Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 144 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Un cabello verde, revuelto y desgreñado como si hubiese sido cortado a toda prisa, y una capa negra, tan desmedida que se arrastraba por el suelo. Las frágiles muñecas del niño, que intentaban aferrar con desesperación la tela que no dejaba de escurrirse, fueron lo primero que captó la mirada de Josef. Para ser portador de una sangre tan noble, el aspecto de aquel infante resultaba desoladoramente andrajoso.
"Hoian."
"Ahora soy Marcus."
"......Comprendo, Marcus."
La espada oculta de la Casa Bayezid, un hombre cuyo auténtico nombre ni siquiera se conocía con certeza. Aunque era el cabecilla de la red encubierta a quien solo el patriarca de la casa podía gobernar en plenitud, en esta ocasión Josef tenía derecho a pedirle explicaciones.
"¿Es verdaderamente Karl Rabnoma la criatura que tengo ante mis ojos?"
"......"
El despacho de Josef, dispuesto en las tierras de Deomar bajo un sol radiante. A diferencia del norte, era una comarca templada y apacible, pero en aquel instante solo flotaba en la estancia un pesado silencio.
"Le ofrezco mis disculpas."
"Entiendo."
Aunque se trataba de un error flagrante, Josef no se molestó en reprender a Marcus. Dado que era el infante al que la Casa Rabnoma había hecho escapar reuniendo sus últimas fuerzas, era indudable que todos los implicados en la fuga habían obrado con desesperación. Para Marcus, desentrañar en solitario semejantes maniobras agónicas habría sido imposible.
'En cualquier caso, que pertenece al linaje de Rabnoma no admite dudas.'
Una criatura que aseguraba ser el último vástago de Rabnoma. Para sacar a este infante de las tierras del oeste, la Casa Bayezid había tenido que pagar un precio exorbitante. No obstante, de haber sabido de antemano que no se trataba de Karl Rabnoma, jamás se habrían tomado tantas molestias.
"Diga su verdadero nombre, vástago de Rabnoma."
Ante la interpelación de Josef, el infante alzó la barbilla en un esfuerzo por parecer sereno y resuelto, pero una irremediable angustia anegaba sus pupilas. Porque en aquel recinto no quedaba nadie dispuesto a dar la cara por él.
"Y-yo..."
"Le advierto de antemano que aborrezco profundamente las mentiras."
Un niño a quien ya nadie protegía. Para alguien en semejante desamparo, hasta la más leve advertencia resonaría con la fuerza de un trueno. Por eso, el único refugio en el que podía buscar amparo en aquel instante era la capa negra que llevaba sobre los hombros.
"......Charl."
Fue un hilo de voz ahogado, impregnado de una amarga resignación. Para sobrevivir, se había visto forzada a ocultarse. Esa había sido la primera lección de supervivencia que debió aprender al arrojarse al mundo exterior.
"Charlotte Rabnoma."
Y cuando al fin reveló su verdadera identidad, tal como cabía esperar, nadie acogió su presencia con agrado. Desde el instante en que aquella doncella vino al mundo hasta el presente, tras haber sobrevivido a duras penas, la niña llamada Charl siempre había habitado un mundo así.
"......Vaya por Dios."
Ante aquella confesión, los hombres de Bayezid mostraron semblantes de evidente contrariedad. Al escuchar aquellos leves suspiros de decepción que tantas veces había oído a lo largo de su existencia, Charl se limitó a aferrar una vez más la capa con sus manos trémulas.
"Le agradezco la franqueza."
Aunque intentaba enmascararlo tras una mirada teñida de rebeldía, el temblor desconsolado en los ojos de Charl resultaba desgarrador. Idéntico al de aquel muchacho a quien conoció en un gélido día de invierno. Al contemplar a la criatura que no era Karl, sino Charlotte, los pensamientos de Josef comenzaron a trenzarse en una intrincada maraña.
\*\*\*
El cielo lucía despejado y el oleaje mecía el mar con calma, en marcado contraste con la noche anterior, cuando la tempestad rugía con ferocidad.
"......Odio a Jemina."
Sobre la cubierta yacía desplomado un varón de cabello azabache, desparramado como un montón de algas empapadas. De entre sus labios, blancos como la cera, escapó un susurro lánguido y quejumbroso:
"Jemina es demasiado pequeña, demasiado lenta... y no deja de tambalearse."
"Lord Rutger, por favor, vuelva en sí."
