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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 116 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Absilon. Una palabra en la lengua imperial que significaba "té de los elfos". Sin embargo, hacía ya mucho tiempo que había dejado de designar la infusión de los elfos para convertirse en el vocablo que señalaba el té del propio imperio. "Los suicidios entre los jóvenes vástagos de la nobleza comenzaron a multiplicarse de forma alarmante." El aroma que desprendía era tan fresco y limpio que evocaba la espesura de un bosque, y su sabor en el paladar resultaba tan penetrante que despejaba la mirada al instante. Dotado de una eficacia sobresaliente no solo como moda pasajera sino por sus efectos prácticos, el absilon se había propagado de boca en boca a partir de los jóvenes nobles. "Pero cuando comprendieron que esa era la causa, ya era demasiado tarde." El hombre del capuchón gris bajó la vista hacia la bolsa que sostenía en la mano y esbozó una sonrisa vacía, teñida de desolación. "¿Suicidios? ¿Acaso ese té llamado absilon provoca alucinaciones o algo parecido?" "No." El hombre del capuchón gris sacudió la cabeza en dirección a Vlad. "Si hubiera tenido efectos secundarios tan graves desde el principio, se habrían percatado mucho antes." Cualquier sustancia a la que pudiera llamarse droga acarreaba inevitablemente secuelas devastadoras. Una droga era, por definición, algo que desataba no solo delirios mentales sino también toda clase de estragos físicos que volvían por completo imposible desenvolverse con normalidad en la sociedad. "Entonces, ¿cuáles son los efectos secundarios del absilon?" Si carecía de secuelas graves, ¿acaso había motivo para alarmarse tanto? Ante la natural pregunta de Vlad, el hombre del capuchón gris no pudo evitar dejar escapar un hondo suspiro. "Una altísima dependencia, un efecto estimulante desmesurado... y una profunda melancolía." "¿Y arma tanto revuelo apenas por eso?" Vlad no pudo evitar sonreír tras escuchar los efectos secundarios del absilon. ¿Acaso hablaba con tanta gravedad por semejante nimiedad? Sin embargo, a diferencia de la desdeñosa reacción de Vlad, el hombre del capuchón gris se mantuvo sumido en una solemnidad implacable. "Es una melancolía tan atroz como para arrojarse por la ventana ante los ojos de la propia madre." "......Mmm." Vlad, que lo había considerado una insignificancia, cerró la boca de golpe al sentir que se le cortaba la respiración. El peso que arrastraba aquella respuesta era tan abrumador que sintió remordimiento por haberse atrevido a sonreír con ligereza. "Los jóvenes de estos tiempos siempre han vivido sumidos en la tristeza. Porque la época misma es así." 'La posibilidad es algo hermoso, y los jóvenes capaces de plasmarla en su propio mundo son un tesoro invaluable. Por ende, debéis proteger debidamente ese instante.' "Por eso nadie lo advirtió a tiempo." Frausen, el Rey Fundador. Había sido un soberano que atesoraba y amaba con devoción el potencial de los niños y de los jóvenes. No obstante, el imperio de hoy en día, muy lejos de la voluntad de su primer monarca, ya no era capaz de ofrecer un futuro a la juventud. El debilitamiento que resquebrajaba las entrañas del imperio empujaba sin tregua a los pilares del mañana hacia sangrientos campos de batalla, mientras que aquellos que ya se habían apoltronado en el poder no dejaban resquicio alguno para que los jóvenes alcanzaran la gloria. Era una época en la que todos, sin excepción, estaban sumidos en la desolación. "Entonces, ¿no bastaría con prohibirlo por ley?" Aunque Vlad ignoraba casi todo sobre las leyes, le parecía evidente que, si se trataba de algo tan peligroso, lo correcto sería prohibirlo de cualquier forma. Sin embargo, el hombre del capuchón gris dejó escapar una risa amortiguada, semejante a un suspiro, ante la ingenua pregunta de Vlad. 'Mirad a este joven tan inocente. A un muchacho incapaz de reconocer la tenebrosa telaraña que se extiende en lo más profundo de este mundo.' "......La desgracia de unos no es más que la dicha de otros." El hombre del capuchón gris abrió la boca del saco y comenzó a derramar las hojas de té de los elfos. Las hojas se dispersaron con el viento. Como cenizas flotando en el aire, las hojas de té caían poco a poco, confundiéndose entre el fango inmundo del callejón. "Los intereses creados en torno al absilon ya han echado raíces en lo más profundo del imperio. A un nivel tan hondo que la muerte de unos cuantos muchachos jamás bastará para frenarlo." El absilon producía oro. Y el oro se convertía en poder. Los poderosos de esta era eran hombres a quienes no les importaba en lo más mínimo comprar brillante oro a expensas de la vida de los jóvenes. "Y yo quiero detenerlo." Un saqueador anónimo. Un veterano retirado que se cubría