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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 135 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Una cabaña de dos pisos, sólidamente construida. Frente a aquella vivienda, excesiva para haber sido levantada por un simple plebeyo de aldea, se extendía un vasto campo de centeno a las puertas de la cosecha. "¿Dónde está?" Crujía con estrépito el entarimado. Como si aquel lugar fuese su propia casa, un hombre de complexión robusta recorría la cabaña a grandes zancadas. "Vine sabiéndolo todo, ¿me oyes? Así que no nos compliquemos la vida el uno al otro." Salpicaduras de sangre manchaban los muros de madera castaña. El anciano dueño de la cabaña contemplaba aquellas marcas carmesíes con una mirada apesadumbrada. Pues bajo aquellos vestigios encarnados que jamás se borrarían, yacía su propio hijo, quien ni siquiera había alcanzado a cerrar los ojos en su último aliento. "... No sé de qué me estás hablando." "¿Acaso no viste que la cabeza de tu hijo rodó por responder lo mismo hace un instante, viejo?" Su apariencia era la de un noble encumbrado, pero el tono que brotaba de su boca no podía ser más vulgar. "¿De verdad pretendes que perezca toda tu familia para abrir la boca?" Las pobladas cejas del hombre que profería la amenaza se contrajeron despiadadamente. Los abultados músculos de su torso se agitaban de forma amenazadora, como si en cualquier instante fuera a desenvainar la espada de nuevo. "Por mucho que en el pasado vivieras del estipendio de Rabnoma, ¿no es momento de velar por tu propia sangre? No tiene sentido guardar lealtad a un linaje que ya ni siquiera existe." Al contemplar semejante cúmulo de hinchada malevolencia, el anciano, que antaño fuera caballero, no pudo sino soltar una risa. Tener que presenciar los aires de grandeza de semejante escoria... Había vivido demasiado para verse obligado a contemplar semejante espectáculo. "Ladren lo que ladren, no cabe confianza alguna en sus palabras, viles usurpadores." Un viejo caballero en el retiro. La anciana espada de Rabnoma, que solo anhelaba consumir sus últimos años en la quietud de su feudo, sonrió con desdén y habló: "De cuantos habitan en el oeste, ¿quién daría crédito a las palabras de unos perros de dragón como ustedes?" "Viejo..." Al escuchar las palabras del anciano, Istvan, incapaz de sofocar la ira que le hervía en el pecho, levantó el rostro y cerró los ojos. "... Si me dices ahora mismo adónde fue el mocoso de Rabnoma, te concederé una muerte sin dolor. Después de todo, bien sabes que adondequiera que vaya ese chiquillo, no será capaz de hacer nada." Aquel intruso hablaba en un tono que pretendía apaciguar, pero en el fondo solo auguraba la destrucción. El anciano se limitó a sonreírle con sosiego. "Un ser incapaz de hacer nada adondequiera que vaya, ¿eh?..." Las arrugas en el rostro del anciano se acentuaron mientras observaba a Istvan. Su sonrisa era idéntica al semblante de un vencedor. "El cuervo que vino del norte no decía lo mismo." "¡...!" Al recibir la respuesta que menos deseaba escuchar, el rostro de Istvan se desencajó como el de un demonio. Por más feroz que fuese el fuego que consumiera la tierra, mientras las raíces siguieran con vida, brotarían una vez más los retoños. Los auténticos señores del oeste. El linaje que, aun desmoronándose bajo un ataque repentino, puso a salvo los fragmentos de dragón antes que a su propia sangre en nombre del pacto sagrado: Rabnoma. El oeste todavía no los había olvidado. "¡Maldito viejo decrépito!" Bramó Istvan, frenético de rabia ante el tono burlón del anciano. "¡Si de todos modos ibas a palmarla, debiste haber muerto sin rechistar!" La espada que brotó desde la punta de sus dedos atravesó el pecho del anciano cual relámpago. "... Cof." El anciano se desplomó con un quejido entrecortado. Aun así, la razón por la que sus labios dibujaban una sonrisa residía en