Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 104 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
El guardián del campo de cebada (1)
Era un alba en penumbra, cuando la oscuridad aún no terminaba de disiparse. Josef, que había entrado en su despacho más temprano de lo habitual, descorrió las cortinas con ademán diestro y acostumbrado.
Al apartarlas, ante sus ojos se desplegó una estampa bien conocida: la ciudad cubierta por un manto de nieve blanca. Ante la imagen de una Shoara tan gélida que calaba los huesos con solo mirarla, Josef se cruzó de brazos, dio un paso atrás y contempló la vista a través del ventanal.
"A estas horas ya se estará marchando".
Cualquiera que se dispusiera a emprender un viaje tendría que abandonar Shoara a esa hora si quería alcanzar su próximo destino antes de la puesta de sol. Aunque, desde luego, nadie supiera con exactitud cuál era ese destino.
"......".
Habría podido encomendarle una misión a Vlad al partir, o bien fijarle un rumbo de manera arbitraria, pero Josef se había abstenido de hacerlo a propósito. Creía que un muchacho que había vivido toda su existencia acatando únicamente órdenes ajenas necesitaba, al menos una vez, la experiencia de actuar guiado por su propio criterio.
"Un caballero con pendón propio... Hacía mucho tiempo que no se contemplaba semejante estampa".
Aunque su partida de Shoara se vistiera bajo la forma de un destierro, Vlad reviviría una añeja tradición del norte: un caballero que se echaba al camino enarbolando únicamente su propio honor. Una vieja costumbre que no pertenecía ya a la época de su padre, sino a los tiempos de su abuelo.
A lo lejos, las puertas de Shoara se abrían para recibir el nuevo día. Aunque la distancia impedía divisarlo, en aquel preciso instante un caballero con pendón propio debía de estar franqueando la salida hacia el exterior.
El caballero que Shoara había albergado en su seno y a quien Bayezid había forjado.
Su nombre era Vlad de Shoara.
\* \* \*
"... No viene".
Con el cuello del sayo alzado hasta la barbilla, Vlad contemplaba la apertura de las puertas junto a Noir. En aquel gélido invierno, una época en la que ni mercaderes ni viajeros se aventuraban a trasladarse, Vlad era la única persona que aguardaba a que los portones se franquearan.
\*Hiiiiigh.\*
"¿Por qué tanto escándalo por el frío, si tú vivías a la intemperie desde el principio?".
Noir, que ya se había amansado en el confort absoluto de los establos, resoplaba contrariado como si le disgustara en extremo salir a la intemperie helada; no obstante, los días de holgura se le habían terminado. Había llegado la hora de recobrar el temple montaraz y encarar las ventiscas con resolución. Una actitud que no solo Noir, sino también el propio Vlad, debía recordar y hacer suya.
"Vamos".
Tras un suave apremio, el caballo negro comenzó a avanzar. El pequeño pendón atado tras la silla empezó a ondear levemente al recibir el viento helado.
"......".
A lomos de Noir, alejándose paso a paso, Vlad pensó que tal vez este fuera el momento propicio para marcharse. Shoara, la ciudad donde había vivido toda su existencia. Allí había albergado metas con las que soñaba: el anhelo de empuñar la espada y la aspiración de convertirse en caballero. Sin embargo, habiendo alcanzado ya todo cuanto había soñado en esa urbe, se hallaba en el punto en que requería un mundo más vasto para alzar la mirada y avanzar hacia el horizonte.
"¡Jefe! ¡Espera un momento!".
Vlad, sumido en sus recuerdos, volvió la cabeza al escuchar una voz que lo llamaba a sus espaldas.
"¡Vámonos juntos!".
Entre el estruendo de cascos al galope, un hombre se aproximaba a toda prisa por las calles del alba. Era Goat, el mozo de cuadras de Bayezid.
"¡Uf! Por poco y no llego a tiempo".
"Llegas tarde".
Vlad esbozó una sonrisa imperceptible al contemplar a Goat, quien jadeaba a su lado con la lengua afuera.
"Tampoco es para tanto. Ni siquiera has salido de Shoara, ¿o sí?".
Goat jadeaba buscando aire, pero no descuidaba la réplica en lo más mínimo. Mostraba una desfachatez propia de quien antaño fue un consumado embaucador.
