arrow_back

Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 124 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Nidhogg, el dragón más afilado de todos. Sobre aquella bestia, ahora inmóvil, un elfo intentaba recobrar el aliento. "… Debo ir." Dos flechas permanecían clavadas sobre los ojos del dragón, que continuaban abiertos de par en par. Por la hendidura donde las saetas habían penetrado hasta las plumas del astil, manaba una blancuzca masa encefálica. Si faltaba la fuerza para perforar a distancia, bastaba con disparar a quemarropa. Baradis, aproximándose tanto como para reflejarse con nitidez en las pupilas de la criatura, había conseguido clavar una flecha directo en el cerebro de la bestia. Solo así fue posible detener a uno de los dragones. "¡Levántense todos!" Sin embargo, la gloria del triunfo duró apenas un instante; la voz con la que Baradis increpaba a sus compañeros temblaba. Habían matado a un dragón, pero no había tregua para detenerse. Porque la fiera que acechaba al Árbol del Mundo no era una sola. "¡Debemos regresar de inmediato!" Ante la orden de Baradis, los guerreros derribados por doquier comenzaron a ponerse en pie entre gemidos de agonía. Se habían esforzado hasta el límite para abrir paso a un único disparo certero, pero aún no podían permitirse el descanso. Nidhogg trepaba por el Árbol del Mundo. A la distancia, parecía como si los alaridos desgarrados desde el joven Árbol del Mundo alcanzaran a resonar hasta aquel paraje. '… Maldita sea.' Aunque la chispa en sus miradas continuaba ardiendo, el agotamiento los consumía de forma implacable. Un dragón que alcanzaba la madurez equivalía a una calamidad viviente, y para contener semejante malevolencia los guerreros debían volcar hasta la última gota de su ser. La ruina reptaba hacia el Árbol del Mundo, pero los defensores no lograban mantenerse en pie en sus posiciones. ¡Guaaaaaah! En ese instante, al unísono con el bramido de dolor del dragón, un fulgor incandescente emergió afilado desde la punta de una de las ramas del Árbol del Mundo. Duró apenas un suspiro, pero fue un destello tan enceguecedor que nadie pudo evitar fijar los ojos en él. "… ¡!" Tanto el extenuado Baradis como los guerreros cubiertos de heridas no tuvieron más remedio que alzar la cabeza ante una presencia tan abrumadora. En el punto más alto de Ausrina, el bosque ancestral de los elfos, titilaba una luz jamás vista hasta aquel día. Igual que el destello de una estrella elevándose hacia el firmamento. Y al alzarse aquella estrella, el dragón caía desplomado. \*\*\* El Árbol del Mundo constituía una existencia de inmenso valor para los elfos. Por esa razón, a pesar de hallarse allí en calidad de mero invitado, Sir Auguste había logrado concertar esta audiencia. Después de todo, él era el benefactor que la noche anterior había protegido el Árbol del Mundo. "¿Qué es lo que buscas para solicitar vernos, caballero de los humanos?" Dispersos aquí y allá sin orden ni concierto, los ancianos del cónclave elfo permanecían sentados. Aunque tenían frente a sí al guerrero que había resguardado su santuario, las miradas de los ancianos, todavía incapaces de sacudirse la pesadilla de Nidhogg, conservaban un filo hostil. "He solicitado este encuentro porque tengo un asunto de suma urgencia que tratar con ustedes." No obstante, Auguste había elegido deliberadamente este momento para exigir una audiencia ante los ancianos. Nadie comprendía mejor que el antiguo comandante de la gendarmería imperial que jamás surgen tantas fisuras como cuando el espíritu se tambalea presa de la zozobra. El rencor de los elfos hacia el imperio era inconmovible; la única oportunidad que tenía Auguste para abrirse paso entre su hostilidad era precisamente este instante. "Habla." "… Detengan de inmediato la distribución del Absilon, el brebaje al que aquí llaman tuzon." Ante las palabras de Auguste, los labios de los ancianos se sellaron con rigidez. Lo que brotaba de la boca del viejo caballero no era la petición de una recompensa, sino una advertencia en una dirección por completo inesperada. "… ¿Por qué razón habríamos de dejar de comercializar un té que se distribuye con absoluta normalidad?" "Por mucho que hayas protegido el Árbol del Mundo, entrometerte en nuestros asuntos internos sobrepasa todo límite admisible." Las protestas comenzaron a brotar desde distintos rincones de la estancia. Vender las hojas de tuzon a los humanos constituía una nueva senda de supervivencia y una oportunidad vital que los elfos habían hallado. Incluso si el Gran Anciano Gerónimo hubiese presidido aquella reunión, jamás habría consentido semejante exigencia a la ligera. "Parece que he hablado con demasiados rodeos." Sin embargo, Auguste conocía las historias que se ocultaban tras bambalinas, aquellas verdades que los elfos aún se negaban a pronunciar. La mirada del antiguo comandante, que había consagrado su existencia entera a desentrañar la verdad, destelló con penetrante agudeza. "A lo que me refiero es a que dejen de introducir narcóticos en el