el orgullo caballeresco de haber cumplido su deber hasta el final. Pues la vieja espada de Rabnoma había logrado resguardar una última semilla hasta su postrer aliento. "¡Quémenlo todo!" Al grito destemplado de Istvan, el fuego comenzó a prender por toda la cabaña. Entre los aullidos desesperados del ganado, el centeno aún sin cosechar empezó a agachar la cabeza bajo el fuego voraz. El honorable feudo que un hombre había levantado a lo largo de toda su vida ardía sin tregua. "Maldita sea..." Viles usurpadores sin abolengo. Cáscara hueca desprovista de pacto. Evocando los apelativos despectivos con que aún tachaban a la Casa Gaidar por todo el oeste, Istvan procuraba reprimir su furia. "... Solo tengo que arrebatarlo todo." Si lo despreciaban por carecer de honor, bastaba con tomarlo. Si lo ninguneaban por no tener historia, bastaba con despojársela a otros. Pues esa era la ley del oeste y la mismísima historia de la Casa Gaidar. "Incluso mi espada." Gruñó el vástago de Gaidar, volviendo la mirada hacia el norte. Las sombras del fuego que crepitaban en torno a él colmaron por entero sus pupilas. \* \* \* "Oh..." Stefan dejó escapar una leve exclamación de asombro ante el panorama que se abría ante sus ojos. Una ciudad que contemplaba por primera vez en su vida. Deomar, erigida en la frontera que delimitaba las tierras centrales y el norte, poseía ciertamente un encanto singular que jamás había visto en parte alguna. "Por lo visto, era usted un caballero sumamente célebre en el norte." "... No es para tanto." No obstante, la sorpresa de Stefan y los mercenarios no obedecía únicamente a la primera impresión de la ciudad de Deomar. "¡Sea bienvenido a Deomar, Sir Vlad!" Una muralla que, aunque modesta, rezumaba solidez. La estampa de los soldados apostados a sus pies rindiendo honores a Vlad bastaba para despertar una insólita turbación en el pecho de los mercenarios. "¡Mírelo por donde se mire, esto dista mucho de 'no ser para tanto'!" "Cállate." Al presenciar cómo los soldados lo recibían cual general victorioso, los mercenarios irguieron los hombros de manera inconsciente. En la vida del mercenario sobraban caminos a los que marchar, pero rara vez se encontraba una calurosa bienvenida. Para aquellos hombres que habían vagado como lentejas de agua a merced de la corriente, aquella escena constituía una experiencia enteramente inédita. "Andando." Vlad sintió las miradas atónitas de los mercenarios clavadas en su espalda, pero prefirió ponerse en marcha. Los lazos que unían a la ciudad de Deomar con el caballero llamado Vlad eran demasiado profundos como para despacharlos con unas cuantas palabras. "¿Y estos por qué nos siguen?" "¡Atrás! ¡Largo de aquí, bribones!" Acompañada por los soldados, la comitiva penetró en la ciudad. Pese a tratarse de una calzada apacible que bien podría pasar por un camino rural, el avance del grupo se tornó paulatinamente más lento. "... Pero ¿por qué diablos se nos pegan tanto?" Los mercenarios se quedaron perplejos al ver a los chiquillos contemplándolos con ojos chispeantes. Niños arremolinándose en torno a mercenarios... Hasta entonces solo habían visto a los rapaces huir despavoridos a su paso; verlos acercarse con tal devoción era algo jamás visto. "¡Es Sir Vlad, el caballero del duelo de honor!" "Jamás había visto una cabellera dorada como esa." "Es verdad, tiene que descender de la nobleza." "......" Los mercenarios, al comprender las palabras de los niños, volvieron a contemplar a Vlad. Aunque los pequeños intentaban hablarse al oído con la mayor cautela posible, sus voces agudas, tan propias de la infancia, alcanzaban con perfecta claridad los oídos de la comitiva. "Parece que los niños le tienen una estima inmensa, Sir Caballero." "...... En el pasado no era para tanto." Ante la observación de Stefan, Vlad se revolvió el cabello en un gesto de apuro y no pudo evitar soltar un suspiro. Había visitado esta ciudad