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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 118 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Un llanto desgarrador resonaba desde algún rincón de la mansión. La voz de aquella mujer que se lamentaba amargamente resultaba desoladora. Aunque ya ni siquiera le quedaba aliento en el pecho, sollozaba entre convulsiones y ahogos, dejando en el contorno de sus ojos tan solo el rastro de lágrimas resecas. Parecía que toda la aflicción contenida en sus conductos lagrimales no había bastado para drenar por completo el dolor de haber perdido a un hijo. "Sir Auguste." Ventanas rotas. Utensilios de té esparcidos por doquier. Sin embargo, en marcado contraste con el caos del entorno, el brebaje servido en la taza conservaba un resplandor verde límpido y fascinante. "A partir de este momento, nosotros nos haremos cargo de la escena." El comandante de la gendarmería imperial se dio la vuelta al escuchar la voz a sus espaldas. Una armadura ornamentada con suntuosos relieves dorados. Aquella protección era una pieza que, en todo el imperio, únicamente la guardia imperial del emperador tenía el privilegio de portar. "... Los crímenes acontecidos en la capital son jurisdicción y deber exclusivo de nuestra gendarmería." "Por supuesto, sé muy bien que es así." El hombre de mediana edad apostado frente al comandante de la gendarmería esbozó una leve sonrisa y extrajo de su regazo un pergamino enrollado. Una bula imperial con sello de oro. Tras desplegar aquel decreto dorado que solo el emperador del imperio tenía la potestad de emitir, el sujeto ladeó la cabeza y habló: "No obstante, se trata de una orden directa de Su Majestad, por lo que no tengo otra alternativa." "Todo el imperio sabe de sobra que Su Majestad se encuentra postrado en cama por enfermedad." El hombre de mediana edad ataviado con la armadura de la guardia imperial se limitó a encogerse de hombros con un ademán teatral ante las palabras de Auguste. "Qué afirmación tan sacrílega. Y eso que esta misma mañana tuve una audiencia con Su Majestad antes de partir." "..." Auguste se mordió el labio al contemplar a aquel sujeto que soltaba patrañas tan descaradas. Pensar que el mismísimo comandante de la guardia imperial, cuyo deber primordial era custodiar al soberano, utilizaba su nombre para manejar la situación a su antojo. Al percatarse de la cólera de Auguste, la compostura de los gendarmes comenzó a tornarse cortante y agresiva. "Por mandato de Su Majestad Imperial, transfiera de inmediato la jurisdicción de la investigación. Comandante de la Gendarmería Imperial, Auguste." Sin embargo, en medio de aquella tensión cada vez más hostil, el hombre maduro se limitó a enrollar de nuevo el pergamino. En la comisura de sus labios flotaba una tenue mueca de burla. "A partir de este instante, la escena queda bajo custodia de nuestra guardia imperial." Una justificación más pesada que cualquier acero. Frente al comandante de la guardia imperial, quien esgrimía la autoridad de aquel noble oro, a Auguste no le quedó más remedio que agachar la cabeza, carcomido por la frustración. En el interior de la mansión, aún sumida en la penumbra, solo continuaba resonando el amargo llanto de una madre despojada de su hijo. \* \* \* "Aun así, ¿cómo piensa detenerlo?" Un sendero nevado donde los pies se hundían hasta los tobillos. El grupo, internado en lo profundo del bosque, había desmontado y avanzaba a pie tirando de las riendas. No obstante, aunque sus pasos marchaban hacia adelante, la mirada de Vlad permanecía fija en el hombre del capuchón gris. "¿Acaso dejarán de vender el té solo porque siga asaltando los carruajes? Dicen que tiene una demanda descomunal." Vlad ignoraba a qué se dedicaba exactamente este hombre en el pasado, pero era evidente que estaba vinculado a la corte imperial. Además, había sido capaz de reconocer la esgrima de la voz en su