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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 109 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Edificios en llamas. Estatuas de piedra derrumbándose. Como si una guerra se hubiese desatado, el estrépito de cuanto colapsaba resonaba con violencia por doquier; sin embargo, no se escuchaba el menor clamor de parte de quienes perpetraban la ruina. Solo reinaba un silencio asfixiante, contenido en lo hondo del pecho. Sobre los rostros de los enanos que correteaban afanosos por la urbe se posaba una ceniza tan densa y renegrida que volvía imposible distinguir el tono original de su piel. Sus barbas, antaño motivo de supremo orgullo, se chamuscaban resecas ante el abrasador calor, y las herramientas que habían pulido a lo largo de toda una vida se empleaban ahora para demoler el resplandeciente legado de sus antepasados. A cada golpe de martillo descargado, de sus ojos brotaba un desconsuelo imposible de contener. Si se posee algo resplandeciente, se debe saber cómo protegerlo. Mas los enanos habían fracasado en ello. Lo único que les aguardaba era una ruina atroz, y para sobrevivir debían emprender ahora un vagabundeo incierto, sin promesa de final. Sabiéndolo de antemano, las lágrimas de los enanos se mezclaban con el hollín y las ascuas, deslizándose renegridas por sus mejillas. "...Veo que aquí el fuego aún no se ha apagado." En aquel instante en que todo se derrumbaba con amargura, aún pervivía un horno de fundición que no había perdido su fulgor, acompañado por la mirada de un anciano inmóvil como una efigie de piedra. "Alguien debía quedarse a presenciar el final." La palabra "final" pronunciada por el viejo enano no aludía únicamente al horno. Una era que había brillado con esplendor tocaba a su ocaso, y el anciano era quien velaría los últimos estertores de aquel tiempo. "¿Conque es así?" Al contemplar el declive de aquella civilización antaño gloriosa y ahora condenada a extinguirse, el hombre pensó: 'Aun así, es una fortuna. No haber llegado demasiado tarde.' "He venido a hacerle un encargo." "...¿En este preciso momento?" ¡Ku-gwa-ga-ga-gang! A lo lejos, las minas se desplomaban con un fragor ensordecedor. Retumbaban los golpes de martillo empañados de llanto que reducían a pedazos cuanto había conformado la ciudad en la que habían vivido toda su existencia. En medio de aquella trágica hora en que destruían con sus propias manos todo lo erigido por los padres de sus padres y sus ancestros, los únicos dos individuos que no derramaban una sola lágrima eran aquel desconocido de identidad incierta y el amo del último horno de fundición. "He traído un metal que solo el fuego eterno puede doblegar." Junto con aquellas palabras, el hombre extrajo algo de su raída mochila y se lo mostró al viejo enano. "...Eso es..." En cuanto el forastero retiró la tela que lo envolvía, ante ellos se descubrió un lingote plateado que emitía un tenue y etéreo fulgor. Aquel metal, que no perdía su propio brillo ni ante las lenguas carmesíes del horno de fundición, bastaba para cautivar la mirada del anciano artesano incluso en medio de semejante catástrofe. "Forjadlo para mí, por favor." A través de los puños de sus ropas, las manos del hombre se entreveían colmadas de heridas recientes. Quizá fuera por los tiempos oscuros que corrían; pese a ser un enano que solía exaltarse ante la mera visión de un metal exótico, los ojos del anciano se fijaron más en las manos llagadas del forastero que en el lingote de plata que tenía enfrente. "¿Y qué pretendes que forje?" Al oír la respuesta que tanto había anhelado, el hombre enderezó su postura y clavó la vista en el viejo enano. Tras haber viajado hasta allí con el único propósito de pronunciar esa sola frase, pudo esbozar al fin una sutil sonrisa. "Necesito una espada capaz de matar a un dragón." 