imperio." "… ¿Qué acabas de decir?" Ante la acusación de Auguste, que impactó con la precisión de una saeta certera, una brasa ardiente comenzó a encenderse en los ojos de varios ancianos. "No comprendo de qué estás hablando." El caballero frente a ellos era una presencia demasiado peligrosa como para seguir tolerándolo en calidad de huésped. Al advertir la mutación evidente en las miradas que lo examinaban, Auguste dejó escapar una leve sonrisa. Tal como sospechaba, los elfos sabían perfectamente que el Absilon era una droga adictiva. "¿Con qué fin pretendes desconcertarnos con una patraña tan burda? Desde luego, tal y como cabría esperar de los arrogantes caballeros del imperio…" "Si continúan comercializando el Absilon, ni siquiera este bosque en el que recién se han asentado permanecerá a salvo." El caballero que finalmente había arrancado el velo a la verdad logró entrever las turbias intenciones de un tercero. Después de todo, el origen de la trama no residía en los elfos. El verdadero principio se remontaba a Brigantes, la mismísima capital del imperio. "… ¿De qué estás hablando ahora?" El anciano que asumía la mayor voz de mando en ausencia de Gerónimo frunció el ceño con aspereza. Sabían que tarde o temprano alguien lo notaría. Sin embargo, las siguientes palabras que pronunció el anciano caballero resultaban por entero imposibles de desentrañar. "Es indudable que hoy el imperio se tambalea y la autoridad de la corte imperial se derrumba a pedazos. Comprendo perfectamente sus intenciones de aprovechar esta grieta para dar rienda suelta al rencor que han acumulado durante tanto tiempo." Ese colosal mundo llamado imperio aún se erguía pisoteando los cadáveres de innumerables pueblos. Y con el mundo de los elfos ocurría exactamente lo mismo. Pues si bien fue el dragón más perfecto de todos quien redujo a cenizas al Árbol del Mundo madre, fue el imperio quien les arrebató los bosques que antaño poseían en el oeste. "… Tus palabras han ido demasiado lejos, caballero de los humanos. Por mucho que hayas desenvainado tu acero en favor del Árbol del Mundo, esta declaración ha traspasado la línea." Las miradas cayeron sobre él tan gélidas como la escarcha otoñal. Una presencia opresiva se abatió sobre la estancia con fiereza, advirtiendo que no tolerarían ni una sola palabra más. "En consideración a la deuda de gratitud que tenemos contigo, te perdonaremos la vida y te permitiremos marchar en paz." Dijera lo que dijese Auguste, los elfos no albergaban la menor intención de frenar su venganza verde. El antaño inquebrantable imperio jamás se había tambaleado tanto como ahora; creían que si propagaban el veneno un poco más y aunaban fuerzas, podrían independizarse de la influencia imperial. "No se llamen a engaño, se lo ruego. El imperio no se ha debilitado." Auguste era leal al imperio. Y el núcleo que sustentaba dicho imperio no era otro que la corte imperial. "Tan solo es el poder de la corte imperial el que ha menguado." "..." La nobleza imperial había engrosado su poderío a lo largo de los años sin haber librado una sola gran contienda. Y ahora, su influencia se había tornado tan desmedida que la corte imperial ya no podía contenerla por sí sola. "Los nobles llevan largo tiempo buscando un pretexto para alzar sus propios estandartes." Auguste lo sabía de sobra. Sabía bien que en el imperio había quienes creían que, con hallar la más mínima grieta, podrían derrumbar las robustas murallas y poner fin a la era del Maestro de la Espada. "Y, a mis ojos, aquí se vislumbra un motivo y un pretexto inmejorables para que alcen sus pendones." Ellos mismos estaban mordiendo la correa que los mantenía a raya. "...¿Quién es usted?" Por haber permanecido confinados durante tanto tiempo, los elfos habían sido incapaces de contemplar el panorama en toda su vastedad. Sin embargo, aquel caballero frente a ellos ensanchaba a la fuerza sus horizontes con una afilada advertencia. "Mi nombre es Auguste." Auguste se retiró la capucha gris y alzó su espada. En claro contraste con sus ropajes raídos, la vaina negra lucía fastuosamente ornamentada. En su remate superior, engarzada en el centro de la empuñadura, resplandecía un emblema grabado sobre una gema carmesí. "Fui el antiguo comandante de la gendarmería imperial." Un dragón feroz. Y una espada clavada sobre él para someterlo. Auguste blandía en lo alto el emblema imperial, aquel que solo a unos pocos elegidos les estaba permitido portar. "Comerciar con el absilon terminará por convertirse en un veneno letal que se volverá contra ustedes mismos." El antiguo comandante de la gendarmería imperial, Auguste. Un caballero que, pese a haberse conducido como el más humilde de los hombres, ansiaba dar término a su misión aún inconclusa. Y así, desnudaba toda su verdad en aras de cumplir su último deber. \* \* \* "..." El cielo matutino disipaba paulatinamente las tinieblas al compás de los renacientes aires primaverales. Aunque la noche anterior había sido convulsa, la mañana de hoy amanecía apacible. Sin embargo, Vlad terminó