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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 112 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
El hombre en la niebla (1) El mundo de la voz era un mundo de colores vivos e intensos. En el interior de la piedra de ámbar de Alicia, contemplada a través de aquel mundo, se hallaba grabado un paisaje otoñal. Un arce solitario se alzaba imponente en medio de un vasto trigal. Vlad todavía recordaba las hojas escarlatas que descendían suavemente hacia el crepúsculo rojizo. Era una estampa vigorosa, hermosa y, por alguna razón desconocida, impregnada de una profunda melancolía. "Aun así, ahora al menos puedo distinguirlo un poco". Vlad cerró su ojo izquierdo y contempló la piedra de ámbar engarzada en el pomo de la espada. Aunque no alcanzaba a vislumbrarla con tanta fuerza y nitidez como en el mundo de la voz, al menos era capaz de discernir la silueta del arce meciéndose al compás del viento. "¿Dónde quedará este lugar?". Vlad, a quien hablar a solas se le había convertido en una costumbre involuntaria, murmuró en voz baja sentado sobre la cama; sin embargo, ya no quedaba nadie que respondiera a sus palabras. Tan solo la azulada luz de la luna, filtrándose a través de la ventana, acariciaba con suavidad sus hombros. \*¡Chasquido!\* Del ojo izquierdo de Vlad, que permanecía cerrado, brotó un diminuto relámpago. Vlad no había sido capaz de responder cuando la voz le propuso que volvieran a encontrarse en un mundo más profundo. No obstante, si la voz volviera a formulárselo en este instante, sabría responderle con absoluta convicción. Le diría que estaba dispuesto. Que volverían a encontrarse en un mundo más hondo y más vasto. En aquella habitación en penumbra, acariciada únicamente por el fulgor de la luna, en el ojo de Vlad permanecía arraigado un haz de relámpago que destellaba blanco como la nieve. ※※※※ "¿Qué te parece?". Habiendo ordenado retirar la mesa colmada de verduras y frutas, el conde Bitskaya formuló la pregunta mientras alzaba una taza de té humeante. A pesar de mantener una dieta saludable propia de los mismos elfos, en su rostro, tras concluir la comida, solo se dibujaban profundas arrugas cargadas de fastidio. "Ha quedado plenamente confirmado que el caballero llamado Vlad es ciertamente un Matadragones". Verificar las cosas dos o tres veces nunca estaba de más. En particular cuando la labor consistía en cerciorarse de las intenciones de un forastero sospechoso. "¿Y qué más?". "...También hemos podido comprobar su destreza. Entre los caballeros que nos quedan en este momento, ninguno poseía la habilidad necesaria para plantarle cara a ese tal Vlad". Habían sido cinco los caballeros que le opusieron bajo el pretexto de un combate de práctica. Y tres de ellos acabaron apaleados a tal extremo que no estarían en condiciones de cumplir sus deberes durante una buena temporada. De haberse tratado de una contienda real a muerte, sus cabezas ya habrían rodado por el suelo. "¿Y si fueras tú quien se midiera a él?". El comandante de la orden de caballeros se mordió el labio ante la pregunta del conde, formulada casi en tono de provocación. "Ocho o nueve veces de cada diez, la victoria sería mía". "...Lo que equivale a decir que, de diez enfrentamientos, podrías perder uno o dos". El conde Bitskaya recordaba a la perfección cuánto oro recibía el caballero que en este instante inclinaba la cabeza ante su presencia. 'Apenas tiene dieciocho años...'. Su propio comandante, quien en sus años de juventud supo labrarse cierta fama, ni siquiera se atrevía a garantizar una victoria inapelable. Conque de la paja inútil incapaz de manifestar el aura, ni hablar. "¿Qué tal si colgamos de una soga a los guardias de la entrada?". "¿Cómo dice?". Era un caballero auténtico, un verdadero portento, y no habían sido capaces de reconocerlo. La primera impresión había sido tan desastrosa que lo habían dejado plantado afuera bajo el gélido frío; por tanto, resultaba evidente que no se prestaría a colaborar con facilidad. "Ojalá resulte ser alguien con dos dedos de frente...". Los caballeros eran hombres que anteponían el honor a cualquier otra cosa. El trato que le había dispensado fue indudablemente descortés, mas todavía debía de quedar una oportunidad para enmendarlo. El