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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 103 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Pierre, el obispo de Shoara. Era un prelado enviado directamente desde la Santa Sede hacia las tierras del norte, un hombre que había consagrado su existencia entera a combatir el mal, la herejía y a los impíos. Sin embargo, este asunto reciente no había sido más que una intriga mundana, por completo ajena a sus convicciones. Con tal de agenciarse una justificación legítima, había llegado al extremo de conceder una indulgencia a un miserable rufián de los bajos fondos; no obstante, la única retribución obtenida al final había sido un estrepitoso fracaso. "Monseñor obispo. Ha llegado un telegrama." "Dámelo." El Espejo de San Marcello, que antaño fuera la viva estampa de su orgullo, yacía hecho pedazos, y en este preciso instante se hallaba bajo el severo asedio de la archidiócesis de San Rozino y del alcalde de Shoara. Cabía la posibilidad de que, por culpa de semejante revés, se viera forzado a renunciar a su dignidad episcopal. Al fin y al cabo, los hombres del norte llevaban largo tiempo considerándolo una auténtica espina clavada en el ojo por haber llegado desde la corte papal. "...... Aun así, ha valido la pena." Y así era. Al fin y al cabo, este telegrama había terminado en sus manos. Cuando se persigue un propósito mayor, es menester saber tomar desvíos de vez en cuando. 'Si se trata de un caballero que porta la sangre del dragón, sin duda será capaz de cortar el aliento de Lamashtu.' Siempre había anhelado transitar únicamente por la senda de la rectitud. Hubo una época en la que incluso creyó con fervor que tal hazaña era posible. Sin embargo, Pierre había comprendido hacía ya muchos años que en este mundo resulta inviable caminar siempre en línea recta. El sendero que conduce hacia los designios divinos no siempre resplandece bañado por la luz. "Forzar las cosas ha rendido sus frutos." El telegrama que el clérigo le había entregado. En el extremo inferior de aquella pequeña tira de papel, se hallaba grabado con nitidez el sello heráldico de la Casa Dragulia. Junto a ellos, sería enteramente posible mostrar una vez más la lumbre gloriosa de la Santa Sede a los ignorantes hombres del norte. ※※※※ "¿Y bien? ¿Lo has pensado?" Tras pasar por el ayuntamiento, Vlad acudió a las caballerizas en busca de Goat, quien se encontraba faenando en el establo. "Me lo dijiste en su momento. Que emprendiéramos algo grande juntos." "...... La verdad es que no tengo muy claro si ser desterrado de Shoara califica como algo grande." Goat esquivó la mirada con una respuesta tibia ante su propuesta, pero Vlad no se sintió ofendido ni le guardó rencor alguno. Al fin y al cabo, su propia condición era la de un proscrito condenado al destierro, mientras que, desde la perspectiva de Goat, marcharse implicaba renunciar a un oficio estable. Se trataba de una postura perfectamente comprensible a ojos de cualquiera. "Yo ya he cumplido con decírtelo. Desde luego, la decisión final es tuya." "......" Goat era, sin lugar a dudas, un hombre provechoso. A diferencia de Vlad, que prácticamente se había pasado la vida entera enclaustrado en Shoara, Goat había vagado por innumerables parajes; por ello poseía una amplia experiencia de mundo y hacía gala de una versatilidad tal que le permitía desenvolverse en toda clase de oficios. No obstante, que fuera alguien útil no equivalía necesariamente a que fuera indispensable. Las tareas que él era capaz de realizar también estaban al perfecto alcance de Vlad. "Pienso partir a primera hora de la mañana. Si te decides, encuéntrame junto a las puertas de la muralla." "......" Vlad sabía de sobra que Goat había intentado servirse de él como un trampolín