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Leer El Juego del Árbol del Mundo (Novela) Capítulo 50 online gratis en español

🏴 Grupo: Nishino✍️ Traducción: Nishino
Las Montañas de la Oscuridad se ubicaban al suroeste del continente de Saigües, limitando al norte con el Bosque Élfico, al oeste con el Mar Sin Fin, al este con la Planicie de la Abundancia y al sur con el Desierto de la Muerte... Dado que la cadena montañosa albergaba una riqueza extraordinaria de yacimientos de obsidiana, incluso las cumbres de los picos estaban teñidas de una profunda tonalidad negra, razón por la cual recibía ese nombre. Sin embargo, debido a su terreno accidentado y a la esterilidad de sus tierras, las Montañas de la Oscuridad distaban mucho de ser un paraíso para la fauna y la flora; en ellas apenas crecían algunos árboles y arbustos resistentes a la sequía, así como prados de alta montaña y unas cuantas especies de animales salvajes. No obstante, según contaban los rumores de la antigüedad, las Montañas de la Oscuridad no siempre fueron estériles. En aquellos tiempos, el lugar resultaba tan próspero y hermoso como el Bosque Élfico, e incluso poseía otro nombre poético: la Montaña Esmeralda. Pero tras una guerra entre dioses, los cielos se desplomaron, la tierra se rasgó y todo quedó destruido. En la actualidad, el entorno hostil de las Montañas de la Oscuridad casi rivalizaba con la fama del Desierto de la Muerte. Salvo por las caravanas comerciales que debían cruzar la cordillera obligatoriamente, o los enanos y humanos que buscaban yacimientos mineros entre las peñas, muy pocos se atrevían a poner un pie en estas tierras... Al noroeste de las Montañas de la Oscuridad, en un valle oculto. En un rincón del valle, una serie de sencillas casas de piedra se alineaban de forma dispersa, dando forma a una pequeña aldea. A pesar de su construcción rudimentaria, las casas de piedra estaban dispuestas con impecable orden y se mantenían pulcramente limpias. No solo eso: alrededor de cada vivienda se veían cultivadas flores y arbustos, muestra suficiente del amor que sus dueños procesaban a la naturaleza... algo nada fácil de lograr en las Montañas de la Oscuridad. En el centro del poblado se extendía una pequeña plaza abierta, donde se había erigido una plataforma simple construida con piedras y enredaderas. En este preciso instante, más de 200 residentes se congregaban al pie del estrado. Había ancianos y jóvenes, y cada uno vestía capuchas de tela de lino gruesa para ocultar el rostro; sus siluetas delgadas y sus miradas apáticas y apagadas dejaban entrever que sus vidas habían sido sumamente penosas. Sin embargo, las orejas puntiagudas que se asomaban sutilmente y sus rasgos físicos extraordinarios proclamaban a viva voz su verdadera identidad: elfos. Los elfos se sentaban en pequeños grupos, observando llenos de curiosidad. Sobre la plataforma permanecían de pie dos ancianos. Uno de los elfos ancianos vestía túnicas grises de sacerdote; lucía cabellera y barba completamente blancas y desbordaba energía: se trataba del viejo sacerdote enviado por Evé para reunir a los miembros de la raza élfica, Samuel Gale. Mientras que la otra figura era una elfa anciana. Su nombre era Filocil Blaze, la jefa de esta aldea élfica y, al mismo tiempo, una vieja amiga de Samuel. La elfa dirigió una mirada a Samuel a su lado, suspiró y dijo: "Samuel, he convocado a todos los miembros del clan tal como me pediste. Si tienes algo que decir, ¿puedes hablar ahora?" Samuel contempló a las más de doscientas personas al pie del estrado, con una expresión sumamente compleja: "¿Son estos todos los miembros que quedan del clan Llama Ardiente?" Filocil bajó los párpados y respondió con una voz teñida de leve melancolía: "Son todos los que quedan." "Ah... Pensar que el clan Llama Ardiente, que en su momento rozó los diez mil habitantes, haya caído en semejante declive." Samuel dejó escapar un suspiro, sintiendo una profunda