'Mataré al dragón más perfecto de este mundo. Aunque solo sea por aquellos mundos que yacen pisoteados en el fango, clamando en agonía, tal como esta ciudad de los enanos que ahora se desmorona.' Los ojos del hombre, fijos en el dueño del último horno, ardían con mayor fiereza que una llama inextinguible. \* \* \* En la penumbra del alba, frente a las caballerizas de la mansión señorial. "..." Allí se encontraba Vlad con expresión pensativa, rumiando preocupaciones mientras masticaba con desgana una brizna de forraje entre los dientes. Noir lo contemplaba con desconcierto, preguntándose por qué un humano mordisqueaba paja; sin embargo, la mirada de Vlad, a quien correspondía sacarlo de dudas, apuntaba hacia otra parte. "...¿Eres tú, jefe?" "Sí." Frotándose los ojos aún pesados de sueño tras haber madrugado, Goat se llevó un sobresalto al descubrir a Vlad allí plantado. "¿Por qué te has levantado tan temprano?" "Apenas pude conciliar el sueño." Al percatarse de que Vlad ya se había encargado de antemano de todas sus obligaciones, Goat se frotó las manos satisfecho y apoyó el cuerpo contra la empalizada del establo. "Bueno, considerando que era la primera vez que veías a un trol, es comprensible que se te haya espantado el sueño. El barón de estas tierras también se quedó de piedra cuando oyó hablar de él." El feroz bramido del monstruo que había resonado la noche anterior había bastado para congelar los ánimos de los habitantes del feudo. Aunque procedía de las profundidades de un bosque lejano, aquel rugido que traía a la memoria la muerte misma había empujado al Barón Dalmatia a movilizar incluso a los contados soldados de los que disponía. "Lo único lamentable es que no hayamos podido recuperar el cadáver; eso habría sido perfecto. La sangre de trol se vende a precio de oro, ¿sabes?" Vlad chasqueó la lengua al escuchar las palabras de Goat. Tal como afirmaba su escudero, no haber podido asegurar el cuerpo del trol era ciertamente un detalle frustrante. "No imaginé que fuera a consumirse de esa manera." El cadáver del trol abatido anoche se había reducido a cenizas en un instante, sin darles margen alguno para intervenir. Se había desvanecido con tal pulcritud y sin dejar huella alguna, como jamás se lograría por mucho que se apilara leña. Era una limpieza tan descarada que delataba a las claras la intención de borrar cualquier rastro a ojos de quien fuera. "...Me temo que tendremos que informar de esto a Lord Josef." Al evocar los restos del trol, reducidos a mero carbón y cenizas, Vlad rememoró los sucesos de la Baronía Utman. Aquel trol descabezado de Dobrechti —tan sospechoso, ominoso y provisto de una familiaridad inquietante— constituía sin duda un acontecimiento que debía ser puesto en conocimiento de Josef. "Pero aquí no hay ningún mago. ¿Acaso piensas mandar un correo a caballo?" "No." Un jinete mensajero no serviría. No solo se encontraban en un invierno que entorpecía los traslados, sino que la gravedad y lo sospechoso de la situación exigían advertirle cuanto antes. "De las ciudades situadas hacia el este, ¿cuál es la más cercana?" "Una ciudad... A ver, déjame mirar." Comprendiendo el apremio de Vlad, Goat desplegó el mapa que le había entregado el Barón Dalmatia y se puso a buscar con presteza el siguiente destino. "La ciudad más próxima donde es probable que resida un mago es Tanovo. Pertenece al Condado de Bitskaya. Guiándome solo por el mapa, calculo que nos llevará una semana llegar." "Bien." Los magos eran quienes manipulaban los misterios del mundo. Si bien pertenecían a una estirpe mal vista por la Iglesia, resultaban capaces de transmitir noticias con suma presteza mediante despachos a distancia o de asesorar a los señores feudales gracias a su vasta y polifacética erudición; por consiguiente, desde la perspectiva de la nobleza, eran figuras que todo aristócrata ansiaba conservar a su lado. "Que nuestro próximo destino sea Tanovo. Ve averiguando el camino." "Entendido." Como correspondía al señor de un feudo sumido en la miseria, el Barón Dalmatia era un noble que no solo carecía de un mago a su servicio, sino que ni siquiera había podido costearse la presencia de un