para trepar hacia posiciones más encumbradas. Sin embargo, aun habiendo comenzado a partir de cálculos mezquinos, había permanecido a su lado hasta el último instante durante las horas de crisis; por esa misma razón, Vlad le había tendido la mano con sincera franqueza. Incluso si Goat declinaba el ofrecimiento, con este gesto habría cumplido la última cortesía que le debía. "¿Ya te marchas?" "Ya he despachado todos mis asuntos aquí." Daba igual si Goat no acudía y si, a consecuencia de ello, terminaba quedándose a solas. A estas alturas, ya poseía el temple y la madurez necesarios para sostenerse sobre sus propios pies sin importar en qué rincón del mundo se encontrara. La espalda de Vlad, alejándose con paso firme y sin sombra de vacilación, hablaba con elocuencia de esa certeza. ※※※※ Al final, no le fue posible reunirse con Josef. Había deseado despedirse por última vez antes de marchar, pero a un desterrado, cuya condición apenas difería de la de un criminal convicto, no se le concedía semejante privilegio. Una distinción entre lo público y lo privado tan tajante y fría como el filo de una espada. A pesar de que Josef había rechazado incluso su despedida con tal de no conceder el menor pretexto a sus adversarios hasta el último aliento, Vlad no albergaba despecho alguno; al contrario, sabía muy bien todo cuanto había aprendido de él. "Ya he dejado todo concertado con la Familia Cannor. En cuanto el río se deshiele, Haben, encárgate de recibir con esa nave el cargamento de carne que aguarda en Sturma." "¿Ya conseguiste abrir una ruta comercial?" "Siempre que sea posible, es prudente tener preparado el paso siguiente." Piensa siempre en la jugada venidera. Prepárate en todo momento para el peor de los escenarios. Vlad, quien a partir de ahora debía forjar su propio camino en solitario, tomó la firme determinación de grabar en lo más profundo del pecho las enseñanzas aprendidas de Josef y de Sir Zayar. "Otar. Apoya a Haben en sus negocios. Tu presencia a su lado le infundirá una gran fortaleza." "Mmm." A Haben, que ya disponía de una embarcación propia, le había facilitado el vínculo comercial con la Familia Cannor, y además había asignado a Otar a su lado para precaver cualquier contingencia imprevista. Quizá la presencia de ambos pudiera antojarse escasa, pero dado que el negocio todavía era modesto y contarían con personas en los alrededores dispuestas a tenderles una mano, la empresa era sobradamente viable. "¿Y esto por qué? Necesitarás dinero para sobrevivir a la intemperie, ¿no?" "Estaré bien incluso sin esto. Como si alguna vez hubiese vivido porque me sobrara el oro." De la faltriquera en la que apenas le quedaban dieciocho monedas de oro, Vlad extrajo diez piezas áureas relucientes en silencio y se las tendió a Haben. "Usa esto para cuidar de los chiquillos de ahí fuera. Ya sabes, lo que los capos solían hacer por estas fechas." "Ah......" En el pasado, cuando la ciudad estaba regida por los cinco capos, estos acostumbraban repartir provisiones por los callejones cada vez que se aproximaba una estación tan implacable para ganarse el sustento como la actual. Aunque en el fondo no fuera más que una formalidad interesada para ganarse el favor popular y afianzar los cimientos de su poder, lo cierto era que no pocos desdichados lograban salvar la vida gracias a ese plato de comida que ellos les brindaban. "Ahora que no quedan más que dos capos, todos los niños de ahí fuera se van a morir de hambre." "Cierto. Tienes toda la razón." Vlad seguía creyendo firmemente, tal como antes, que al débil se le aplasta sin piedad y que solo mediante la lucha despiadada se consigue sobrevivir. Con todo, sin importar cuán crueles fueran los bajos fondos, cuidar de los niños pequeños era una cuestión de elemental deber moral. Además, en los