Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 115 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Tenía los oídos completamente embotados. Daba la impresión de que algo había salido mal desde el primer choque.
"N-Noir..."
Aferrándose a su visión temblorosa, Vlad logró ponerse en pie a duras penas y avanzó hacia Noir, que yacía derribado a cierta distancia.
\*¡Hiiiiiin!\*
Al reconocer a Vlad, que se acercaba tambaleándose, el corcel negro se alzó con evidente esfuerzo. Por fortuna, aunque sus fuerzas parecían agotadas, no daba la impresión de tener ningún hueso fracturado.
"...Maldición."
Sujetando las riendas de Noir, Vlad apretó los dientes al contemplar la escena que se extendía ante él.
Sobre el desolado puente de piedra, cubierto por una pálida luz de luna que se filtraba a través de las nubes, los fragmentos de armaduras recién destrozadas flotaban y yacían esparcidos en caótico desorden. Entre aquellos pedazos metálicos que destellaban con el reflejo lunar, se alcanzaba a ver a los caballeros caídos en tierra.
"Habrías hecho mejor quedándote tendido un rato más."
Sobre el puente de piedra, una sola figura permanecía de pie. Aquel misterioso hombre, que acababa de derribar hasta al último de los caballeros restantes, percibió la presencia de Vlad y volvió la cabeza. A través de la capucha que Vlad había rasgado de un tajo, la cabellera blanca del desconocido resplandecía con viva claridad.
"Me da la impresión de que tenemos muchas cosas que preguntarnos mutuamente."
Ante las palabras del enigmático guerrero, Vlad alzó su espada una vez más. Adoptó una postura en la que retraía el arma al límite hacia atrás, concentrando todo su ser en una única y fulgurante estocada. Al ver la posición de Vlad, tensada como una flecha a punto de dispararse, el hombre esbozó una sonrisa de complicidad, como si ya hubiera anticipado ese gesto.
"Exacto. Esa misma."
Bajo el pálido manto de la luna, ambos hombres se sostenían la mirada frente a frente. Blandiendo espadas que parecían semejantes y a la vez distintas.
\*\*\*
"Buen trabajo."
Era un despacho bañado por una luz radiante. Diversas plantas ornamentales dispuestas por doquier alzaban sus tallos hacia el sol que entraba a través del ventanal.
"Era una labor difícil y la cumpliste a la perfección. Te estoy sumamente agradecido."
Mientras escuchaba las palabras del conde, Vlad contemplaba en silencio la taza servida frente a él. Era el té de los elfos, poseedor de un límpido tono esmeralda. Para conseguir apenas un sorbo de aquella infusión, había cabalgado y marchado a lo largo de más de una semana.
"He oído que el enfrentamiento no fue nada sencillo. Es una lástima que no se haya podido recuperar el cadáver de ese malnacido."
Vlad alzó la mirada hacia el conde. Era un hombre de rostro enjuto y arrugas profundamente cinceladas en la piel. En aquel cuerpo que aparentaba diez años más de su edad real, lo único que correspondía a sus años auténticos eran sus dos ojos, fulgurantes y sagaces.
"Tuve suerte."
"¡Ja, ja, ja! Supongo que la fortuna también habrá jugado su papel."
Con un gesto de infinito alivio, el conde recostó la nuca con pesadez en el respaldo del sillón.
"No te imaginas la cantidad de dolores de cabeza que ese bastardo me provocó durante todo este tiempo."
El conde cerró los ojos con el desahogo de quien por fin se arranca una muela podrida. Tomando en cuenta que la industria principal de su ciudad había estado amenazada por un único asaltante anónimo, su agobio resultaba comprensible.
Sin embargo, los ojos con los que Vlad lo observaban permanecían gélidos.
"Si yo hubiera fracasado, ¿a quién pensaba convocar?"
"¿Cómo?"
Ante la brusca pregunta de Vlad, el conde abrió los ojos de golpe.