amargura en el pecho. Aun así, en comparación con el clan Viento Rápido, cuyos miembros se habían dispersado y extinguido por completo, al clan Llama Ardiente todavía le iba bastante bien. Al escuchar las palabras de Samuel, los ojos de Filocil se nublaron ligeramente; forzó una sonrisa que lucía peor que un llanto y respondió: "¿Qué otra opción nos quedaba? Sin la protección de una diosa verdadera, solo somos niños sin hogar a los que cualquiera puede pisotear... Haber encontrado este refugio en la Montaña Esmeralda ya es una enorme fortuna." En el mundo de Saigües, donde habitaban los dioses, resultaba sumamente difícil para las razas inteligentes ordinarias sobrevivir a las disputas entre facciones sin el amparo de un dios verdadero... En especial cuando los elfos poseían un atractivo fatal para el resto de las razas. Al perder su poder y su protección, sus hermosas facciones, su longevidad y su talento mágico innato se convirtieron en objeto de codicia para los demás. Sumado al hecho de que la raza élfica carecía de ambiciones mundanas, amaba la paz y poseía una naturaleza bondadosa, eran incapaces de competir en crueldad contra otros. En consecuencia, tras una serie de conspiraciones y conflictos, la raza se volvió cada vez más débil. ¿La protección de una diosa verdadera? Un destello cruzó por los ojos de Samuel. Respiró hondo, dibujó una radiante sonrisa y habló con un matiz de fervor y entusiasmo en su voz: "En realidad... la razón por la que he venido en esta ocasión es precisamente por ese asunto." "¿Mmh?" Filocil lo miró sorprendida. Solo en este momento la anciana jefa del clan Llama Ardiente se percató de que su viejo amigo lucía sutilmente diferente de la imagen que conservaba en su memoria. Aunque llevaban años sin verse, Samuel parecía rebosar de una vitalidad renovada; en sus ojos se adivinaba un destello fulgurante, como si contemplara el futuro henchido de esperanza. Esa mirada distaba enormemente de la del anciano demacrado que había visto años atrás; la apatía y la desesperación que alguna vez poblaron sus ojos turbios se habían esfumado por completo. La mirada de Filocil se volvió penetrante. El clan Viento Rápido era el más particular entre todas las tribus élficas: sobre sus hombros recaía el deber sagrado de rendir culto a la Madre de la Naturaleza, por lo que también se les conocía como el clan de los sacerdotes. Tras la caída del Árbol del Mundo, el clan Viento Rápido sufrió el golpe más devastador y soportó las persecuciones más despiadadas. Y Samuel Gale, en su papel de anciano del clan, había atestiguado en carne propia la decadencia absoluta de su pueblo... Cada vez que ella lo veía en el pasado, él lucía un semblante ahogado en el dolor y la desesperanza. Si la memoria no le fallaba, Samuel se había mantenido todo este tiempo en las inmediaciones del Bosque Élfico junto a la última santa de la naturaleza, perseverando en las oraciones rituales con la fe de despertar a la Madre Diosa... Y sin embargo, ahora... Al contemplar la figura erguida y rebosante de energía de Samuel, junto a esa mirada repleta de esperanza y luz, a Filocil le cruzó por la mente una idea que rozaba lo increíble... ¿Acaso...? Su corazón, que llevaba años sumido en la calma chicha, dio un vuelco violento. "Tú..." Lo observó con la voz temblándole ligeramente, como si dudara de sus propios sentidos, pero al mismo tiempo aguardando una respuesta con ferviente anhelo. Samuel giró la cabeza, le dedicó una cálida sonrisa a su vieja amiga y acto seguido extendió ambos brazos... Un destello de luz sagrada e incandescente se irradió tomándolo como centro, impregnando el ambiente con una fuerza tranquilizadora y una densa emanación de naturaleza. Los rayos de luz resplandecieron en todas direcciones; en este instante, Samuel parecía haberse transformado en el hijo predilecto de la naturaleza. Esa imponente energía vital barrió la plaza entera de un solo golpe... Al percibir el colosal