Echándose hacia atrás los cabellos tan empapados como los de su compañero, Vlad se apresuró a incorporarlo para sostener su cuerpo inerte. El rostro de Vlad también estaba pálido como el papel, pero aun así conservaba un semblante incomparablemente más entero que el de Rutger, quien no cesaba de balbucear desvaríos.
"Aborrezco el mar. Y las tormentas también."
"Aun así, hemos logrado salir con vida, ¿no es verdad?"
"Jamás en mi vida volveré a subirme a un barco. Me quedaré con los pies bien plantados en tierra firme hasta el fin de mis días."
Un mar desconocido y una tempestad jamás experimentada desde el día en que nacieron.
Tras batallar durante la noche contra una tormenta desoladora y despiadada, La Jemina Pelirroja por fin había alcanzado hoy las aguas pertenecientes al norte. Según las palabras de Haben, un mero parpadeo de vacilación al timón habría bastado para convertirlos a todos en carnada para los peces.
'......Están todos completamente deshechos.'
Mientras arrastraba hacia una hamaca a Rutger, que continuaba balbuceando sin tregua, Vlad contempló en silencio la cubierta. Sin distinción de alcurnia ni procedencia, los curtidos hombres del norte yacían entrelazados y rodando de un rincón a otro. Al presenciar aquella forzosa gran comunión norteña fraguada por la abrumadora furia de los elementos, Vlad dejó escapar un hondo suspiro.
"¿Por qué demonios este barco ni siquiera tiene un camarote del capitán?"
"¡Porque ya era enano de por sí! Lo reformé todo para convertirlo en bodegas de carga."
Habiendo depositado al maltrecho Rutger en la hamaca, Vlad le protestó a Haben con fastidio, pero solo obtuvo una justificación pronunciada con el más absoluto descaro:
"Viendo esto, ¿no crees que el nombre de Jemina le sienta de perlas a este barco? Al fin y al cabo, las dos son diminutas."
"......Haz lo que te plazca."
Dando la espalda a Haben, que hacía girar la rueda del timón con jubilosa soltura, Vlad se puso a trasladar hacia el interior a los caballeros y a los guerreros de la tribu Buda-at, aliviando la carga de los marineros de los callejones que aún se afanaban de un lado a otro.
"Por poco y no lo contamos."
Aunque en apariencia actuaba como si nada hubiera sucedido, la huella de la tormenta que habían desafiado la noche anterior permanecía vívidamente grabada en la memoria de Vlad. De no haber mediado el aviso de aquel banco de calamares, el temporal los habría hundido sin remedio mucho antes.
'Criaturas verdaderamente insólitas.'
En la cubierta, ahora algo más despejada, Vlad se asió a la borda y contempló el mar que se extendía a sus pies. Apenas amainó la tempestad, aquellos cuerpos luminosos empezaron a desprenderse uno tras otro del casco. Al contemplar cómo los calamares descendían hacia el lecho abisal como si ya hubiesen cumplido su cometido, Vlad cerró de inmediato su ojo izquierdo.
'Por más que los mire, no son espíritus.'
Habían advertido la proximidad del vendaval y trazado la ruta para surcarlo en medio de la tormenta; sin embargo, aun bajo la percepción del mundo interior de Vlad —que había asimilado los vestigios de la voz—, aquellas criaturas no eran más que calamares comunes y grotescos.
"......No tengo la menor idea de qué diablos son."
Haben había afirmado que la muchedumbre de calamares congregada anoche ascendió a la superficie huyendo del temporal. No obstante, Vlad sabía a la perfección que los cefalópodos que ahora se dispersaban en la lejanía no se habían adherido al casco por una causa tan ordinaria.
"¿Qué clase de arma me forjaron en realidad?"
Vlad posó la mirada en silencio sobre la espada azulada que pendía de su cinto. La espada de las estrellas, moldeada por el joven Árbol del Mundo junto a los espíritus. Aquellas partículas que anoche se desprendían y flotaban lentamente desde el filo eran algo que solo Vlad era capaz de vislumbrar. Era un fenómeno idéntico al que había tenido lugar en las colinas de la Casa Heinal, donde moraba la Serpiente Blanca.
'A la Serpiente Blanca le agradó sobremanera contemplar esto...'
Habiéndose limitado a asimilar los vestigios de la voz, Vlad aún no era consciente de una verdad fundamental:
Que, en ese preciso instante, se encontraba esparciendo semillas.
Aquellas tiernas posibilidades que aún no se habían convertido en espíritus se dispersaban por los rincones del mundo de la mano de los caballeros. Tal y como en tiempos pretéritos había pretendido hacer el Maestro de la Espada.
