Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 121 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Una solitaria hoja carmesí de arce descendió con pausada lentitud, hasta posarse al fin sobre la espada clavada en la roca.
Era una espada plateada que refulgía con altiva y solitaria pureza. Aquella hoja que cualquiera codiciaría con devoción aún mantenía cautiva la mirada de Vlad.
"……"
Sin embargo, Vlad podía sentirlo: aquella espada plateada, erguida con imperturbable entereza sobre la roca, apuntaba su filo directamente contra él.
Una espada guardiana que en tiempos remotos protegió a alguien, y al mismo tiempo una espada de sangre que segó la vida de incontables enemigos. La Espada Matadragones que atravesó el corazón del más perfecto de los dragones.
Aquella misma espada contemplaba ahora a Vlad con fijeza, erizando su gélido filo azulino.
'No te acerques más.
Niño que ni siquiera ha abierto los ojos.
Antes de que te corte en dos.'
※※※※
"¡Ah!"
Unos ojos azules se abrieron de par en par, rasgando la oscuridad de la noche. La mirada de Vlad, recién arrancada de las garras de la pesadilla, temblaba sin sosiego.
"……Ugh."
Involuntariamente, Vlad intentó pasarse la mano por la frente anegada en sudor, pero una punzada aguda y lacerante brotó al instante desde las vendas que envolvían ambas palmas. Las heridas del día anterior, fruto de haber empuñado la hoja desnuda en sentido inverso, aún lo martirizaban sin tregua.
'Vaya pesadilla tan siniestra.'
Vlad chasqueó la lengua, abrumado por la aterradora nitidez del sueño que acababa de vivir. Apenas cerraba los ojos, la escena del día anterior emergía con fuerza en su memoria. A diferencia de su apariencia noble y distinguida, de la espada plateada que vio ayer emanaba sin duda un hálito siniestro e inquietante. Tanto como para revivirlo ahora convertido en semejante pesadilla.
"Deberías haber dormido un poco más."
"……Ha vuelto."
Vlad giró el rostro hacia el lugar de donde provenía la voz.
La ventana permanecía entreabierta. Junto al alféizar por donde se filtraba la suave luz de la luna, Sir Auguste aguardaba de pie con los brazos cruzados.
"¿Qué tal ha ido? ¿Logró registrar las plantaciones de té?"
Mientras Vlad prestaba su ayuda para hacer florecer el Árbol del Mundo, Sir Auguste se había dedicado a examinar las hojas de té de tuzon en los dominios de los elfos. No obstante, al encontrarse ahora, ambos se hallaban sumidos en honda pesadumbre a pesar de haber dado con sus respectivos indicios.
"Los campos estaban divididos."
"¿Cómo dice?"
"……Me refiero a que han separado las hojas destinadas a la venta para los humanos de las que ellos mismos consumen."
Dos plantaciones de té, diferenciadas con rigor entre el consumo humano y el élfico. Podría haberse tratado de una simple división logística para facilitar el comercio, pero Sir Auguste, al aproximarse a los cultivos, lo comprendió de inmediato: las variedades de ambas hojas de té diferían de forma sutil.
"Lo que significa que, desde el mismísimo principio, todo estuvo impregnado de malicia."
"……"
El té de los elfos. El Absilon.
Aquel rencor verde que brotó en los confines orientales bien podría considerarse el pecado original del imperio. Al fin y al cabo, el veneno arraigado en el corazón de los elfos contra los humanos había sido engendrado en su totalidad por el imperio.
Pues, aunque fue el más perfecto de los dragones quien redujo a cenizas el Árbol del Mundo, quienes los expulsaron definitivamente de las profundidades del bosque no fueron otros que los hombres del imperio.
"Estamos rodeados de enemigos."
Bajo el refulgente esplendor del imperio yacían sepultadas la sangre y las lágrimas de incontables pueblos. El imperio era, en sí mismo, un coloso que se alzaba tras haber pisoteado los mundos de otros; una existencia que en nada se diferenciaba de la de otro dragón.
Y ahora, el imperio estaba condenado a cosechar las semillas del pecado original que él mismo había diseminado a lo largo de los siglos. Quisiera o no.
A lo lejos, cobijado bajo el firmamento nocturno, se alzaba un árbol que emitía su propio resplandor. Ante la visión de aquel Árbol del Mundo que florecía de nuevo, en flagrante contraste con un imperio que marchaba inexorablemente hacia su ocaso, en los ojos del anciano caballero no pudo sino anidar una inevitable y sombría amargura.
