Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 119 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Ojos turbios, como velados por una densa niebla blanca. En su interior, unas pupilas verdes que apenas lograban conservar el color contemplaban con detenimiento la piedra de ámbar de Alicia.
"... Resultaste ser un huésped sumamente distinguido".
Una leve sonrisa comenzó a dibujarse en el rostro del anciano elfo al reconocer el paisaje contenido en la piedra de ámbar.
El Gran Anciano de los elfos. El viejo Gerónimo, superviviente de la remota era de las tribulaciones, pudo evocar un recuerdo antiquísimo gracias a la piedra de ámbar que Vlad había traído consigo.
"¿De dónde obtuviste esta piedra de ámbar?".
"He oído que es la reliquia familiar de la Casa Heinal".
La mirada del Gran Anciano se tornó complacida al cruzarse con los ojos azules del muchacho. En verdad, hacía largo tiempo que no recibía a un huésped humano tan honorable.
"Heinal, Heinal...".
El contorno de los ojos de aquel viejo árbol, que evocaba el verdor de antaño, tembló sutilmente. Con las marchitas fuerzas del anciano, no debía de ser tarea fácil desenterrar recuerdos que habían quedado sepultados estrato sobre estrato durante una vasta era.
"El Maestro de la Espada".
No obstante, por muy sepultados que estuviesen bajo el peso de los años, existían nombres imposibles de olvidar. Individuos cuyos pasos, uno tras otro, se habían transformado en historia. La era actual no era más que una obra erigida sobre sus vestigios.
"... Me parece recordar que uno de los caballeros que lo seguían llevaba un apellido así".
Auguste permanecía inmóvil a espaldas de Vlad, prestando oído en riguroso silencio. Sin emitir siquiera el sonido de su respiración. Para un caballero que había consagrado su vida entera al imperio, escuchar relatos sobre los vestigios del Rey Fundador no podía ser sino una experiencia que aún le aceleraba el corazón.
"Deseo saber dónde se encuentra el arce grabado aquí dentro, Gran Anciano".
El viejo Gerónimo abrió los párpados ante la voz que resonaba frente a él. Incluso a través de sus blanquecinas pupilas, podía distinguir con nitidez el destello azul de su mirada. En los puños que el joven caballero apretaba sin advertirlo, se traslucía un anhelo ferviente.
"¿Deseas saber dónde se halla el arce que mora en su interior?".
"Sí. Así es".
Sus resplandecientes ojos azules eran semejantes a la luz de las estrellas. Daba la impresión de que una posibilidad recién cristalizada palpitaba en su interior.
"¿Y cómo supiste que el paisaje encerrado aquí dentro era un arce?".
"... ¿Cómo?".
Sin embargo, por mucho que brillara, ¿de qué forma había osado atisbar un mundo vedado a los hombres? Ante la intempestiva pregunta del Gran Anciano, a Vlad se le ahogó el aliento en la garganta.
"..."
Había concebido pretextos con anterioridad por si las dudas. No obstante, frente al anciano elfo que se erguía ante él, sintió por algún motivo que bajo ninguna circunstancia debía proferir una mentira. Era una advertencia nacida no de la experiencia ni del saber, sino del más puro instinto.
"En fin, ¿qué importancia tiene eso?".
Los demás elfos miraban con suspicacia a Vlad, quien guardaba silencio incapaz de responder. Sin embargo, el Gran Anciano se limitó a cerrar de nuevo los ojos con una tenue sonrisa, imperturbable. Gerónimo comprendía a la perfección que la realidad presente pesaba más que cualquier nimia falta.
"... El arce grabado en su seno se erguía en el oeste".
"¿En el oeste?".
La anhelada respuesta del anciano llegó por fin. Vlad, dominado por el entusiasmo, repreguntó con voz sofocada sin darse cuenta.
"En efecto. En el oeste. Allí donde florecía el bosque más verde de todo el continente".
