Leer El Grimorio Prohibido de Dorothy (Novela) Capítulo 593 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli, Nishino✍️ Traducción: Crowli, Nishino
Costa este de Pritt, Tivian.
Durante el día, el puerto oriental de Tivian seguía tan bullicioso como siempre. Innumerables barcos de todo el mundo llegaban y partían. Los largos y resonantes bocinazos de los vapores resonaban en el aire, mientras multitudes de pasajeros que desembarcaban y embarcaban se agolpaban en los muelles. Los estibadores, empapados en sudor, trabajaban sin descanso para mover la pesada carga.
Entre los numerosos barcos atracados en ese momento, destacaba un transatlántico gris, un buque de ultramar que regresaba del extranjero. La rampa de embarque ya había sido bajada, y los pasajeros, que llevaban tiempo esperando, descendían uno tras otro sobre suelo prittish. Algunos eran viajeros extranjeros que llegaban a Pritt, mientras que otros eran prittish que regresaban a casa.
Entre los repatriados había un grupo de jóvenes, unos diez en total, vestidos con ropas coloridas y desgastadas por el viaje, cada uno cargado con grandes bolsas y maletas. Entre risas y charlas, bajaron la rampa y pisaron tierra de Tivian. Por su acento y conversación, era evidente que eran de Pritt.
Una vez fuera de la rampa, el grupo de jóvenes prittish se reunió instintivamente en el muelle, charlando mientras miraban hacia la cubierta del crucero, como si esperaran algo. Justo entonces, varios hombres mayores aparecieron en lo alto de la rampa y descendieron. Todos vestían ropa formal, encabezados por un hombre de mediana edad con canas en las sienes, gafas de montura gruesa, traje a cuadros y un aire intelectual mientras cargaba una maleta.
Los hombres mayores se acercaron al grupo de jóvenes. Al verlos, los jóvenes guardaron silencio de inmediato y se pusieron de pie con respeto. El hombre de las gafas los observó, contando mentalmente a todos. Una vez que confirmó que no faltaba nadie, asintió con una sonrisa amable y comenzó a hablar.
“Estudiantes, bienvenidos a casa. Después de más de medio año fuera, por fin hemos vuelto a pisar nuestra patria. Me siento feliz y agradecido por la misericordia del Señor al permitirnos completar este largo viaje. Aunque hubo riesgos y dificultades en el camino, hemos salido ilesos. Debemos agradecer este viaje tranquilo y la protección del Señor.”
“¡Gracias al Señor…!”
Los jóvenes respondieron, aunque no al unísono; algunos lo hicieron con tibieza. Al hombre no le importó y continuó.
“Tras un viaje tan extenso, habiendo contemplado los monumentos y las historias de tantas tierras, confío en que todos ustedes tengan sus propias reflexiones e ideas. Por lo tanto, en base a esta gira de estudios, tendrán tareas que completar…”
Mientras decía esto, comenzó a detallar el temario del curso, lo que provocó leves quejas y murmullos entre los estudiantes. Pero entonces cambió de tono y añadió:
“Sin embargo, esas tareas comenzarán oficialmente después del inicio del semestre. La universidad aún está de vacaciones de verano y todavía tienes tiempo libre. Puedes aprovechar este período para prepararte y luego completar las tareas una vez que se reanuden las clases.”
Con esto, las quejas de los estudiantes se desvanecieron al instante y fueron reemplazadas por vítores. Al ver sus reacciones, el profesor soltó una risita y continuó.
“Muy bien, eso es todo por ahora. Pueden irse a casa, descansar y recargar energías para afrontar el nuevo semestre. ¡Adiós, estudiantes!”
¡Adiós, profesor Acheson!
Uno a uno, los estudiantes se despidieron y se dispersaron. Justo cuando una chica estaba a punto de irse, el profesor John Acheson la llamó.
