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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 125 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
El collar que se quiebra (2) Bajo el Árbol del Mundo, donde aún perduraban los vestigios de una espantosa pesadilla, un anciano caballero se presentó en el lugar donde los elfos trabajaban afanosamente para disponer del cadáver de Nidhogg. "¿Os importaría si examino un momento los restos de esta criatura?" "Adelante..." Los elfos, ocupados en abrir el cuerpo del dragón, miraron al inesperado visitante con gesto renuente y le abrieron paso con cierta incomodidad. Sir Auguste, el caballero de los humanos. Aunque ciertamente era un benefactor que había protegido el Árbol del Mundo, desde la perspectiva de los elfos resultaba una figura difícil de tratar. "Os lo agradezco mucho. No se presentan muchas oportunidades en la vida para contemplar de cerca el cadáver de un dragón." Era una presencia apreciada, mas al mismo tiempo incómoda. El viejo investigador, que se había pasado la existencia entera indagando misterios, se limitó a responder con una sonrisa ante una reacción que le resultaba de sobra familiar. "... Veamos. El principio fue en el ojo izquierdo." Convencido de que su labor allí ya había concluido, Sir Auguste empezó a conducirse por fin como un caballero retirado. Para ser exactos, no hacía más que seguir aquello que despertaba su curiosidad. "... Cortó hasta la parte interna de la membrana, tal como le indiqué." La marca de la espada, originada en la pupila de Nidhogg, se había extendido de manera sinuosa, casi como una corriente de agua, hasta alcanzar la axila oculta tras la membrana. "Aquí fue el golpe letal." Y directo al corazón que se resguardaba en su interior. Auguste discernió al instante que ese había sido el tajo definitivo que le arrebató el aliento a Nidhogg. 'Sin embargo, no se detuvo ahí.' A pesar de tener la victoria asegurada, la hoja de Vlad no se había frenado. La herida continuaba con una insistencia casi obsesiva, trazada a lo largo de las fibras como si separara la carne de los huesos, prolongándose hasta la cola que el propio Auguste había dejado cercenada a la mitad. '... Incluso sabiendo con certeza que era el final, no detuvo su filo.' Aunque una técnica marcial proceda de una misma raíz, al florecer adquiere los matices individuales de quien la esgrime. Y en la espada de Vlad que ahora se revelaba ante sus ojos, latía una fuerte singularidad que aún aguardaba por brotar por completo. La cualidad que Auguste descubrió en aquel rastro no era otra que la crueldad. "Menuda pieza está hecho este muchacho." Auguste se rascó la nuca y se puso en pie. A lo largo de su vida, tras cumplir innumerables misiones y contemplar la variopinta condición humana, jamás se había topado con alguien tan difícil de descifrar como él. Su comienzo fue noble, mas su final, despiadado. El joven caballero del norte, usuario de la esgrima de la corte imperial, resultaba una existencia tan contradictoria como las cicatrices que yacían ante su vista. \*\*\* La luz del sol que se colaba por la ventana resultaba templada y acogedora. Al sentir el aire de una primavera que ya se manifestaba en todo su esplendor, Vlad se pasó la mano por la cabeza a toda prisa para sacudirse lo que tenía encima. "¿No podéis volver ya a vuestro hogar? Por favor, os lo ruego." Con el movimiento de su mano, una pequeña bola de pelusa cayó con un golpe sordo sobre la mesa. Un pequeño espíritu semejante a un polluelo comenzó a piar enfurruñado, como si estuviera protestando, pero Vlad ignoró los ademanes de la diminuta criatura y se despojó del sayo. "Qué alivio, por fin hay un poco de paz." Podía verlos, pero no oírlos. Al comprobar que el mundo interior de su alma, el cual había desatado como una tempestad colosal, por fin se hallaba apaciguado, Vlad soltó un largo suspiro de alivio. Hasta entonces, se había obsesionado únicamente con descender a las profundidades de su espíritu para proyectar un Aura más nítida, pero tras superar semejante ordalía, comprendió que mantener la serenidad resultaba de una importancia capital. "... Esta medicina es demasiado buena." Habiéndose sacudido a los pequeños espíritus que se le aferraban, Vlad desató los vendajes que envolvían su cuerpo y chasqueó la lengua con genuina admiración. La cicatriz en la palma de su mano, provocada al haber sujetado la hoja de la espada, había desaparecido por completo hacía tiempo, y las heridas sufridas durante el combate contra Nidhogg habían sanado a tal extremo que ya no precisaban de vendas. 