Sin embargo, al escuchar las palabras de Gerónimo, Vlad intuyó que algo no cuadraba.
"¿Acaso existe un bosque así en el oeste?".
En el poniente no se extendía más que un páramo sin fin. En las tierras occidentales del imperio, cubiertas de tierra agreste y azotadas por vientos áridos, no había nada semejante al frondoso bosque que describía el anciano.
"Solía existir".
Ante la duda de Vlad, una arruga se dibujó sobre el rostro de aquel viejo tronco. Era un pliegue que recordaba a una herida abierta con saña.
"Nuestro bosque, que floreció en tiempos remotos".
Una estampa que añoraba incluso en sueños. No obstante, albergaba el recuerdo de aquel aciago día, punzante con solo traerlo a la memoria. Existían trigales colmados de un resplandor dorado. Espigas que mecían sus cabezas al compás del viento; una floresta colosal cuyos confines nadie conocía; infantes que correteaban al son del ocaso arrebolado; y, sobre una suave colina que vigilaba el conjunto desde lo alto, se alzaba un solitario arce teñido de escarlata. Paisajes como aquellos poblaron la tierra.
"Antes de que el dragón lo redujera a cenizas, claro está".
El dragón más perfecto. Una criatura maldita que consumió todo con un único aliento. Sus pupilas, extraviadas ahora entre recuerdos abrasados, oscilaban con desasosiego.
"Entonces...".
"¿Cómo pretendes hallar lo que ya no existe?".
Daba la impresión de que ceniza negra emanaba de los labios del anciano al desgranar sus memorias.
"Hace incontables años que todo quedó reducido a tizne y pavesas".
La estampa otoñal resguardada en la piedra de ámbar... Lo que allí yacía grabado no era más que recuerdos marchitos, consumidos hace tiempo por el fuego. Las pupilas del joven caballero, que había estado persiguiendo algo que ya no pertenecía al mundo, temblaron en un vaivén infinito.
\*\*\*
En los aposentos que los elfos les habían dispuesto, Vlad contemplaba el exterior recostado contra el alféizar de la ventana.
El bosque de los elfos. Ausrina. Decían que aquel manto esmeralda que se extendía hasta el extremo oriental llegaba a fundirse con el mar azul, una inmensidad que él jamás había visto en su vida.
"Bien, iré a examinar las hojas de tuzon".
Cubierto con su capuchón gris, Auguste no había olvidado el cometido que lo había conducido hasta allí. Una minuciosa indagación sobre el origen del absilon. Solo una prueba concluyente e inapelable podría poner coto a la demencia que se propagaba por el imperio.
"¿No nos ordenaron permanecer aquí?".
"Diles que aquí estuve".
Vlad le debía la vida a Auguste y, en justa correspondencia, lo había guiado hasta el corazón de Ausrina, vedado a casi cualquier humano. En consecuencia, la iniciativa que Auguste tomaba ahora representaba una suerte de derecho legítimo que Vlad difícilmente se atrevería a reprochar.
"Por alguna razón, el ambiente se siente bastante inquieto".
"No te preocupes. En mis viejos tiempos hice esto cientos de veces".
Tras asegurarle que entraría y saldría sin ser descubierto, Auguste se afianzó no a la puerta, sino al marco de la ventana, y clavó la vista en Vlad.
"Definitivamente, parece que tu maestro fue alguien vinculado a la corte imperial".
"... ¿Eso cree?".
"A juzgar por lo que he visto, no me cabe duda".
Vlad suspiró con pesadumbre al escuchar aquellas palabras. La espada imperial que, según decían, conservaba su forma primigenia, e incluso el paisaje de Elvenheim, el bosque de los elfos consumido por las llamas hacía ya tanto tiempo. Llegados a este punto, más allá de cualquier pacto, ardía en una pura y genuina curiosidad por descubrir quién era en verdad la voz que habitaba en su interior.
"El Rey Fundador Frausen abdicó por voluntad propia del trono imperial y se convirtió en el más humilde de los hombres".
