Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 122 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Ausrina, el bosque de los elfos. Aquel rincón del mundo se hallaba colmado por el atroz rugido que profería Nidhogg.
"¡Guaaaaaah!"
En ese preciso instante, Nidhogg ardía en una furia desmedida. La punta de una flecha, todavía clavada con saña en uno de sus ojos, continuaba infligiéndole un tormento insoportable y una cólera salvaje.
"Baradis... A partir de este momento, tú asumes el mando."
Un elfo de mediana edad se sujetaba el hombro teñido de sangre mientras exclamaba con visible agonía. Una de las espinas de Nidhogg ya se hallaba profundamente incrustada en su carne.
"No permitas... que rompan nuestras líneas."
Era el campeón de los elfos y el oficial al mando de aquella operación militar. Incluso mientras le transfería la autoridad a Baradis, sus labios se tornaban cada vez más negruzcos. La ponzoñosa y afilada malicia del dragón recorría a cada segundo el torrente de sus venas, devorándole el corazón.
"... Te lo encomiendo."
Al ver palidecer al campeón por instantes, Baradis asintió con la cabeza. Aquel guerrero insigne, de quien se decía que había nacido a los pies de la Madre Árbol del Mundo, mantuvo los ojos desorbitados y fijos en Baradis hasta el último aliento de su vida.
"¡Reúnanse todos! ¡Concentren el fuego!"
De este modo, el único comandante que permanecía en pie era Baradis, el líder supremo de los montaraces. Un relevo generacional que nadie había deseado acababa de consumarse de forma abrupta en aquel funesto instante.
"¡Capitán! ¡Ese bastardo es demasiado duro! ¡Ni siquiera imbuyendo las armas con aura logramos perforar bien su pellejo!"
"A diferencia de nuestras previsiones, parece que este dragón ya ha completado su desarrollo y es un espécimen adulto. Su resistencia a la magia es formidable."
Ante los desesperados informes que llovían desde todos los flancos, Baradis se mordió el labio con fuerza. Los elfos se habían esforzado al límite por contener a Nidhogg, pero el poderío de un dragón que había despertado por completo su potencial resultaba una fuerza abrumadora, imposible de frenar para cualquiera de ellos.
"¿Nos retiramos?"
Siendo así, la única alternativa que les restaba era replegarse hasta donde se erguía el Árbol del Mundo para converger con el campamento principal. Si aunaban el poder del Árbol del Mundo y extraían hasta la última gota de la fuerza de los ancianos venerables, tal vez existiera una salida.
"No. Debemos ponerle fin a esto aquí mismo."
Sin embargo, combatir utilizando como escudo a aquello mismo que tenían el sagrado deber de proteger era un despropósito inadmisible. Incluso en ese momento, en las ramas del joven Árbol del Mundo permanecían aferrados los pequeños espíritus que todavía no estaban preparados para desplegar sus alas. De ninguna manera podía poner a esas criaturas en la vanguardia.
"Debemos ser nosotros."
Los ojos de Baradis se cruzaron con la mirada de Nidhogg, que rugía al frente. Su propia saeta continuaba colgando del ojo de la bestia. Aunque el impacto había sido superficial y no había bastado para asestarle el golpe de gracia, la presencia de ese proyectil que aún atormentaba a Nidhogg demostraba con certeza que existía una posibilidad.
"Solo abran una brecha para mí una vez más."
Si la flecha se había quedado corta en profundidad, bastaría con dispararla desde una distancia más cercana. Y Baradis era un guerrero dispuesto a arrojarse sin vacilar al encuentro directo de la más lacerante malicia.
"Porque esta vez le atravesaré el cerebro sin falta."
Forjada su resolución, una diminuta estrella de cinco puntas comenzó a delinearse en el fondo de las pupilas de Baradis. Los ojos arcanos, un don concedido únicamente a un puñado selecto entre los elfos, ardían en el interior de su mirada.
Baradis de Ausrina. Su mundo interior, forjado al rojo vivo por la furia, se erigía con una agudeza tan implacable como la del mismísimo Nidhogg.
\* \* \*
"Ayúdenos... Ayúdenos, por favor."