"Era alguien de un calibre formidable. Poseía una destreza tan abrumadora que los caballeros que vuestra excelencia me asignó jamás habrían podido hacerle frente."
Dijo Vlad mientras acariciaba el borde de la porcelana. Pequeñas ondulaciones comenzaron a formarse sobre la superficie cristalina de la infusión.
"Cuando dije que tuve suerte, no lo hice como una simple muestra de cortesía o modestia."
Un tenue matiz rojizo empezó a disolverse dentro de la taza de Vlad. Una de las incontables heridas sufridas en medio de aquel encarnizado combate se hallaba oculta en la yema de su dedo.
Aunque se había preparado para lo peor, el hombre con quien se cruzó en el puente poseía una fuerza ridículamente superior a cuanto el conde había descrito. El encargo del señor feudal había sido un engaño contra Vlad desde el primer instante.
"Por eso no envió al comandante de su orden de caballeros, ¿verdad?"
El conde lo sabía muy bien. Sabía que ni siquiera el comandante de sus tropas, con toda su extraordinaria pericia, habría estado a la altura de aquel saqueador desconocido.
"...Quienquiera que cargue con responsabilidades sobre sus hombros debe prever siempre las consecuencias de antemano."
Respondió el conde, clavando su vista en Vlad. Un rostro cubierto de magulladuras y cortes, un ojo hinchado por la violencia del impacto. Sin embargo, si en lugar de parecer derrotado o lastimero proyectaba un temple de acero, era sin duda gracias a la firmeza inquebrantable de sus pupilas azules.
"Estaba tramitando una solicitud formal para convocar a los caballeros de la Orden de Caballeros Matadragones apostados en la capital."
Al oír la respuesta del conde, el dedo de Vlad, que recorría la taza, se detuvo en seco.
"Con nuestras propias fuerzas nos habría resultado imposible expulsar a ese sujeto. Esa era la conclusión a la que habíamos llegado tras evaluar su destreza."
Para obtener la intervención de la Orden de Caballeros Matadragones desde la capital imperial, se requería una justificación de peso incuestionable. La aparición de un dragón auténtico o la presencia de un enemigo que ningún poder ordinario fuera capaz de contener. Si Vlad hubiera perecido en la misión, su cadáver habría servido como la prueba perfecta para plasmar en el informe del conde: la evidencia irrefutable de que ni reuniendo a semejante escolta de caballeros era posible frenarlo, rogando así el envío de los Matadragones.
"Aun así, considero una inmensa fortuna que lo hayas resuelto. Contratar a los caballeros de la Orden Matadragones cuesta una fortuna desmedida."
Dicho esto, el conde extrajo una bolsa de cuero.
"He puesto más de lo convenido. A fin de cuentas, trajiste los carruajes intactos hasta aquí."
"..."
La bolsa aparentaba un peso considerable. No obstante, la mirada con la que Vlad la contemplaba descendió a una calma sombría.
"Puesto que ya cuentas con la invitación formal de los elfos, mi carta de recomendación no te será necesaria. La compensación por ella también va incluida dentro."
No importaba cuánto oro contuviera. Las monedas dentro de esa bolsa jamás podrían pagar el precio de su propia vida. Anoche, sobre aquel puente de piedra, Vlad prácticamente había cruzado el umbral de la muerte.
"Lo recibo con gratitud, mi señor conde."
Aun así, Vlad tomó la bolsa ofrecida por el gobernante. Necesitaba averiguar la suma exacta que contenía para, llegado el momento, exigirle al conde el resto de la deuda. La tarifa correspondiente por haberlo embaucado.
"¿No te parece un desperdicio consumirte en el norte?"
La voz del conde resonó a espaldas de Vlad en el preciso instante en que su mano se posaba sobre el picaporte de la puerta.
"¿No sería mucho mejor servir aquí antes que en un norte desolado donde no hay nada que valga la pena? Desde luego, pagaré muy por encima de lo habitual."
El Conde Bitskaya le manifestaba su deseo de reclutarlo. Sus palabras se deslizaron con frialdad por la nuca de Vlad, arrastrándose igual que una serpiente.