"¡Se ve! ¡Allí se divisa tierra firme!"
Con el clamor de un marinero que resonó desde alguna parte, Vlad emergió de sus propios pensamientos. Poco a poco, allá al frente, los vestigios de tierra firme comenzaron a dibujarse en la lejanía. Ante el grito del vigía que anunciaba que la costa estaba a la vista, los caballeros que habían permanecido abatidos empezaron a incorporarse con lentitud. No se sabía si era una simple sugestión, pero ya el olor que acariciaba la punta de la nariz parecía distinto.
"Bien."
Haben confirmó el muelle que se divisaba en lontananza a través de su catalejo y esbozó una leve sonrisa.
"¡Avisad a los pasajeros! ¡Decidles que hemos alcanzado nuestro destino!"
El capitán que se mantuvo en pie hasta el último momento y que, sorteando la tempestad, transportó a salvo la carga encomendada hasta su destino. La hazaña del capitán Haben había resultado tan impresionante que quedó grabada con honda admiración en la memoria de Rutger.
"¡Izad el estandarte! ¡Para que puedan identificarnos!"
Siguiendo las órdenes del capitán, sobre la pequeña pero resistente \*Jemina\* volvió a alzarse una enseña roja. Un pendón de color escarlata que recordaba al cabello de cierta persona. El estandarte que daba testimonio de su propia existencia ondeaba no solo sobre tierra firme, sino también allí, sobre las olas del mar.
\* \* \*
\*Prrrfff.\*
Noir resopló con aspereza, como si padeciera los estragos del mareo. Con todo, la fortuna quiso que, pese a lo encarnizada de la travesía, ninguno de los caballos resultara herido.
"Yo regresaré directamente a Shoara tal y como estoy."
En el muelle de una pequeña aldea costera. En un atracadero donde incluso a la \*Jemina\*, la más pequeña de las embarcaciones de vela, le costaba atracar, Haben se despedía de Vlad.
"Gracias por esperarnos en Nassau."
"Si tan agradecido estás, cómprame otro barco."
Haben sonrió mientras daba unas palmadas sobre la esbelta armadura de Vlad. Sin embargo, al contemplar la coraza de cerca y advertir las cicatrices que la surcaban por doquier, su sonrisa acabó congelándose.
"Por descontado que te compraré otro barco. A fin de cuentas, somos una compañía mercante en toda regla, ¿acaso tendríamos facha con un solo navío?"
Sobre el rostro risueño de Vlad, los mechones rubios que ondeaban al viento brillaban con fulgor. Deslumbrante si se miraba desde lejos, pero plagada de cicatrices al observarla de cerca. Al contemplar aquella armadura de Vlad, viva imagen de su propio dueño, a Haben se le escapó una sonrisa amarga.
"...No te sobreexijas tanto. Ahora yo también gano dinero."
"¿Y a quién le va a alcanzar con eso?"
A pesar de su réplica socarrona, Haben alzó el bastón en el que se apoyaba, abrió los brazos y estrechó a Vlad en un abrazo. Aunque su equilibrio vaciló un instante, en el preciso momento en que ambos se apoyaron el uno en el otro, recobraron una postura perfecta.
"No olvides que Jemina siempre te está esperando."
"...Lo sé."
Ten cuidado. Mantente a salvo. Nos volveremos a ver. Aunque no lo pronunciaron con palabras, la sinceridad entrañada en aquel único abrazo se transmitió de forma nítida a través del calor mutuo.
"Es que todavía me queda carga por entregar."
Haben señaló hacia atrás con el pulgar. Allí se encontraba Rutger, contemplando a Vlad con el rostro ensombrecido. El primogénito de Bayezid era incapaz de dar un paso adelante a pesar de que se había ordenado el embarque. No podía quedarse en tierra, sino que debía regresar a Shoara a bordo de la \*Jemina\*. Tenía que reunirse con Peter, quien descendería encabezando el grueso del ejército para la guerra venidera.
"Vete."
"Sí."
Haben y Vlad intercambiaron una breve despedida y, con la naturalidad de la costumbre, se dieron la espalda para atender sus respectivos deberes. Para los muchachos de los callejones, una despedida aparatosa era casi un tabú. Pues creían que solo un adiós sereno y sobrio garantizaría el reencuentro del mañana.
Vlad y los guerreros de la tribu Buda-at abandonaron el poblado a través del puerto. Haben, contemplándolos desde la cubierta de la nave, observó en silencio la espalda de Vlad hasta que este rebasó el límite de su vista y se desvaneció tras la lente de su catalejo.
