Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 139 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Aún más al oeste dentro del propio poniente. En una urbe erigida allí donde solo se extendía un páramo interminable: Trínova, la capital territorial de Gaidar. Las huestes que habían partido desde allí cruzaban en esos momentos el corazón de la región occidental, avanzando con lentitud hacia el norte, rumbo a Deomar.
"… Ja, ja."
Bajo el estandarte más suntuoso de entre las nutridas filas que formaban una mancha negra en el horizonte, se erguía un hombre. De torso macizo y una mirada penetrante tan imponente como su propia complexión, el Conde Gaidar contemplaba en ese instante el informe entre sus manos, dejando escapar una risotada incrédula.
"¿Me estás diciendo que todo esto es obra de un solo desgraciado?"
"Así es, señor conde."
La razón de aquella risa atónita no era otra que lo absurdo del contenido del informe, inverosímil incluso a sus propios ojos.
"A lo largo del camino principal, cuatro familias, siete convoyes de suministros asaltados en total… Provisiones reducidas a cenizas y las tropas de escolta, aniquiladas."
Aunque leía las palabras con parsimonia, a su mente le costaba asimilarlas. No solo porque admitir tan lacerante pérdida resultara difícil de tragar, sino porque, por encima de todo, era algo que desafiaba cualquier sentido común.
"Y que para hacer todo esto solo le hayan hecho falta seis días…"
Al ver la apretada lista de bajas, el Conde Gaidar soltó otra risa incrédula mientras se rascaba la mandíbula con aspereza.
"A juzgar por este informe, significa que incluso llegó a atacar dos veces en un solo día."
Tras el estupor inicial, sobrevino una furia irreprimible. Las espesas cejas del conde se crisparon con violencia mientras clavaba los ojos en el informe.
"¿Es este tipo el mismo que se llevó la espada de mi hijo?"
"Así es, señor conde."
Godin, de pie junto al conde, asintió en silencio y habló:
"Vlad de Shoara. Ahora es un caballero que actúa bajo el nombre de Lady Alicia."
Vlad de Shoara. El caballero del norte forjado por la Casa Bayezid.
"Y también es el muchacho a quien Jorge crio en los callejones."
"Jorge…"
Y el muchacho que antaño fuera la daga de Jorge. El conde Sigmund paladeó aquel viejo nombre mientras evocaba la figura de cierto hombre: una complexión colosal, un carácter adusto y aquella mirada cargada de recelo con la que siempre lo observaba… el leal perro del anterior patriarca.
"… Debiste haberlo matado en cuanto te cruzaste con él."
"Mis disculpas."
Al escuchar las palabras de Godin, Sigmund sacudió la cabeza y chasqueó la lengua. La sola idea de que el rastro de un sujeto tan desagradable estuviera revolviendo el oeste en esos momentos le provocaba náuseas. Definitivamente, un tipo como Jorge resultaba detestable incluso después de muerto.
"Bayezid debió de afilarse los dientes. Seguro que los adiestró con crudeza previendo este momento."
Sigmund Gaidar pensó que aquellos que sembraban el caos en su retaguardia debían de ser talentos instruidos especialmente por Bayezid. De lo contrario, resultaba imposible que barrieran los caminos de la costa occidental a semejante velocidad demencial. Tan veloces eran los movimientos de Vlad que forzaban a Sigmund a llegar a una conclusión errónea.
"Todo apunta a que el Conde Bayezid busca ganar tiempo."
Con todo, Sigmund pudo vislumbrar, al menos en parte, las intenciones de Peter Bayezid en medio de aquel curso de acontecimientos. Aunque la pérdida de los convoyes era dolorosa en extremo, aquello no solo dejaba cenizas tras de sí.
"¡Aceleren la marcha de todo el ejército! Debemos alcanzar Deomar lo antes posible."
Un hombre corpulento como un oso, pero taimado como un zorro: tal era el usurpador del oeste, el conde Sigmund Gaidar.
'No pienso permitir que lo alargues hasta el invierno como pretendes.'