mente, por lo que resultaba natural que sintiera curiosidad por él. A sus dieciocho años, todavía se encontraba en una edad en la que ansiaba con fervor acumular vivencias y conocimiento. "... Tal como dices, no he podido evitar que se venda." El hombre del capuchón gris esbozó una sonrisa amarga mientras clavaba la mirada en Vlad. Al igual que señalaba el joven, para una gendarmería a la que le habían atado de pies y manos, resultaba imposible desmantelar la telaraña enraizada en lo más profundo del imperio. "Por eso decidí golpear de lleno sin contemplaciones." "¿El qué?" "El avispero. Había que averiguar qué se ocultaba en su interior." Si no era posible desenterrar lo que yacía sepultado en las profundidades, no quedaba más remedio que forzarlo a salir a la luz. Siendo plenamente consciente de ello, Auguste se había utilizado a sí mismo como señuelo para asaltar los cargamentos de Bitskaya. "... Por cierto, ¿dijiste que el conde solicitó auxilio a la Orden de Caballeros Matadragones?" "Eso fue lo que dijeron." Aunque, a diferencia de su propósito inicial, la presa que había mordido el anzuelo no era más que un caballero bisoño llamado Vlad, aquel novato al menos le había proporcionado una información valiosa que necesitaba: un indicio sobre el dragón caído atrincherado en el avispero. 'Pedir auxilio directamente a la Casa Dragulia sin recurrir a la corte imperial...' No era del todo inusual que un señor provincial acudiera a la Orden de Caballeros Matadragones en busca de ayuda para solucionar un predicamento que desbordaba sus fuerzas. No obstante, en todo asunto existía un orden y un protocolo formal, y Auguste jamás había oído que la Casa Bitskaya hubiera seguido semejante conducto reglamentario. "¿Por qué pregunta por la Orden de Caballeros Matadragones?" "Olvídalo." El joven caballero que tenía delante sentía curiosidad por todo lo que acontecía en el mundo, pero a veces era preferible permanecer en la ignorancia. Si, tal como él sospechaba, aquel dragón caído estaba royendo su propia correa, el simple hecho de saberlo desataría una calamidad devastadora. "¡Mire allí, jefe! ¡Parece que es ese sitio!" "... Cielos." Vlad, que llevaba un buen rato conversando con Auguste, se quedó boquiabierto al oír el grito que soltó Goat. "¿Cómo puede ser tan colosal?" Frente a ellos se extendía un bosque. Un bosque que, a pesar de hallarse en pleno invierno, no había perdido su verdor. Aunque estaba teñido de blanco por la nieve que caía, desde aquel follaje emanaba una calidez que ni siquiera la gélida cellisca lograba apagar. "Aquel sitio es el bosque de los elfos." El bosque élfico, oculto en las profundidades y reacio a franquear sus puertas a los forasteros. Vlad era incapaz de cerrar la boca mientras contemplaba aquel horizonte esmeralda que parecía desplegarse hasta el infinito. "Entonces, ¿aquello es el Árbol del Mundo?" "En efecto." El bosque de los elfos: Ausrina. Un árbol titánico, erguido con majestuosidad sobre aquel mar verde, parecía contemplar a Vlad desde las alturas. \* \* \* Un despacho bañado por la luz del sol. En aquella estancia revestida por entero de madera castaña, la cabellera rubio platino de una doncella resplandecía al captar la claridad. "Hermano." "Sí, Doncella del Oráculo." Aunque había sillas disponibles, la doncella de cabellos platinados prefería sentarse sobre el borde del escritorio, frunciendo sus delgadas cejas como si la formal respuesta de Baradis no hubiera sido de su agrado. "... Olvídalo." Lo dijo con un evidente mohín de despecho, aunque ella misma sabía que no había remedio. Aun así, incapaz de contener la decepción que brotaba en un rincón de su pecho, infló sus pequeñas mejillas con disgusto. "Llévate esto también cuando te marches." "¿Cómo?" Baradis la miró con desconcierto mientras contemplaba la cesta que la muchacha le extendía. En algún momento, la joven doncella había recorrido la habitación hasta