※※※※
"Por eso te dije: ¿por qué se te ocurrió sujetar la espada al revés?"
"……"
Al despuntar la mañana, cuando el sol apenas comenzaba a asomarse por el horizonte, la doncella del oráculo no dejaba de refunfuñar mientras retiraba el vendaje desmañado. Parecía profundamente descontenta con el aspecto de aquellas vendas que, pese a haber sido colocadas por ella misma, se resistían a soltarse con facilidad.
"Si hubiera sabido que las cosas acabarían así, la habría sujetado por la vaina."
"Alguien que busca excusas no merece confianza."
Un caballero herido por su propia arma. Y más aún, si se trataba de laceraciones provocadas por asir la espada al revés, sujetando el filo desnudo, jamás obtendría una sola palabra de elogio de nadie.
"Por eso mismo, ¿no podría habérmelo advertido antes?"
"¡Para mí también era la primera vez! ¡Era la primera Ceremonia del Florecimiento de toda mi vida!"
Ella creía que bastaría con mostrar la piedra de ámbar. Sin embargo, los dos Árboles del Mundo utilizaron el mundo interior de Vlad como un pasaje para transitar entre el recuerdo y la realidad, forzándolo a apretar los dientes y resistir a duras penas. Si hubiese sospechado siquiera una fracción de lo que iba a ocurrir, jamás habría empuñado la espada de semejante forma.
'¿A quién voy a culpar?'
En rigor, la culpa recaía en la muchacha por no haberle dado advertencia alguna, pero tampoco es que Vlad estuviera del todo libre de responsabilidad. Además, tal como ella acababa de señalar, nada resultaba más patético que las justificaciones de un caballero, por lo que Vlad resolvió sellar los labios.
"Listo."
Habiendo retirado por fin las vendas que lo envolvían, la doncella del oráculo esbozó una radiante sonrisa y abrió la arqueta de madera que había traído. Era una caja que contenía polvos medicinales de diversos colores y frascos con elixires. El interior rebosaba de tonalidades tan vivas y variadas que cualquiera habría pensado que albergaba cosméticos.
"Espera un momento. Me dijeron que debía aplicar este y este otro."
"Por lo que veo, jamás lo ha hecho en la práctica."
"No te preocupes. Lo he visto hacer muchísimas veces a mi lado."
Vlad habría preferido, de ser posible, el tacto de manos más experimentadas, pero la joven desoyó por completo tales anhelos y se limitó a tomar los frascos medicinales.
"Extiende las manos."
"……"
Ante la tozuda determinación de la muchacha, a Vlad no le quedó más opción que abrir las palmas y ofrecerlas hacia adelante.
Eran profundas las incisiones que surcaban las palmas de Vlad. Al contemplar las manos del caballero, de las que aún brotaba una sangre espesa y carmesí, la doncella frunció los labios involuntariamente.
"Debió de doler mucho."
"Apenas nada."
Aunque él respondía con calculada indiferencia, ella sabía bien que Vlad había resultado herido debido a la inexperiencia de ella. Sin embargo, tanto para la doncella como para el Árbol del Mundo aquella floración era una vivencia inédita, por lo que alguien debía asumir desde las sombras las consecuencias de sus yerros. Las heridas de Vlad eran el testimonio tangible de aquella carga.
"Los ancianos me encomendaron muchos remedios para que los usara contigo. Verás que surten un efecto formidable."
Por mucho que los elfos repudiaran a los humanos, Vlad era quien había hecho posible la sagrada Ceremonia del Florecimiento, por lo que no tenían la menor intención de tratarlo con mezquindad. Además, habiendo perdido incluso la reliquia familiar que traía consigo, era inconcebible permitir que partiese con las manos vacías. Las medicinas de ahora no eran más que un modesto preludio de las recompensas que estaban por llegar.
"Por cierto, respecto a la espada que yacía allí en ese momento……"
"Ah, sí. La espada del Maestro de la Espada."
La joven lo pronunció con absoluta ligereza, pero quienes la escuchaban no pudieron evitar estremecerse de golpe.
No solo Sir Auguste, sino también Goat, que ayudaba a un lado.
Así de sagrado y reverencial era el peso que las palabras «Maestro de la Espada» entrañaban para cualquier habitante del imperio.
