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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 101 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Cuando se derrita esa nieve (1) Si los caballeros derrotados en una guerra se congregaran, ¿sería acaso este el ambiente? Los sacerdotes reunidos en el despacho del obispo mantenían la cabeza gacha sin atreverse a abrir la boca, como si ellos mismos fuesen generales vencidos. "...... ¿Qué posibilidades hay de restaurarlo?" Aun así, alguien debía rendir cuentas ante aquella pregunta. De lo contrario, la fría cólera del obispo Pierre terminaría por estallar. "Para conocer los detalles exactos tendríamos que enviarlo a la Santa Sede, pero......" El sacerdote de sotana blanca, confidente del obispo Pierre, vacilaba en pronunciar las palabras, mas no le quedaba otro remedio. "Me temo que será difícil." "......" Al escuchar la respuesta del clérigo, el obispo Pierre dejó escapar un pesado lamento sordo y se mesó el rostro. Aunque se esforzaba por contener sus emociones, hubo una frase inevitable que brotó desde lo más hondo de su pecho: "Es absurdo." El Espejo de San Marcello. Aquella reliquia sagrada conferida en persona por la Santa Sede constituía el orgullo de Pierre, pero se había hecho añicos de una manera inconcebible. Por la simple y ridícula razón de haber reflejado el alma de un insignificante caballero novato. '...... ¿Quién demonios es ese infeliz?' Vlad de Shoara. Un caballero surgido de los callejones. Sus insólitos antecedentes y su corta edad ciertamente le conferían una singularidad manifiesta; aun así, resultaba impensable que llegara a obrar semejante milagro. "¿Hubo alguien que viera lo que se reflejó dentro de su alma?" El Espejo de San Marcello era un objeto sagrado que revelaba el alma. Una persona ordinaria tan solo habría contemplado su propio reflejo, mas en el caso de Vlad, el cristal había despedido una luz tan deslumbrante que resultaba insoportable fijar la vista en ella. Aquello significaba, sin lugar a dudas, que algo moraba en el interior de aquel muchacho. "No se trata de una entidad perversa. De haber sido así, habría sido imposible que no lo advirtiéramos." "Dicen que cayó un rayo sobre el tejado de la iglesia. Podría tratarse de un ser con la fuerza suficiente como para incidir en el mundo real." Al escuchar las palabras de los sacerdotes, el obispo Pierre no hizo sino sumirse en una confusión todavía más profunda. "...... No logro entender en absoluto de qué se trata." Incluso para Pierre, que había ejercido durante largos años como inquisidor de herejías, la verdadera identidad de esa presencia resultaba imposible de discernir. Puesto que brillaba con semejante fulgor, no debía pertenecer al mal. Sin embargo, para calificarlo como una bendición divina, la emanación que albergaba era demasiado implacable. "Habrá que rendir informe sobre esto." Ignoraba qué habitaba dentro de Vlad, pero saltaba a la vista que poseía una presencia capaz de quebrar una reliquia sagrada. Aunque no perteneciera a las tinieblas, semejante anomalía sin duda suscitaría el interés de la Santa Sede. Puesto que se trataba de una entidad de naturaleza desconocida, tal vez se le pudiera sentar una vez más en el estrado del tribunal...... Toc, toc, toc. "Adelante." Los golpes que resonaron al otro lado de la puerta en ese preciso instante arrancaron a Pierre de sus cavilaciones. "...... Señor obispo." "¿Qué ocurre?" Bajo la atenta mirada de los presentes en el despacho, un sacerdote abrió la puerta con cautela y entró. Sostenía una pequeña tira de papel entre los dedos. "Es un mensaje enviado desde San Rozino." "¿De San Rozino?" Al escuchar al clérigo, una expresión de perplejidad se dibujó en el rostro de Pierre. Perteneciendo directamente a la Santa Sede, resultaba insólito que la diócesis norteña de San Rozino le remitiera una misiva. "Dámelo." Pierre arrebató el papel de manos del sacerdote, cuyo semblante, por alguna razón, lucía lívido y demudado. Tras la crisis sobreviene la oportunidad. Dicho de otro modo, tras la oportunidad también puede cernirse la crisis. Pierre había intentado empujar a Vlad al abismo mediante una trampa, pero al cabo su plan había fracasado estrepitosamente. "San Rozino......" Ahora la marea de