“Ah, sí, señorita Rodlow. Si tiene oportunidad, por favor, hable con la señorita Boyle y pregúntele cómo se resolvió la emergencia familiar. Si ya la solucionó, infórmele sobre los temas de la tarea para que pueda empezar a prepararse. Se perdió gran parte de la excursión de estudios. Si tiene alguna duda, dígale que venga a verme; todos saben dónde vivo.
¡Entendido, profesor Acheson! La buscaré cuando regrese. ¡Adiós!
Dicho esto, Emma Rodlow, la compañera de habitación de Nephthys, alcanzó rápidamente a los demás y se marchó. Acheson charló brevemente con algunos de sus colegas, dio algunas últimas instrucciones relacionadas con el trabajo, declinó cortésmente una invitación a cenar y también se despidió.
Tras despedirse de los colegas y estudiantes con los que había viajado durante más de medio año, Acheson dejó escapar un leve suspiro, se ajustó las gafas y comenzó a alejarse del concurrido muelle con su maleta en la mano.
Mientras caminaba por el abarrotado muelle, flanqueado por estibadores y pasajeros, pasó junto a muchos que esperaban para recibir a sus amigos y familiares. Algunos sostenían carteles con nombres e información para que los recién llegados pudieran identificarlos desde lejos.
Aunque nadie había ido a recibir a Acheson, esas señales seguían pasando por su campo de visión. No les había prestado mucha atención, hasta que sucedió algo extraño.
Un cartel en particular le llamó la atención. Decía: “Señor Tony Frank, por aquí, por favor”. Acheson no tenía ni idea de quién era, así que, naturalmente, no le prestó atención.
Pero unos pasos más adelante, las letras de aquel letrero comenzaron a retorcerse y distorsionarse ante sus ojos. Los trazos de las palabras se retorcían como serpientes, deslizándose fuera de lugar, serpenteando por la pizarra como anguilas negras de tinta. Los ojos de Acheson se abrieron desmesuradamente por la sorpresa.
Antes de que pudiera reaccionar, las “anguilas negras” se reagruparon, deslizándose de nuevo hasta alinearse para formar un mensaje completamente nuevo, con nuevas letras y un nuevo significado.
“¡Profesor John Acheson, por favor, deténgase inmediatamente!”
En el momento en que vio su nombre en el cartel, junto con aquella orden urgente, a Acheson casi se le paró el corazón. No necesitó más pruebas; se detuvo instintivamente.
Y el momento siguiente no hizo más que demostrar lo acertado de ese instinto.
Justo encima de su cabeza, un pesado gancho de carga de acero” suspendido de una de las grúas del muelle” se había movido, de alguna manera, sobre el paso de los peatones. Sin previo aviso, el cable de hierro que lo sostenía se rompió.
Con un estruendo ensordecedor, el gancho de varios cientos de kilogramos se desplomó en picado, impactando contra el muelle. El impacto dejó un pequeño cráter y provocó grietas que se extendieron como una telaraña por el suelo de hormigón del muelle.
El pesado gancho de carga se estrelló contra el suelo a tan solo medio metro delante de John. Este se quedó paralizado, atónito, mientras el enorme gancho caía con estrépito, levantando una nube de polvo y escombros a su alrededor.
El ruido repentino sobresaltó a John, dejándolo inmóvil, mientras que los viajeros a su alrededor gritaban alarmados. Se desató el caos cuando la gente se empujaba y tropezaba. Al ver la conmoción desde lejos, los estibadores se apresuraron a restablecer el orden y evacuar a la multitud.
“Señor… ¿Se encuentra bien? Si no está herido, por favor, venga con nosotros. Nosotros nos encargaremos de esto aquí.”
Un estibador se acercó y habló con John. Saliendo de su ensimismamiento, John miró con nerviosismo el enorme gancho que tenía delante, negó con la cabeza y se recompuso. Luego, sin protestar, siguió al empleado.
“…Gracias.”
Él y otros pasajeros asustados fueron escoltados lejos del lugar. Mientras tanto, muy arriba, sobre la estructura de acero de la grúa, una figura vestida con ropas gruesas y pesadas, bien abrigada, yacía tendida, observando la escena. A su lado había una sierra de acero. Al contemplar lo sucedido, frunció el ceño.
