Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 120 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
La luz de la mañana apenas lograba abrirse paso entre la espesura de los árboles. Guiándose por aquella tenue claridad, varias figuras avanzaban por el sombrío bosque.
De porte grácil y orejas alargadas y erguidas, eran los exploradores encargados de custodiar las inmediaciones de Ausrina.
"Alto."
A la orden del capitán que encabezaba la marcha, los exploradores detuvieron el paso y contuvieron el aliento. El puño férreamente cerrado de su líder les advertía que algo aguardaba ante ellos.
'Olor a sangre...'
Aunque no igualaba a la agudeza de su oído, su olfato superaba con creces al de los humanos. El capitán de los exploradores frunció el ceño al percibir el hedor ferroso que emanaba desde las entrañas del bosque en tinieblas.
'Dispérsense.'
Miradas y gestos con las manos. Siguiendo las señales convenidas entre sí, los elfos se dispersaron con presteza por los alrededores y se mimetizaron de inmediato con el entorno para vigilar en todas direcciones.
'Avanzaré solo.'
Junto a la señal manual, el capitán de los exploradores dio un paso al frente en solitario. A sus espaldas, varios miembros del grupo extrajeron flechas con sigilo y las acoplaron a las cuerdas de sus arcos.
Ramas mecidas al compás del viento. En aquel tétrico bosque donde ni el trinar de las aves se escuchaba, lo único que resonaba era el desolador crujido de las ramas al entrechocar.
"... Maldición."
Sin embargo, un lamento ahogado quebró al fin el silencio que habían guardado hasta entonces.
Sobre una maraña de matorrales enredados como telarañas, yacía un elfo con la cabeza gacha y los brazos extendidos a ambos lados.
"Se confirma una herida perforante en el abdomen."
"La herida está congelada."
"Parece haber muerto hace al menos un día."
Al escuchar los informes que se sucedían, el capitán de los exploradores se aproximó al cadáver con el semblante ensombrecido. A través del enorme boquete que lo atravesaba limpiamente, colgaban jirones de vísceras que se habían deslizado poco a poco.
"Llegamos demasiado tarde."
El capitán hincó una rodilla en tierra y contempló la herida abierta en el cuerpo. Era un agujero colosal que un humano corriente jamás habría podido provocar. Sus ojos, todavía desorbitados, daban mudo testimonio de la atroz agonía padecida.
"... Nidhogg."
A través de aquella gran abertura tallada en el cadáver, el capitán contempló las profundidades del bosque. La estampa de la espesura divisada a través de aquel conducto rojizo y oscuro... En aquel rincón donde la luz jamás alcanzaba a rozar, solo reinaba la más absoluta penumbra.
Desde lo más hondo del bosque resonaba un bramido lejano, semejante a un eco. Una voz que sonaba voraz y famélica. Oculto en las tinieblas, el dragón acechaba al joven Árbol del Mundo, cuyas flores estaban a punto de brotar.
※※※※
"..."
Vlad no pudo evitar pensar que se sentía como si estuviese paseando por un jardín, a pesar de que el sitio donde se hallaba era una cueva a la que no entraba ni un solo rayo de luz.
'¿Cómo va a ser esto una caverna?'
No era de extrañar que cayera en semejante equívoco. El suelo, que por naturaleza debía ser húmedo, resultaba tan mullido como paja recién extendida, y el interior, que debería haber estado sumido en las sombras, resplandecía con viva claridad gracias al musgo que tapizaba densamente las paredes.
'¿Luciérnagas?'
Y por si fuera poco, flotaban luciérnagas por doquier. Al contemplar aquellas diminutas motas de luz que revoloteaban a su alrededor como si diesen la bienvenida a la comitiva, la mente de Vlad se sumió en el desconcierto. Aquella atmósfera, por completo impropia de la estación y del lugar, desafiaba todo su sentido común.
"Se alegrará muchísimo cuando vea esa piedra de ámbar. Últimamente ha estado muy intranquilo."
