Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 138 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Los soldados avanzaban a paso lento por un estrecho sendero de montaña. El crujido constante de las carretas, atestadas de pertrechos, resonaba a lo largo y ancho de la espesura.
"Oye... Últimamente ha estado corriendo un rumor muy extraño."
"¿Qué rumor?"
La marcha resultaba tan apacible que rozaba el tedio. El convoy de suministros que se dirigía hacia Deomar había recorrido un camino sumamente tranquilo, por lo que la tensión de los hombres se había ido disipando uno a uno, sin excepción.
"Dicen que están saqueando a los convoyes que van hacia Deomar."
"¿Saquearlos?"
Uno de los soldados, hastiado sin duda por la caminata, rompió el silencio con el hombre que marchaba a su lado. Su compañero, no obstante, se limitó a soltar un bufido burlón, considerando absurdas aquellas palabras.
"¿Qué clase de estúpidos bandidos se atreverían a desvalijar un convoy repleto de soldados armados?"
"Hablo en serio. Lo escuché de boca de los lugareños cuando pasamos por la última aldea."
¿Quién tendría la audacia de asaltar a tropas provistas de armas de pies a cabeza? Por muy vulnerable que fuera una columna de aprovisionamiento en comparación con un contingente militar regular, seguía siendo un objetivo demasiado intimidante para unos simples salteadores de caminos.
"Deja de decir tonterías. Para empezar, si existiera una banda capaz de asaltar a soldados profesionales, los rumores habrían estallado mucho antes."
"Bueno... en eso tienes razón."
El soldado que había sacado el tema se rascó la nuca y guardó silencio, asumiendo que su inquietud no era más que un temor infundado. Además, el territorio se hallaba en estado de guerra. Incluso si existiesen forajidos capaces de asaltar un convoy militar, este era el momento en que debían agachar la cabeza y contener el aliento, en pleno vaivén de ejércitos.
"¿Eh?"
No obstante, la desgracia era algo que siempre se aproximaba más allá de los límites de la percepción y el sentido común.
"¡Flechas! ¡Flechas de fuego!"
"¡El carro se está incendiando!"
Y las presencias funestas solían manifestarse justo cuando alguien pronunciaba su nombre.
"¡Se caen los árboles!"
Desde el interior de la maleza llovieron flechas incendiarias cargadas de pura malicia, al tiempo que gigantescos troncos comenzaron a desplomarse bloqueando la vanguardia y la retaguardia de la columna.
"¡Es una emboscada! ¡Una emboscada!"
"¡Empuñen las armas!"
En un parpadeo, el paso quedó completamente cerrado. Un denso hollín negro se elevó desde los carros entre los relinchos aterrorizados de los caballos. Era el preciso momento en que la hostilidad de Bayezid, enraizada en las profundidades del oeste, enseñaba los colmillos.
"¡Mantengan la calma!"
A pesar de lo imprevisto de la situación, el comandante del convoy intentó sofocar el caos de inmediato, alentando a los caballeros y a los soldados bajo su mando.
"¡Alto todos! ¡Protejan la carga!"
Era un caballero de mediana edad y semblante solemne. Dotado de tanta experiencia como aparentaba su adusto porte, se dispuso a controlar el desorden para repeler el asalto inminente, pero...
"¡...!"
La acometida que se abalanzó sobre él era mucho más veloz y afilada de lo que jamás hubiera imaginado.
Fue una celeridad aterradora. Para cuando sus ojos la captaron, ya era tarde; y para cuando su cuerpo intentó reaccionar, la figura ya había pasado de largo.
"¡Gugh, agh!"
Acompañada de una sensación gélida, una oleada de líquido ardiente brotó a borbotones. Incapaz de asimilar lo que sucedía, el comandante del convoy se aferró el cuello mientras profería estertores entrecortados, pero los latidos nacidos en su corazón ya se proyectaban sin descanso hacia el exterior a través de su garganta desgarrada.