El más humilde de los hombres. Aquellos caballeros que, despojándose de todos los títulos acumulados a lo largo de su vida, concluían sus asuntos pendientes como simples personas mortales y se preparaban para el retiro. El glorioso origen de esa tradición no era otro que el rey de los caballeros: el Rey Fundador Frausen.
"Como corresponde al inicio de una leyenda, su final también está envuelto en el misterio y permanece en el anonimato. Llegué a pensar que tal vez tú fueras alguien ligado a ese final desconocido del señor Frausen".
El desenlace oficial del Rey Fundador Frausen había sido un honorable retiro. No obstante, sobre el final de Frausen como el más humilde de los hombres solo abundaban los rumores, sin que nadie en el mundo conociera la verdad con certeza. A juzgar por las palabras de los elfos, cabía preguntarse si este joven caballero, ahora sentado y descorazonado contra el alféizar de la ventana, no guardaba algún vínculo con aquel glorioso epílogo.
"¿Y de qué sirve eso ahora? La pista se ha cortado aquí".
"¿Cortarse? A mis ojos, esto apenas acaba de comenzar".
Auguste, apoyando un pie en el alféizar donde Vlad descansaba, miró hacia el abismo con una sonrisa.
El suelo parecía quedar a una distancia vertiginosa. La penumbra que espesaba a su alrededor entorpecía la visión, pero el anciano no titubeó en lo más mínimo. Para hallar la verdad, a veces era imperativo arrojarse uno mismo a la oscuridad.
"¿A qué se refiere con que apenas comienza?".
Ante la pregunta de Vlad, Auguste se caló la capucha y encaramó ambos pies sobre el marco de la ventana.
"Si tu maestro es alguien que heredó la voluntad del señor Frausen, significa que bastará con seguir sus pasos".
Cuando se desconoce el final, basta con retomar el rastro desde el principio. Dado que el maestro de Vlad estaba profundamente ligado a los vestigios del Maestro de la Espada, si seguía las últimas huellas de Frausen, al final lograría desentrañar incluso la esquiva identidad de su mentor.
"Pero si acaba de decir que nadie sabe qué fue del señor Frausen en sus últimos días".
"Los humanos, desde luego, lo ignoran".
Auguste miró a Vlad con una sonrisa templada. A través de su rostro entrevelado, se filtraban los tintes escarlatas del crepúsculo agonizante.
"Pero los elfos... ellos tal vez lo sepan".
Con esas últimas palabras, Auguste se arrojó al vacío, fundiéndose con la luz declinante del atardecer.
Vlad contempló atónito cómo aquel hombre descendía hacia el abismo con la capa ondeando al viento.
"Ni que fuera un gato".
Habiendo sido carterista y ladronzuelo en el pasado, reconoció de inmediato aquella asombrosa y felina agilidad. Tras posarse sobre el suelo sin emitir el más leve rumor, el anciano caballero echó a andar con absoluta naturalidad, como si nada extraordinario hubiese ocurrido, hasta desvanecerse en las sombras de la arboleda élfica.
"......Supongo que tendré que quedarme aquí un poco más".
A solas en la estancia, sin la compañía de Goat ni de Auguste, Vlad apoyó la frente sobre sus rodillas, hundiéndose en hondas cavilaciones dentro de la habitación sumida en el silencio.
'Dijo con absoluta certeza que lo había visto'.
La voz había asegurado que en el pasado contempló aquel paisaje atrapado en la piedra de ámbar. Sin embargo, dado que sus recuerdos eran fragmentarios y carentes de nitidez, tal vez no lo hubiese presenciado en persona, sino a través de una memoria infundida por la misma piedra, tal como le ocurría a él. Para empezar, afirmar que lo vio directamente tampoco encajaba en el curso de los siglos, pues se trataba de una tragedia acaecida hacía centurias.
"¿Quién demonios habrá sido en realidad?".