"¿Cómo fue que tuviste el valor de seguirme?".
"¡Porque me parecería una injusticia tremenda!".
Goat infló el pecho y le respondió a Vlad con voz henchida de orgullo:
"He invertido en ti desde hace mucho, jefe. No puedo permitir que esa inversión se esfume así como así".
Toda inversión entraña siempre un riesgo. Al contar con una apuesta modesta, Goat debía asumir peligros si pretendía obtener una ganancia colosal capaz de transformar su vida por completo. Además, era plenamente consciente de que a los hombres de los estratos más bajos como él rara vez se les presentaban oportunidades tan arriesgadas como para jugarse el destino en ellas.
"He oído que a ese amigo llamado Haben le compraste incluso un barco, ¿no es así? ¿Acaso a mí no me tocará algo de esa magnitud más adelante?".
"Dependerá de cómo te portes".
No fue más que la consabida respuesta parca y hosca, pero Goat se limitó a asentir, dándola por buena. Ya había comprendido hacía tiempo que un hombre como Vlad no se caracterizaba precisamente por ser transparente con lo que sentía.
"Por cierto, ¿adónde nos dirigimos?".
Ante la pregunta de Goat sobre el rumbo, Vlad exhaló un hondo suspiro y contempló la blanca llanura que se extendía ante ellos.
"... No lo he decidido con exactitud".
El Vlad del presente se sostenía sobre dos pactos: el juramento ante Josef, a quien había ofrecido su lealtad junto a la espada, y el pacto con aquella voz, a la que había prometido devolverle su verdadero nombre.
"De momento, pienso marchar hacia el este".
Existía un mundo que aquella voz, ahora sumida en el silencio, le había mostrado por última vez: un extenso campo de trigo y un solitario arce que se mecía al compás de una brisa apacible. La voz le había dicho que recordaba haber visto aquel árbol en el pasado.
"Hay algo que debo buscar allí".
A la par de su respuesta, Vlad alzó la vaina de su espada y contempló el ámbar de Alicia engarzado en el pomo. Ahora no quedaban más que los rescoldos de la voz, proyectando una sombra tenue; sin embargo, la única persona en el mundo capaz de reconocer aquel último vestigio era Vlad.
"En marcha".
Con el deber a cuestas, el caballero dejó atrás a aquel señor a quien había jurado fidelidad y avanzó resuelto a cumplir su otro pacto. Un embaucador y un caballero se alejaban de Shoara.
Quienes los despedían en la lejanía eran un hombre noble con una copa de vino en la mano y una doncella pelirroja que empapaba la funda de su almohada con las lágrimas del desconsuelo de la partida.
\* \* \*
Dobretsiti.
Situada en la franja norte de las tierras centrales, era una comarca dominada por la Casa Dalmatia; un señorío cuya subsistencia dependía principalmente del cultivo de cebada y la explotación forestal, aprovechando la aspereza de su clima frío.
"¡Otra vez! ¡¿Otra vez con la misma desgracia?!".
Y que un feudo dependiera de la cebada y de la madera, ¿qué significaba en realidad?
"¡¿Quiénes demonios son esos malnacidos que remueven los campos como si hubieran estado esperando a que plantáramos las semillas?!".
Significaba, en términos llanos, que carecía de cualquier industria destacable y vivía en la penuria. Y Dobretsiti, en consonancia con semejante precariedad, era también un territorio tan paupérrimo que ni siquiera contaba con una sola ciudad digna de mención.
"Apostamos soldados para montar guardia durante toda la noche, pero en cuanto amanece...".
"¡No te atrevas a soltarme excusas vacías!".
El comandante de la orden de caballeros alargaba las palabras para maquillar su fracaso. Ante aquella estampa, el Barón Dalmatia no hacía más que abanicarse con la mano para sofocar el calor que le subía a la cabeza, conteniendo a duras penas la cólera que amenazaba con desbordarlo.
"...Ustedes también lo saben, ¿no es así? ¡Si ni siquiera podemos sembrar en esta época, todos moriremos de inanición cuando llegue la primavera!"
"Así es, mi señor."
"¡¿Y sabiéndolo actúan de este modo?!"