con un capuchón andrajoso. No obstante, era alguien que salvaba vidas en la misma medida en que pesaban las hojas de té que arrebataba. La espada de aquel hombre, contra la que Vlad había chocado en el puente de piedra, resplandecía con una luz tan formidable que él apenas habría osado contenerla. ※※※※ Noche cerrada. Vlad ascendía en solitario y en silencio por una colina situada a las afueras de la urbe. No era un montículo muy elevado, pero ofrecía una vista panorámica del paisaje urbano. Desde allí, al contemplar la ciudad de Tanovo tendida a sus pies, Vlad comprendió que las palabras del hombre del capuchón gris eran ciertas. "......Es verdad." En cualquier ciudad, siempre había rincones a los que la luz jamás llegaba. La existencia o ausencia de barrios marginales era un fenómeno que surgía de manera natural, al margen de la valía o destreza de su gobernante. "Apenas acaba de formarse." Sin embargo, el panorama que se abría ante los ojos de Vlad en aquel instante se antojaba ligeramente distinto. Una frontera nítida, trazada casi como una línea, separaba el centro de los suburbios de sus márgenes exteriores. No se trataba de un arrabal que se hubiera ido sedimentando con lentitud a lo largo del tiempo hasta teñirse del mismo tono sombrío; por el contrario, la barriada exterior presentaba un cambio cromático tan repentino que no pasó desapercibido para los ojos de Vlad. "......" Debía de haber un motivo para que las dimensiones de aquellos barrios bajos se hubieran ensanchado de forma tan precipitada. Después de todo, cuando la gente se veía despojada y expulsada de la tierra que pisaba, siempre había historias desgarradoras de por medio. Vlad, consciente de aquella verdad, volvió la cabeza para observar una imponente edificación que se alzaba cerca del arrabal. Una construcción de cuatro plantas cuyas luces continuaban encendidas a pesar de lo avanzado de la noche. Desde la chimenea instalada sobre la techumbre brotaba un humo lúgubre y denso. "En todas partes es exactamente igual." La ciudad de Tanovo prosperaba con el paso de los días, y la Casa Bitskaya se consolidaba como el nuevo poder dominante de la región central. Sin embargo, los vasallos del feudo, que en justicia debían compartir los frutos de esa opulencia, eran relegados poco a poco a los confines de la urbe y forzados a trabajar en la manufactura de aquella droga. En cualquier rincón del mundo, los desposeídos de poder no hacían más que debatirse en vano, aplastados bajo el peso colosal de una realidad implacable. Vlad escupió en el suelo el regusto amargo que le subía desde las entrañas y comenzó a descender por la colina. "Tendré que hacerlo". Le debía la vida en aquel puente de piedra. Y aquel hombre poseía también las pistas sobre la voz. Además, tenía una cuenta personal pendiente que saldar con el Conde Bitskaya. No había motivo alguno para dudar ante la propuesta que le había presentado el desconocido de la capucha gris. 'Caza dragones, domina la esgrima de la corte imperial y encima se codea con espíritus de aquí y de allá'. Sin embargo, lo que en verdad turbaba los pensamientos de Vlad era otra incógnita. '¿Quién demonios era en realidad?'. Alguien estrechamente vinculado a los espíritus, con altas probabilidades de haber dado muerte a un dragón y que, por encima de todo, blandía la esgrima de la corte imperial. Cuanto más descubría acerca de la voz, más hondo era el desconcierto que lo embargaba. ¿Cómo era posible que un ser de semejante magnitud hubiera descendido a lomos de un rayo negro para incrustarse en su interior? Ahora, a Vlad le intrigaba mucho más la razón por la que había acabado en ese estado que la propia identidad de la voz. \*\*\* Un bosque de frondosidad esmeralda a pesar de hallarse en pleno invierno. Bajo un árbol tan descomunal que resultaba imposible abarcarlo con la mirada por más que se alzara la cabeza, se extendía una multitud de moradas apiñadas. O más bien, árboles que habían adoptado de forma natural la apariencia de viviendas. Ausrina, el bosque de los elfos. Allí, bajo la mirada vigilante del Árbol del Mundo, un hombre avanzaba a paso presuroso. "¡Señor Baradis! La doncella del oráculo...". "... Ya lo sé". Aunque se esforzaba por mantener su habitual semblante frío y adusto, sus pupilas azul marino temblaban con inocultable agitación. "Abrid las puertas". "Sí, señor". Escoltado por sus subordinados, Baradis se adentró en el árbol más grande situado al pie del Árbol del Mundo. En el interior de aquel coloso vegetal, que bien superaría los diez pisos de altura si se comparara con una edificación humana, se erguía otro árbol que, sin intervención de mano alguna, había adoptado de forma natural la estructura de una morada. "Has llegado, Baradis". "... Lamento la demora". "Descuida". El punto más próximo al Árbol del Mundo. Tras subir