clérigo decente capaz de certificar las insignias de los peregrinos. Por ello, Vlad pensaba marchar hacia una ciudad más grande que aquella y solicitar prestado un mago a su señor feudal. Aunque perteneciera a otra casa, él era un caballero de linaje y estatus indiscutible, de modo que, si surgía la necesidad, bastaría con prestar auxilio en algún asunto como acababa de hacer. Tras marcharse Goat del establo diciendo que averiguaría el camino, Vlad volvió a contemplar la lejanía con la mirada perdida. El haber bajado a las caballerizas al romper el alba se debía en parte a Noir, que se había esforzado la víspera, pero también a que había tenido un sueño tan intenso que le impidió volver a conciliar el reposo. "... Aunque no lo recuerdo bien". Sin embargo, de aquel sueño tan sobrecogedor que lo había hecho dar vueltas en el lecho, curiosamente no le quedaba casi nada en la memoria, como si se tratara de un espejismo. Lo único que lograba evocar en ese momento era el lejano resonar de un martillo, cenizas dispersándose al viento y las últimas y decididas palabras que aquel hombre había pronunciado con firmeza: "Cazar un dragón, eh". Vlad reflexionó mientras entornaba los párpados. Las últimas palabras de aquel hombre escuchadas en el sueño correspondían sin lugar a dudas a la voz con la que ya estaba tan familiarizado. Quizás lo que había vivido no fuese una simple ensoñación, sino uno de los fragmentos de memoria legados por los vestigios de aquella voz. La oscura madrugada invernal se disipaba y, a lo lejos, el sol del nuevo día despuntaba sobre la cresta de las montañas. La punta de la espada de Vlad comenzó a centellear al unísono con la claridad de la mañana. Alrededor de su Aura, ahora un poco más nítida que en el pasado, chisporroteaban relámpagos de un blanco puro. Todos ellos eran vestigios de la voz que orbitaban en torno al mundo interior de Vlad. Aquel día, la voz le había propuesto a Vlad que volvieran a encontrarse en un mundo más profundo, y Vlad le respondía mediante el Aura que blandía hoy que así lo haría. Hacia ese mundo más profundo, el caballero cerró entonces su ojo izquierdo. ※※※※ "¿Por qué marcharse tan pronto? ¿Por qué no esperas al menos a que deje de nevar?". A pesar de la gélida intemperie, el Barón Dalmatia, que había salido en persona a despedirlo frente a la mansión señorial, contempló a Vlad con una expresión sumamente ambivalente. Habiendo ocurrido sucesos tan aciagos, en el fondo deseaba que no se marchara durante un tiempo; no obstante, en un rincón de su rostro asomaba a la vez el contradictorio anhelo de que partiera cuanto antes. En especial al fijar la vista en Goat, que sonreía de oreja a oreja a sus espaldas. "He cumplido con todo mi deber, señor barón; ha llegado la hora de partir". Vlad bien sabía que el semblante del noble se había ensombrecido en la misma medida en que las monedas de oro se le escapaban de las manos. Sin embargo, ni el antiguo carterista ni el pícaro abrigaron vacilación alguna a la hora de cobrar la justa remuneración por su esfuerzo. La erradicación de los bandidos, el hallazgo del ladrón de cebada, la cacería del trol y, por si fuera poco, el rescate de la doncella desaparecida. Con todo, no le habían exprimido los bolsillos con crueldad, y prueba de ello era la cordial despedida que recibían. "Ruego que no eche en saco roto lo que le dije ayer". "Por supuesto. Lo grabaré en mi memoria". "Considérelo una muestra de mi sincera devoción hacia Él". Vlad no había mencionado la existencia del topo resplandeciente, pero en su lugar le había hecho varias advertencias rigurosas al señor feudal. "Tal como me pediste, en adelante no prenderé fuego al bosque con el afán de ensanchar los campos de cebada ni talaré árboles a la ligera". Por muy rústico y apartado que fuese aquel feudo, corrían tiempos difíciles para hablar abiertamente de la presencia de espíritus o de un roble sagrado. Pues este era un mundo donde únicamente el Dios Único podía erigirse como la verdad absoluta. "Y tampoco