Casi resultaría más sencillo cumplir el contrato de siete años con Josef. Cuanto más intentaba rastrear las huellas de la voz, más sentía que se estrellaba contra una muralla colosal e inexpugnable.
Toc, toc, toc.
"¿......?".
Mientras Vlad continuaba dándole vueltas a sus pensamientos, el suave toque en la puerta interrumpió su aislamiento.
"Pase......".
Rechinido.
Antes incluso de que pudiera conceder el permiso, la puerta se abrió con delicadeza. A través de la estrecha rendija, se vislumbró con claridad un destello de cabello rubio platinado.
Era la enigmática doncella que lo había arrastrado a aquella visión ilusoria.
"¿Tienes un momento?".
La joven, asomando apenas la cabeza al interior del aposento, sonrió de oreja a oreja en cuanto reconoció a Vlad. Actuaba con la familiaridad de quien saluda a un viejo camarada de toda la vida.
※※※※
De haber tenido opción, habría preferido ignorarla. Después de todo, pesaba sobre él la severa advertencia de los elfos de no abandonar la estancia. Sin embargo, en las palabras de aquella muchacha vibraba una cadencia extraña y magnética, imposible de rechazar. Era exactamente la misma impresión que le había transmitido la mirada del Gran Anciano de los elfos.
"¿Adónde vamos exactamente......? Es decir, ¿adónde nos dirigimos?".
A diferencia de la doncella, que sonreía con radiante ligereza, el semblante de Vlad permanecía tenso y circunspecto. No era para menos: los dos elfos que custodiaban los pasos de la joven no dejaban de clavarle miradas colmadas de abierto recelo.
"Es que hay algo que quiero mostrarte".
"¿Y qué es lo que desea enseñarme?".
Vlad resolvió conducirse con la máxima prudencia. Desde el primer instante supo que no se trataba de una persona ordinaria, pero verla escoltada de semejante manera lo confirmaba sin lugar a dudas. Aquella doncella que ahora sonreía entusiasmada poseía una jerarquía excelsa dentro del pueblo elfo.
"Esa piedra de ámbar".
"¿La piedra de ámbar?".
"Sí, esa".
La joven apuntó con el dedo índice hacia la empuñadura de Vlad y prosiguió:
"¡Exacto, esa! De verdad quiero mostrársela".
Al notar que seguía omitiendo a los sujetos con desconcertante desenvoltura, Vlad reprimió un hondo suspiro en su fuero interno.
"Dice que quiere ver a su mamá. Es que desde que nació jamás ha visto a su mamá, ¿sabes?".
"¿A su mamá?".
Eran palabras inconexas. Sonaban tan desprovistas de lógica que invitaban a pensar que a la muchacha le faltaba el juicio, pero en sus cristalinas pupilas no temblaba la menor vacilación.
"......¿Y quién es ese que desea verla?".
Ante la pregunta de Vlad, la doncella guardó silencio y alzó el brazo para señalar hacia la lejanía.
Al final de la dirección que marcaba su dedo, se erguía un colosal arce cuyas frondosas ramas aún conservaban un vivo y puro verdor, ajeno al paso de las estaciones.
"¿El Árbol del Mundo?".
Al contemplar el punto exacto hacia donde apuntaba, Vlad giró el rostro hacia la doncella, atónito.
"Dice que de verdad se muere por ver a su mamá, aunque sea solo una vez".
"......".
Aunque su razón fuera incapaz de concebirlo, aquellas palabras encontraron un eco profundo en su pecho. Quizás por la reverente naturalidad con la que la joven le hablaba, tratándolo como si fuera un ser humano de carne y hueso, la imponente estampa del Árbol del Mundo se reveló con una luz completamente distinta.
A la distancia, las ramas de aquel arce de verdor eterno se mecían con suave compás.
Exactamente como si le estuvieran haciendo señas para que se aproximara sin demora.
Con una muda y cálida bienvenida.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 119
Estás leyendo el capítulo 119 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.