en incontables ocasiones, pero jamás había recibido semejante bienvenida. Al parecer, el hecho de desplazarse con una comitiva tan numerosa había llamado de inmediato la atención de los más pequeños. "A cada paso que doy, esto va a más..." La estrella naciente del norte cuyo renombre comenzaba a propagarse de boca en boca: Vlad de Shoara. No obstante, en aquella ciudad se le conocía bajo un título ligeramente distinto. Por ello, resultaba natural que los niños lo contemplaran con semejante curiosidad y fascinación. "Cuando me retire, no estaría nada mal establecerme en un lugar como este." "Apenas acabamos de sellar el contrato y ya habla de retirarse. No me parece el momento más oportuno." "¡Ja, ja! Solo digo que este sitio me ha causado una impresión inmejorable." Stefan prorrumpió en una sonora carcajada ante la hosca respuesta de Vlad y comenzó a apartar con suavidad a los niños que se agolpaban a su alrededor para abrir paso. Por lo visto, el joven caballero que tenía enfrente aún no estaba acostumbrado a semejantes muestras de afecto. "Es que es la primera vez que vemos un lugar así." Ante aquel suave murmullo de Stefan, los mercenarios asintieron al unísono. Eran hombres que habían pasado la vida entera arrastrándose por los rincones más bajos y despiadados del mundo, de modo que aquella situación les resultaba ciertamente extraña, aunque distaba de ser desagradable. Soldados que saludaban marcialmente, chiquillos que los seguían con entusiasmo... e incluso la Serpiente Blanca, encaramada a lo alto del tejado de la mansión, alargando el cuello con desesperada impaciencia a la espera de su regreso. Aquella pequeña ciudad llamada Deomar les brindaba en ese instante una acogida nacida del corazón. \*\*\* El blanco se sumergió en silencio. Uno, dos terrones. Sin emitir el menor sonido. "Calculamos que sus fuerzas rondan los cinco mil hombres." "¿Cinco mil?" El caballero de Bayezid comenzó a arrojar terrones de azúcar blanco en su pequeña taza de té, como si pretendiera atiborrarla a la fuerza. Ante los enérgicos ademanes de Sir Bordan —un hombre que parecía vivir únicamente para el presente sin pensar en el mañana—, Alicia tragó saliva de forma involuntaria. "Así es. Cinco mil." La taza de Bordan se elevaba hacia sus labios, pero la boca de Alicia, en cambio, se cerraba con amargura. La cifra de cinco mil que él acababa de pronunciar era un número dotado de un peso abrumador. "En el mensaje que nos enviaron, aseguraban con certeza que eran tres mil..." "Los abanderados de Gaidar se están sumando a la marcha." El nuevo señor dominante del oeste: la Casa Gaidar. No marchaban hacia el norte en solitario; ascendían acompañados por las demás familias de las tierras occidentales. "Ese es el verdadero terror que infunden los caudillos a los que se llama gobernantes supremos." "......" Al escuchar las palabras de Bordan, Alicia sintió una oleada de hiel treparle por la garganta. En ese instante, sintió el impulso de arrebatarle la taza de las manos al viejo caballero y beberse el contenido de un solo trago para aplacar el disgusto. "...... ¿Y qué piensa hacer la Casa Bayezid?" El rostro de Alicia se endurecía por el peso de una carga cada vez más sofocante. Al contemplarla, el semblante del veterano caballero Sir Duncan también se tornó severo. "Actualmente, un contingente de quinientos hombres de refuerzo se dirige hacia Deomar. La razón por la que me adelanté y llegué antes fue precisamente para solicitarle que abra las puertas de la muralla y los reciba." "...... ¿Quinientos? ¿Tan solo quinientos?" Enviar apenas medio millar de tropas para encarar a cinco mil invasores. Alicia frunció el ceño con toda la fuerza de su disgusto ante la respuesta de Bordan, pero el viejo caballero permaneció impasible. "En este mismo instante, las tropas de Bayezid se están concentrando en torno a Shoara. Incluso hemos retirado a los soldados apostados en las