"Vaya... Ni siquiera fuiste capaz de reaccionar."
En medio del pasmo que paralizaba a los soldados, alguien sonreía a espaldas de la sangre dispersa en el aire. No era un duelo, sino una batalla. Sin embargo, el principio del golpe letal definitivo era una verdad aplicable a cualquier campo de batalla.
"A este paso... esto es perfectamente manejable."
¿Dónde me encuentro y contra quiénes soy capaz de medirme? Aquel joven caballero sin experiencia se había esforzado por calibrar su propia valía a través de innumerables confrontaciones, y gracias a ello, ahora podía tener certeza absoluta.
"Vengan ustedes dos también."
De que ahora él también se había transformado en alguien lo bastante fuerte como para someter a otros.
"¡Maldición! El capitán está..."
"¡Miserable! ¿Quién demonios eres?"
Desconcertados por la súbita muerte de su líder, los dos caballeros restantes desenvainaron sus espadas a toda prisa y avanzaron, rodeando a Vlad. Eran dos contra uno. Sin embargo, quien en verdad dominaba la atmósfera del campo de batalla era ese único individuo que los encaraba a ambos.
"¿Que quién soy?"
Fue una voz serena, pero cargada de una profunda resonancia. Ante la mirada atenta de todos los presentes, una hebra de su propio mundo comenzó a emanar con lentitud desde el hombre de cabellera dorada.
"Soy quien ha recibido legítima autoridad de manos de una persona noble."
Desde su ojo izquierdo cerrado comenzó a fluir un resplandor inconfundible de Aura. Un pendón, un nombre y un mundo propio. Vlad poseía ya la estatura necesaria para grabar su propio mundo sobre la faz de esta tierra.
"Soy Vlad, caballero de Lady Alicia."
Una proclama solitaria resonó con firmeza en medio del bosque. Y como si hubiesen estado esperando precisamente ese llamado, los árboles y la maleza comenzaron a estremecerse.
"¡Es ahora!"
"¡Mátenlos a todos!"
Mercenarios de rostros sanguinarios y bárbaros famélicos. Al compás del grito de Vlad, hombres de aspecto fiero emergieron en estampida. Sus dientes brillaban con un blanco siniestro entre las marcas de sus toscos tatuajes.
"¡Malditos bastardos! ¿Por qué tardaron tanto en venir?"
"¡Por fin podré partir cabezas en lugar de talar madera!"
A cada alarido le respondía un clamor salvaje. Los yelmos de los soldados estallaban bajo el peso de hachas espantosas. Bajo los estandartes del oeste que oscilaban sin descanso, los granos transportados en las carretas comenzaron a calmar su sed seca bebiendo a raudales la sangre escarlata derramada.
"Empecemos de una vez. Si se tardan más, todos sus hombres van a terminar muertos."
"T-tú..."
A diferencia de la actitud relajada de Vlad, los dos caballeros permanecían sumidos en el desconcierto. Los gritos desgarradores de sus soldados resonaban a sus espaldas sin interrupción. Con todo, la razón por la cual aquellos caballeros no podían arremeter con sus espadas contra el intruso que tenían delante era muy sencilla.
"¿No van a atacar?"
Porque este lugar se había convertido por entero en el campo de batalla de Vlad.
Porque su mundo interior, desbordándose con fluidez natural, teñía lentamente la realidad con el color de su propia alma.
\* \* \*
"Buen trabajo."
"No ha sido nada, padre."
En Sturma, la ciudad que compartía su historia con el linaje Bayezid, dos de sus señores se miraban fijamente a los ojos.
"Tal como ordenaste, traje a los soldados de todas las fortalezas ubicadas en la línea fronteriza norte. Son aproximadamente mil hombres."
"Excelente."
Al escuchar el informe de Rutger, Peter asintió complacido y tomó el mapa que le tendía su consejero, Ragmus.