La muchacha, que temblaba como presa de convulsiones, se aferraba a la manga de Vlad mientras murmuraba con voz desfallecida:
"El dragón se acerca..."
Aunque el tono de la joven era apenas un susurro agónico, los nudillos con los que apretaba a Vlad estaban tan tensos que se habían tornado blancos. La doncella del oráculo del Árbol del Mundo —o más bien, el joven Árbol del Mundo a través de ella— anhelaba con desesperada urgencia al caballero que tenía delante. Porque el Árbol del Mundo, capaz de contemplar el desenlace más allá de todo el proceso terrenal, sabía con certeza que solo Vlad podía protegerlo.
"O sea que esto es..."
"Es una revelación divina."
Una voz trémula brotó del elfo escolta, que hasta ese instante no había pronunciado una sola palabra. La doncella del oráculo era el conducto viviente que comunicaba al Árbol del Mundo con los elfos. Los vaticinios de aquel místico árbol sagrado, capaz de atisbar mucho más allá de los confines de la condición mortal, jamás debían ser ignorados.
"... El dragón viene."
El Árbol del Mundo y la doncella lo habían visto desde el principio: la amenaza que se cernía sobre el porvenir, las pupilas del dragón rebosantes de perversidad.
"... El dragón ha llegado, pero..."
Por tal razón, los elfos habían podido preparar sus defensas de antemano. Vigilaron los alrededores, descartaron presencias sospechosas y levantaron una línea de contención. Gracias a ello, Baradis y los suyos eran capaces de hacer frente a Nidhogg con una resistencia articulada.
"Pero el dragón todavía sigue observando."
El dragón se acerca. El dragón observa. El Árbol del Mundo y la doncella del oráculo habían intentado descifrar el porvenir tanto como les fue posible, pero no eran más que entidades jóvenes e inexpertas. Por consiguiente, no habían alcanzado a discernir un detalle crucial:
Que los ojos que contemplaban al Árbol del Mundo no eran un único par.
"¡Guaaaaaah!"
En ese instante, un bramido espeluznante retumbó desgarrando la totalidad de la aldea. Era el rugido de un dragón que resonaba desde el flanco diametralmente opuesto a la línea de contención que los elfos habían erigido.
"... Maldición."
Al escuchar el salvaje rugido, el semblante de Vlad se ensombreció de inmediato. A estas alturas, ya no hacía falta ninguna revelación divina para que cualquiera comprendiera la situación.
¡Kboooom!
La aldea élfica, que a duras penas había conseguido echar raíces, comenzó a desmoronarse desde sus límites exteriores en medio de un estruendo ensordecedor. Se trataba de otro Nidhogg.
"Ayúdenos. Se lo ruego."
Una lágrima solitaria resbalaba por la mejilla de la muchacha. Los dedos con los que se aferraba con devoción a su manga transmitían un desamparo desgarrador.
"..."
Al ver las lágrimas temblorosas en los ojos de la joven, Vlad volvió la mirada hacia Sir Auguste de forma instintiva. '¿Qué se debe hacer en una situación así?'
"¿Por qué me miras a mí?"
No obstante, la persona que tenía ante sus ojos no era Josef ni Sir Zayar. En este instante no había señor feudal a quien rendir cuentas ni caballero superior que le diera órdenes. En este lugar, la única persona facultada para dictarle a Vlad lo que debía hacer era una sola.
"La decisión debes tomarla tú mismo."
Únicamente él. El único amo y señor del caballero llamado Vlad era el propio Vlad.
"... Tiene razón."
La blanca luz de la luna que se filtraba por la ventana bañaba la figura de Vlad. En el lado del pecho donde reposaba aquel resplandor lunar, yacían grabadas unas breves líneas. Vlad alzó la mano y, con la yema de los dedos, enjugó con suavidad las lágrimas que resbalaban por el rostro de la muchacha. Sobre su pecho, señalado por la claridad de la luna, descansaban los versos honorables que le había dedicado San Rozino.
"Yo, Vlad de Shoara, acepto la súplica de la señora doncella."
Vlad de Shoara. El caballero que había protegido el aliento y la vida de los niños. El pomo de la espada de Vlad, desprovisto de toda gema ornamental, resplandecía reflejando el fulgor de la luna.