Tierras estériles y un clima gélido. Para Dobrechti, cuyo único sustento radicaba en los frondosos bosques y los campos de cebada, era inconcebible ignorar la calamidad que se cernía sobre ellos.
"Pero recurrir solo a los soldados..."
"¡Si faltan hombres, poned azadones de hierro en manos de los siervos! ¡Estamos a punto de morirnos de hambre, ¿acaso importan semejantes reparos?!"
Con las mejillas regordetas temblando de cólera, el barón Dalmatia comenzó a arrojar cuanto objeto caía al alcance de su mano mientras increpaba sin tregua al comandante de los caballeros que había acudido a rendir informe. Cualquier señor feudal se enfurecería de la misma forma ante un caballero incapaz de actuar con presteza y flexibilidad frente a la adversidad.
"¡Ay, qué dolor de cabeza!..."
Mas ¿qué remedio quedaba? La Casa Dalmatia era un linaje tan mísero que solo lograba reunir a caballeros de semejante calaña.
"¡Reúnan a todas las fuerzas disponibles, expriman hasta el último contingente y protejan los campos de cebada! ¡Sin duda son esas bestias del bosque las culpables de todo esto!"
"Entendido, mi señor."
El invierno no era una estación en la que solo padecieran hambre los humanos. Al extinguirse los frutos de las ramas y la hierba comestible del suelo, el invierno era también el periodo en el que las criaturas y bestias monstruosas se quedaban sin qué devorar. Se desconocía la razón exacta por la que se empeñaban en consumir selectivamente las simientes esparcidas en los campos, pero lo imperativo era atajar semejante catástrofe.
"A este paso, ¿tendré que contratar mercenarios?..."
A solas en su despacho desierto, el barón Dalmatia dejó escapar un hondo suspiro. Ahogado por la zozobra, se aproximó a la ventana y clavó la mirada en el panorama que se abría ante él: los bosques de Dobrechti que cercaban densamente el feudo. Aunque él mismo los había talado y roturado en gran medida tras asumir el señorío con el fin de ganar tierras de cultivo, aquel bosque ancestral, asentado allí mucho antes de la fundación de la Casa Dalmatia, parecía albergar una perpetua penumbra incluso bajo la plenitud del mediodía.
\* \* \*
"...Pimienta, sal, carne seca... ¿Y esto qué demonios es?"
"Un certificado de peregrino."
En el sombrío bosque donde el sol comenzaba a hundirse tras las copas de los árboles, Vlad, acurrucado en el suelo frotando con ahínco dos ramas secas, respondió con desgana al ver el pliego que Goat sacaba del equipaje.
"Basta con ir a cualquier iglesia y registrarlo. Lo redactó el sacerdote Andrea."
"¿Y por qué diablos no lo hiciste en Shoara?"
Ante la pregunta de Goat, las manos de Vlad, que no dejaban de frotar la madera, se detuvieron en seco.
"Ah... ah, claro. Cierto. Perdona."
De haber presentado aquel documento en la iglesia de Shoara, no habría tenido necesidad de cargarlo hasta allí; el problema radicaba en que Vlad se había enemistado tanto con el clero local que ni siquiera osaba dirigirles la palabra.
"Bien. De acuerdo. Ya entendí eso."
Esquivando la afilada mirada de Vlad, Goat volvió a hurgar en el saco de viaje, pero al ver que lo que buscaba seguía sin asomar, apretó los dientes con frustración.
"Acepto eso, pero empacaste todas estas cosas tan costosas y valiosas sin olvidar una sola... ¿y no se te ocurrió traer un miserable pedernal? Es que de verdad no me cabe en la cabeza."
"..."
Ante el reproche cargado de fastidio de Goat, las manos de Vlad, momentáneamente inmóviles, reanudaron su febril movimiento.
"...La última noche estuve ocupado con mil asuntos."
'Por descontado que habrías estado ocupado; a los tipos de alcurnia siempre se les acumula el trabajo de noche.'
"Tú tampoco hables demasiado, que solo trajiste pedernales de porquería."
"¡Al menos yo me acordé de traerlos!"
Goat resopló indignado y señaló los despojos esparcidos alrededor de Vlad. Eran los fragmentos de pedernal reducidos a trizas que rodaban por el suelo; todos y cada uno provistos por él.