conde solo albergaba la esperanza de que aquel joven muchacho investido caballero supiera al menos un poco de cómo giraban los engranajes del mundo. ※※※※ "..." Vlad contempló el chorro de té que descendía tintineando frente a él. Un fulgor esmeralda y radiante que chispeaba al recibir la luz del sol. Ante la pureza de aquel líquido cristalino, que permitía apreciar con nitidez el fondo mismo de la taza, Vlad inclinó la cabeza de manera inconsciente para observarlo de cerca. Ignoraba qué clase de hojas habrían infusionado, pero un denso aroma silvestre penetró por sus fosas nasales, provocando una frescura tan viva que pareció despejarle hasta la mirada. "Tengo entendido que en el norte no está muy arraigada la costumbre de beber té de este modo, ¿me equivoco?". "Antes que beber hojas remojadas, la gente de allá preferiría empinar una botella de licor". Pese a la sequedad con la que respondió, Vlad no apartó los ojos del té en ningún momento, y al presenciarlo, el conde Bitskaya curvó los labios en una sonrisa de complacencia. Ciertamente, por muy bárbaro que fuese un norteño, le resultaría imposible no sentirse cautivado en el instante en que posara la mirada sobre semejante brebaje. "Es té de los elfos. Se elabora a partir de hojas cosechadas en los bosques del extremo oriental mediante un tratamiento sumamente especial". "Elfos...". En cuanto la palabra 'elfos' brotó de los labios del conde, Vlad se humedeció la boca con la lengua. Sin embargo, recobró la compostura de inmediato como si nada hubiese ocurrido, enderezó la espalda y clavó sus ojos en el noble con semblante imperturbable. Durante una negociación jamás se debía dejar entrever lo que uno anhelaba. Eso era lo que Marcela, la Rosa de Shoara, le había enseñado en el pasado. "Uno de los negocios principales de nuestro feudo es, precisamente, comerciar con esta clase de artículos selectos procedentes de los elfos. Después de todo, los señores que habitan en las tierras centrales pierden el juicio por cualquier extravagancia relacionada con ellos". Hasta entonces, la Casa del Conde Bitskaya no había sido más que un linaje provinciano y decadente; no obstante, desde el instante en que el actual conde heredó el título feudal, el rumbo de sus tierras dio un vuelco radical. Él había arriesgado el todo por el todo para salvar a una familia al borde de la ruina y, gracias a ello, logró consolidarse como uno de los contados puentes de contacto existentes entre la raza de los elfos y los seres humanos. "Por ponerte un ejemplo, este té que tienes servido ante ti se cotiza a un precio superior al de su propio peso en oro". "..." Los elfos eran una estirpe de prodigiosa longevidad, y su enigmática naturaleza bastaba con creces para avivar la fascinación de los nobles de la capital. Hasta el punto de que, respecto al té humeante que Vlad tenía enfrente, circulaban desmedidos rumores que aseguraban que era capaz de prolongar los años de vida de quien lo bebiese. "¿Tanto como el oro? ¿En verdad tiene semejante valor?". "No sabría decirte si de veras alarga la existencia, pero lo que resulta indiscutible es que beneficia enormemente a la salud. En especial, bien podría considerarse un remedio milagroso contra la tos". Los rumores siempre tendían a inflarse más allá de la cuenta, y el té de los elfos distaba de ser una hierba legendaria capaz de conceder la inmortalidad. No obstante, a diferencia de las habladurías del té, el caballero rubio sentado frente a él era, en efecto, un guerrero formidable que había dado muerte a un dragón tal y como decían las historias; por consiguiente, al tratar con alguien de semejante calibre, la actitud del conde no podía ser sino sumamente prudente. "¿Te gustaría que te obsequie un poco?". Vlad levantó por fin la cabeza tras escuchar la propuesta del noble. La mención de que resultaba provechoso para la salud y prodigioso para calmar la tos parecía haberlo sumido momentáneamente en otros pensamientos. "¿Acaso yo valgo semejante precio?". Preguntó Vlad con una sutil sonrisa, devolviéndole la mirada al conde. Que el noble lo hubiera mandado llamar y se deshiciera en atenciones hacia él obedecía, sin duda alguna, a un propósito muy concreto. "¡Ciertamente los caballeros del norte hacen gala de una franqueza admirable! ¡Debo admitir que semejante