"He oído que fuiste expulsado de la ciudad."
"¿No sería mejor trabajar para alguien que sepa valorar tu valía antes que para un señor que te ha desechado?"
Al oír las palabras del conde, que lo trataba como a un perro abandonado, Vlad volvió lentamente la cabeza. Frente a él, el conde alzaba su taza de té hacia su posición en un brindis silencioso.
"Deseo a un señor en quien pueda confiar, señor conde".
La sangre de los nobles es azul.
Vlad sintió que solo ahora comprendía el verdadero significado de aquellas palabras. El hombre ante sus ojos no lo consideraba un ser humano.
"Vaya, qué lástima entonces".
Dejando a sus espaldas al conde, que se encogía de hombros con displicencia, Vlad abandonó el despacho. En la taza de Vlad, de la que aún ascendía el vapor, el té no había menguado en lo más mínimo.
※※※※
Tras salir de la mansión del conde, Vlad caminó en silencio hacia los arrabales de la ciudad. Un lugar desconocido y, no obstante, familiar. Aunque no alcanzaba la sordidez de los callejones de Shoara, el pasaje por el que avanzaba era lo bastante mugriento y caótico como para evocar de inmediato la estampa de los suburbios.
Vlad cubrió con presteza su armadura bajo la capa y se internó en los callejones con movimientos bien aprendidos. Al contemplar cómo mudaba en un abrir y cerrar de ojos del porte marcial de un caballero a los andares desaliñados de un truhán, alguien oculto en las sombras dejó escapar una risita de asombro.
Toc.
Al detenerse en el punto convenido, Vlad no tardó en sentir un pequeño guijarro rebotar contra su bota.
"..."
No se divisaba a nadie ni se percibía presencia alguna. Solo el leve silbido del viento al cruzar el aire. A juzgar por la ausencia del más mínimo rumor de pisadas, su interlocutor parecía haber deducido en el combate anterior la agudeza extrema de su oído.
Toc. Toc, toc.
Guiado por la trayectoria de aquellas piedras, Vlad se fue adentrando en las entrañas de los barrios bajos de Tanovo.
El rincón más sombrío de la ciudad.
Aunque el panorama de cada urbe fuese distinto, el semblante de aquellos arrojados a los márgenes resultaba semejante en cualquier lugar. Cuantos habitaban en las sombras compartían un mismo tono ceniciento.
"Al menos sabes cumplir tu palabra".
Tras dejar atrás a aquellas figuras cenicientas, llegó por fin a un callejón sin salida. De entre la densa penumbra, comenzó a filtrarse una voz áspera y desagradable, semejante a un chirrido metálico.
"Creí que habrías huido con el rabo entre las piernas".
Los arrabales, la oscuridad y una voz estridente. Eran elementos más que suficientes para amedrentar a cualquiera, pero Vlad se limitó a responder con absoluta serenidad:
"Nadie me ha seguido".
Aquellas amenazas vanas no hacían la menor mella en él. El olor familiar de los suburbios que acariciaba su nariz despertaba, en el fuero interno del caballero, la rebeldía del muchacho de antaño.
"Así que haga el favor de dejar de fingir esa voz tan rara".
"...¿Ah, sí?".
De entre las sombras al fondo del callejón surgió una carraspera cargada de bochorno. Era una voz por completo distinta al chirrido metálico de hacía un instante.
"Y eso que sobre el puente funcionaba de maravilla...".
Ante el reproche de Vlad, el hombre emergió finalmente de la oscuridad. Era el misterioso asaltante cubierto con una capucha gris.
"¿Charlamos un poco?".
"Para eso he venido".
Dos hombres que compartían incluso la misma postura con la que apoyaban la mano sobre la empuñadura de sus espadas. El caballero de rostro magullado y el hombre de la capucha gris toscamente remendada se plantaron frente a frente, contemplando las secuelas que se habían infligido mutuamente.