casi a la carrera hasta la cúspide de aquel árbol, Baradis inclinó la cabeza ante los ancianos que ya lo aguardaban. "¿Se trata de una revelación?". "Así lo creemos". Quien respondió fue el más antiguo de todos los ancianos. Apoyado en su bastón, un viejo elfo cuya piel se resquebrajaba como la corteza de un tronco vetusto asintió con parsimonia. No obstante, por más endurecido que estuviera su rostro por el paso inexorable de las eras, en sus facciones se traslucía una expectación imposible de disimular. "... Hacía una eternidad que no recibíamos una revelación". Una historia de penurias y tribulaciones. Para los humanos debió de ser una era rebosante de gloria, mas para los elfos, relegados paso a paso hacia los confines remotos del continente, no habían sido más que siglos de ignominia. E incluso a lo largo de aquellos tiempos aciagos, las revelaciones del Árbol del Mundo apenas podían contarse con los dedos de una mano; para su pueblo, debió de sentirse como navegar a ciegas en un mar tenebroso y sin orillas, desprovisto del menor destello de luz. "¿De verdad se encuentra bien?". Sin embargo, a diferencia de los ancianos, que desbordaban expectación, Baradis reflejaba una honda zozobra en el semblante. Abriéndose paso a través de la muralla que formaban los sabios, caminó con premura hacia el centro de la estancia. Volutas de incienso ascendían por doquier. Innumerables velas ardían titilantes entre el humo aromático. Y en medio de todo ello yacía postrada una muchacha que, incluso en ese instante, se retorcía de agonía, estremecida por violentas convulsiones. "Es la primera revelación del Árbol del Mundo que recibe tras haber sido consagrada como doncella del oráculo. Es natural que la carga resulte abrumadora para ella". Al escuchar aquellas palabras a sus espaldas, Baradis acarició con infinita delicadeza la cabellera rubio platino de la joven, empapada en sudor. Sus manos y pies no dejaban de sacudirse en espasmos incesantes, y sus ojos se habían vuelto hacia atrás, exhibiendo solo un blanco desprovisto de pupilas. "..." Baradis estrechó con firmeza las manos de su hermana menor, que convulsionaba como si padeciera un ataque, doblegada por la inmensa energía del Árbol del Mundo. Las manos que sostenía estaban gélidas como la escarcha. "Viene...". Como si solo en ese instante percibiera el calor de Baradis, la muchacha comenzó a entreabrir los labios con dificultad. Al compás de sus palabras, las llamas de las velas y las humaredas de incienso a su alrededor oscilaron de manera caótica. "Silencio todos". Siguiendo la orden del anciano más vetusto, los presentes contuvieron incluso el aliento. En medio de aquella quietud sepulcral, las velas dispersas por el recinto estallaron en un fulgor cegador. Era la revelación. "El dragón... viene". Baradis sintió cómo las manos de la muchacha se aferraban con fuerza a las suyas. Se le encogió el corazón al contemplar su rostro contraído por la angustia, como si estuviera atrapada en una pesadilla atroz. "Pero el dragón lo vio. ¿Qué hacemos?". El tono de su voz mutaba con cada frase. Mientras la voz de la revelación del Árbol del Mundo y la voz de la propia doncella se alternaban, las palabras que brotaban de sus labios comenzaron a cobrar una forma más definida. "... Muéstraselo". El aliento jadeante de la muchacha se tornó cada vez más sofocado y errático. "¡Gran Anciano!". Al ver cómo el rostro de la joven palidecía por momentos, Baradis se giró con apremio. "... ¿A qué se refiere?". Asintiendo al verlo en tal estado, el Gran Anciano cerró los ojos en silencio y afianzó el agarre sobre su bastón. La doncella del oráculo aún era demasiado tierna e inexperta; debían protegerla a toda costa. El ser más longevo de aquel lugar decidió de buena gana abrir su propio mundo y compartir el peso de la revelación por el bien de la muchacha. "¿Q-qué... qué es lo que debemos mostrarle...?". El Gran Anciano canalizó la revelación del Árbol del Mundo formulando aquella pregunta. Sobre sus manos, unidas como en una plegaria, comenzaron a resbalar gotas de sudor. "¡La espada!". Los fragmentos de la revelación que la joven no había alcanzado a pronunciar comenzaron a fluir directamente hacia la mente del anciano más antiguo. "¡Ugh!". Una visión de sobrecogedora nitidez emergió en la mente del Gran Anciano. Bajo las raíces de un árbol. Una caverna húmeda, estalactitas y, en lo más profundo de aquel paraje, una roca. Y, hendida sobre la piedra, una solitaria espada. "... No puede ser". Una espada que no había perdido su fulgor a pesar del transcurso de incontables eras. Al reconocer aquella hoja, los ojos del Gran Anciano se abrieron de par en par, colmados de estupefacción. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 116

Estás leyendo el capítulo 116 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.