Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 140 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Aquel era un lugar al que los hombres acudían para desahogar deseos rastreros de los que difícilmente podrían hablar con nadie. Precisamente por tratarse de un rincón semejante, de cuando en cuando ocurrían percances imprevistos. Y es que los hombres que frecuentaban tales antros solían cometer el error de creer que, a cambio de unas míseras monedas de plata desgastadas, podían comprarlo absolutamente todo de una mujer.
"¡Aaargh! ¡Maldito engendro demente!"
Bajo la tenue luz de una lámpara de aceite que parecía exhalar su último aliento, un hombre vociferaba con tanta furia que amenazaba con derrumbar el burdel. Desplomada frente a él, estrechando a un niño contra su pecho, yacía una mujer en cuyo cuello resaltaba la marca violácea y tumefacta de una palma abierta. Era una herida que, de no haberse interrumpido a tiempo, habría terminado por quebrar aquello que jamás debió haberse quebrado.
"¿Cómo se atreve este bastardo a apuñalarme?"
En el omóplato del hombre, justo en un ángulo inalcanzable para sus dedos, colgaba incrustado un trozo minúsculo de metal. Tras debatirse en vano agitando ambos brazos para arrancárselo, el sujeto optó finalmente por descargar toda su cólera contra la mujer y la criatura que tenía enfrente.
"¡...!"
Una vibración profunda resonó en lo más hondo, como si el impacto lo estuviera recibiendo uno mismo. Aun así, la única razón por la que todavía era posible resistir radicaba en la madre que, apretando los dientes, cubría a su hijo con cada centímetro de su ser. Aquel amor maternal, capaz de resplandecer incluso en el rincón más bajo y miserable del mundo, no vaciló jamás a la hora de cobijar al pequeño.
El murmullo de la lluvia que caía afuera lo llenaba todo. Vlad todavía recordaba con desgarradora nitidez los alaridos de su madre fundiéndose con el clamor de aquel aguacero.
Vlad siempre había sido un hombre que albergaba el ardiente anhelo de proteger algo. No obstante, la primera espada que empuñó con el afán de defender a alguien no había sido más que un acero demasiado diminuto y demasiado corto.
\* \* \*
Vlad cabalgaba al frente de la marcha a lomos de Noir. Sin embargo, no cesaba de rascarse la nuca una y otra vez, con un ademán que denotaba cierta incomodidad.
"... ¿Ese mocoso sigue mirándome fijamente?"
"Sí."
A su discreta pregunta siguió una respuesta parca y contenida. Al escuchar la confirmación de Stefan, Vlad no pudo evitar fruncir el ceño.
'Pero ¿qué demonios le pasa?'
La noche anterior habían rescatado de las garras de los traficantes de esclavos al último de los Rabnoma. Aquel pequeño chiquillo llamado Karl permanecía todavía acurrucado en el regazo de la mujer, clavando la vista en la espalda de Vlad sin pestañear.
"¿Por qué no te acercas a cruzar un par de palabras con él?"
"... Lleva un cuchillo en la mano."
"No le llames 'ese', sino Karl Rabnoma. Con los títulos y nombres, cuanto más preciso se sea, mejor."
Eran palabras que le advertían de tratarlo con cautela, pues al fin y al cabo se trataba del vástago de una ilustre familia condal al que aún le quedaba mucha utilidad por delante. Habiendo recibido aquel reproche gratuito de labios de Marcus, Vlad volvió con tiento la cabeza para observar al muchacho.
Era un niño diminuto que no parecía haber alcanzado todavía los diez años. Aferrado con tanta fuerza a la mujer, bien podía dar una impresión de extrema fragilidad; no obstante, la daga que sostenía con firmeza en su puño relucía con un filo implacable.
"Por lo visto le ha gustado la capa que le diste."
"Solo se la presté para que se resguardara de la lluvia. Pienso recuperarla de todos modos."