audacia me agrada sobremanera!". Al percatarse de que Vlad se encontraba dispuesto a escuchar su propuesta, el conde rio complacido y alzó su propia taza. Había temido que, por proceder de los páramos norteños, fuera un sujeto testarudo e intratable, pero contra todo pronóstico demostraba ser alguien con quien se podía dialogar a la perfección. "Tengo en la más alta estima tu destreza marcial, digna de abatir incluso a un dragón. Es por ello que hay un encargo en particular que me gustaría encomendarte...". Sus artimañas eran superficiales y sus actos, volubles. Mas si ambos tenían algo que ofrecerse mutuamente, no había motivo alguno para vacilar a la hora de estrecharse las manos. "Últimamente hay cierto sujeto que se oculta en las rutas comerciales para saquear mis mercancías. Es un dolor de cabeza tremendo." "¿Se trata de bandidos?" Vlad alzó la taza de té y bebió un sorbo. Sabía espantoso. "Dudo mucho que sean simples bandidos." El Conde Bitskaya sonrió al ver al caballero del norte sostener la taza con una mueca de disgusto. Aquella sonrisa albergaba, en verdad, una multitud de intenciones veladas. "Lo digo porque todos los caballeros que escoltaban mi caravana acabaron derrotados." Quizá resultara una deshonra admitirlo, pero en las palabras del conde no había ni un ápice de bochorno. Era una clase de hombre que, con tal de obtener ayuda, no vacilaba en tenderle la mano incluso a un caballero al que antes miraba por encima del hombro. "¿Incluso a los caballeros?" "Así es. Por eso mismo digo que es un dolor de cabeza." Al oír que ni los caballeros habían sido capaces de hacerle frente, el semblante de Vlad se frunció. A juzgar por lo que había tanteado durante el combate de exhibición, la destreza de los caballeros de Bitskaya ciertamente no era nada del otro mundo. Más bien, aquel duelo le había hecho comprender en carne propia la verdadera magnitud y estatus de un sitio como Bayezid. "Si ni siquiera los caballeros de su excelencia pudieron con él, ¿cómo podría lograrlo alguien como yo?" Aun así, Vlad no dudó en quejarse y aparentar aflicción. Al igual que el conde que tenía delante, el caballero criado en los callejones era alguien a quien no le importaba en absoluto fingir debilidad con tal de inflar su propio valor. Sin embargo, el conde desbarató la vana treta de Vlad con una simple sonrisa. "Vlad de Shoara, y el Asesino del Lindwurm." "..." "Confío plenamente en que alguien que ha sido reconocido no solo por San Rozino, sino por múltiples Casas nobles del norte, será más que capaz de lograrlo." Con esas palabras, el conde extendió una pequeña bolsa de tela negra. De la abertura, que había dejado entreabierta a propósito, se filtraba el destello de un resplandor dorado. "Si tan solo logras repeler a ese saqueador desconocido, te daré mucho más que esto." "Es posible que a mí solo me resulte demasiado difícil." "Aun así me bastará." El Conde Bitskaya contempló a Vlad con una sonrisa aún más pronunciada. El conde poseía un manantial inagotable de oro, pero aquel saqueador de identidad desconocida estaba taponando directamente ese flujo. Por ahora era capaz de resistir, pero si aquel conducto continuaba obstruido, tarde o temprano acabaría con la soga al cuello. "Me daré por satisfecho si logras ahuyentarlo, aunque sea por un tiempo." Por mucho que el imberbe que tenía delante fuera un Matadragones, en las tierras centrales abundaban los caballeros con semejante nivel de destreza. Lo ideal sería que resolviera el asunto por completo, pero, dado que lo empleaba por ser una opción barata y accesible, le bastaría con que contuviera la situación hasta que pudiera contratar a un caballero de auténtico renombre. "... Entendido, señor conde. Haré cuanto esté en mis manos." Vlad le devolvió la sonrisa al conde, quien por fin dejaba entrever sus verdaderas intenciones. "A cambio, preferiría recibir otra cosa antes que monedas de oro." Con esas palabras, Vlad extrajo únicamente unas cuantas monedas de oro de la bolsa abierta y se la devolvió en silencio al conde. "... ¿Acaso hay algo en particular que desees de mí?" El valor es algo relativo. Para el conde, las monedas de oro eran algo que le sobraba a raudales, pero Vlad no era un hombre que se moviera por dinero. "Como caballero andante, deseo contemplar la inmensidad del