"Actualmente el enemigo avanza hacia el norte en dirección a Deomar. Suman un contingente de unos cinco mil hombres."
Peter explicaba con minuciosidad el curso de la contienda apoyándose en el mapa. Dado que el enemigo movilizaba sus tropas de manera tan descarada, no había forma de que sus movimientos pasaran inadvertidos.
"Frente a ellos, nuestras fuerzas alcanzan apenas unos tres mil hombres, aun sumando a las tropas de Heinal."
"Así es, padre."
Gaidar no marchaba en solitario. Avanzaba recibiendo el respaldo directo e indirecto de las seis casas vasallas que le rendían pleitesía, un despliegue de tal magnitud que bien merecía el apelativo de Coalición del Oeste.
"¿Qué ha dicho el Duque de Acero?"
"Aseguró que contendría cualquier posible amenaza de los bárbaros, pero... tal como esperábamos, una intervención directa suya parece inviable."
A pesar de la abierta provocación del oeste, el protector del norte, el Duque de Acero Timur Baranov, se encontraba en una posición que le impedía sumarse a la contienda contra la marcha de Gaidar. Para él, el asunto más apremiante era solucionar la impureza siniestra que corrompía la baronía Utman. El ejército central, que continuaba apostado allí con deliberada lentitud como una espina clavada en su costado, mantenía atadas las extremidades del duque.
"En la superficie, esto no deja de ser un conflicto territorial entre Deomar y Gaidar. Salvo por nosotros, que somos sus aliados directos, los demás señores del norte carecen de un pretexto legítimo para intervenir en la guerra."
Ante un panorama tan adverso, dispuesto como si alguien lo hubiese orquestado con macabra precisión, Peter no pudo evitar fruncir el ceño. Una guerra de siete familias contra dos. Si uno se limitaba a observar la fría contienda de los números, el desenlace del conflicto parecía ya completamente decidido.
"Sin embargo, existe una brecha clara por la que podemos penetrar".
El dedo de Peter señalaba un sector del mapa. La retaguardia del oeste. Era la región donde se asentaban las familias occidentales que aún no habían fijado una postura definitiva.
"Gaidar todavía no es el señor absoluto del oeste, y su ejército aliado es como un haz de paja atado con una cuerda floja. Por lo tanto, apuntaremos a esto".
La mayor razón por la que Gaidar ponía la mira en el norte era, precisamente, la estabilidad de su régimen. Obtener los recursos que les escaseaban y, al mismo tiempo, consolidar su dominio mediante una fuerza militar imponente debía de ser el objetivo primordial de esta contienda.
"Te confiaré ochocientos soldados".
"Ordene, padre".
Para alcanzar la victoria, era preciso conocer tanto al enemigo como a uno mismo. Y Peter ya había discernido las debilidades fatales de Gaidar, sumadas a sus propias fortalezas.
"Toma a los soldados que te he asignado y desciende en barco por el río".
"... ¿En barco?".
Una orden repentina de marchar hacia el sur. A diferencia de Rutger, desconcertado por el mandato, el dedo de Peter señalaba con firmeza el curso fluvial que nacía en Shoara.
"Los enemigos son como granos de arena desunidos; por ende, hendiremos las grietas que dejan entre sí".
El rumbo de una guerra se decide desde la fase de preparación. Desde un principio, Peter no tenía la menor intención de dirimir la victoria o la derrota en una batalla campal donde colisionaran cinco mil contra tres mil hombres.
"Lidera a los soldados y toma la ciudad de Nassau, en la baronía Iznik".
"¡...!".
El dedo de Peter seguía el cauce del río hasta perderse en el mar. Nadie sería capaz de preverlo. Jamás imaginarían que, en semejante situación, Bayezid retiraría tropas de la línea defensiva para asestar un golpe preventivo.
"No importa si no logras ocuparla. En su lugar, destrúyela por completo".