"Vaya fuerza descomunal la tuya... Los hiciste pedazos todos."
Vlad no era ningún novato incapaz de prender una simple fogata. Al haber llevado una existencia curtida entre penalidades, estaba más que habituado a semejantes tareas de supervivencia.
"Menuda maldita desgracia. ¿Tenían que salir todos defectuosos?"
A pesar de todo, el saldo era indiscutible: los pedernales de Goat habían quedado pulverizados y él mismo no se había molestado en cargar con uno solo, herramienta indispensable para pernoctar a la intemperie. No tenía pretexto alguno para replicar. Siendo su falta evidente a los ojos de cualquiera, en momentos así no quedaba más alternativa que agachar la cabeza y persistir en sacar una brasa frotando madera.
"Maldita sea..."
"¿Por qué te detienes? ¿Acaso no vas a encender el fuego?"
Goat frunció el ceño con irritación al ver a Vlad arrojar a un lado las ramas secas, pero para entonces el joven ya había soltado la madera y empuñado la vaina de su espada.
"¿Por... por qué te pones así de repente?"
Por estrecho que fuese el vínculo entre ambos, Vlad era un caballero. La imponente presencia que emanaba al empuñar la espada difería por completo del aspecto que ofrecía hacía un instante frotando leños. El ligero temblor en la voz de Goat daba fe de ello.
"Yo me encargaré de frotar, jefe."
"Déjalo."
Tras escupir con aspereza sobre la nieve, Vlad empuñó la vaina y se puso en pie en silencio.
"Jefe, lo siento, yo..."
"Iré a pedir lumbre prestada."
Desconcertado por aquellas palabras inesperadas, Goat miró instintivamente a su alrededor. En el bosque invernal, donde las sombras del crepúsculo no tardaban en espesarse, se oyó un crujido de maleza junto a las risotadas burlonas de varios hombres.
"Vaya, parece que el señorito tiene un oído muy fino."
"Si ya te habías percatado, debiste haber salido huyendo a toda prisa. ¿Por qué te quedaste plantado haciéndote el valiente?"
Eran una veintena de sujetos a simple vista. En los caminos durante el invierno, el frío y los monstruos no eran las únicas amenazas de las que convenía precaverse.
"Tiene facciones finas; nos darán una buena suma por él dondequiera que lo vendamos."
"¿De qué noble cuna saliste, señorito? Si nos revelas quiénes son tus padres, tal vez te devolvamos por un rescate razonable."
Una partida compuesta apenas por dos viajeros. Y uno de ellos, un muchacho que apenas parecía haber perdido el vello de la niñez. A ojos de los bandidos, no existía presa más codiciable.
"Oigan, amigos. Préstennos un poco de fuego."
"¿Eh?"
Sin embargo, el joven de cabellos dorados que encaraba a los forajidos, lejos de acobardarse, sonreía con radiante serenidad, como si la aparición de aquellos bandoleros fuera un auténtico golpe de suerte.
"Pero qué carajos dice este desquiciado..."
Desconcertados, los bandidos alzaron sus armas con ademanes amenazantes, pero enmudecieron al instante al vislumbrar lo que asomaba bajo la capa de Vlad: una armadura de placas reluciente. Una pieza de protección demasiado pesada y magnífica para que la cargara un simple mozuelo.
"Nos prestan un poco de fuego... y, además..."
Desde luego, el vástago de una familia acaudalada bien podía permitirse portarla. No obstante, para tratarse de un simple señorito mimado, la aplastante presencia que comenzaba a emanar de aquellos ojos azules era demasiado insólita.
"Entreguen todo lo que tengan encima, bastardos."
Una sonrisa salvaje y despiadada se dibujó en el rostro de Vlad.
El Vlad del pasado había sido un ser hambriento, un huérfano carcomido por un anhelo constante. Y el joven de cabellos dorados que ahora se adentraba en el vasto mundo sentía tanta hambre como en los días de su niñez en los callejones.
"Que de cortarles el cuello ya me encargo yo."
Una sola promesa había sellado en su interior al abandonar Shoara: recuperar la determinación implacable de sus orígenes.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 105
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 104
Estás leyendo el capítulo 104 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.