llenar una cesta con los frutos apilados allí. Junto al lustroso brillo de la fruta, los ojos dorados de la muchacha resplandecían con vivacidad. "Parecía que tenían hambre." "¿Quién tiene hambre?" Baradis no pudo disimular su desconcierto al recibir la cesta. Aunque desde niña siempre había tenido sus extravagancias, desde que se convirtió en la doncella del oráculo del Árbol del Mundo se había vuelto una criatura todavía más difícil de comprender. "Señor Baradis." "¿Mmm?" Sin embargo, la respuesta a la pregunta formulada no provino de los labios de la joven, sino de otra persona. "Durante el patrullaje hemos descubierto a unos humanos merodeando por las inmediaciones." "Expúlsalos." Era un reporte que no requería la menor vacilación. No obstante, el elfo que había entrado a informar continuó hablando con semblante apesadumbrado. "El caso es que..." "¿Qué ocurre?" La expresión de Baradis cambió radicalmente en comparación a cuando trataba con la doncella. En un parpadeo, en sus facciones se asentó la frialdad implacable de un administrador severo y un comandante. "Los intrusos están buscando al señor Baradis." "¿Qué?" "Para ser exactos, afirman haber sido invitados por usted." Baradis frunció el ceño mientras clavaba la mirada en el mensajero. Aunque no formuló la pregunta con palabras, el elfo comprendió la inquisición transmitida por sus ojos y pronunció ante él un nombre que traía consigo. "El intruso se presentó a sí mismo como Vlad de Shoara." "..." Al escuchar las palabras de su subordinado, Baradis bajó la mirada de manera involuntaria hacia la cesta que sostenía entre las manos. "¿Por casualidad dijeron que tenían hambre?" "¿Cómo dice?" Baradis giró la cabeza para contemplar a la doncella. La muchacha balanceaba los pies con una sonrisa risueña, como instándole a que se apresurara a ir. \* \* \* "Vaya, resulta que los elfos también tienen prisiones." "Para mí también es la primera vez que entro en una." "¿Acaso esta gente no usa clavos? Ni siquiera se aprecian marcas de ensamblaje." A diferencia de Goat, que permanecía encogido en un rincón con semblante lúgubre, Vlad deambulaba de un lado a otro curioseando por la celda de los elfos. "Jefe... ¿de verdad nos invitaron?" "Que sí, te lo aseguro." "¿Y la cortesía de los elfos consiste en acribillar a flechazos sin contemplaciones a sus invitados?" "Bueno... al menos no nos acertaron ninguna." Vlad se rascó la mejilla con el dedo en un gesto avergonzado al notar las miradas que le dirigían Goat y el hombre del capuchón gris. Había creído que, al contar con una invitación formal, podrían avanzar con paso firme y altivo, pero lo que en verdad los había aguardado no era más que una lluvia de flechas impregnadas de intenciones homicidas y una mazmorra gélida. "Todavía no has pagado el precio de tu vida." "Pero al fin y al cabo logramos entrar, ¿no?" "¿Acaso toda la gentuza del norte es igual de desvergonzada?" Haciéndose el desentendido ante los reproches y quejas que le llovían, Vlad se aferró a los barrotes con ambas manos. 'Si iban a tratarnos así, ¿para qué diablos se molestaron en invitarme?' Vlad buscaba pistas sobre la voz. Auguste, pistas sobre el Absilon. Aquello que ambos anhelaban se encontraba en este bosque élfico, de modo que no cabía titubeo alguno. Incluso de haber sabido de antemano que acabarían entre rejas, era un lugar al que tenían que acudir sin falta. 