"¿Por qué preguntas por ella?"
"...... Tenía curiosidad por saber por qué estaba clavada allí."
Había supuesto que no se trataba de una espada cualquiera, pero jamás imaginó que perteneciera a un Maestro de la Espada. Desde el caballero retirado hasta el mozo de cuadras, los tres humanos presentes en la estancia estiraron el cuello de manera inconsciente, aguardando con expectación la respuesta de la muchacha.
"Oí que el Maestro de la Espada nos la dio."
"¿Esa espada...... se la entregó el Maestro de la Espada? ¿En persona?"
"Sí."
Al cruzarse con la mirada de Vlad, los ojos dorados de la muchacha destellaron. Era un brillo puro, exento de la más mínima traza de falsedad.
"El imperio era malo, pero el Maestro de la Espada era bondadoso. Por eso nos dejó su espada antes de partir."
"...... ¿Qué se supone que significa eso?"
Ante una respuesta tan etérea e inconcreta de la joven doncella, hasta Sir Auguste perdió la compostura e intervino para inquirir, pero lo único que recibió a cambio fueron las gélidas miradas de los elfos de la escolta. En aquel recinto, la única persona autorizada para dirigirle la palabra a la muchacha era única y exclusivamente Vlad.
"La espada que se encuentra allí es una Espada Matadragones. Un talismán para proteger al Árbol del Mundo."
Las pupilas de la muchacha señalaron hacia el joven Árbol del Mundo que se alzaba tras la ventana. En aquel mismo instante, el Árbol del Mundo de Ausrina continuaba desprendiendo un fulgor paulatino mientras abría sus flores. Quizá Auguste y Goat no alcanzaban a distinguirlo, pero para Vlad, que había asimilado en su interior los vestigios de la voz, resultaba perceptible, aunque fuera con vaguedad: los diminutos espíritus que correteaban y retozaban sobre el Árbol del Mundo.
"...... ¿De qué protege al Árbol del Mundo?"
'Es imperativo discernir la verdadera intención oculta tras los fenómenos superficiales'. Josef solía repetirle siempre esa máxima al muchacho inexperto. ¿Por qué razón el Maestro de la Espada había dejado atrás su propia arma antes de marcharse? ¿De qué amenaza pretendía preservar al Árbol del Mundo al obrar así? La única persona capaz de revelarlo era la joven doncella que tenía ante sus ojos.
"Porque la espada del Maestro de la Espada es la más perfecta Espada Matadragones."
Una altiva espada plateada. La más perfecta Espada Matadragones.
"Por eso todos los dragones de este mundo le temen a esa espada."
El arma que había contemplado el día anterior le había estado advirtiendo a Vlad: desaparece de mi presencia de inmediato, antes de que te corte en pedazos.
"...... Ya veo."
Solo entonces Vlad logró comprenderlo. La extraña sensación que había experimentado la jornada previa no había sido una vana ilusión. Se trataba de una tajante advertencia que la espada del Maestro de la Espada le había dirigido personalmente.
¡Tum!
'¿...?'
Mientras evocaba la espada del día anterior a través de las palabras de la muchacha, Vlad sintió que su corazón daba un vuelco intempestivo. Una palpitación violenta y sin previo aviso que no había experimentado en tiempos recientes. A cada latido de su pecho, una inquietud incontrolable comenzaba a brotar en su interior. Era una resonancia enteramente distinta a cualquiera que hubiese conocido jamás.
"Doncella del oráculo."
Mientras Vlad se desconcertaba ante aquel súbito desasosiego, la puerta de la estancia se abrió de par en par y los elfos de la escolta irrumpieron en el recinto. Todos ellos con pasos presurosos, sin excepción.
"Debe salir de inmediato."
"Venimos a escoltarla."
Al escuchar en un susurro las circunstancias que le transmitían los guardias de su séquito, los ojos de la muchacha, fijos en Vlad, comenzaron a temblar con levedad.
※※※※
En algún rincón del bosque de Ausrina.
En la espesura sombría, un tanto apartada de la ciudad de los elfos, un destacamento élfico escudriñaba la lejanía con el cuerpo tenso por la crispación.
"¡Aaaaargh!"
Sin embargo, por más que mantuvieran la guardia en alto, existía un filo punzante imposible de esquivar. Espinas llovían desde todas direcciones. Atravesado por aquella afilada malicia que salía disparada como una andanada de flechas, otro elfo acababa de desplomarse al suelo en ese instante.