Avanzando por la cueva que se abría paso hacia las raíces, la comitiva se dirigía hacia el origen del Árbol del Mundo. Pese a ser una caverna, estaba iluminada; pese a hallarse en pleno invierno, era cálida. Conforme se internaban en sus profundidades, el paisaje se apartaba cada vez más de los confines de la realidad terrenal.
"Es la primera vez que hace algo así en su vida, por eso estaba tan desconcertado."
Se acercaba la primavera. Y las flores brotaban. Al desperezarse al compás de la estación venidera, se decía que aquella era la primera vez que el joven Árbol del Mundo florecía desde su nacimiento. Sin embargo, el Árbol del Mundo se consumía en la duda de si su floración se estaba desarrollando como era debido.
"Por eso andaba tan decaído, pero justo en ese momento llegaste tú."
A veces, uno siente zozobra incluso mientras avanza hacia adelante. Se pregunta si el rumbo que sigue es el correcto, si está bien continuar por esa senda, o si acaso llegará a un punto del que jamás podrá regresar. La razón por la que resulta tan difícil dar un paso al frente, aun a sabiendas de que debe darse, radica en la falta de certeza.
En trances así, bastaría con que alguien estuviese a su lado para confortarlo y decirle que lo está haciendo bien; por desgracia, el joven Árbol del Mundo no contaba con nadie semejante.
"... Ya comprendo."
Vlad asintió con mesura al escuchar las palabras de la muchacha. Sin advertirlo, a través de la mediación de la joven, Vlad comenzaba a comprender con hondura la tribulación que acongojaba al Árbol del Mundo, aun cuando el árbol y el caballero habitaban en mundos que jamás habrían de tocarse.
"Ya llegamos."
Al son de las palabras de la muchacha, el final de aquel interminable pasadizo empezó a perfilarse. El vívido resplandor que brillaba al frente no procedía del musgo fosforescente, sino de la auténtica luz solar que alumbraba aquel día.
"Vlad de Shoara. Es muy probable que seas el primer humano en pisar este lugar."
Al escuchar aquellas palabras, los rostros de los elfos que custodiaban a la joven comenzaron a ensombrecerse de disgusto. ¿Acaso aquel humano frente a ellos tenía idea de que el suelo donde se erguía era un recinto vedado y secreto al que solo un puñado de elegidos entre los propios elfos tenía permitido entrar?
Sin embargo, la doncella del oráculo del Árbol del Mundo no había vacilado un instante en guiar hasta allí al caballero de ojos azules. Porque estaba plenamente convencida de que aquel caballero debía estar en ese lugar.
"..."
Vlad alzó la mirada lentamente mientras escuchaba a la joven. Era una cavidad colosal. Las raíces del Árbol del Mundo, afianzadas por doquier, se entrelazaban en una intrincada maraña para dar forma a un recinto inmenso.
"¿Debo entrar aquí?"
"Por supuesto. Adelante."
La muchacha abrió los brazos de par en par, como quien convida a un huésped a su propio hogar. Ante su calurosa acogida, Vlad dio un paso cauteloso hacia el interior de la cavidad. La hierba que cubría el suelo se inclinaba por voluntad propia bajo las pisadas de Vlad, allanándole el camino.
Al presenciar aquella inequívoca manifestación de hospitalidad y bienvenida por parte del Árbol del Mundo, los rostros de los elfos que actuaban de escolta mudaron a una expresión de atónito desconcierto.
'… Así que este es el Árbol del Mundo.'
Le pareció percibir el latido de un pequeño corazón proveniente de las plantas de sus pies. Al compás de aquel pulso, sintió como si su propio mundo se expandiera poco a poco. Dos mundos en contacto mutuo se miraban por fin cara a cara.
"Parece que se alegra de que hayas venido."
Vlad volvió la cabeza al escuchar la voz de la doncella a sus espaldas. Los elfos que los habían seguido como escolta se habían quedado plantados en la entrada de la cavidad, completamente inmóviles.
En aquel momento, las únicas presencias que permanecían en ese lugar eran Vlad, la muchacha y el joven Árbol del Mundo que los contemplaba desde lo alto.