\* \* \*
"¡Aaaaaah!"
"¡Un dragón! ¡Es un dragón!"
"¡Huyan todos!"
Aquel cuerpo colosal y ágil a la vez avanzaba a la carrera quebrando las moradas de los elfos, como si hendiera el oleaje de un mar embravecido. Desde diversos puntos llovían las flechas de los guardias, pero para Nidhogg semejantes acometidas ni siquiera le causaban cosquillas. Para alcanzar y herir al más letal de los dragones, se requería una espada que albergara en su seno un mundo interior mucho más profundo.
"¿Por qué me sigue?"
"Pues por pura voluntad mía, ¿por qué otra cosa iba a ser?"
Dos caballeros corrían a la zaga de Nidhogg. Vlad y Sir Auguste saltaban sobre los tejados de las edificaciones, pisándole los talones a la bestia.
"Los elfos son enemigos del imperio, ¿no es así?"
"¿Dónde están los enemigos y dónde los aliados? En este mundo solo existen los problemas y sus soluciones."
Detener la distribución de Absilon. Evitar a toda costa que los narcóticos continuaran inundando el imperio. Auguste había resuelto actuar junto a Vlad guiado únicamente por el afán de coronar con éxito dicho cometido.
"Mi intención es ponerlos en deuda con nosotros y luego exigirles que solo comercialicen el té destinado a los elfos. Ya habrá tiempo de sobra para ajustar cuentas por sus descaradas faltas más adelante."
Antes que ponerse a discernir las culpas y agravios de cada quien, la prioridad absoluta era taponar la brecha por donde se desbordaba la represa. Porque el imperio se hallaba en un estado de debilidad tan manifiesto que ni siquiera podía permitirse el lujo de desatar una cólera justificada.
'¿Dónde está?'
Los ojos del antiguo comandante de la gendarmería imperial, clavados en Nidhogg, comenzaron a brillar con un fulgor azulino. Era una técnica que solo Sir Auguste, quien había consagrado la vida entera a discernir la verdad del engaño, era capaz de ejecutar.
"¿Qué está haciendo?"
"...Discernir su debilidad."
Cualquier ser vivo posee un rincón que desearía mantener oculto. Su punto más vulnerable, la flaqueza que jamás querría dejar al descubierto; esa herida fatal que, de ser atravesada una sola vez, le arrebataría para siempre la capacidad de ponerse en pie. Por esa misma razón, los hombres acostumbran cubrir sus debilidades tras un velo de falsedad e intimidación.
Exactamente igual a como obraba Nidhogg en ese instante.
'Las patas delanteras... El interior de la membrana.'
Sus escamas eran recias y las espinas erguidas sobre su lomo lucían despiadadas. El cuerno alzado en su frente ostentaba un filo capaz de desgarrarlo todo; sin embargo, la criatura no se conformaba con semejante poderío.
"Parece que su punto débil es la axila, justo al interior de la membrana. ¡Ataca allí!"
Aquel dragón del este, que aún no había renunciado a su ambición por surcar los cielos, todavía conservaba vestigios de alas. Aquella andrajosa membrana, adherida únicamente por su terquedad y obstinación, constituía con exactitud la debilidad de Nidhogg. El aura que reverberaba en las pupilas de Auguste así lo dictaminaba.
¡Clang! ¡Kuaaaaargh!
En ese instante, entre un estruendo ensordecedor, el avance de Nidhogg quedó frenado en seco. Estructuras derrumbándose, peñascos del suelo despedidos con violencia en todas direcciones; un colosal círculo mágico surgido de improvisto cortaba el paso a la acometida de la bestia.
"¡Es magia!"
Al escuchar la advertencia de Auguste, Vlad giró la cabeza de inmediato hacia el Árbol del Mundo. Aunque la distancia empañaba la nitidez de la escena, distinguió a varios elfos congregados ante el tronco ancestral. Eran los ancianos del cónclave élfico.
"¡Bien! Aprovechemos esta oportunidad para..."
¡Guaaaaargh!