fronteras del norte." Una urbe como Deomar era a todas luces insuficiente para acoger a varios miles de combatientes. Por muy sólidas que fueran sus murallas, la estrechez del recinto acarrearía una grave ineficiencia militar, de modo que Peter Bayezid se veía obligado a maniobrar sus contingentes con la mayor flexibilidad posible. "...... Retirar a las guarniciones del norte... En tal caso, ¿qué piensan hacer con las tribus bárbaras?" Aquellos que no profesaban fe alguna en los dioses. Los bárbaros que habitaban más allá de la frontera septentrional siempre habían sido un tormento constante para los señores feudales del norte. La Casa Ducal Baranov, encabezada por el Duque de Acero, había obtenido su rango ducal a pesar del desdén con que se trataba a los nobles norteños precisamente por su labor al contener a esas hordas. "No tiene de qué preocuparse por ello. Lord Josef ya se ha encargado de solucionar ese asunto." La Casa Bayezid ya había previsto de antemano la ambición expansionista de Gaidar hacia el norte, por lo que se había esforzado sin descanso para evitar abrir dos frentes al mismo tiempo. Aunque no fuera una solución definitiva, la política de apaciguamiento dirigida a los bárbaros a través de Age y la tribu Buda-at surtiría efecto, al menos durante esta contienda. "Lord Josef ha asegurado que defenderá Deomar como si de su propio cuerpo se tratara." Setecientos defensores locales y quinientos refuerzos para resistir ante cinco mil invasores. Y, como baluarte, las murallas de Deomar, que habían protegido a la Casa Heinal a lo largo de incontables generaciones. Resistir tras esos muros y, en el momento propicio, asestar un golpe demoledor con el ejército principal que aguardaba en la retaguardia. Para encarar el impetuoso viento del oeste que ascendía con violencia, el gélido vendaval del norte ya había culminado todos sus preparativos. "¿Bastará entonces con que nos limitemos a resistir?" "Por supuesto. Y no solo eso; Lord Josef tiene dispuestos múltiples planes que..." \*Toc, toc, toc.\* Unos suaves golpes en la puerta interrumpieron la conversación cuando ambos se disponían a profundizar en los pormenores de la inminente guerra. "Mi señora Alicia. Ha llegado un visitante." "Vaya. Parece que por fin ha arribado junto a las tropas." Bordan, tras escuchar el aviso del mayordomo, se frotó las palmas de las manos y se puso en pie con presteza. "Le ruego que confíe plenamente en la sincera determinación de Bayezid. Quien encabeza a estos quinientos soldados de auxilio es nada menos que..." La puerta se abrió ante la indicación del mayordomo y, al compás de la pomposa presentación de Bordan, un hombre cruzó el umbral del despacho. "¿Eh?" Los ojos de todos los presentes se abrieron de par en par al reconocer al recién llegado. La dorada cabellera del caballero, resplandeciente bajo la luz del sol que penetraba por la ventana, colmó por completo las pupilas de Alicia. "Ha pasado mucho tiempo, Lady Alicia." Aquel guerrero que había cabalgado sin descanso desde los remotos confines orientales tras tener noticia de la crisis que amenazaba a Deomar... El fiel caballero de Lady Alicia acababa de comparecer en aquel lugar. Y lo hacía ante la mirada atónita de Sir Bordan, cuya expresión desencajada parecía clamar: '¿Por qué demonios sales tú de ahí?'. "...... Ha tardado un poco, Sir Vlad." Alicia, al contemplar por fin el rostro que tanto había anhelado ver, esbozó una sonrisa radiante y dio la bienvenida a su propio caballero. Las yemas de sus dedos, que temblaban ligeramente al compás del estremecimiento de su mirada, tomaron un terrón de azúcar blanco. Todos sus sentidos, atenazados hasta entonces por una amargura insoportable, hallaron al fin la dulzura necesaria para permitirle volver a respirar en paz. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 135

Estás leyendo el capítulo 135 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.