'Tendré que pedirles un poco antes de marcharme.' Una medicina excelente equivalía a poseer una vida de repuesto. Habiendo crecido cubierto de constantes magulladuras y cortes, Vlad reconoció al instante el inconmensurable valor de los ungüentos de los elfos. "¡Ah! ¿Cómo se te ocurre quitártelas ya?" Era una habitación silenciosa, donde las diminutas criaturas no cesaban de revolotear reclamando atención sin emitir sonido alguno. Y fue entonces cuando una muchacha entró en la estancia, quebrando la quietud del lugar. "Creo que ya estoy prácticamente curado." "Tus heridas eran muy profundas. Incluso tenías fisuras en los huesos." Las palabras de la muchacha no eran ninguna exageración. Si las heridas de Vlad se hubiesen tratado por métodos convencionales, habría necesitado reposar en cama durante al menos un mes. "Vuelve a acostarte de inmediato. Todavía debes quedarte aquí una semana más." En ocasiones, muy al contrario de su apariencia, se comportaba como una niña mimada, pero en otras, sus ojos albergaban una sabiduría y una madurez inconmensurables. Dejando a un lado el hecho de que Vlad fuera un huésped de honor, la doncella del oráculo del Árbol del Mundo, cuyo nombre aún desconocía, lo protegía con un celo excesivo. "Por cierto, el remedio es formidable. ¿Crees que podría pedir un poco para llevarme después?" Al ver a la joven fruncir el ceño de un modo que desentonaba con ella, Vlad se apresuró a cambiar de tema. "Y además, ¿no tendréis algún remedio eficaz contra la tos? Me refiero a uno que no tenga efectos perjudiciales." Al contemplar el verde cristalino del Absilon, la primera persona que vino a su mente fue Josef. Su señor, que vivía aquejado de una tos incesante, siempre sufría los rigores del gélido aire del norte. Sin duda, los elfos dispondrían de algún bálsamo adecuado para su condición. Un tónico de semejante valor se convertiría en un regalo insuperable para su regreso. "¿Medicina... para la tos?" Ante la petición de Vlad, la muchacha inclinó levemente la cabeza, sumiéndose en reflexiones. Al sostenerle la mirada, los ojos dorados de la elfa destellaron por una fracción de segundo. "..." Vlad comprendió de pronto que la mirada de la joven ya no reposaba sobre él, sino en otro sitio. Tuvo la sensación de que ella estaba contemplando un paraje infinitamente más lejano a través del reflejo de sus propias pupilas. "... Podría dártela si me la pides, pero me temo que no servirá de gran cosa." Desviando la vista hacia el frasco medicinal, la doncella regresó a la actitud cotidiana que Vlad solía ver en ella. "La única razón por la que lograste recuperarte tan pronto se debe a la desbordante fuerza vital con la que naciste." La elfa negó con la cabeza, esbozando una expresión de sincera disculpa. "Por eso, sin importar cuán extraordinaria sea la medicina que te lleves, no le será de mucha utilidad a esa persona. Así es como funcionan nuestros remedios." "... Ya veo." Hablaba como si supiera con total certeza a quién planeaba entregárselo. Al escucharla, Vlad se vio invadido por una sensación verdaderamente extraña. Aunque no alcanzaba a comprenderlo del todo con la razón, su interior lo asumía como una verdad inapelable. \*Toc, toc, toc.\* Sumergido en inexplicables cavilaciones provocadas por el misterioso influjo de la muchacha, Vlad recobró la compostura al escuchar unos toques a la puerta. Aquella joven de nombre aún ignoto tenía la costumbre de arrastrarlo, a cada instante, hacia una atmósfera semejante a un ensueño. "¿Quién es?" A diferencia de la joven, que acostumbraba a abrir las puertas de par en par sin reparo alguno, aquel sonido anunciaba una presencia educada y cortés. Aunque no era más que un huésped, Vlad abrió la puerta cumpliendo con el deber del señor del aposento, encontrándose de frente con los ojos azul marino de un elfo. "¿Cómo te encuentras? Lamento no haber venido a verte antes; he estado bastante ocupado con diversos asuntos." El montaraz supremo, Baradis. Se encontraba apoyado contra el marco de la puerta, esbozando una sonrisa amable. "Por mucho que sea tu habitación, convendría que te pusieras algo de ropa. La doncella del oráculo se encuentra aquí presente, y no ofrece muy buen aspecto que te muestres así." La mirada de Baradis cruzó más allá de Vlad para posarse en la muchacha sentada sobre la cama. Agitando ambas manos con entusiasmo, la doncella le dio la bienvenida como advirtiendo que allí estaba ella. Al percatarse de que en la habitación solo se encontraban Vlad y la muchacha, los ojos de Baradis se entrecerraron en un instante. "Bueno, es que me estaba aplicando un poco de