Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 105 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
El guardián del campo de cebada (2)
Josef siempre solía decir que aquello que se recibía debía ser devuelto. Daba igual que se tratara de un favor o de un agravio.
"Piedad... Por favor, perdónenos la vida, señor caballero".
Si había algo recibido, debía ser devuelto. Vlad no había llevado una existencia tan complaciente como para dejar marchar en paz a quien hubiese intentado hacerle daño.
"¿Acaso perdonaban ustedes la vida cuando otros les suplicaban clemencia?".
La luz de la luna, filtrándose justo en ese instante, iluminaba al bandido que imploraba de rodillas. Los dedos cercenados de sus víctimas que colgaban en torno a su cuello ofrecían un aspecto desgarradoramente lastimero.
"¡Sí! ¡Los dejábamos vivir! ¡Se lo juro por mi vida!".
"¿De veras?".
En este mundo abundaban en demasía los que carecían de legitimidad. Aquellos que, sin merecerlo, arrebatan más que los demás, se alzan más alto y aplastan con cruel ligereza los mundos más débiles que ellos.
"No me vengan con patrañas".
Y había un rasgo común que compartían todos los indignos: que eran unos consumados mentirosos.
"Quítense de encima esos huesos de dedos que llevan al cuello antes de abrir la boca, pedazos de escoria".
Goat contemplaba la escena estupefacto: la luz de la luna nacía del ojo izquierdo cerrado de Vlad y fluía resplandeciente hasta la punta de la espada.
El muchacho que antaño contemplaba embelesado la luz de luna invocada por otros ya no se encontraba allí. Quien permanecía en ese lugar era un guerrero que había forjado su propio mundo.
La tersa luz lunar desatada por Vlad comenzó a teñirse con la sangre carmesí de los malhechores. Bajo el tajo esgrimido por quien poseía la verdadera legitimidad, las mentiras prorrumpieron en alaridos.
El precio por atreverse a ultrajar a un caballero legítimo era una deuda que ni con la vida entera bastaba para pagar.
\*\*\*
Dobrechti era un apacible feudo rural. Se trataba de una aldea sosegada donde incluso los mercaderes que iban y venían resultaban caras conocidas para todos; sin embargo, los guardias apostados ante la empalizada de madera mostraban en ese momento una tensión inusitada. Eran los funestos rumores que circulaban recientemente por el feudo los que los mantenían con los nervios a flor de piel.
"¿Qué es aquello?".
"¿Eh?".
Ante sus ojos se recortó una comitiva sospechosa: dos jinetes que descendían desde la lejana colina cubierta de nieve.
"¿Y qué es eso de atrás?".
Y tras ellos, varios hombres a los que traían a rastras. A juzgar por cómo avanzaban atados con cuerdas, desprovistos incluso de botas en pleno rigor invernal, era evidente que no se trataba de viajeros ordinarios.
"¡Alto! ¡Los que van al frente, deténganse!".
Los guardias apuntaron sus alabardas hacia aquellos forasteros a quienes jamás habían visto en su vida. No obstante, el hombre que encabezaba la marcha, lejos de amedrentarse ante el filo de las armas y la severa advertencia, se limitó a aproximarse con paso sosegado.
"¿Quién...?".
"Soy Vlad, caballero de Bayezid".
Un joven de cabellos dorados montado sobre un corcel negro como la pez. No solo destacaba el deslumbrante tono de su melena; cada una de las prendas que vestía rezumaba tal distinción que confería al joven un porte indiscutiblemente aristocrático a ojos de cualquiera.
"He capturado a los bandidos que asolaban estas inmediaciones".
"¿Ban... bandidos, dice?".
Aun sin haber corroborado un documento de identidad en regla, el guardia se dirigió a Vlad con reverente cortesía de manera inconsciente. Y no se debía únicamente a la presencia aristocrática que emanaba del jinete: era por los hombres que venían atados a la zaga del joven, pues cada uno de ellos sostenía en sus manos la cabeza gélida y rígida de alguien.
"Deseo entrevistarme con el responsable de la seguridad de esta aldea".
Al pronunciar aquellas palabras, Vlad alzó la vaina de su espada para mostrársela al guardia. En el centro de la empuñadura que Vlad extendía se hallaba grabado un estandarte ondeando sobre una monumental muralla de fortaleza. Era el blasón que identificaba a la ilustre Casa Bayezid del norte.
\*\*\*
"¡Sea bienvenido! ¡Bienvenido a Dobrechti!".
El guardia, que había entrado corriendo a toda prisa, respiraba aún con agitación mientras franqueaba el paso a Vlad con profunda sumisión al interior de la aldea. Tratándose de un caballero en armas y no de un mercader o viajero común, a los centinelas no les correspondía autorizar la entrada por iniciativa propia.