El círculo mágico conjurado por los ancianos sin duda había sido trazado mediante un arte arcano de altísima jerarquía. No obstante, Nidhogg ya era un espécimen adulto. Los dragones, habiéndose desprendido de la perfección primigenia, eran entidades incapaces de ser embaucadas por magias destinadas a engañar al mundo.
"¿Pero qué demonios...?"
Nidhogg comenzó a morder y triturar el círculo mágico como si no fuese más que un trozo de carne cruda. La trama mágica se desgarraba irremediablemente bajo la brutal fuerza de sus fauces.
"¡Maldita sea!"
En lo alto del firmamento, las formaciones místicas estallaban una tras otra. Vlad apretó los dientes al contemplar los vestigios del encantamiento llover a su alrededor como astillas de cristal destrozado.
'¿Esto es... un verdadero dragón?'
Aquel joven gusano de la muerte que ni siquiera había alcanzado la madurez. Aquel lindwurm que apenas despertaba a su condición draconiana. Aunque Vlad ya se había batido contra dos de aquellas bestias en el pasado, el Nidhogg que se alzaba frente a sus ojos pertenecía a una dimensión por entero diferente. ¿Acaso la Orden de Caballeros Matadragones se había enfrentado en verdad a semejantes monstruosidades?
¡Guaaaargh!
Una capa, dos capas, tres capas. Los círculos mágicos que se regeneraban tras cada fractura sin duda estaban siendo levantados a costa de exprimir las últimas fuerzas de los ancianos elfos. Pese a ello, las nuevas barreras resplandecían con un brillo cada vez más mortecino, y los proyectiles arrojados desde diversos puntos mermaban en número sin cesar.
Era un enemigo al que la magia no podía doblegar. Si al menos contasen con guerreros en primera línea, tal vez habrían hallado un resquicio; sin embargo, la determinación de los elfos de interceptar al dragón en el exterior antes de que penetrara en el santuario se revelaba ahora como un error fatal.
"¡Vlad! ¡Corre!"
"¡Maldición!"
La colosal mole alcanzó por fin la base del Árbol del Mundo. El anciano Gerónimo extendió ambos brazos hasta el último instante en un desesperado intento por contener a la bestia, mas su decrépito cuerpo ya no lograba canalizar la fuerza de su inquebrantable voluntad. Un hilo de sangre oscura y espesa, incapaz de ser contenido, resbaló por la comisura de sus labios.
¡Guaaaargh!
Habiéndose sacudido cualquier estorbo del camino, el sanguinario depredador hincó al fin sus garras en el tronco del joven Árbol del Mundo.
¡......!
Las ramas se estremecieron violentamente bajo el pálido resplandor lunar. A lo lejos, el menudo cuerpo de la doncella convulsionó presa de una atroz agonía. Tanto el joven árbol como la doncella del oráculo se estremecían de puro espanto al sentir la insaciable codicia transmitida a través de las garras de la bestia.
El aliento de la ruina soplaba justo a su lado.
"¡Yo atraeré su atención!"
"¡Entendido!"
Los jóvenes espíritus aguardaban en la copa del Árbol del Mundo. Mientras la mirada de Nidhogg se desviaba brevemente hacia las alturas, Vlad y Auguste cargaron a toda velocidad por ambos flancos.
"¡Haaah!"
Cerrando su ojo izquierdo, Auguste invocó el mundo interior de su alma. Desde la hoja de su espada comenzó a condensarse el fulgor radiante del alba.
Sir Auguste, antiguo comandante de la gendarmería imperial. Su resplandor encarnaba el amanecer que rasgaba cualquier mentira.
"¡Por aquí!"
Por mucho que se hubiera descubierto el punto débil del adversario, de nada servía si no se lograba exponerlo. Ante la sorpresiva arremetida de Auguste, el hocico de Nidhogg, que se disponía a trepar por el tronco, se replegó con presteza para cubrir su axila.
"Vaya engendro más espantoso."
La mirada de Auguste ardió con fiereza al encarar aquella fétida y salvaje exhalación. Con todo, si lograba retener la atención del monstruo sobre sí, Vlad hallaría con certeza una apertura inmejorable por el flanco opuesto.
"¿Cómo?"