La iniciativa favorecía a Gaidar, mas el tiempo corría a favor de Bayezid. Peter Bayezid presionaba a Sigmund apelando con rigor a los fundamentos de la guerra: un ejército expedicionario al ataque frente a una guarnición atrincherada en defensa. A medida que transcurrieran los días, la desventaja recaería de forma irremediable sobre el oeste, por lo que Peter, sin duda alguna, buscaba ganar tiempo a la espera del crudo invierno.
"¡Paso ligero para todo el ejército! ¡Mantengan el paso!"
Sigmund arengó a viva voz para acelerar la marcha de sus tropas. Una vez advertidas las intenciones del enemigo, no había motivo para dejarse arrastrar. En aquella encarnizada guerra psicológica por arrebatar la iniciativa, el Conde Gaidar se propuso no perder de vista su mayor objetivo. Al fin y al cabo, el destino donde recaería el primer paso de esta guerra era Deomar.
"¡Señor conde!"
"¿Y ahora qué?"
Sin embargo, el parte del explorador que corría jadeante hacia él bastó para quebrar su templanza.
"Ahora mismo… el puente sobre el río que está más adelante…"
Era un reporte cuyo final no hacía falta escuchar. Antes de que el explorador terminara de hablar, Sigmund se apresuró hacia la vanguardia y, al ver a los soldados plantados en seco con desconcierto, no pudo evitar estallar en maldiciones:
"Está destruido."
"¡Malditos bastardos del norte!"
Tal como señalaba Godin, el puente fluvial yacía cortado, como si los hubiese estado aguardando. El puente, destrozado de forma a todas luces deliberada, era tanto una advertencia como una abierta provocación dirigida a Sigmund.
"… ¿Cuántos días tardaría en llegar hasta aquí ese tal Vlad?"
"Por muy rápido que vaya, al menos una semana."
Al escuchar la respuesta de Godin, Sigmund alzó la mirada hacia el firmamento. Se arremolinaban nubarrones cargados de lluvia: un presagio siniestro que anunciaba la crecida de las aguas.
"… Parece que los gusanos infiltrados en el oeste no son solo uno o dos."
Peter no era un hombre que se limitara a esperar el momento oportuno. Ligera, vasta y audazmente: la estratagema con la que Peter pretendía sacudir el oeste estaba encajando a la perfección.
\*Fshhhhh—\*
Una lluvia torrencial comenzó a precipitarse sobre los pendones de Gaidar. A la par del aguacero, las columnas de las fuerzas del oeste empezaron a detenerse lentamente. Los nubarrones nacidos en el norte envolvieron con parsimonia a los soldados del poniente. Todo indicaba que la primera iniciativa en esta contienda no pertenecía a Sigmund.
\*\*\*
"Está lloviendo."
"No está mal."
Eran hombres emboscados en lo alto de una colina. Por la amalgama dispar de sus ropajes sin la menor uniformidad, bien habrían pasado por bandoleros; no obstante, su porte disciplinado y su templanza demostraban todo lo contrario.
"¿Esos de ahí son tratantes de esclavos?"
"Sí. En el oeste el comercio de esclavos siempre ha sido muy activo."
Allá abajo, con la lluvia arreciando, los tratantes de esclavos comenzaron a levantar tiendas a toda prisa. Cuanto más frías caían las gotas, más diligentes se volvían sus movimientos; sin embargo, en las carretas que traían consigo se apiñaban personas que permanecían inmóviles, impotentes.
Gente encerrada tras gruesos barrotes, soportando el aguacero a la intemperie sin amparo alguno. Todos ellos eran esclavos capturados.
"¿No piensan ponerles nada encima para cubrirlos?"
"¿Acaso has visto alguna vez que le armen una tienda al ganado o a los caballos solo porque llueve?"
Seres tratados peor que a vacas o caballos. Aquellas personas, despojadas de su condición humana, se acurrucaban unas contra otras para resistir el frío mientras temblaban bajo la lluvia.
"Yo sí lo tomo en cuenta."
"Vaya que te tomas en serio el cuidado de tu caballo."
Marcus, el hombre cubierto de cicatrices, sonrió ante las palabras de Vlad y clavó la mirada con serenidad en los traficantes de esclavos.
"Es muy probable que ahí dentro se encuentre el último vástago del linaje de Rabnoma."