La mujer y el muchacho, que cabalgaban a duras penas, se arrebujaban en ese instante bajo una capa negra. Una prenda del norte en la que no se habían escatimado monedas de oro. La capa que la señora Oksana le había entregado a Vlad era cálida, tal como ella pretendía, y en aquel trance su calor resultaba más que suficiente para cobijar a dos almas que habían estado vagando por el más vil de los desamparos.
"Sea como fuere, trátalo con consideración. Llevarse mal con él no traerá nada bueno."
Lidiar con chiquillos era tarea de los novatos. En medio de aquella comitiva atestada de rostros fieros y siniestros, Vlad era el único cuyas facciones infundían cierta tranquilidad, de modo que el criterio de Marcus resultaba indiscutiblemente acertado.
"... Entendido."
Con semejante encomienda sobre los hombros, que parecía una misión sin serlo del todo, Vlad volvió la cabeza una vez más hacia el jovencito. Tenía una cabellera de tonalidad verdosa, cortada a trasquilones como si la hubieran cercenado a toda prisa. Sus mejillas hundidas, sin duda fruto de las amargas penurias padecidas, le conferían un aire demacrado; sin embargo, la apostura innata de sus facciones no había menguado en lo más mínimo.
'Cuando crezca, no cabe duda de que hará llorar a más de una mujer.'
Aunque no fuera más que un crío de menos de diez años, el antiguo vendedor de velas de La Sonrisa de la Rosa podía jurarlo con certeza. La apariencia del muchacho alcanzaría un atractivo tal que las mujeres jamás lo dejarían en paz.
Sin embargo, lo que Vlad ignoraba por completo era que el mocoso al que tenía delante abrigaba un pensamiento muy similar sobre él.
"... Oye."
"Lárgate."
Antes de que alcanzara a articular palabra, el rechazo le cayó encima como una estocada helada. Había sido un primer intento lanzado con no poco valor, pero la gélida respuesta del chiquillo solo sirvió para enfriar aún más el aire entre los dos.
"Ni siquiera he dicho nada todavía."
"Lárgate. Aléjate de Marta."
La daga que blandía con su brazo menudo no entrañaba peligro alguno. No obstante, la mirada con la que vigilaba la punta de aquel acero era fiera y cortante.
"Está bien."
Al cruzarse con los ojos de la mujer, que lo miraba abrumada por la disculpa, Vlad asintió con una leve inclinación de cabeza. Aunque distara de ser la actitud que se le debía a un benefactor, era una reacción que comprendía y con la que podía empatizar profundamente. Vlad sabía de sobra que, por muy joven que uno fuera, siempre existía algo que se ansiaba proteger con la vida.
"Lo estás haciendo bien."
"..."
Al contemplar al niño erizado de púas como un puercoespín herido, una sonrisa amarga curvó los labios de Vlad.
'Aun así, tú eres mejor que yo. Al fin y al cabo, conseguiste protegerla.'
Aquella noche, en la nuca del traficante de esclavos que yacía despatarrado sobre el lecho, había quedado marcada una fina hendidura. Diminuta y superficial, pero sin duda un tajo letal. El muchacho había apuntado con precisión implacable y había logrado detener la ponzoña que se abalanzaba sobre la mujer. Había sido un desenlace infinitamente superior al que él mismo logró en su propia infancia.
"Sigue haciéndolo así de ahora en adelante."
Un escenario semejante, pero con un desenlace por completo distinto. Al evocar al muchacho que se interpuso ante la mujer herida en la tienda del negrero, Vlad sintió cómo una inexplicable calidez de consuelo le envolvía el pecho.
"Toma."
"... ¿Eh?"
A pesar de mantener todas sus defensas en ristre, Karl quedó desconcertado ante el envoltorio de papel que le arrojaron sin preámbulos. Aun enrollado en varias capas, desprendía un aroma sustancioso y apetecible. En la cubierta del paquete destacaba grabado el emblema de la Familia Cannor.
"... ¿Qué es esto?"
"Cómelo. Es algo bastante caro."