poder de la naturaleza que fluctuaba en el interior del viejo sacerdote, Filocil abrió los ojos de par en par y exclamó conmocionada, perdiendo el aliento: "¡Plata...! ¡Un sacerdote de Plata!" ¡Un sacerdote de rango Plata! Tras la caída de la Madre de la Naturaleza, ¿cuántos años habían pasado sin presenciar la aparición de un sacerdote de semejante jerarquía? El rango Plata representaba un umbral decisivo: ¡solo una diosa verdadera poseía el poder necesario para sostener a un sacerdote de nivel Plata! En este preciso instante, Filocil sintió que su anciano corazón latía desbocado como el de una joven. Aquella idea que en un principio le pareció disparatada, pero rebosante de un anhelo infinito, ¡comenzaba a materializarse en una realidad innegable! "Esto... esto..." Murmuró entre dientes, incapaz de articular palabra alguna. La potencia de la luz sagrada atrajo del mismo modo la atención de todos los elfos; cada uno de ellos alzó la cabeza, contemplando al anciano elfo en el estrado con una mezcla de conmoción y desconcierto. Al sentir el cúmulo de miradas convergiendo sobre él, Samuel esbozó una leve sonrisa. Se volvió hacia el norte, dibujó con devoción el símbolo de la Madre de la Naturaleza sobre su pecho y habló con una voz cálida pero henchida de fuerza: "Compatriotas, Su Majestad, nuestra diosa verdadera... ha regresado. ¡Ha emitido su oráculo divino, convocándonos de vuelta al Bosque Élfico para reclamar una vez más la gloria que nos pertenece!" Al terminar de hablar, extrajo del interior de sus ropas una hoja dorada: la reliquia sagrada imbuida con el poder divino de Evé, una hoja del Árbol del Mundo. Samuel alzó en lo alto la hoja del Árbol del Mundo y, con reverente devoción, liberó el poder contenido en su interior... En un instante, el denso poder divino de la naturaleza se propagó en todas direcciones; allí por donde pasaba, las ramas brotaban y las flores florecían a placer. En un abrir y cerrar de ojos, la plaza entera quedó envuelta por tupidos ramos de flores y frondosas enredaderas... Al presenciar este espectáculo semejante a un milagro divino, todos los elfos quedaron sumidos en la más absoluta conmoción. "¡Es poder divino de la naturaleza! ¡Es el poder divino de la naturaleza!" Uno de los elfos ancianos reconoció la energía y exclamó con una voz cargada de emoción. Acompañando al milagro, una voz etérea, mística y sagrada resonó en el aire, ecoica y envolvente: "Hijos míos, vuelvan a casa." Hijos míos, vuelvan a casa... Aquella voz imponente era a la vez suave, melodiosa... denotaba un leve suspiro y cargaba con una tristeza infinita, poseyendo un poder singular capaz de pacificar las almas. Este era el oráculo divino que Evé había grabado en la hoja del Árbol del Mundo. En un pestañeo, todos los elfos sintieron cómo una corriente de energía cálida se vertía en sus cuerpos, y aquellos seres debilitados por largos años de vagar a la deriva comenzaron a recuperar las fuerzas progresivamente. Con un golpe seco, Filocil se hincó de rodillas en el suelo por puro instinto; al contemplar la fulgurante hoja del Árbol del Mundo y sentir la desbordante vitalidad en su interior, dos hileras de lágrimas turbias brotaron de sus ojos. Alzó la cabeza, mostrando un rostro donde se entrelazaban la sorpresa y el dolor: "Madre Diosa... ¡Este es el poder de la Madre Diosa!" "¡Ella... ha regresado!"
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El Juego del Árbol del Mundo (Novela) Capítulo 50

Estás leyendo el capítulo 50 de El Juego del Árbol del Mundo (Novela), un novela. En _El Reino de los Elfos_, la Guerra Celestial de hace mil años provocó la caída del Árbol del Mundo. En un mundo gobernado por dioses verdaderos, la caída de la civilización élfica no tardó en llegar. Han pasado mil… Este capítulo tiene publicado el 22 de agosto de 2026, Traducido por el grupo Nishino. El Juego del Árbol del Mundo (Novela) tiene 80 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.