"¿Uno de los mercaderes?"
Una existencia semejante a una brasa inextinguible entre las cenizas. La influencia de la Casa Rabnoma aún respiraba en las profundidades del oeste, y la Casa Gaidar no escatimaba esfuerzos a la hora de dar con su sangre para exterminarla. Para haber conseguido huir hasta este punto, debió de haber recurrido a una treta formidable, capaz de burlar la mirada de los usurpadores.
"No sé de quién se trate, pero su disfraz es asombroso. Entre la gente de ahí abajo, ninguno parece el vástago de una familia noble."
"Naturalmente."
Marcus, quien indicaba posiciones a sus hombres con silenciosos gestos de la mano, miró a Vlad con una sonrisa sutil.
"Porque el último de los Rabnoma está haciéndose pasar por un esclavo en este mismo instante."
"... Ya veo."
Si era para sobrevivir, uno debía revolcarse en el fango sin dudarlo. Fuese quien fuese, el último Rabnoma masticaba la humillación tras los barrotes, resistiendo por mantenerse con vida.
"Nosotros nos ocuparemos de las carretas. Rescataremos al linaje de Rabnoma, así que ustedes solo deben llamar la atención de esos bastardos mercaderes por el frente."
"¿Puedo matarlos a todos?"
Un destello azul brilló en sus pupilas bajo la lluvia. Pese a haberse criado en los callejones infestados de crímenes, los traficantes de esclavos eran una ralea con la que Vlad jamás toleraría tener trato.
"Puedes hacerlo."
"Entendido."
Ante el consentimiento de Marcus, Vlad asintió con parsimonia. En la yema de sus dedos aún pendía aquella lágrima negra. La mano que enjugó el llanto de Anna en la aldea envuelta en niebla se desplazó en silencio hacia la empuñadura de su espada.
"Empecemos."
"Sí."
Al asentir Vlad y Marcus, los hombres comenzaron a dispersarse. Habiéndose separado de la red encubierta de Bayezid, Vlad descendió la colina a paso tranquilo, con los bárbaros y los mercenarios pisándole los talones.
"... Les dije que llamaran la atención, no que cargaran de frente."
Apostado en lo alto de la colina, Marcus no pudo reprimir una risa irónica al ver que Vlad y su grupo ni siquiera intentaban ocultarse. Bien decían que era el mejor batidor de Bayezid; sin duda, avanzaba con un porte tan imponente que hasta un dragón se vería obligado a clavarle los ojos.
※※※※
¡Fshhhhhh!
La lluvia caía a plomo, como si se desplomaran varas de agua desde el firmamento. Era un diluvio torrencial, un aguacero rara vez visto en las tierras del norte. Vlad, que contemplaba la lluvia imperturbable, marchó sin vacilar con el rostro desprovisto de expresión hacia el campamento que se alzaba ante él.
"¿Y esto de dónde diablos...?"
¡Chuaaak!
Junto a la cabeza cercenada que salía volando, brotó un torrente escarlata a borbotones. El hedor ferroso que ascendía al mezclarse con el agua le causó a Vlad una profunda repulsión.
"Lo maté demasiado rápido."
No le gustaba la lluvia. El aire empapado y pegajoso que la acompañaba siempre le traía a la memoria fétidos olores y amargos recuerdos que prefería mantener sepultados en lo más hondo de su pecho.
"Yo me encargo."
"Hazlo."
Stefan tomó una pequeña campana que descansaba cerca y empezó a sacudirla con vehemencia. Un tintineo tan recio que ni el estruendo de la lluvia pudo amortiguar. El tañido de alerta ante intrusos desconocidos comenzó a expandirse por cada rincón del campamento.
"¡¿Qué demonios pasa?!"
"¡Empuñen sus armas!"
Al son de la campana, varios hombres comenzaron a salir despavoridos del interior de las tiendas. Sin embargo, ninguno logró poner un pie fuera. Las pequeñas carpas se sacudieron con violencia ante la repentina arremetida. Cuando los desgarradores alaridos se extinguieron y la calma regresó a las tiendas, las únicas figuras que emergían eran los bárbaros cubiertos de tatuajes.