los acontecimientos había pasado de Pierre a Josef, y el legítimo alcalde de Shoara no había dejado escapar la ocasión que le acababa de caer en gracia. "¡Malditos bastardos del norte!" En la aldea anegada por la niebla, las mujeres que yacían postradas daban testimonio entre lágrimas: aquel individuo apodado el Oso Negro jamás debió haber recibido una indulgencia. Y San Rozino había acogido su llanto. «El obispo Pierre de Shoara deberá esclarecer los vínculos existentes entre el Oso Negro y los practicantes de la magia negra.» El alcalde de Shoara y la archidiócesis de San Rozino. Una certera flecha disparada desde el norte atravesaba con frialdad implacable el corazón de Pierre. \* \* \* El joven diácono al que el sacerdote Andrea llevaba consigo se llamaba Christian. El muchacho, que había entablado cierto vínculo con Vlad desde la expedición de subyugación librada en Barna, acababa de llegar a Shoara tras los pasos de su mentor. "¿Se encuentra bien el sacerdote?" "Tendrá que guardar cama un poco más." El joven diácono avanzaba jadeante mientras cargaba con un enorme balde de agua que le llegaba hasta la cintura. Vlad, embargado por una punzada involuntaria de culpa al contemplar la escena, tomó el cubo en su lugar. De no haber sido por él, aquel muchacho estaría descansando plácidamente en Barna. "Ya era demasiado esfuerzo viajar con este frío, y encima, nada más llegar, tuvo ese tremendo altercado con el señor obispo." "...... Tienes razón." Su remordimiento no iba dirigido únicamente al joven diácono. El sacerdote Andrea yacía postrado en la cama, gimiendo de puro agotamiento. Tal como explicaba el muchacho, a una edad que distaba de ser juvenil se había exigido todo cuanto un cuerpo humano podía soportar, por lo que era natural que su salud se resintiera. "¿No hace falta nada más?" "No, nada. El señor Josef ya se ha encargado de disponerlo todo." Verse en deuda con alguien suele acarrear sentimientos tan complejos e intrincados que resulta difícil definirlos con palabras. Y Vlad siempre experimentaba esa misma emoción cada vez que contemplaba a Andrea. Desde el instante en que recibió un nombre hasta el presente, hacia él solo albergaba una gratitud infinita. "Pero... ¿es verdad?" "¿El qué?" Los ojos del niño, que apenas aparentaba unos diez años, brillaban al mirar a Vlad. "Dicen que ha recibido la bendición divina." "...... ¿Quién dice eso?" Los rumores tienen la cualidad de engordar a medida que se propagan. Dejando a un lado a los notables de la ciudad que presenciaron el juicio en persona, las nubes inmaculadas que convergieron sobre el templo conformaron un prodigio visible para todos los habitantes de Shoara. "No es nada tan grandioso." "¿De veras?" Christian asintió de palabra, pero la expresión plasmada en su rostro decía a las claras: 'No creo que sea así'. Porque el joven diácono también lo había presenciado: aquel tajo níveo que, bajo el cielo nocturno, hendió en dos a aquella mujer que parecía una pesadilla encarnada. "Aun así, a él le causó una gran alegría." Al llegar frente a la habitación donde descansaba Andrea, Christian recogió el balde de manos de Vlad y añadió: "¿Le alegró?" "¡Claro que sí!" Aquel joven mercenario que rodaba por el fango de los caminos se había convertido en un caballero intachable bajo su testimonio. Por si fuera poco, ahora caminaba junto a una presencia investida de un aura auspiciosa, por lo que, desde la perspectiva de Andrea, había motivos de sobra para regocijarse. "¿Podré presumir de esto más adelante con mis compañeros? Decirles que recé al lado de Sir Vlad." "...... Si quieres, hazlo." Aunque la respuesta fue parca, una enorme sonrisa ya resplandecía en el rostro de Christian. Se trataba de un caballero que bien podía haber recibido la bendición de Dios. El mero hecho de compartir un lazo con él bastaría para colmar de orgullo el pecho de cualquier joven diácono ante sus pares. "Nos vemos luego". "De acuerdo". Habría deseado al menos saludarlo en persona, pero al estar postrado en cama, no quedaba más remedio. Siendo alguien que había acudido por su causa, lo justo era mostrarle la mayor de las consideraciones. "Vaya, ¿llegar al punto de llamarme su orgullo...?". Al darse la vuelta frente a la puerta, Vlad se rascó la nuca con turbación