"¡El señor feudal desea recibir en persona al señor caballero!".
"... ¿El señor feudal?".
Vlad quedó un tanto desconcertado ante la repentina noticia de que el propio señor de las tierras deseaba reunirse con él. En un principio, solo abrigaba la intención de presentarse ante el oficial a cargo para entregarle a los bandidos y percibir una gratificación razonable; e incluso albergaba la secreta esperanza de que mediara alguna recompensa fijada por sus cabezas.
"De acuerdo. Guíanos".
"¡A la orden!".
Ante la respuesta de Vlad, el centinela intentó asir presuroso las riendas de Noir, pero el corcel, de avieso temperamento, enseñó sus dientes albos y le gruñó ferozmente como un lobo.
"... No toques las riendas".
"¡S-sí, mi señor!".
Gracias a su tiempo en Shoara, Noir ya no rehuía la presencia de las personas, pero eso no significaba que su endiablado carácter se hubiese esfumado. Salvo Vlad, tan solo Goat, a quien toleraba por haber tratado con él, era capaz de sujetar sus bridas y acomodarle la montura.
"Lo guiaré hasta la residencia señorial".
Vlad y Goat avanzaron al paso de sus monturas siguiendo al guardia, que marchaba al frente abriendo camino. Y tras ellos venían arrastrándose los bandidos a paso tambaleante. Aquella comitiva exhibía una estampa por demás insólita, pero la reacción de los aldeanos que los contemplaban distaba de lo previsible.
"Jefe. El ambiente en esta aldea está un poco enrarecido, ¿no cree?".
"... Tienes razón".
De haberse hallado en Shoara, una multitud se habría arremolinado para disfrutar de semejante espectáculo, tan poco habitual. Sin embargo, los habitantes de Dobrechti se apresuraban a trancar sus puertas y a esconder a los niños a sus espaldas, como si estuviesen viendo pasar a apestados de peste.
Un antiguo carterista y un consumado embaucador: aquellos dos hombres, avezados en tomarle el pulso a cualquier entorno, no tardaron en advertir que algo marchaba mal en Dobrechti.
"Hemos llegado".
"¿Mmm?".
Vlad intentaba escudriñar a su alrededor para desentrañar la situación, pero la empresa resultó vana. Dobrechti era un feudo tan minúsculo que ni siquiera le concedió tiempo para profundizar en sus cavilaciones.
"Frente a nosotros se alza la residencia donde mora el señor Barón Dalmatia".
"...".
Vlad alzó la mirada hacia el edificio que señalaba el centinela: una construcción de madera de tres plantas. No presentaba mal aspecto, pero resultaba un inmueble a todas luces paupérrimo para albergar a un señor feudal.
'¿No es demasiado pequeña?'.
Aunque se hubiese criado en los callejones, Vlad era, en sentido estricto, oriundo de una gran urbe. Habiendo contemplado, siquiera a la distancia, majestuosas puertas de muralla, catedrales y las fastuosas mansiones donde moraban los señores, no pudo evitar sentirse desconcertado al descubrir que un noble habitaba en aquel edificio tan modesto.
"El señor feudal lo aguarda en el interior, señor caballero".
"Bien. Anúnciame".
La autoridad que ostenta un noble no queda asegurada únicamente por la historia de su linaje ni por un rango de alto copete. Visto de ese modo, bien podría afirmarse que el Barón Dalmatia había fracasado estrepitosamente a la hora de revestirse de tal dignidad, pues la primera impresión que Vlad concibió sobre la Casa Dalmatia no fue otra que la duda de si aquel señor dispondría de fondos suficientes para pagarle una gratificación decente por los bandidos.
"¡Oh! ¡Pensar que un caballero con pendón propio ha venido a visitar nuestro feudo!".
Al reconocer al caballero que portaba su propia insignia heráldica, el Barón Dalmatia salió en persona al exterior de la residencia señorial para recibirlo. Era una muestra de deferencia a todas luces desmedida para acoger a un mero caballero andante.
"Le agradezco su hospitalidad".
"¡No, faltaría más! No solo nos honra con su visita, ¡sino que además ha capturado a esos canallas que traían de cabeza a toda la comarca! Como amo de estas tierras, ¿cómo no habría de darle la más calurosa bienvenida?".
El Barón Dalmatia asintió con visible regocijo al ver a Vlad inclinarse con intachable compostura. Aunque Vlad aún no hubiera asimilado las costumbres aristocráticas a la perfección, la rigurosa etiqueta que la Señora Oksana le había inculcado prácticamente a la fuerza seguía dando sus frutos en aquel instante.
"¡Pasemos adentro!".
"Con su permiso".