"Apenas escapas de la tormenta, ya te arrojas a la guerra. Así eres tú."
Aquel que se alzaba por su propia cuenta debía demostrar su valía sin descanso. Justo como lo hacía Vlad ahora.
"Otar. Leva el ancla."
"Entendido."
Al ver a su amigo, que una vez más debía internarse en la tempestad del campo de batalla, a Haben no le quedó más remedio que apartar la mirada. Sin embargo, a diferencia del pasado, cuando no podía hacer más que contemplarlo todo desde la distancia, el Haben de ahora poseía piernas con las cuales avanzar hacia adelante.
"¡Zarpamos! ¡Preparaos todos!"
Aunque por ahora fuera insignificante, llegaría el día en que compartirían el peso de aquella carga. Rememorando la armadura repleta de cicatrices de Vlad, Haben tomó su sombrero de capitán entre las manos en silencio. La pequeña nave comenzó a desplazarse con lentitud al compás del viento. Por fortuna, a diferencia del día anterior, el mar parecía en calma.
\* \* \*
Dejando atrás aquella diminuta aldea costera cuyo nombre ni siquiera conocían, el grupo enfiló rumbo a Deomar. Como si guardaran rencor por haber vagado a la deriva por el mar, los caballos del norte no hacían más que avanzar con un ímpetu arrollador. Y, finalmente, cuando el estandarte de Heinal comenzó a asomar a lo lejos, una perturbadora hueste militar irrumpió en el campo visual de la partida.
"¿Son de Gaidar?"
"...No parece ser el grueso del ejército."
Separados por un modesto arroyo, los soldados de Gaidar asomaban la cabeza poco a poco. Tal como había señalado Age, no se trataba del ejército principal conducido por Sigmund, sino de una vanguardia enviada con anterioridad para tantear la situación.
"Asoman la cabeza a plena vista, sin el menor pudor."
Cualquiera se percataría y, por lo tanto, no tenían motivo alguno para ocultarse. Dejando en ridículo su supuesta labor de reconocimiento, la vanguardia de Gaidar no mostraba la menor vacilación a la hora de hacer ostentación de su presencia. Era una muestra de absoluta confianza y, al mismo tiempo, de insolente desprecio.
"Age. Dame el estandarte."
"Entendido."
"No, el mío no."
Si a uno lo menospreciaban, debía devolver el agravio con creces. Esa era la regla de vida y la máxima de supervivencia que Vlad se había impuesto.
"Iré a saludarlos de antemano."
Al vislumbrar la fiera sonrisa de Vlad, los guerreros de la tribu Buda-at sonrieron a su vez. Ciertamente, la elección tomada por el Hijo de la Estepa no erraba.
"¡En marcha!"
En lugar de marchar hacia la fortaleza de Deomar, los guerreros se lanzaron a la carga cuesta abajo a través de la llanura. Ante la fulminante embestida de Vlad, los soldados de Gaidar comenzaron a sumirse en el pánico.
"¡Qu-qué demonios son esos tipos!"
"¡Cargan directamente contra nosotros!"
Con apenas una decena de jinetes, aquellos guerreros cargaban de frente contra una vanguardia de varios cientos de hombres. Ante aquella acción imprevista de Vlad, que desafiaba toda lógica y sentido común, la soberbia y la compostura de las que hacía gala Gaidar se disiparon de golpe, y sus filas comenzaron a ondular en desorden.
"¡Guardad los escudos! ¡Solo venimos a presentar nuestros respetos!"
Sin embargo, mofándose de ellos, Vlad y sus guerreros se limitaron a rozar la formación enemiga a la carrera. Rozándolos con audacia como si pudieran tocarlos en cualquier instante, Vlad y los jinetes barrieron el frente de Gaidar. Con todo, la razón por la que las tropas de Gaidar no pudieron reaccionar con presteza no se debió únicamente al desconcierto de aquella situación intempestiva.
"¿Ese estandarte es el auténtico?"
"...No, eso es imposible."
Un caballero de cabellera dorada que a ojos de cualquiera resultaba imponente y deslumbrante. Sin embargo, en marcado contraste con su porte, la enseña que sostenía en la mano no era más que un trapo quebrado y miserablemente manchado.
"¡Decidles al conde y a Godin que agradezco el estandarte que me obsequiaron!"
Un estandarte harto familiar en manos de un caballero norteño al que jamás habían visto. Aquella tela que pendía inerte y ajada, con sus alas quebradas, era el propio estandarte de la caballería de Gaidar.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 144
Estás leyendo el capítulo 144 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.