Salchichas de la Familia Cannor. Aquello era tanto un elogio encubierto como una muestra de gratitud que Vlad le ofrecía a Karl.
\* \* \*
Al igual que el calor chisporroteante de la fogata, a lo lejos, la mirada del muchacho continuaba persiguiendo la figura de Vlad.
Dando la espalda a aquella mirada, evidente ya a los ojos de cualquiera, Vlad se limitaba a arrancar tiras de cecina y masticarlas en silencio.
"Parece que Karl Rabnoma tiene un gran interés en ti."
"...... Le entregué mi capa e incluso la salchicha que guardaba con tanto recelo."
"Tiene sentido. Tratándose de los embutidos de la Familia Cannor, cualquiera querría pedir más."
Marcus asintió en silencio ante la respuesta de Vlad. Aunque dudaba que el niño mostrara semejante apego solo por haber recibido algo, de cualquier modo no era un mal vínculo el que comenzaba a forjarse. Habiendo vivido siempre en lo más bajo, supuso que solo sabría conducirse con aspereza y desconfianza, pero resultó ser un muchacho capaz de mostrar generosidad a su manera.
"...... Pero ¿de verdad será posible lograrlo con ese chiquillo?"
Vlad, que rebanaba la cecina con su daga, contempló a Karl a través de las llamas de la fogata. El último superviviente de los Rabnoma. Un muchacho que, tal vez, podría erigirse en un nuevo eje de poder para el oeste. Sin embargo, el fardo que cargaba sobre sus hombros era en extremo abrumador.
"Habrá que hacer que sea posible."
A espaldas de Gaidar todavía aguardaban familias nobles inmóviles, aferradas a una estricta neutralidad. Aunque algunas no hacían más que aguardar una oportunidad propicia, era indudable que aún existían linajes que guardaban lealtad a los Rabnoma.
"Si en esta contienda conseguimos frenar siquiera un poco el ímpetu de Gaidar, la Coalición del Oeste no tardará en tambalearse."
La guerra no se decide en un único choque de aceros. Peter miraba mucho más allá de la batalla librada en Deomar, y con ese propósito había invertido copioso tiempo y cuantiosos recursos en extraer al último vástago de los Rabnoma fuera del oeste.
"Si se abren frentes a vanguardia y retaguardia, por muy formidable que sea Gaidar, sufrirá un verdadero quebradero de cabeza."
Marchaban con la vista fija al frente, pero si el fuego prendía a sus espaldas, incluso una casa como Gaidar se vería sumida en el desconcierto. Claro estaba que, precisamente para prevenir semejante eventualidad, se habían dedicado a purgar sistemáticamente a los herederos de la sangre de Rabnoma a lo largo de los años.
"Ahora solo resta volver, pero..."
La misión había sido un éxito rotundo e incluso habían cosechado méritos imprevistos. No obstante, Marcus, masticando con parsimonia la cecina que Vlad le había ofrecido, no dejaba de fruncir el entrecejo.
"¿Ocurre algo malo?"
"No, no es eso, pero..."
El caballero Marcus había operado durante años en las sombras de Bayezid. Siempre solía ser arrojado a coyunturas enrevesadas e intrincadas, y era un hombre avezado que había conducido a buen puerto la gran mayoría de sus misiones.
"Es que todo ha salido demasiado a pedir de boca."
Una suerte de agüero nacido de incontables experiencias pasadas: si el principio es propicio, el desenlace suele ser adverso.
"Maldición."
Aquel presentimiento, una percepción difícil de definir con palabras, no era sino la destilación de un sinfín de vivencias acumuladas. La inquietud de Marcus distaba de ser un temor infundado y, confirmando su siniestro presagio, un cuervo solitario descendió rasgando la densa negrura del cielo nocturno.
El hedor a sangre que se desprendía del batir de sus alas dejaba en claro que no portaba buenas nuevas.
"Ya me parecía a mí que todo marchaba demasiado bien."
El cuervo había volado hasta allí empapado en la sangre de alguien. En el mensaje que transportaba venía garabateada, con trazo frenético y desesperado, la advertencia de un vigía.