'Estaban extrañamente tensos.' Sin embargo, lo que inquietaba los sentidos de Vlad no era su actual condición de prisionero encerrado tras los barrotes. Se trataba de ese tipo de presentimiento que solo podía captar alguien curtido en los callejones, habituado a mantenerse en alerta permanente ante el peligro. Entre los elfos que les habían cortado el paso, había percibido esa familiar hostilidad contenida. \*Chiiir—\* Al escuchar el chirrido de una puerta abriéndose a lo lejos, Vlad pegó el rostro contra las rejas. "Mis disculpas." Cabellos azules con destellos oscuros y ojos de un azul ultramar profundo. Un elfo de porte distante y gélido se aproximaba escoltado por sus subordinados, cargando una cesta en una mano. "Vlad de Shoara. Sean bienvenidos a nuestro bosque." "¿Los elfos tienen por costumbre dar la bienvenida dentro de una mazmorra?" "Así es. Por lo pronto, comed al menos esto." En el arte de ignorar lo que decía su interlocutor, Baradis demostraba estar un peldaño por encima de Vlad. "¿Acaso esto significa que nos sacará de aquí?" "Comed eso y aguardad tan solo un día. Para poder liberarlos es necesario atravesar ciertos trámites protocolares." Ante la exigencia de aguardar un día entero, Vlad terminó frunciendo el ceño. "Os ruego que lo comprendáis. Corren tiempos en los que los ánimos de todos se crispan con facilidad. Una vez que alguien pisa las celdas, los procedimientos para revocar el encierro resultan engorrosos." "Pero ¿por qué están todos tan alterados? Por el camino nos pareció que los alrededores estaban tranquilos." La actitud excesivamente afilada de los elfos resultaba patente. Vlad había presentido en su fría postura una extraña suspicacia, no tanto nacida del desprecio hacia los humanos, sino de un estado de máxima alerta ante una amenaza latente. "...Se aproxima un dragón." Aunque era un asunto que no tenía por qué divulgar ante humanos, Baradis desgranó sus palabras con serenidad solemne. Aquellos ojos azules que lo contemplaban fijamente pertenecían a la presencia sobre la cual la doncella del oráculo del Árbol del Mundo había posado su atención. Baradis consideraba que, con total certeza, existía un designio para que hubiesen arribado a Ausrina precisamente en estos momentos. "Falta muy poco para que el Árbol del Mundo florezca." "¿Florecer?" Al escuchar las palabras de Baradis, la mano de Vlad acarició de forma inconsciente la piedra de ámbar de Alicia. En aquel paisaje grabado dentro del ámbar que la joven le había revelado, el arce teñido de carmesí se hallaba, en efecto, abriendo sus flores. "Así es. Florecer." El nombre del Dios Único. Y el joven Árbol del Mundo que apenas había logrado arraigar tras escapar de la codicia del imperio. No obstante, los humanos no eran los únicos seres que acechaban a las tiernas raíces y a sus fragantes brotes. "El más implacable de los dragones siempre ha codiciado las flores del Árbol del Mundo." Los tiernos pétalos desprenden una dulce fragancia, y las jóvenes raíces resultan apetitosas. Sin embargo, en cada rincón del mundo abundaban seres codiciosos prestos a devorar aquello que destilara aroma y deleite. A pesar de que todo lo tierno y vulnerable de esta tierra poseía el legítimo derecho a florecer plenamente. "Lamento que hayamos tenido que recibiros en una época tan aciaga." "...No se preocupe." Cuán remota era la posibilidad de que un mundo lograse echar raíces y florecer a salvo. "¿Habría acaso algo en lo que yo pudiera ayudar?" 'Por tanto, vosotros debéis custodiar ese instante sin vacilar. Y jurasteis hacerlo ante mis preceptos.' "Agradezco tus palabras, aunque solo sean intenciones." Las almas de los humanos eran frívolas y sus bocas estaban corrompidas. Criaturas en las que jamás se podía confiar. Sin embargo, los espíritus que envolvían en ese instante al caballero de ojos azules daban testimonio de su índole. Proclamaban que él era alguien que ya se había consagrado a la protección. La serpiente blanca sobre su armadura y el topo bajo su espada así lo atestiguaban. "..." En las pupilas de Baradis se reflejó uno de los recuerdos del árbol grabados en el ámbar. El añorado Árbol del Mundo florecido en un vivo escarlata, al cual ya no era posible contemplar. Y el caballero erguido a su sombra empuñaba, sin lugar a dudas, una espada familiar. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 118

Estás leyendo el capítulo 118 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.