"¡Mantengan la formación!"
"¡La barrera defensiva no sirve de nada!"
Pese a los gritos desgarradores que resonaban por doquier, la mirada de Baradis no flaqueó en lo más mínimo.
'Solo un poco más......'.
La oscuridad agazapada en la fronda del bosque clavaba sus ojos en los elfos. En aquellas cuencas tenebrosas ardía un hambre voraz, entrelazada con la mofa.
'¿Acaso crees que voy a consentirlo?'.
Todos los dragones de este mundo eran codiciosos. Porque eran criaturas que ansiaban sin cesar alcanzar la perfección. Bestias que no dudaban en embutirse cualquier cosa en sus malditas fauces con tal de consumar su propia culminación.
"¡Está saliendo del bosque!"
"¡Alcen los escudos! ¡Protejan a los magos y a los arqueros!"
Un humo acre y sofocante lo impregnaba todo. Los elfos no habían vacilado en prender fuego al bosque con tal de arrancar al dragón más letal fuera de su guarida. Los alaridos que resonaban por los confines de la espesura no pertenecían únicamente a los elfos.
'Sal de una vez'.
Con un ojo cerrado, Baradis tensaba la cuerda de su arco. En la punta de la flecha que apuntaba el más insigne montaraz de los elfos, comenzó a materializarse un diminuto círculo mágico. Forjado con toda su cólera, refulgía incandescente como hierro al rojo vivo.
¡Kroooooar!
En la punta de las espinas disparadas pendía una ponzoña cargada de malicia. En el fragor de su bramido retumbaba una furia inasumible. Y aun así, frente a semejante atrocidad, ni un solo elfo dio media vuelta para huir.
"¡Por aquí, maldito engendro!"
"¡Maldito dragón repulsivo!"
A los elfos ya no les quedaba tierra a la que replegarse. Porque el retoño que custodiaban a sus espaldas era el último Árbol del Mundo sobre la faz de esta tierra.
"Nidhogg......"
Hacia los elfos, blindados por una resolución inquebrantable para la batalla, avanzó la sombra del bosque. Un cuerpo ágil erizado de arriba abajo por afiladas espinas. Aunque en el presente reptaba de forma miserable sobre el suelo, las delgadas membranas plegadas a sus extremidades delanteras revelaban que, en otro tiempo, aquel dragón también había soñado con surcar los cielos.
"¡Es demasiado colosal! ¡Mucho más de lo previsto!"
"¡Primero hay que frenar su avance!"
Los círculos mágicos flotaban por doquier. Necesitaban ganar tiempo para que los conjuros fijaran sus coordenadas con precisión; un instante en el que ese dragón se viese obligado a permanecer completamente inmóvil.
"¡Deténganlo!"
Sabiéndolo bien, los elfos se abalanzaron contra Nidhogg sin el menor asomo de duda.
¡Kraaak!
"¡La bestia está virando! ¡Protejan a los magos!"
Al escuchar los gritos desgarradores de sus camaradas, el único ojo abierto de Baradis comenzó a inyectarse en sangre. En las puntas de las afiladas espinas del monstruo ya no relucía únicamente el veneno, sino la sangre densa y ennegrecida de los suyos.
"¡Baradiiis! ¡Ahora!"
Por un lazo arrojado a la desesperada. Por el escudo de un guerrero que desvió las fauces de la bestia. Y por el cadáver de aquel que acababa de gritar, cuyo cuerpo sirvió a duras penas para taponar su avance.
¡Groooaaar!
Y de ese modo, el dragón más letal se detuvo al fin. Entre la polvareda blanquecina, los ojos del maldito reptil se alzaron cargados de ferocidad.
"...... ¡Ahora!"
Habiendo fijado finalmente sus coordenadas, los círculos mágicos multicolores se precipitaron implacables contra Nidhogg. Junto con la solitaria flecha que Baradis acababa de soltar.
La punta escarlata de la flecha, henchida de vendaval, hendió una ráfaga de aire al salir disparada. Cargando a sus espaldas las tiernas flores recién nacidas.
Tras los borbotones de sangre que estallaban por doquier, a lo lejos, las ramas del joven Árbol del Mundo se mecían con suavidad en la distancia.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 122
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 121
Estás leyendo el capítulo 121 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.