ungüento..." "Ya veo. Siendo que te cuesta moverte, es comprensible." A pesar de que nadie lo había invitado a pasar, Baradis entró con paso firme y resuelto, recogió de inmediato la camisa que yacía sobre la cama y se la tendió a Vlad. "Todavía no ha terminado de ponerlo." "No pasa nada. Con eso ya estás curado." Tras recibir la camisa, Vlad contempló a Baradis con una mirada aturdida y vacía. "¿A qué esperas? ¿Acaso no te la vas a poner?" Baradis sonreía, pero su semblante delataba una rigidez sutilmente contenida. Y tras su hombro, la joven doncella ya había recobrado en su mirada aquella habitual compostura. Por alguna razón inexplicable, a Vlad le pareció que las facciones de ambos se superponían de una forma singular. \* \* \* "El viejo caballero solicitó una audiencia antes que tú. Por eso los ancianos han tardado un poco en llamarte, mientras atendían ese asunto." "Entiendo." Tras salir del pabellón reservado a los huéspedes, Vlad y Baradis se encaminaron juntos hacia el Árbol del Mundo. Los ojos de los elfos que los veían pasar se curvaban con una calidez complacida. En rigor, contemplaban a los pequeños espíritus que correteaban en tropel tras los pasos de Vlad, y todos esbozaban sonrisas de sincero regocijo. "Así que espero que no guardes rencor. En absoluto pienses que los ancianos se habían olvidado de ti." "Debían de estar ocupados. Lo comprendo perfectamente." Vlad no lo había olvidado: recordaba con nitidez al anciano Gerónimo, quien había desplegado un círculo mágico sobre él para protegerlo de las garras de Nidhogg. Tras haber visto al Gran Anciano de los elfos desplomarse vomitando sangre, Vlad podía simpatizar a la perfección con la abrumadora situación en la que se hallaban. "Sea como fuere, es una verdadera lástima que tu espada y tu armadura hayan quedado completamente destrozadas." El golpe recibido por los elfos sin duda había sido devastador, pero a nivel personal, el exterminio de Nidhogg también le había acarreado a Vlad una pérdida cuantiosa. Había perdido su espada y su armadura, aquello que constituía el verdadero sustento y patrimonio de un caballero. Aun dejando de lado el simbolismo y la bendición de protección divina que albergaban, el mero valor monetario de ambas piezas superaba con creces las veinte monedas de oro. "Así es... Qué remedio." Ante las palabras de Baradis, Vlad posó los ojos en la espada plateada que sostenía entre las manos. La Espada del Maestro de la Espada, un arma que jamás se atrevería a ceñirse al cinto. Sin embargo, Vlad advertía con claridad que el peso de aquel acero se había vuelto extraordinariamente denso y abrumador, a diferencia de antes. Aquel peso, tan drásticamente distinto al de aquel instante en que la blandió contra Nidhogg, forzaba a Vlad a sumirse en hondas cavilaciones. "Entremos." La estructura más elevada e imponente de entre todas las erigidas frente al Árbol del Mundo. Tras abrir de par en par la puerta que conducía a su interior, Baradis extendió el brazo e invitó a Vlad a pasar. "..." El interior de aquel colosal edificio estaba bañado por los rayos de sol que se filtraban por doquier. Con la intensa sensación de haber penetrado en el corazón mismo de un árbol viviente, Vlad inhaló una profunda bocanada de aire. Olía a la pureza del bosque. "Subamos." Tocones tallados a modo de peldaños ascendentes. Tras avanzar pisando cada uno de ellos, se toparon en lo alto con una puerta monumental. "Soy Baradis. Traigo conmigo al huésped del Árbol del Mundo." "Adelante, entren." \*Chiiiiiik.\* Acompañando a la venia que resonaba desde el interior, la puerta se abrió por sí sola sin que nadie la empujara. "..." Al franquear el umbral, Vlad entrecerró brevemente los párpados ante la luz solar que fulguraba por todos los rincones. Una sensación familiar lo envolvía, mas la inmensidad de aquel espacio lo abrumaba por completo con su escala. Dentro, dispersos aquí y allá, los ojos de los ancianos contemplaban a Vlad en solemne silencio. "Bienvenido seas, Vlad, caballero de los hombres." La actitud de los ancianos al recibir a Vlad rebosaba templanza y benevolencia. Aunque se trataba de un habitante del imperio al que tanto aborrecían, y además de un humano sumamente joven, la insoslayable verdad de que había salvaguardado el Árbol del Mundo bastaba para doblegar la severidad de aquellos obstinados sabios. "Confiamos en que tu descanso estos días haya sido confortable." "He pasado una noche tan plácida como si estuviera en mi propio hogar." Un caballero que había yacido malherido en el lecho, despojado de armas y de armadura. Lejos de ser una mera fórmula de