al evocar las palabras de Christian. En toda su vida, jamás se había convertido en el orgullo de nadie. "......". Deteniéndose en el corredor desierto, Vlad permaneció inmóvil y contempló el exterior a través de la ventana. Siempre que el entorno se sumía en el silencio, existía una voz que le hablaba como si hubiera estado aguardando ese instante. No obstante, en aquel pasillo desprovisto de almas, lo único que resonaba eran sus propios murmullos vacíos de respuesta. "Cuesta acostumbrarse a esto". Si aquella voz siguiera acompañándolo en estos momentos, ¿también le habría dicho que estaba orgulloso de él? Sin embargo, la voz que podría haberle respondido se había desvanecido, dejando tras de sí apenas unos tenues vestigios en su mundo interior. Frente a aquella sensación de soledad que no experimentaba desde hacía tanto tiempo, Vlad permaneció inmóvil, limitándose a tragar el denso silencio que lo rodeaba. \* \* \* "Dicen que ha llegado un despacho de San Rozino". "Son rápidos". Josef, que sostenía una copa de vino mientras observaba a través de la ventana, esbozó una tenue sonrisa ante el informe de Sir Zayar. "Parece que los resentimientos acumulados durante todo este tiempo eran bastante profundos, ¿no es así?". "El desdén de la Santa Sede hacia la diócesis del norte es bien conocido por todos, ¿acaso no es verdad?". El centro del continente era la región central, y la discriminación y los recelos que sus habitantes dispensaban hacia cualquier otra tierra no hacían distinciones. Que la diócesis norteña de San Rozino sufría el constante desprecio de la Santa Sede establecida en el centro era una verdad sabida por todos. "No está mal". La coyuntura era propicia. Conseguir el respaldo de San Rozino por una cuestión meramente política no era empresa sencilla, pero el equilibrio de poder que se reconfiguraba a marchas forzadas lo hacía posible. Una alianza entre los señores del norte y San Rozino. Aunque era un asunto que debía ratificarse en la venidera Gran Asamblea del Norte, presentándose una oportunidad tan tangible como esta, demostrarlo con hechos por anticipado no resultaba perjudicial para ninguna de las partes. "Sir Bordan. Atiende con esmero al sacerdote Andrea. De ser posible, preferiría que no lo envíen de regreso a Barna". "Entendido". Aunque lo habían traído con el muchacho como pretexto, el sacerdote Andrea era una figura capaz de someter a presión al obispo Pierre con su sola presencia. Era un clérigo de intachable renombre, alguien a quien nadie se extrañaría de ver investido como obispo en cualquier diócesis en un futuro cercano. En la mente de Josef ya se urdían los siguientes pasos respecto a Pierre. "Señor Josef, he venido". "Adelante". Josef apartó el cuerpo del ventanal y posó la mirada en Vlad, quien hacía su ingreso al despacho. A pesar de haber dejado atrás un suceso de enorme gravedad, al encontrarse cara a cara con él no le resultó sencillo articular palabra alguna. "¿Qué se supone que debo hacer contigo?". "Lo lamento". La expresión con la que Josef contemplaba a Vlad resultaba en verdad intrincada. "Siempre resultas impredecible. De principio a fin". "......". Josef era un hombre que prefería forjar resultados a través de una planificación meticulosa. Y el muchacho frente a él poseía un talento consumado para enredar y trastocar sus designios. Si se evaluaba por afinidad, ambos formaban la peor combinación imaginable; no obstante, puesto que los desenlaces que cosechaban rebasaban siempre toda expectativa, el propio Josef no podía sino hallarse sumido en el desconcierto. "El sacerdote mencionó que es posible que la bendición divina more en tu interior". "Seguramente no sea el caso". "Aunque no lo sea, no tiene la menor importancia. Yo me encargaré de que así sea". Las marcadas ojeras de Josef se fijaron sobre Vlad. La demagogia y la invención de hechos constituían tanto la especialidad como un conocimiento imprescindible en la instrucción de la nobleza. "...... El obispo Pierre y la Santa Sede que lo respalda mantendrán los ojos fijos en ti. Aunque no haya sido tu intención, interferiste en sus designios". Al contemplar a Vlad con la cabeza gacha en silencio, Josef exhaló un leve suspiro. Aquel joven caballero, difícil de manejar y aún más arduo de forjar, continuaba