"¡Aaaaargh! ¡¿Quiénes rayos son estos bastardos?!"
A simple vista parecían bandidos, pero la limpieza de sus ejecuciones era absoluta. Entre los gritos agónicos que resonaban por todo el campamento, una bandada de cuervos negros comenzó a descender desde la colina.
"Mátenlos a todos. De ser posible, cacen también a los que intenten escapar."
Con aquella orden susurrada al desgaire, Vlad se caló la capucha hasta las cejas y se fundió en silencio con el recio aguacero. A quienes no se percataban de su presencia, los rebasaba como un espectro; a los que alcanzaban a advertirlo, los rebanaba en un parpadeo. Caminando con esa lentitud implacable, se plantó por fin ante la tienda más espaciosa. A ambos costados del acceso, se percibían respiraciones contenidas y cargadas de tensión.
"Qué torpeza."
"¡Kuaaak!"
"¡Guk!"
Dejando en ridículo su tensa emboscada, la espada de Vlad trazó un único y prolongado tajo que hendió la tienda de lado a lado. Las salpicaduras de sangre brotaron con tal ímpetu que golpearon la lona con violencia, haciéndose notar incluso desde el exterior.
"¿Está el amo de este lugar?"
En el interior de la tienda, ahora sumido en la quietud, ya ni siquiera se escuchaba el rumor de una respiración. Al adentrarse, el ensordecedor rugido de la lluvia aminoró ligeramente. Sacudiendo con indiferencia las gotas de agua adheridas a su capa, Vlad avanzó sorteando los cadáveres partidos en dos por el talle.
"Verán, vine porque tengo algo que preguntar."
Las huellas teñidas de sangre que dejaban las botas de Vlad comenzaron a marcarse con parsimonia sobre el suelo de tierra.
"Me preguntaba si, por casualidad, entre los esclavos que compraron hace poco no había nadie sospechoso..."
En la parte posterior de la tienda se hallaba dispuesto otro compartimento. Al descorrer una cortina de tela liviana y franquear el umbral, Vlad se topó con un cuadro completamente inesperado.
"Vaya."
Un hombre de mediana edad yacía muerto sobre el lecho con los ojos desorbitados por el espanto. El acre tufo metálico de la sangre, propagado a través de la atmósfera cargada de humedad, le laceraba la nariz con violencia. Y junto a aquel cadáver atrozmente tendido, dos pares de ojos lo miraban con fijeza.
"F-Fuera..."
La llama de la lámpara parpadeaba con timidez. En aquel espacio estrecho y umbrío, sus miradas colisionaron: una mujer y un niño.
"¡T-Te he dicho que te largues! Antes de que te mate a ti también."
La desnudez de la mujer, que cubría al pequeño con ojos desorbitados por el terror, resultaba desgarradora. Al igual que el temblor de aquel niño que se encogía contra su pecho, empuñando una daga ensangrentada. Al contemplarlos, una inexplicable sensación de familiaridad atenazó a Vlad, dejándolo paralizado, mudo de asombro.
"..."
En el regazo de la mujer, marchita por los ultrajes padecidos a manos de aquellos hombres, el pequeño alzaba la daga ensangrentada. Se protegían el uno al otro, pero la abrumadora fragilidad de su resistencia evocó en Vlad un recuerdo que yacía sepultado en lo más hondo de su ser.
"... ¿Lo mataste tú?"
"¡No te acerques!"
El hedor a sangre inundaba la penumbra bajo el trémulo resplandor de la lámpara. Hacía mucho tiempo, en una diminuta habitación saturada de ese mismo olor metálico, hubo una madre que temblaba sin cesar mientras apretaba a su hijo contra el pecho. Exactamente como la mujer que tenía frente a sus ojos.
"¿De verdad?"
Al escuchar el apagado repiqueteo de la lluvia filtrándose desde el exterior, Vlad inclinó la cabeza en silencio. En la estrecha estancia, un hilo de sangre intensamente roja serpenteaba por el suelo. Probablemente, aquel lejano día también había llovido así, tal como llovía hoy.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
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Estás leyendo el capítulo 139 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.