Sin embargo, Nidhogg no tenía la menor intención de trabarse en combate con Auguste. Disparó una ráfaga de afiladas púas en su dirección y reanudó su apresurado ascenso por el árbol. Sobre la cabeza del veterano caballero cayó de inmediato una lluvia cargada de ponzoña letal.
"¡Maldita sea!"
Al ver a Auguste salir despedido a la distancia, Vlad, que cargaba desde el costado opuesto, cerró su ojo izquierdo sin vacilar. Habría preferido aguardar una coyuntura impecable, mas las circunstancias no permitían el menor titubeo.
"Antes de que esa bestia trepe..."
A falta de tiempo, no pudo invocar las profundidades absolutas de su mundo. No obstante, Vlad canalizó con implacable nitidez los vestigios de la voz en su interior. Desde su ojo izquierdo cerrado comenzó a brotar la chispa de un relámpago albino.
"¡Engendro del demonio!"
Nidhogg trepaba ya a zarpazos por el Árbol del Mundo. A merced de sus garras ennegrecidas se encontraban los jóvenes espíritus, temblando de terror.
Los dragones devoran posibilidades. Todo con tal de aproximarse a la perfección absoluta. Y aquellos espíritus recién nacidos constituían, sin sombra de duda, cúmulos de pura posibilidad que un dragón jamás dejaría de codiciar.
"¡Aquí estoy, malnacido!"
Al comprender las intenciones del monstruo, Vlad se lanzó al asalto sin una brizna de duda, trepando por la corteza del Árbol del Mundo en una arremetida vertiginosa. Un destello de relámpago nacido desde el suelo se abrió paso perforando el flanco de Nidhogg. Rápido, certero y más fiero que ningún otro embate.
"¡Eso es!"
Fue un instante tan perfecto que obligó al mismísimo Auguste, quien yacía rodando por la hierba, a apretar el puño con exaltación. La espada de Vlad, lanzada en una estocada terminal hacia la flaqueza de la criatura, no vaciló ni un milímetro.
"¡...!"
Sin embargo, los reflejos de Nidhogg superaron cualquier previsión. El mundo de Vlad había impactado en los sentidos del dragón con una agudeza infinitamente superior a la de cualquier otra presencia. Pues los semejantes siempre reconocen a los de su propia especie.
¡Guaaaargh!
Una sombra densa y oscura se desplomó, cubriendo por completo la visión de Vlad. Era la colosal cola de Nidhogg, rebosante de ponzoña.
¡Crac!
El chasquido seco de algo rompiéndose en pedazos. Acompañada por un desgarrador alarido de agonía, una lluvia de esquirlas se dispersó por el suelo bajo el Árbol del Mundo. Fragmentos resplandecientes que semejaban la luz de una estrella rota hecha añicos.
※※※※
En el rincón más recóndito del Árbol del Mundo.
En el cálido cobijo de sus raíces primigenias, donde residía el origen sagrado.
Allí se encontraba un caballero plateado, hincado de rodillas en soledad y con la cabeza gacha.
...
Carecía de conciencia propia, mas albergaba una férrea voluntad. La espada plateada erizaba su filo con silenciosa hostilidad ante la desagradable turbulencia que percibía desde el exterior.
Una de las presencias era el codicioso dragón del este.
La otra, un joven dragón que traía consigo el gélido viento del norte.
Pese a todo, la espada plateada no podía juzgarlo a la ligera, pues en aquel joven dragón imbuido del viento helado palpitaba una emanación que le resultaba inconfundiblemente familiar.
Aquella presencia era, sin duda alguna, el vestigio de alguien que antaño había caminado a su lado.
...
'Soy un talismán que custodia el Árbol del Mundo, mas en mi origen fui una espada. Y toda espada solo revela su auténtica hoja cuando es desenvainada. Por ello, ven a mí. Si eres tú, serás capaz de arrancarme de mi reposo.'
La espada plateada que aguardaba bajo el manto nocturno alzó la cabeza con noble y solitaria altivez. A través de la resonancia de sus mundos, llamaba en silencio al joven dragón que abrazaba la luz de las estrellas.
La luna de esta noche resplandecía teñida de azul.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 123
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 122
Estás leyendo el capítulo 122 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.