Al seguir al Barón Dalmatia hacia el salón de recepciones, Vlad confirmó que sus sospechas eran acertadas.
"..."
"..."
El panorama de la aldea que había observado camino a la mansión señorial, e incluso aquel salón de recepciones que debía ser la estancia más suntuosa de Dobrechti...
Vlad y Goat intercambiaron miradas, comprendiendo al unísono que las cosas marchaban de la peor manera posible.
Aquel feudo estaba sumido en la ruina más absoluta.
"Bien. Me han informado de que los forajidos apresados son nueve en total, ¿no es así?"
"Si contamos a aquellos de los que solo traje las cabezas, así es."
Vlad ya había cobrado un precio justo a los bandidos que se atrevieron a amenazarlo e insultarlo. Y la suma restante que no pudo arrancarles a ellos correspondía pagarla al señor feudal que tenía ante sus ojos. Habiendo apresado a los criminales que asolaban la seguridad de la comarca, era deber de quien gobernaba aquellas tierras conceder una recompensa a la altura.
"Ejem. El trayecto desde Shoara hasta aquí habrá sido arduo, de modo que estarás exhausto. Ya he mandado preparar el almuerzo."
Sin embargo, el Barón Dalmatia eludió cualquier mención sobre la paga, limitándose a sondear con cautela las reacciones de Vlad. Después de todo, deseaba retenerlo a su servicio tanto tiempo como le fuera posible.
'¡Quince hombres enfrentados por uno solo!'
Cinco bandidos capturados vivos y cuatro muertos. Y, al encontrarse en solitario, unos seis consiguieron escapar antes de que pudiera atraparlos. Las pruebas que había traído consigo no dejaban margen para la duda. Ninguno de los caballeros a su servicio habría sido capaz de cosechar semejante proeza.
"En efecto. Al ser un caballero que enarbola su propio pendón, sin duda andarás en busca de una hazaña con la que poner a prueba tu valía."
"Así es, señor barón."
En el fondo de su corazón, a Vlad le habría gustado negarlo, pero no podía ser tan descortés ante un señor feudal que se había tomado la molestia de salir a recibirlo en persona. Las equivocaciones cometidas en el pasado con los nobles habían forjado en él la prudencia de la que ahora hacía gala.
"Da la casualidad de que tengo un favor que solicitar a alguien como tú. Te lo confío justamente porque eres un caballero genuino, de los que persiguen el sendero del honor."
Al principio, Vlad tenía la firme intención de rehusar. Su propósito no era demostrar honor alguno, sino seguir el rastro de la voz.
"Últimamente, un suceso sumamente extraño ha tenido lugar en mi feudo."
"¿De qué se trata?"
No obstante, cuando Vlad ya temía verse enredado en un encargo engorroso, el Barón Dalmatia comenzó a narrar una historia que despertó sobradamente su curiosidad.
"Nos encontramos en plena época de siembra de la cebada. Por ello, en nuestro feudo hemos estado esparciendo en los campos las semillas que teníamos almacenadas."
El Barón Dalmatia se humedeció los labios con un té refinado que desentonaba con sus mejillas regordetas, y prosiguió:
"El caso es que, no bien se esparcen las semillas en la tierra, desaparecen."
"... ¿Dice que las semillas se desvanecen?"
"Así es. Incluso apostando soldados para vigilar durante toda la noche, sucede exactamente lo mismo."
A primera vista, resultaba incomprensible. Que las semillas de cebada arrojadas al suelo se esfumaran pese a la guardia ininterrumpida... Si se tratase de alimañas comunes o de monstruos, era imposible que los centinelas no lo hubieran advertido.
"Ciertos ancianos de la aldea afirman que es obra de los espíritus que moran en el bosque, aunque..."
"¿Espíritus, dice?"
Entre las palabras del Barón Dalmatia resonó un vocablo que cautivó de inmediato el interés de Vlad.
"En efecto. En este bosque se cuentan numerosas leyendas sobre los espíritus. Aunque, por supuesto, guiado por las enseñanzas de la Santa Iglesia, yo no doy crédito a semejantes patrañas."
El nuevo orden instaurado junto con la fundación del imperio no concedía cabida a los vestigios del pasado arcaico, tales como los espíritus. En particular, la Iglesia repudiaba con severidad cuanto no estuviese consagrado bajo el nombre de Dios; por ende, hoy en día, las únicas personas que conservaban en la memoria la existencia de los espíritus eran los ancianos de vidas longevas.
'Espíritus... espíritus...'
Sin embargo, Vlad sabía a ciencia cierta que tales entidades existían en este mundo. Las había presenciado con sus propios ojos, las había sentido e incluso había recibido su bendición de protección divina. Ante aquel fenómeno inexplicable y la mención explícita de los espíritus, no le quedó más remedio que meditarlo con seriedad.
