confesó sus pecados en su último aliento".
A pesar de no doblegarse, de entre los dedos de Radu —que no pudieron evitar un leve temblor— surgió un objeto que tendió al duque.
"¿Qué es esto?".
"Es absilon. Un producto del que se habla sin cesar últimamente en las provincias centrales".
Al abrir la caja, Timur percibió un aroma fresco y penetrante. Se trataba del té de los elfos que aún no se distribuía formalmente en el norte: absilon.
"Es una droga. Al parecer, pretendía emplearla para corromper y enfermar el norte. Afirmó que una entidad perversa se lo había exigido".
Todo era una sarta de patrañas. Sin embargo, ante los poderosos, la verdad no era más que una pieza fragmentada susceptible de moldearse a conveniencia. Aquellos que movían los hilos del mundo eran consumados artífices a la hora de encajar los fragmentos dispersos a su entero antojo.
"Sin embargo, ¿acaso sabe usted quién ha sido la primera persona en recibir ese té en todo el norte?".
A partir de aquella pieza convenientemente ensamblada, comenzó a fluir el mensaje velado que el más antiguo de los dragones enviaba al Duque de Acero.
"Dicen que ha sido la señora condesa Oksana, de la Casa Bayezid".
"……".
'Entréganos de inmediato los fragmentos de dragón. De lo contrario, haremos pedazos vuestro norte'.
"Resulta bastante sospechoso, ¿no le parece?".
El dragón y el león se medían con fiereza, implacables. Timur comprendió que las garras del dragón habían alcanzado sus tierras mucho antes de lo previsto.
Mientras la Orden de Caballeros Matadragones y las fuerzas de la corte central replegaban lentamente sus posiciones, sus estandartes comenzaron a inclinarse poco a poco en dirección a la capital de Bayezid: Sturma.
\-----
• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

Continúa leyendo
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 147
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 146
Estás leyendo el capítulo 146 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.