"¿Puedes mostrárselo? Te lo ruego, hazlo."
La doncella del oráculo del Árbol del Mundo, incapaz de brindar auxilio alguno al retoño, juntaba las manos en ademán de plegaria mientras suplicaba al caballero que traía consigo los recuerdos de la madre Árbol del Mundo.
Le rogaba que, por favor, le mostrase a la criatura la figura de su madre; que lo hiciera por el bien de aquel joven Árbol del Mundo, obligado a encaminarse hacia un horizonte al que jamás se había adentrado.
"Entendido."
Ante la súplica de la joven, Vlad desenvainó la espada.
"...... Supongo que esto será lo mejor."
El gélido filo de la hoja era cortante, pero la empuñadura que uno tomaría entre las manos resultaría suave. Por esa misma razón, el caballero resolvió que le correspondía a él aferrar la parte afilada. Después de todo, aquella aspereza lacerante no era digna de un retoño que añoraba el regazo de su madre.
El pulso comenzó a acelerarse.
El latido del Árbol del Mundo, que hasta entonces solo se percibía bajo las plantas de los pies, ahora se transmitía también a través del aire. Bajo la luz que se filtraba desde la abertura del techo, la piedra de ámbar de Alicia centelleaba.
A través de aquel resplandor, el joven Árbol del Mundo contempló un paisaje otoñal.
Una vasta llanura.
Campos de trigo ondulantes.
Y un majestuoso arce que se mecía al compás del viento.
El arce grabado en los recuerdos contemplaba al retoño del Árbol del Mundo.
"¿Mariposas?"
"Son mariposas."
Vlad contempló las mariposas que acudían revoloteando a su alrededor. Eran las mismas que había visto en la visión de la doncella. Semejantes a flores aladas, aleteaban hacia Vlad y la muchacha.
A través de las plantas de los pies de Vlad, en contacto con las raíces, y de la espada que sostenía invertida por el filo desnudo, la memoria y la realidad se miraban frente a frente.
En aquel instante, Vlad pudo sentirlo con certeza: se había convertido en el conducto y en el propio mundo que unía a ambos.
"Florece..."
Envuelto por la luz que lo cubría por entero, Vlad cerró los ojos con lentitud.
El Árbol del Mundo del recuerdo comenzó a abrir sus flores poco a poco, como si le indicara a su pequeña criatura cómo debía hacerlo. Al contemplar a la madre cuya calidez jamás había conocido, el joven Árbol del Mundo extendió sus ramas de manera instintiva, intentando abrazarla. Entre las ramas que se entrelazaban, el paisaje otoñal de aquellos tiempos remotos y el paisaje del presente se fundieron gradualmente.
※※※※
"...... Oh."
El anciano Gerónimo cerró con manos temblorosas el libro que sostenía. Aunque su cuerpo cargaba con todo el peso de los siglos acumulados, asió con premura el bastón apoyado a su lado y se aproximó a la ventana a paso presuroso. Una fragancia que no percibía desde hacía una eternidad comenzaba a nublarle la vista en lágrimas.
"¿Mmm?"
Las orejas de Baradis, quien llevaba un buen rato enfrascado entre los legajos de su despacho, se alzaron alertas. La brisa que pasaba rozándolo parecía ordenarle que volviera la cabeza de inmediato: muy pronto presenciaría un prodigio único que jamás volvería a repetirse.
Tanto los elfos que labraban los campos como aquellos que custodiaban el bosque.
Tanto Noir y Goat en los establos, como Auguste, que inspeccionaba las plantaciones de té.
Humanos y elfos giraron sus cabezas por igual, dirigiendo la mirada hacia una misma dirección.
El bosque de los elfos.
En el corazón de aquellas tierras recién colonizadas de Ausrina, se erguía un árbol que resplandecía con fulgor glorioso.
"Está floreciendo."
'Sí. Ahora lo sé. Sé cómo debo florecer. Y mi madre, que ahora solo perdura en los recuerdos, también me lo ha susurrado: lo estaba haciendo bien.'