siendo un tormentoso dolor de cabeza para él. "Toma". "¿Eh?". Vlad atrapó con torpeza una faltriquera que voló repentinamente hacia él. Era una bolsa pesada cuyo contenido tintineó con un sólido eco metálico. "...... Esto es...". "Este año llega a su término". Junto a los copos de nieve que descendían, el año tocaba a su fin. Si bien concluía envuelto en incidentes, en toda la vida de Josef jamás había existido un año con cosechas tan prodigiosas como este. En cierto sentido, bien podría afirmarse que todo era mérito del muchacho que se erguía ante él. "Es una paga extraordinaria. No se trata de un estipendio mensual, sino de una retribución por tus méritos". Tal como Sir Bordan había mencionado, a Vlad también se le otorgaba una asignación especial. Al compás del año que expiraba, Josef liquidaba con Vlad un ajuste de cuentas riguroso e intachable. "Superará las trescientas monedas de oro". "¡......!". Aunque hasta hacía un instante mantenía la cabeza inclinada presa del remordimiento, ante la cifra que brotó de los labios de Josef, los ojos de Vlad se abrieron desmesuradamente. Aunque no conociera con precisión las finanzas señoriales, trescientas monedas de oro representaban una fortuna colosal, suficiente para adquirir tierras de labranza. "¿Por... por qué tanta cantidad...?". "He computado asimismo los méritos que acumulaste desde tus días como escudero. Se trata de una gran suma de dinero, de modo que traza bien tus planes". El muchacho siempre demostraba resultados por encima de las previsiones de Josef. En cierto aspecto, el curso de los hechos había sido un auténtico descalabro, pero dado que el resultado final relucía con deslumbrante brillantez, Josef tenía la obligación ineludible de concederle la justa recompensa. "Ahora eres un caballero. Tienes el legítimo derecho a reclamar lo que te corresponde por tus méritos". "¡Muchas gracias!". Josef contempló en silencio a Vlad, cuyo rostro enrojecido irradiaba gratitud. Al presenciar semejante regocijo, comunicar lo que seguía no resultaba una tarea sencilla, mas debía cumplirla. Puesto que él era quien asumía la responsabilidad última sobre la vida de Vlad. "Grábatelo bien. Ahora que te has convertido en caballero, ocupas una posición en la que debes responder por tus actos". No solo mediante el acero y la violencia armada se subyuga a un rival. Vlad sentía en aquel instante, brotando de aquel Josef erguido con los brazos a la espalda, una presencia abrumadora que lo doblegaba por entero. "¿Comprendes mis palabras?". "Sí". "Bien". Vlad, de diecisiete años, cumpliría dieciocho en cuanto este año expirase. El muchacho debía comprenderlo: una vez despedido este invierno, ya no le estaría permitido seguir siendo un niño. "El caballero Vlad ultrajó una indulgencia que portaba la voluntad divina. Esa es, sin lugar a dudas, la transgresión que el obispo Pierre ha puesto en evidencia de forma irrebatible". En el tribunal del día precedente, Vlad había declarado por su propia boca haber dado muerte al Oso Negro, depositario de la indulgencia. Aquello constituía una falta que el mismísimo Josef reconocía, y Vlad debía pagar por ella. "En exigencia de tu responsabilidad por tales hechos, condeno al caballero Vlad al destierro de Shoara". "...... ¿Qué?". Las pupilas azules que sostenían su mirada comenzaron a temblar con violencia. Con todo, no cabía otra opción. De restar la más mínima sombra de culpa sin expiar, le otorgarían una justificación irrefutable al obispo y a la Santa Sede. "El plazo se extenderá hasta el día en que vuelva a llamarte". Un escudero podía resguardarse a la zaga, pero un caballero debía marchar en vanguardia. A un infante le asistía el perdón, mas un hombre adulto debía responder por sus actos. Y Vlad alcanzaba ya la edad de conocer el implacable peso de la responsabilidad y del deber. Al otro lado del ventanal caía una nieve inmaculada que sepultaba los restos del año fenecido. Para cuando llegara la estación en que aquella nieve se fundiese, Vlad habría dejado atrás la infancia para renacer como un hombre cabal. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 101

Estás leyendo el capítulo 101 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 20 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.