cortesía, las atenciones que los elfos le habían dispensado durante ese tiempo habían sido de una devoción extrema. "Sí, nos reconforta enormemente oírlo." Con todo, por espléndida que hubiese sido la hospitalidad brindada, jamás bastaría para saldar la inconmensurable deuda de gratitud contraída con Vlad. Si aquel aciago día Vlad no se hubiera alzado contra Nidhogg para proteger el Árbol del Mundo, lo que ahora resonaría en Ausrina no sería el repiqueteo afanoso de los martillos, sino un desconsolado clamor de llanto. "Hemos sabido que perdiste tanto tu espada como tu armadura. Desde luego, es nuestra firme intención otorgarte una debida compensación por ello." El anciano que presidía la asamblea en sustitución del Gran Anciano extendió la mano, señalando los pertrechos dispuestos a su costado. "Esto es..." "Es una armadura. Una pieza para portar por fuera y otra para vestir por debajo." La mirada de Vlad siguió el ademán del anciano. Una armadura plateada que refulgía al bañarse en la claridad de la mañana. Guardaba una gran similitud con la armadura de San Rozino, pero revelaba una línea sutilmente más estilizada y liviana a simple vista. Era una armadura que manifestaba con nitidez la naturaleza de los elfos, quienes priorizaban la agilidad por encima de todo. "Aun así, dado que una parte de tu armadura rota quedó intacta, la hemos engarzado en esta nueva pieza." Guiado por las palabras del anciano, Vlad deslizó la vista. La zona del peto, sobre el lado izquierdo del pecho. La inscripción cincelada en ese metal le resultaba sumamente familiar. "El caballero que protegió el aliento de los niños. Consideramos que es una divisa que encaja a la perfección contigo." Desde aquella aldea anegada en la niebla hasta alcanzar este mismísimo Árbol del Mundo. Los pasos del joven caballero siempre habían avanzado en pos del mismo horizonte. "Y en lo que concierne a la espada..." Habiendo concedido la armadura, correspondía ahora entregar el arma. Sin embargo, la voz del anciano se fue apagando en un hilo tenue al pronunciar las siguientes palabras. La espada plateada que el joven caballero sostenía en su mano. Por más tesoros que pudieran ofrecerle, ninguno estaría a la altura de reemplazarla. Al contemplar la Espada del Maestro de la Espada, el arma que había custodiado el Árbol del Mundo durante incontables eras, la mirada de los ancianos se hundió en una marea de emociones encontradas. "Si es tu deseo, puedes conservarla. A fin de cuentas, lamentablemente es un arma que nosotros somos incapaces de blandir..." La Espada del Maestro de la Espada descansaba en este santuario con el único propósito de proteger el Árbol del Mundo. Y puesto que el joven caballero frente a sus ojos la había desenvainado para salvar al Árbol sagrado, era un hombre con méritos más que suficientes para esgrimirla. Era una verdad tan innegable que, incluso si Vlad declaraba aquí mismo que deseaba llevársela, no tendrían más remedio que... "Se la devolveré." Una existencia impredecible. Un torrente de posibilidades y de rumbos insospechados. Aquel joven posaba ahora lentamente en el suelo la espada plateada que cualquiera codiciaría con desesperación. "...¿Cómo? Pero ¿por qué?" Al presenciar cómo Vlad dejaba el arma con tanta parsimonia, los ancianos no pudieron evitar abrir la boca de par en par, pasmados de incredulidad. La Espada del Maestro de la Espada era una reliquia que no solo los humanos, sino incluso los propios elfos, ansiarían poseer con fervor. "Dice que no quiere." "...¿Qué?" "Dice que no desea marcharse de aquí. Esta espada." En cuanto tocó el suelo, la espada plateada quedó firmemente aferrada a la superficie. Al contemplar la hoja adherida al suelo como si echara raíces en la madera, tanto los ancianos como Baradis se quedaron sin habla, mudos de asombro. "Si van a entregarme una espada, preferiría que forjaran una nueva para mí." No necesitaba la mejor espada del mundo. Solo precisaba una espada enteramente suya. Anhelaba un arma capaz de albergar su propia voluntad en absoluta plenitud. "Me gustaría que fuera una espada que me obedezca con fidelidad." Más que las incontables estrellas que poblaban la bóveda nocturna, el muchacho anhelaba aquella solitaria y tenue estrella que antaño colgaba en el rincón de una herrería. Una espada exclusivamente suya. Vlad aún añoraba con fervor la espada sin ornamentos. Aquella espada forjada con los sueños de un anciano y comprada con las lágrimas de una muchacha. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 125

Estás leyendo el capítulo 125 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.