últimos días, las miradas que aquellos pequeños clavaban sobre él no dejaban de agitarle la conciencia. "...... Es que esos mocosos no paran de mirarme." "Ya te he entendido." Decidió hacerlo sencillamente porque estaba en condiciones de lograrlo, y porque su posición actual así se lo exigía. Por los niños que contemplaban con anhelo al caballero nacido y criado en sus mismos callejones, estuvo más que dispuesto a desprenderse con gusto de aquellas diez monedas de oro. Con semejante suma, al menos ninguno de los chiquillos perecería de inanición durante el rigor del invierno. "Parece que con esto ya está......" Habiendo asegurado el amparo de los rapaces de los bajos fondos, prácticamente había concluido todas las tareas que le correspondía atender. "Y aun así, esta chica no piensa asomarse ni hasta el final." La mirada de Vlad se posó en cierta estancia situada en la cuarta planta. Era la habitación de Jemina, quien en su momento lo había arrastrado hasta su aposento para amortiguar el eco de las conversaciones con la voz en su mente. ※※※※ "Cuando más adelante cobre el precio de mi virginidad, te compraré esa espada." Hubo un tiempo en el que ambos permanecían de pie sobre el fango del camino, contemplando la espada del viejo herrero. "Dijeron que bastaba con cinco monedas de oro, ¿verdad?" En aquellos días en que se quedaba embobado mirando aquel filo reluciente, siempre había una muchacha pelirroja parada a su lado. Entre las crueles alternativas de tener que mendigar como una pordiosera o vender el cuerpo como una ramera, Jemina le había prometido con una sonrisa que le compraría aquella espada sin ornamentos. "¿Y acaso crees que tu virginidad vale cinco monedas de oro?" "¡Encima de que digo que te la voy a comprar, me sales con insolencias!" Entre bromas y reproches fingidos, el muchacho había reído y la doncella también; sin embargo, en el fondo, ninguno de los dos estaba riendo de verdad. Para las vidas arrojadas a los callejones, el mero hecho de proteger a alguien constituía un lujo inalcanzable. A pesar de todo, Jemina se había empeñado a toda costa en colocar una espada entre sus manos. Aquella abundante cabellera rojiza que ofreció como pago por el arma era lo más parecido a la última defensa que le quedaba a una joven despojada de todo. La espada adquirida aquel día con las lágrimas de la muchacha lo había forjado hasta convertirlo en caballero. Acaso todas las proezas y glorias cosechadas hasta el día de hoy junto a esa espada sin ornamentos no hubieran sido más que un fruto originado a partir de Jemina. "¡¿A dónde vamos?!". "Vamos más tarde de lo previsto". "¿... No piensas responderme?". Tras sacar a Jemina prácticamente a cuestas sobre sus hombros, después de que se hubiera encerrado a cal y canto en su habitación, Vlad corría a toda prisa por el callejón. "Corramos un poco". "Haz lo que quieras...". Avergonzada por sus ojos hinchados de tanto llorar, Jemina acabó por hundir el rostro contra la espalda de Vlad. Entre el gélido viento invernal, la respiración agitada del joven rozaba sus mejillas. "Por eso debiste comportarte mejor". "¿Qué?". En el pasado había huido por propia voluntad, pero esta vez la habían echado a patadas. Justo cuando creía que por fin permanecerían juntos, había cometido una estupidez que desencadenó todo aquel desastre. Ante una nueva e inminente despedida, Jemina no experimentaba ira ni tristeza, tan solo un desconsuelo amargo e inconsolable. "Es aquí. ¿O será por allá?". "¿... Dónde demonios estamos?". Por haber sido arrancada de la habitación con tanta premura, ni siquiera había tenido tiempo de calzarse. El lugar al que llegaron tras correr un largo trecho sobre la espalda de Vlad no era ninguno de los oscuros callejones habituales, sino la gran plaza central situada en el corazón