"...... Levantemos el campamento."
"¿Es grave?"
Aun antes de que se pronunciara una orden formal, los miembros de la red encubierta de Bayezid captaron al instante la tensión que emanaba de Marcus y procedieron a apagar la hoguera con presteza. Ante la premura de sus movimientos, los ojos de Karl, que apenas comenzaba a serenarse, temblaron con renovado pavor.
"Con razón todo iba sobre ruedas."
La mirada de Marcus, fija en Vlad, comenzó a destellar con un peso sombrío y elocuente. El más consumado batidor de dragones de Bayezid. Y el caballero del norte que había cultivado un encono implacable contra Gaidar paso a paso. La atención con la que Sigmund vigilaba a Vlad era mucho más punzante y obsesiva de lo que Marcus había previsto.
"Por lo visto, el rencor que Gaidar abriga contra ti es mucho más hondo de lo que calculé."
"......"
Marcus le tendió a Vlad el despacho ensangrentado. En el trozo de papel que recibió, escrito junto a su propio nombre, figuraba un apelativo que jamás en su vida había escuchado.
\* \* \*
"¿Dices que todos los desfiladeros están bloqueados?"
"Así es, señor conde. Hemos recibido la confirmación categórica de los señores feudales a través de los despachos arcanos."
En el interior de la tienda del campamento, donde se había visto obligado a hacer un alto forzoso debido a las trabas impuestas por Peter, el Conde Sigmund contemplaba el mapa en adusto silencio.
"En tal caso, la red ya está tendida."
La fuerza de choque septentrional que había estado sembrando el caos en el oeste. No solo Gaidar ardía en rabia por las interferencias de Vlad; los sabotajes que este había perpetrado a lo largo de las calzadas de la costa occidental habían sido un golpe lo bastante brutal como para desatar la cólera unánime de los señores feudales de la comarca.
"Sea como fuere, no cabe duda de que ese sujeto es extraordinario. Amasar semejante caudal de odio en tan poco tiempo..."
Una tras otra, las piezas comenzaron a obturar los pasos sobre el mapa. Movidas por las yemas de los dedos de Sigmund, aquellas figuras sellaban cada ruta que conducía hacia el norte, exactamente igual que las piezas sobre un tablero de ajedrez.
"Destacar en demasía también acarrea la desgracia, Vlad de Shoara."
Los señores feudales del oeste se movilizaban con un fervor mucho más agresivo del que él mismo había anticipado. Las hazañas de Vlad, que habían pulverizado toda expectativa previa, retornaban ahora transfiguradas en ponzoñoso rencor para cerrarse lentamente en torno a su garganta.
"¿Cuánto tardarán en alcanzarlo?"
"Tres días, señor conde."
"Bien. Así es como debe ser."
Solo restaba el último sendero. Tomando la última figura para obturar con lentitud aquel paso, una sonrisa sombría y satisfecha comenzó a dibujarse en el semblante de Sigmund.
"Envíen a mi caballería tras ese mocoso. Muéstrenle a los malditos Bayezid de lo que es capaz la voluntad de Gaidar."
"A la orden, señor conde."
La última pieza se asentó con firmeza bajo los dedos de Sigmund. En la cúspide de aquella figura descollaba un estandarte que representaba a la caballería más veloz de todo el oeste.
"Tendrás que pagar un alto precio por haber campado a tus anchas todo este tiempo, Bayezid."
El oeste pertenece a quienes arrebatan, jamás a quienes se dejan despojar. Sigmund estaba resuelto a demostrárselo y grabárselo a hierro y fuego a Peter.
El clamor atronador de los cascos al abandonar el campamento colmó la vastedad de la noche. Una horda de jinetes despiadados que hendía los páramos agrestes sin vacilación alguna. En los estandartes que ondeaban al viento relucía el blasón de la caballería que infundía auténtico pavor en el corazón de todo el oeste.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 141
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 140
Estás leyendo el capítulo 140 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.