※※※※
"¿Por qué no me preguntas el nombre?".
"Porque aunque pregunte, sé que no me lo dirá".
Vlad tomó asiento en uno de esos puestos callejeros que proliferaban en los arrabales y pidió algo de comer con ademanes expertos. Un matón que rezumaba una presencia hosca a tono con su rostro golpeado. Al contemplar a Vlad mimetizado a la perfección con la penumbra de los callejones, el hombre de la capucha gris soltó un bufido de incredulidad.
"¿Acaso te criaste en los barrios bajos o qué?".
"Aunque me lo pregunte, tampoco se lo diré".
"..."
Vlad recogió la comida encargada, se acomodó en una silla cualquiera desparramada por el lugar y asió una brocheta.
"Por lo general, los caballeros retirados nunca dicen su nombre".
"Siendo exactos, solo aquellos que han descendido a la condición más baja".
"Y la mayoría tampoco tiene un solo cobre encima".
"..."
Vlad evocó la estampa de Sir Ramund al contemplar al hombre encapuchado de gris. Una destreza portentosa, la serena compostura que solo los veteranos más curtidos poseían y ese afán por no revelar quién era en realidad.
Aquel día, bajo la capucha que le había arrebatado, había quedado al descubierto el rostro de un hombre cubierto de canas, al igual que Ramund.
"¿Y por qué un caballero retirado se dedicaba al bandidaje en semejante lugar?".
"...Porque mi retiro llegó mucho antes de lo previsto".
El hombre de la capucha gris se la retiró como si ya no tuviese sentido esconderse, miró a Vlad y sonrió.
"Resulta que todavía me quedan asuntos inconclusos".
Todo el mundo sueña con un retiro honorable. Sin embargo, son muy pocos los que pueden escoger por sí mismos cómo rubricar su final.
"Me debes la vida. ¿No es verdad?".
"Más o menos".
"¿Cómo que más o menos?".
"Digo que, de habernos batido hasta las últimas consecuencias, el resultado no habría estado tan claro".
Probablemente no fuera así. Al fin y al cabo, el hombre que mordisqueaba la brocheta a su lado era el mismo que había despachado a cinco caballeros, a diez mercenarios y a los peones a modo de postre antes de colocarle el filo de su espada en la garganta. A decir verdad, era el guerrero de destreza más aplastante con el que jamás hubiese cruzado acero.
"Déjate de patrañas".
El caballero retirado le arrebató la brocheta de las manos a Vlad y le dio un mordisco voraz.
"De cualquier modo, tengo mucho que preguntarte y bastantes cosas que hacer, de suerte que tendrás que ayudarme durante un tiempo".
"¿Y qué tiene pendiente que sea tan importante?".
Ante la pregunta de Vlad, el hombre de la capucha gris extrajo una pequeña bolsa de su regazo y se la arrojó. Era un saquito repleto de hojas de té de los elfos.
"Son hojas de té de los elfos. ¿Qué tienen de especial?".
Aquellas hojas de tuzon desprendían un aroma embriagador. Vlad aún no lograba comprender por qué el hombre que tenía delante se dedicaba a asaltar los carruajes del conde.
"¿De verdad te parece que eso es té?".
Vlad clavó la mirada en el hombre, que apuraba su trago con indolencia. En su rostro se dibujaba una mueca de desprecio, aunque resultaba imposible saber hacia quién iba dirigida.
Caballeros retirados que habían renunciado al renombre forjado a lo largo de su vida para descender a la condición más humilde de los hombres. Eran aquellos que, al emprender una travesía semejante a una peregrinación, se esforzaban en recoger los jirones del honor que habían ido derramando por los suelos con el paso del tiempo.
"Eso no es té".
Y en aquel instante, frente a Vlad, el veterano caballero sin nombre apuró su copa con calma glacial:
"Es droga".
Aquel hombre era alguien que había terminado extraviando su honor entre el vaivén de las hojas de té.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 116
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 115
Estás leyendo el capítulo 115 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.