mundo." Incluso cuando se hallaba sumido en el fango de los callejones, Vlad se había esforzado por no perderse a sí mismo. Aunque estuviese empapado por aquella inmunda cloaca, el alma del muchacho siempre había procurado alzar la mirada hacia la luz. "Habiendo llegado hasta aquí, ¿no sería una lástima no poner un pie en la ciudad de los elfos al menos una vez?" Le había prometido a la voz que hallaría su nombre. Y esa promesa pesaba mucho más que la bolsa de monedas de oro que yacía ante sus ojos. "También me gustaría que me concediera una caja de ese té de los elfos del que dicen que es tan beneficioso para la salud." Incluso en este mismo instante, en Shoara debía de haber un hombre reprimiendo sus accesos de tos con vino caliente. Era la persona a la que había jurado entregar su lealtad. El sonido de la frágil tos de Josef siempre oprimía un rincón del corazón de Vlad. "... ¿Dices que deseas entrar en la ciudad de los elfos?" Al ver a Vlad exigir algo del todo imprevisto, el Conde Bitskaya reclinó la espalda profundamente contra el respaldo de su asiento. Como era de esperar, aquellos que albergaban una autenticidad inquebrantable no se dejaban seducir por el brillo del oro. "Bajo esas condiciones, no bastará con simplemente averiguar su identidad." El conde frunció el ceño en un gesto de evidente contrariedad. Aunque Vlad lo planteaba con total ligereza, no se trataba de un asunto tan simple como franquearle el paso a un solo individuo. Las relaciones e intercambios con los elfos eran una diminuta brecha que él había logrado abrir a costa del futuro de su estirpe y del empeño de toda su vida; por ende, la recompensa que Vlad reclamaba equivalía a imponerle una carga monumental. "Lo resolveré." No obstante, en este punto, Vlad tampoco pensaba ceder. Ahora que sabía que a la ciudad de los elfos no podía ingresar cualquiera, debía asegurarse la cooperación del conde a como diera lugar. "De modo que ese saqueador desconocido jamás vuelva a codiciar las rutas comerciales de su excelencia." El conde de las tierras centrales y el caballero del norte sostenían la mirada el uno en el otro. Siempre que ambos tuvieran algo que ofrecerse, uno podía sonreír aun bebiendo un té amargo, y el otro podía dispensar amabilidad incluso ante la persona a la que antes desdeñaba. "De acuerdo." Porque en eso, precisamente, consistía un trato. Las manos que ambos estrecharon se mecieron en silencio sobre la bolsa de monedas de oro. \* \* \* En la noche oscura, sobre un puente de piedra que cruzaba un abismo insondable entre altos riscos. En medio de una niebla tan densa y húmeda que bastaba respirar para sentirla calar en los pulmones, el cochero temblaba de pies a cabeza. Y la razón por la que se estremecía no era únicamente la atmósfera siniestra del lugar. "Ugh, a-ah..." Justo frente a él yacían hombres esparcidos sobre el puente, inmóviles como cadáveres. Entre ellos rodaba, quebrado, el estandarte de Bitskaya. Todos los que estaban derribados eran caballeros que el mismísimo conde había escogido y enviado. "¿Lleva dentro las mercancías de los elfos?" "¡Hii, i-ih...!" Un hombre de identidad desconocida, ataviado con una capucha grisácea que descendía hasta sus rodillas. Su voz áspera y estridente, como el chirrido de metales arañándose entre sí, provocaba una aversión visceral en cualquiera que la escuchara. "¡A-Así es! ¡Por favor, tenga piedad y perdone mi vida!" El cochero se postró de inmediato sobre el suelo y clamó aterrorizado con todas sus fuerzas. Sentía como si la densa niebla que los envolvía estuviese a punto de devorar su propia voz. ¡Kriiiiick—! Un sonido espeluznante resonó a sus espaldas, pero el cochero se mantuvo aplastado contra el empedrado, sin atreverse a despegar la mirada del suelo. Temía que, de llegar a levantar los ojos, su mirada se cruzara con la del hombre encapuchado. En medio de la densa niebla, sobre el estrecho puente de piedra, una tenue luz se precipitó hacia el fondo del abismo. Junto con el carruaje, que iba abarrotado de cargamento. Y en cuanto aquel débil resplandor desapareció del puente, la más absoluta oscuridad volvió a reinar sobre la calzada de piedra. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 112

Estás leyendo el capítulo 112 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.