despertándose debido al estrepitoso trinar de los pájaros que resonaba contra sus oídos. Desde primera hora del alba, el gorjeo de las aves resultaba jovial en demasía. "Qué escándalo arman..." Incapaz de seguir durmiendo, Vlad abrió los ojos a regañadientes y se incorporó dejando escapar un quejido. "Urrrgh..." Los vendajes apretados por doquier le oprimían la totalidad del cuerpo. Aún creía sentir sobre la piel el tacto compungido de aquella joven doncella que, con lágrimas en los ojos, le había embadurnado ungüentos a granel. "...A este paso no llegaré a viejo." Su carne había quedado sembrada de heridas infligidas por la más afilada malevolencia. No obstante, más que las punzadas del dolor que le atenazaban el cuerpo, a Vlad le resultaba infinitamente más insoportable el vacío que se abría en sus entrañas. '¿Habré forzado la extracción más de la cuenta?' Aunque no fuese tangible a simple vista, la fuerza mental también era, sin duda, un recurso que se consumía. La noche anterior, Vlad había sobrepasado sus propios límites al invocar un mundo profundo, y el retroceso de semejante proeza atormentaba ahora su carne tanto como su mente. Era una sensación similar a la de antaño, cuando forzaba y canalizaba el poder de la voz. "Jefe, ¿por qué ya estás despierto?" "Por el alboroto." "¿Ruido?" Goat, que acababa de franquear la puerta para atenderlo, abrió los ojos desmesuradamente, desconcertado ante la respuesta de Vlad. "¡Pero si ahora mismo todo está en completa calma!" Al contrario de lo que afirmaba Vlad, lejos de haber escándalo alguno, reinaba una mañana serena y cristalina, propia de los bosques élficos. Temiendo que la batalla de ayer le hubiera provocado alguna secuela, Goat comenzó a chasquear los dedos a uno y otro lado para comprobar la audición de su señor. "¿No te habrás dañado los oídos en la pelea de ayer?" "No es eso." Aunque Goat insistiera en examinarlo, Vlad sabía a ciencia cierta que el problema no era ese. 'Malditos críos, qué escandalosos son. En serio.' Aun en ese instante, Vlad no pudo evitar contraer el semblante ante los continuos píos que resonaban justo sobre su coronilla. Goat jamás lo entendería. No tenía forma de saber que aquella habitación rebosaba de pequeñas criaturas que piaban, ladraban y bufaban sin tregua. Como si su cabeza fuese un nido propio, un pajarillo posado entre sus cabellos batía con torpeza unas alas tan diminutas que ni siquiera le permitían alzar el vuelo. "Haaah..." Ante el alboroto de aquellos seres recién nacidos, a los que ahora alcanzaba a ver sin necesidad de cerrar los ojos, Vlad terminó por levantarse la mano y cubrirse el rostro con pesadumbre. El mundo profundo que había manifestado con tanta vehemencia se asemejaba a un estanque cuyo lecho cenagoso hubiera sido revuelto; aún no lograba asentarse de vuelta en su paisaje interior. A juzgar por el panorama, la insistencia de aquellas criaturas bien podría desvelarlo durante varios días seguidos. "..." Apartando la vista de los espíritus a duras penas, Vlad atisbó a través de los intersticios de los dedos que le tapaban el rostro la espada apoyada junto al lecho. Al igual que él, aquella espada plateada se hallaba colmada y rodeada por espíritus bisoños. El porte que proyectaba bajo el fulgor matutino del sol era de una nobleza inmaculada. "Por cierto, jefe. ¿Y esa espada qué es? Jamás la había visto." Era un arma que desprendía una presencia extraordinaria a ojos de cualquiera. Ante una hoja nunca antes vista, la curiosidad de Goat resultaba más que natural, y Vlad le respondió con total franqueza: "La Espada del Maestro de la Espada." "¿Cómo?" "Me dijeron que era la Espada del Maestro de la Espada. Fueron los elfos quienes me lo aseguraron." La espada plateada que lo había acompañado a lo largo de la noche anterior. En cuanto Vlad terminó de pronunciar esas palabras, la Espada del Maestro de la Espada destelló con viveza, como si le estuviese dando la razón. "¿Mae... Maestro de la Espada? ¿El Maestro de la Espada?" "No empieces a armar escándalo tú también. Ya me retumba la cabeza bastante." Leyenda y honor encarnados. Una espada plateada y sublime que proclamaría con nitidez su propio fulgor aun si estuviese sepultada entre todas las riquezas de este mundo. Sin embargo, las pupilas de Vlad, fijas en su acero, no hacían más que hundirse en un torbellino de cavilaciones. "Tendré que preguntárselo sin falta." El hombre que afirmó que daría caza al dragón. El hombre capaz de contemplar el mundo ya olvidado de los espíritus. Y el hombre que blandía la espada de la corte imperial. Sin duda alguna, había sido él quien le había entregado esta espada en el corazón de la ilusión. Como si, desde un principio, no fuera de nadie más que suya. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)

Continúa leyendo

El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)

Capítulo 125

Siguiente Capítulo ›

El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 124

Estás leyendo el capítulo 124 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.