¡Un fulgor resplandeció en un estallido blanco!
En el interior del Árbol del Mundo, que centelleaba en un albino puro, toda clase de posibilidades comenzaron a alzar la cabeza.
En las ramas más cercanas a las nubes, flores que perseguían el firmamento.
En las ramas que se extendían a mayor distancia, flores que seguían el compás del viento.
En las ramas más bajas, flores orientadas hacia la tierra.
"Oh... ¡Oh, cielos!"
"¡Están naciendo espíritus!"
Criaturas más diminutas que un solo capullo de flor: un pajarillo, un caballo, una serpiente, un topo... Las posibilidades que el Árbol del Mundo había albergado en su seno durante tanto tiempo asomaban el rostro ante el mundo. Aquellas jóvenes criaturas, que habían permanecido olvidadas bajo un único nombre, alzaban sus miradas hacia la creación.
"......"
Si había un mundo recién nacido, a alguien le correspondía protegerlo por derecho propio.
Por ello, el caballero de ojos azules no aflojó las manos que ceñían el afilado filo de la espada.
Un reguero de sangre descendía por la hoja, que temblaba sin cesar. Aquel tono escarlata que goteaba sobre la tierra era el tributo que el caballero ofrendaba a las criaturas que acababan de nacer.
Hoy, la primavera había llegado a Ausrina.
Bajo la guía de una madre ya ausente y la templanza inquebrantable de un caballero.
※※※※
"......"
El Árbol del Mundo, que había brillado a punto de estallar, se apaciguó. Las mariposas ilusorias que hasta hacía un momento revoloteaban caóticamente se desvanecieron sin dejar el menor rastro.
Gota a gota.
En medio de aquella quietud absoluta, lo único que aún se movía eran las gotas de sangre que manaban de las manos de Vlad. El tono carmesí que caía sobre la hierba esmeralda lucía desolador.
"¿Estás bien? Lo siento tanto..."
La muchacha, cubriéndose la boca con ambas manos, tenía los ojos anegados en lágrimas. Más que regocijarse por la dicha del florecimiento, aquella doncella sin nombre sentía en carne viva el dolor de Vlad ante sus ojos. Pues el caballero que tenía enfrente no había dudado un instante en soportar el peso de los recuerdos por el bien del joven Árbol del Mundo.
"¿Acaso ha florecido?"
Vlad alzó la cabeza y contempló la abertura del techo que daba hacia el exterior. En algún momento, una solitaria hoja de arce teñida de carmesí había comenzado a descender lentamente hacia él.
"Gracias...... Dice que te da las gracias."
Al escuchar las palabras de la doncella, Vlad bajó la mirada en silencio hacia su propia espada. La sangre que fluía a lo largo de la hoja y la ausencia de la piedra de ámbar de Alicia en el lugar donde debía estar. La reliquia de la Casa Heinal había cumplido hoy con su propósito final.
"Ah......"
Embargado por una emoción incontenible, Vlad apartó por fin la mano del filo. Era un corte profundo. Pese a todo, ni por un instante había soltado su espada trémula mientras el Árbol del Mundo florecía. En la estampa que se revelaba a través de aquel contacto entre ambos mundos, una madre acariciaba a su pequeño que rompía en llanto. Y Vlad, de verdad, no había querido quebrar aquel instante.
"¿Mmm?"
El interior de las raíces se había oscurecido levemente, quizás debido al extenuante esfuerzo del Árbol del Mundo. Por ese mismo motivo, el sol radiante proyectaba un haz de luz resplandeciente a través de la abertura del techo.
Y justo donde caía aquel rayo luminoso, se encontraba una roca que antes no estaba a la vista.
"¿Qué es aquello?"
Una enorme roca que se revelaba por voluntad propia, como si ahora por fin fuese lícito mostrarse. Sobre ella centelleaba una espada desconocida, impregnada por entero de la luz solar.
Era un arma que desprendía un sutil fulgor plateado.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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Estás leyendo el capítulo 120 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.