estaría de más que de vez en cuando ofreciera modestas ofrendas al bosque. Anoche sentí con total certeza la voluntad de Aquel fluyendo entre sus ramas". Por ese motivo, Vlad se había valido de la figura de Dios en lugar de mentar a los espíritus para asegurarle un amparo al topo. Todo con tal de evitar que aquella criatura hambrienta volviese a hurtar las semillas de cebada. "¡Entendido está! ¡Si con eso basta para proteger los sembrados de cebada!". "Tome, esta es mi ofrenda para el Dios que bendijo mi victoria". Vlad le entregó una reluciente moneda de oro al Barón Dalmatia mientras hablaba. Habiendo mostrado semejante deferencia, el noble difícilmente se atrevería a ignorar sus palabras. "¡Ah! ¡El caballero llegado del norte resulta ser, además, un hombre devoto!". El rostro del empobrecido barón, al recuperar aunque fuera una ínfima parte de sus caudales, se iluminó ligeramente. Exactamente con el mismo fulgor con que brillaba esa solitaria pieza de oro. Al ver asentir al Barón Dalmatia, Vlad dirigió la mirada hacia el bosque de Dobrechti, que se divisaba en el horizonte. 'Con esto bastará'. A espaldas de la montura de Vlad, quien se alejaba entre las reverencias y saludos de los aldeanos, ondeaba un pequeño pendón. En su tela ya lucía grabado el blasón heráldico de la Casa Dalmatia. ※※※※ En la quietud de un bosque desierto. El roble que el trol había castigado con su hacha continuaba surcado de heridas, pero ya no ofrecía el aspecto desolador de aquella noche. Alguien, con torpe solicitud, había cubierto cada rincón de sus grietas con musgo verde. Aunque se ignoraba si semejante remedio surtía efecto en un madero lacerado, el roble, cual si se sintiera reconfortado, se limitaba a mecer sus ramas con acompasada calma ante el soplo del viento. "¡Kyuu!". Bajo el roble que oscilaba en silencio, un topo hundía la cabeza dentro de una pequeña cesta mientras pataleaba con las ancas traseras. Era un cesto colmado de fresas silvestres de un rojo encendido; frutos que la niña había recolectado con esmero para agasajar a la criatura que le había salvado la vida. Al carecer de una envoltura corpórea tangible, los espíritus no necesitan alimentarse para subsistir. Lo que verdaderamente precisan para mantenerse con vida es el peso de su propia presencia. El recuerdo de alguien que los evoque o las emociones humanas son el sustento que permite a los espíritus perdurar sobre esta tierra. Por ello, el topo pudo saciar hoy, tras una larga temporada de privaciones, la presencia de la que tanto había languidecido. El afecto de la chiquilla impreso en aquellas fresas silvestres irradiaba una calidez reconfortante. "¿Kyuu?". El topo, enteramente absorto en los frutos del bosque, captó una presencia a la distancia y movió con curiosidad el hocico. A diferencia de otras ocasiones, aquellas gentes no acarreaban hachas ni picos, sino pequeñas cestas. Aunque sus portadores las trajeran como ofrendas consagradas a Dios, el simple hecho de que creyeran que algo habitaba en la espesura representaba un alivio inmenso para el topo resplandeciente. Puesto que lo que verdaderamente importaba eran los sentimientos, la memoria y la fe albergados en sus corazones. "¡Kyu, kyu!". Ya no caería en el olvido. Al comprenderlo, el topo sonrió con deleite y alzó un diminuto dedo. La dirección hacia la que apuntaba era el mismo sendero por donde Vlad se marchaba. El espíritu de la tierra, habiendo recobrado parte de sus fuerzas gracias a la ofrenda recibida, dedicó su primer acto a derramar una sutil bendición sobre el caballero que abandonaba el bosque. Hoy, al bosque de Dobrechti regresó una brillante estrella dorada que había permanecido olvidada bajo el nombre de Dios. Y del mismo modo que antaño le ocurriera al limonero de los Heinal, dio la impresión de que el viejo roble de Dobrechti recuperaba también un hálito de su vigoroso verdor. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 109

Estás leyendo el capítulo 109 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.