mismo de Shoara. "¿Habrán cerrado ya?". Si fuera en los callejones, esa sería la hora en que apenas comenzaban a encenderse los faroles; mas para la gente común, ya era el momento de recoger los puestos y volver a casa a descansar. Con todo, a Vlad no le quedaba más remedio, pues no disponía de otra noche que aquella. De haber sabido que la expulsarían de ese modo, habría hecho el encargo con mucha más anticipación. ¡Pum! ¡Pum! "¡Abran la puerta, por favor!". "¡Oye! ¿Te has vuelto loco? ¡¿Qué estás haciendo?!". "¡Tendero! ¡Le digo que abra la puerta!". "¡Los guardias nos están mirando!". Los centinelas que patrullaban la zona se aproximaron con presteza hacia Vlad, quien aporreaba la entrada con insistencia. La muchacha de los barrios bajos, que jamás había podido evitar encogerse de miedo ante los guardias de la ciudad, se aferró presa del pánico al cuello de Vlad y lo sacudió; sin embargo, en realidad aquello carecía ya de importancia. "¿Y qué importa? Soy un caballero". "Ah...". Podía mantenerse erguido y altivo frente a los mismos guardias que antes le infundían pavor. Ahora Vlad se había convertido en un hombre plenamente capaz de proteger a la Jemina que llevaba sobre sus espaldas. "¡¿Quién llama a estas horas?!". "Hice un encargo, ¿lo recuerda? ¿Está listo?". "Pase adentro, Sir Vlad...". Nadie se atrevía a tratar con desprecio a Jemina mientras permaneciera junto a Vlad. No se trataba de un vulgar temor; eran la autoridad y el honor que revestían al joven caballero lo que imponía semejante pleitesía. Aunque el horario comercial había concluido hacía rato, el establecimiento abrió de nuevo sus puertas. En el interior de la sastrería, resplandeciente por las luces que el dueño encendió a toda prisa en consonancia con su súbito cambio de actitud, Jemina fue incapaz de cerrar la boca por el asombro. "Vaya...". Al contemplar la incontable cantidad de vestiduras que la rodeaban, las magníficas telas hicieron que, pese a estar descalza, sus pies se posaran de forma inconsciente sobre el suelo helado. "Pero... ¡¿a qué venimos aquí?!". Se trataba del taller de modistería y confección más afamado de toda Shoara. "Está terminado, pero como tardaba en venir a recogerlo, pensaba enviárselo mañana a primera hora". "Lamento la tardanza. Probémoslo ahora mismo". Vlad se limitó a señalar con un gesto de la mano en lugar de responder a la pregunta de Jemina. "¿A mí?". "Aparte de ti, ¿quién más podría ponerse un vestido tan pequeño?". La mirada de Jemina se dirigió de manera natural hacia donde señalaba la mano de Vlad. "Pruébatelo". Un vestido se mecía en las manos del sastre. Su exquisito tinte rojo carmesí combinaba a la perfección con el encanto de la cabellera de Jemina. \* \* \* Hicieron abrir la joyería para recoger un collar junto a unos pendientes. Pasaron por el taller del curtidor para retirar unos zapatos de un rojo encendido. Fueron a buscar los cosméticos encargados y, en la tienda de abalorios, adquirieron también un abanico fastuoso. "La última vez me pareció que te quedaba muy bien". "......". Vlad fue recibiendo una por una las piezas reservadas y ataviaba a Jemina con ellas. Con el declinar del ocaso, la plaza de Shoara se sumía en sombras cada vez más densas, mas el porte de la joven no hacía sino resplandecer con creciente fulgor. "Imaginé que ya no crecerías más, así que lo mandé a hacer a tu medida exacta". "Maldito loco". "Ya no le pidas ropa prestada a Marcela; de ahora en adelante viste lo tuyo". Vlad lo recordaba con absoluta nitidez: aquella ocasión en que, con el único propósito de hacer entrar a Noir en la ciudad, Jemina acudió vestida con un atuendo escarlata. En aquel instante, no parecía la muchacha de los callejones que proclamaba vender su doncellez, sino una verdadera dama a quien cualquiera contemplaría