Sería inviable penetrar de inmediato en el puerto de Iznik, rebosante de navíos. No obstante, si lograban desembarcar con éxito en las inmediaciones, resultaba evidente que la ciudad de Nassau no dispondría de medios adecuados para frenar a los hombres de Rutger. Sus fuerzas terrestres restantes ya estaban demasiado atareadas operando las caravanas de suministros para Gaidar.
"Comprendido, padre".
Tras entender al fin las intenciones de Peter, Rutger inclinó la cabeza mientras recibía la orden escrita que este le entregaba.
"Quizá, a través de esta guerra, podamos conseguir un puerto libre de hielo".
"... Aún no es momento de calcular ganancias".
Una contienda en la que nadie vendría en su auxilio. Ciertamente era una condición desventajosa, pero si se miraba desde la perspectiva inversa, también significaba que todos los botines de esta guerra pertenecerían en exclusiva a Bayezid. Un señor feudal como Peter no solo se preparaba para el peor escenario, sino también para el mejor de los desenlaces.
"Márchate. Ten cuidado".
"Sí, padre".
Al percibir la sincera preocupación que subyacía bajo aquel tono seco, Rutger esbozó una leve sonrisa y abandonó el despacho.
\*¡Caaac, caaac!\*
En el despacho en silencio tras la partida de Rutger, ante Peter y Ragmus, que contemplaban el mapa, apareció un cuervo picoteando con insistencia contra el cristal de la ventana. A juzgar por la soltura con la que golpeaba, no parecía ser la primera ni la segunda vez que realizaba tal proeza.
"Por fin ha llegado".
"Mmm".
Un cuervo portador de las noticias tan esperadas. Era una misiva enviada por la red encubierta que Peter había cultivado con tanto esmero como a su propia orden de caballeros.
"... Parece que esta vez ha cambiado su nombre a Marcus".
El apelativo variaba cada vez que despachaba un mensaje, mas aquello carecía de importancia. Lo verdaderamente crucial era si el contenido inscrito en su interior lograba o no satisfacer a Peter.
"Excelente".
Aunque Peter no era un hombre dado a exteriorizar sus emociones a la ligera, en esta ocasión dibujó una tenue sonrisa.
"Ragmus. Prepárate para enlazar el orbe de cristal con Josef".
"Entendido, señor conde".
Al contemplar la expresión de genuina satisfacción en el rostro de Peter, Ragmus pudo intuir lo que rezaba el mensaje. Con el susurro de un bajo conjuro entonado por Ragmus, la luz del orbe de cristal empezó a ganar intensidad de forma paulatina. La mirada de Peter, fija en aquel resplandor, se fue perdiendo en la distancia.
"... Puesto que ellos iniciaron esto, lo correcto será que nosotros le pongamos el punto final".
Pilar y noble estirpe del norte: Bayezid. La mirada de Peter Bayezid, patriarca de dicha casa, apuntaba más allá de Deomar, hacia los usurpadores del oeste que avanzaban en dirección al norte. La inclemencia septentrional no tenía la más mínima intención de dejar marchar ilesos a quienes osaban invadir sus tierras.
\*\*\*
Un campo de batalla que, sin advertirlo, se había sumido en la quietud. Un lugar colmado únicamente por estocadas despiadadas que caían sobre los quejidos que aún resonaban de tanto en tanto. En medio de aquel páramo, Vlad se encontraba sentado sobre un carromato medio destrozado, masticando algo con parsimonia.
"¿Sabe bien eso?".
"Es sabroso. A su manera".
Sus manos se movían afanosas, descascarillando granos de trigo chamuscados a medias. Sin embargo, resultaba un hecho innegable para cualquiera que aquel comportamiento desentonaba por completo con su refinada apariencia.
"Oye, lugarteniente. ¿Quemaron todos los víveres?".
"Todo calcinado".