"Por ello, ¿no podrías vigilar los campos de cebada de mi feudo al menos por una noche? Con la mirada de un caballero tan sobresaliente como tú, acaso se revele algo distinto."
Aunque se trataba de una encomienda en apariencia insignificante, los ojos del señor de Dalmatia rebosaban una súplica desesperada al rogarle su auxilio. Para él, de fracasar la siembra de esta temporada, el feudo no lograría subsistir hasta el otoño del próximo año para cosechar el trigo; y de sobrevenir tal calamidad, la supervivencia misma de su linaje correría grave peligro.
"... De acuerdo, señor barón. Haré cuanto esté a mi alcance."
"¡Oh, te quedo en verdad agradecido! ¡Pensar que en estos tiempos aún quedaba un auténtico caballero guiado por los votos de la caballería!"
Acaso no fuesen más que desvaríos sin fundamento mascullados por viejos decrépitos, pero Vlad resolvió aceptar. Para alguien como él, que buscaba cualquier rastro concerniente a los espíritus, un indicio como aquel ya era motivo de infinita gratitud. Además, juzgó que custodiar unos simples campos de cebada era una labor sencilla que difícilmente lo retendría por demasiado tiempo.
"¡Hospédate con total comodidad durante tu estancia! ¡Y descuida, que pondré el mayor esmero en recompensar la captura de los forajidos!"
"Se lo agradezco, señor barón."
Si guardaba relación con sus pesquisas y la tarea resultaba simple, no era mala idea granjearse una grata impresión ante el Barón Dalmatia. Después de todo, para un caballero, el honor era un patrimonio del cual convenía atesorar tanto como fuese posible.
"Oye, jefe. ¿Qué pasó con nuestra recompensa?"
Habiendo concluido la audiencia y tras cruzar el umbral del salón del barón, Vlad escuchó la voz baja pero apremiante de Goat.
"¡Hay que cobrar el dinero, el dinero! Ese maldito Noir últimamente solo traga forraje cocido. Entre el grano y la leña..."
"Eso es algo que tú debes resolver."
"¿Cómo?"
Había que saber distinguir los asuntos de envergadura de las minucias cotidianas. Esa era la razón exacta por la que Josef siempre mantenía a su lado a Bordan, un semicaballero incapaz siquiera de blandir la espada con destreza.
"A partir de ahora, encárgate tú de esas menudencias. Para eso te traje conmigo."
"Vaya..."
Bordan y Goat. El embaucador y el timador.
Al recibir plenos poderes para negociar la paga de los bandidos, los ojos de Goat brillaron con una intensa avidez mientras contemplaba a Vlad.
※※※※
"Frambuesas silvestres... ¿dónde estarán las frambuesas silvestres?"
Apenas si rondaría los diez años de edad. Con las mejillas arreboladas por el frío y una cesta en la mano, una niña caminaba en dirección a la linde del bosque. Aunque sus ropas raídas delataban una evidente penuria económica, su cabello pulcramente trenzado revelaba que era una criatura colmada de afecto y cuidados familiares.
"¡Ahí están!"
Frente a ella, sobre una enredadera sepultada bajo un manto de nieve blanca, asomaban diminutos frutos que hacían alarde de su vivo color natural.
Frambuesas silvestres de invierno.
Eran de los pocos frutos capaces de brindar consuelo a la gente en una estación tan ingrata y mísera como aquella.
Seducida por su color encendido, la niña se aproximó a la enredadera. Bien habría podido llevarse al menos una a la boca, pero, pensando en los suyos que aguardaban en el hogar, se apresuró a depositar las bayas en la cesta, cuando de pronto un sonido espeluznante rasgó el aire.
\*¡Khu-o-o-a-a-wa-a-a!\*
"... ¿?"
Era un rugido siniestro que parecía propagarse desde una lejanía insondable. Al escuchar aquel clamor que rebotaba como un eco espectral, la pequeña detuvo sus manos recolectoras y clavó la mirada en la espesura del bosque.
Las tinieblas del bosque estaban vivas.
El bosque de Dobrechti, tan vetusto como era, custodiaba en sus entrañas incontables leyendas y relatos fantásticos.
Y en el mismísimo instante en que la niña contempló el bosque...
"¡Kyaaaah!"
El bosque también contempló a la niña.
En el paraje donde instantes antes se hallaba la criatura...
Tan solo quedaron una cesta rodando por el suelo, las frambuesas silvestres esparcidas en desorden...
Y una fosa abierta de fauces tenebrosas que acababa de engullirla entera.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 106
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 105
Estás leyendo el capítulo 105 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.