con veneración. "¿... Cuánto costó todo esto?". La incomodidad de portar prendas ajenas se había disipado por completo. Aquel vestido y las joyas, confeccionados exclusivamente para ella, hacían brillar a Jemina con una luz aún más hermosa que la de aquel día. "Quizás unas cinco monedas de oro". "¡¿Cómo va a costar solo cinco monedas de oro?!". Jemina se sujetó el dobladillo de la falda y soltó una carcajada incrédula. Aunque jamás había comprado nada semejante y desconocía los precios exactos, tan solo el vestido de terciopelo carmesí superaba con creces las cinco monedas de oro. "Bien. Estás hermosa". Vlad apoyó ambas manos sobre sus caderas y mostró una expresión de sincero orgullo. Al verla en ese instante, nadie creería que hacía unos minutos era la misma muchacha que lloraba desconsolada, encerrada en su cuarto. "Habría sido perfecto arreglarte también el peinado, pero he estado demasiado ocupado estos días". El plazo de una semana apenas había bastado para poner en orden todos los asuntos pendientes que se había propuesto resolver. Con todo, era un alivio inmenso haber podido reservar por completo la última noche en Shoara para Jemina. "Toma". "¿Qué es esto?". Asintiendo con la cabeza como si ya todo estuviera dispuesto, Vlad le tendió un retazo de tela. "Pero si es el pañuelo que yo te hice...". Era un pañuelo tosco que desentonaba por entero con una mujer engalanada con un vestido fastuoso y joyas relucientes. Sin embargo, aquel retazo donde el nombre de ella aparecía bordado con absoluta claridad era el mismísimo pañuelo que Jemina había cosido con sus propias manos para entregárselo a Vlad. "Antes no lo sabía, pero me dijeron que los nobles acostumbran a hacer esto". Al ver a Jemina contemplar en silencio el pañuelo que ella misma había elaborado, Vlad hincó una rodilla en tierra. "¿... Qué haces?". Era la rigurosa etiqueta nobiliaria que la señora Oksana le había inculcado con severidad. Jemina se desconcertó ante la imprevista actitud de Vlad, mas en cada uno de sus movimientos habitaba una nobleza y una dignidad incuestionables. "¿Tendría la bondad de concederme su pañuelo, mi señora?". Aunque no llevara sangre noble en sus venas, para Vlad aquella muchacha era alguien a quien debía proteger y con quien debía saldar su deuda. Y si se trataba de una mujer a quien un caballero juraba defender, merecía por derecho propio recibir el trato de una dama. Jemina era más que digna de ostentar tal honor. "Ahora solo tienes que entregármelo". "¿Eh? Ah... sí, sí". Jemina le extendió con docilidad el pañuelo con su nombre bordado. En la solemne compostura de Vlad al solicitarlo se advertía una gravedad tan profunda que resultaba imposible rehusar. "......". Cuando un caballero recibe el pañuelo que le concede una dama, existen dos maneras ceremoniales de aceptarlo. Una es recogerlo con la punta de la espada; la otra, recibirlo de mano a mano. "¿Qué miras tanto?". Vlad contempló el dorso áspero de la mano de Jemina, que descansaba sobre la suya. Era muy distinta a las manos tersas y suaves de Alicia, pero no por ello dejaba de ser una mano que inspiraba un afecto entrañable. "Asegúrate de aplicarte en las manos la crema que te compré". "De todos modos, en cuanto friegue los platos se me quitará". Cuando Jemina soltó una risita burlona, Vlad rio a su lado. Ya no tenían necesidad de ocultar lo que sentían tras una risa forzada. En medio de una plaza desierta, un caballero hincó la rodilla ante su dama. El pañuelo pasó de mano a mano y, aunque Jemina lo ignorara, a través de aquel gesto Vlad asumió de buen grado sobre sus hombros un deber ineludible. El juramento sagrado de protegerla. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 103

Estás leyendo el capítulo 103 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.