"¿Las flechas también?".
"Por supuesto que también las quemamos. ¿Acaso es la primera vez que hago este trabajo?".
Age respondía con jactancia y total confianza ante las preguntas de Vlad. Y no era para menos: el saqueo y el incendio eran, después de todo, especialidades innatas de los bárbaros.
"¿Desvalijaron también todas las monedas de oro?".
"......".
"Tráelas. Sin dejarte ni una sola".
Age no pudo evitar soltar un suspiro al ver la palma extendida de Vlad agitándose con impaciencia, exigiéndole la entrega.
"Por más que lo mire, le pega mucho más este oficio que el de caballero".
"Tráelas deprisa. Ya te dije que después repartiré la parte de todos, ¿no?".
Un pilluelo de los callejones extorsionando con pasmosa naturalidad a un bandolero de la estepa. La designación de personal llevada a cabo por Josef había sido ridículamente acertada. Al contemplar cómo el mal era subyugado por otro mal, Stefan no pudo más que sacudir la cabeza con resignación.
"Si ya saquearon todo, larguémonos".
Desconocían a qué familia pertenecía, pero la escuadra de asalto de Vlad había logrado emboscar a la caravana de suministros con rotundo éxito conforme a las directrices recibidas. Siguiendo las órdenes de Vlad, las llamas comenzaron a prender en múltiples carromatos. El aroma tostado del trigo que ardía vigorosamente parecía disimular, siquiera un ápice, el fétido hedor metálico de la sangre.
"Capitán. Mire allí. Viene un cuervo".
"Hum".
Haciendo gala de la formidable vista propia de su estirpe bárbara, Age divisó al cuervo que trazaba círculos en las alturas. Al contemplarlo, Vlad se limitó a ladear la cabeza con gesto torcido.
"¿Cómo demonios se las arreglan esos bichos para encontrarme cada condenada vez?".
Aquel cuervo, que sin duda había sido enviado por el enigmático guerrero Marcus, descendió describiendo espirales pausadas hasta aproximarse a Vlad. El plumaje renegrido que se posó ante él evocó en su mente la estampa del hombre cubierto de cicatrices.
"... Dicen por ahí que a los cuervos les gustan las cosas brillantes".
"¿Y qué con eso?".
Age se encogió de hombros antes de responder a la pregunta de Vlad:
"¿Acaso no reluce esa cabellera rubia? Aunque yo fuera un cuervo, creo que lo encontraría con facilidad".
"... Vaya, no sabía que ahora eras un experto en cuervos".
Respondiendo con una mueca burlona a la insensatez de Age, Vlad extrajo el cilindro mensajero sujeto a la pata del ave con destreza consumada.
"A ver adónde toca ir ahora".
Apenas culminada una misión ya recibían una nueva tarea, pero ninguno de los presentes emitió queja alguna. Al fin y al cabo, se hallaban en plena guerra, y todos comprendían que cada vez que ellos se movían sin tregua, la balanza se inclinaba a favor de Bayezid. Además, Bayezid figuraba entre los contados empleadores que retribuían los servicios con suma generosidad.
"¿Que siga al cuervo?".
En la pequeña tira de papel figuraban dos directivas. La primera era avanzar siguiendo el vuelo del cuervo. Y la directiva restante...
'¿El último superviviente de Rabnoma?'.
Rescatar y traer de aquel lugar al último integrante que quedaba de la Casa Rabnoma. Los trazos gruesos de la caligrafía, a diferencia de los mensajes anteriores, evidenciaban la trascendencia capital de esta misión.
\*¡Caaac!\*
Habiendo terminado de leer la última orden, Vlad posó la vista sobre el cuervo, que picoteaba con descarada naturalidad el trigo que él sostenía en la mano. La mirada con la que se cruzaron sus ojos parecía inquirirle si ya estaba listo para partir.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 139
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 138
Estás leyendo el capítulo 138 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.