Mientras se llevaban a John, respiró hondo, intentando calmar sus nervios. No era difícil imaginarlo: de no ser por aquella extraña señal, habría caído justo debajo del gancho. Aquel mensaje cambiante le había salvado la vida.
Pensando en esto, John se giró rápidamente y escudriñó la multitud, con la esperanza de volver a ver aquel cartel. Pero esta vez, el mar de cabezas no reveló nada: ni rastro del cartel, ni de quien lo había sostenido.
“¿Dónde… se fue? ¿Qué era exactamente lo que estaba escrito? ¿Estaba alucinando?”
John estaba confundido y algo decepcionado. Ni siquiera se había dado cuenta de que ya lo habían conducido a una zona más abierta. Justo entonces, otro estibador se acercó con una bandeja de pastelitos y una cálida sonrisa.
Damas y caballeros, les pedimos disculpas sinceramente por el incidente anterior. Fue un error nuestro y seguramente los asustamos bastante. Como muestra de nuestras disculpas, disfruten de estos postres y tómense un momento para relajarse.
Mientras hablaba, el hombre extendió la bandeja hacia el grupo. Varios pasajeros, con manos ágiles, tomaron un pastel de inmediato, dejando solo dos en el plato. Al posarse la mirada de John en la bandeja, algo le llamó la atención.
Los motivos decorativos del borde de la bandeja de cerámica comenzaron a moverse de repente, igual que las letras del letrero. Los elegantes adornos se deslizaron y retorcían como anguilas negras, transformándose en nuevos caracteres hasta formar un mensaje sencillo.
“No te comas el último.”
Juan se quedó paralizado.
Solo quedaban dos pasteles. El de la izquierda ya lo estaba agarrando otro pasajero, lo que significaba que el último pastel que quedaba estaba a punto de serle ofrecido a él.
Sin dudarlo, y aún conmocionado por el susto que se había llevado, John arrebató el penúltimo trozo de pastel antes de que el otro hombre pudiera cogerlo. Sosteniéndolo en la mano, asintió cortésmente y se disculpó.
“Gracias por el amable gesto, pero tengo que irme.”
Se dio la vuelta y se marchó rápidamente, dejando atrás el último pastel, y al hombre que lo había cogido, que ahora lo miraba con el ceño ligeramente fruncido y una mirada curiosa y solemne hacia la espalda de John que se alejaba.
Una vez fuera de la vista, John aceleró el paso y se dirigió hacia el borde del puerto. De camino, pasó junto a un contenedor de basura y tiró el pastel sin pensarlo dos veces. Siguió avanzando, ahora con pasos más rápidos, mientras la atmósfera inquietante lo oprimía. Algo en ese lugar no le cuadraba.
“Este lugar está mal… ¡Tengo que salir de aquí ahora mismo!”
Sin detenerse, John marchó hacia la estación de carruajes, con la intención de abandonar definitivamente el distrito portuario. Mientras caminaba por la calle hacia la estación, una señal de tráfico en la esquina empezó a cambiar: trazos de grafiti se retorcían y fusionaban ante sus ojos, igual que antes. Nuevas letras se formaban.
“Cuando llegues a esta señal, detente.”
John obedeció de inmediato el misterioso mensaje. En el instante en que se detuvo, un carruaje tirado por caballos pasó a toda velocidad por la esquina, a una velocidad temeraria, casi incontrolable. Subió a la acera y, con un relincho, pasó a su lado a escasos centímetros, y una ráfaga de viento le rozó la cara y le heló la sangre.
John se quedó paralizado, mirando atónito cómo el carruaje desbocado se estrellaba contra la fachada de una tienda justo delante. Los caballos cayeron, la gente gritó, los transeúntes yacían heridos y gimiendo. Si no se hubiera detenido justo donde lo hizo…
“Ese habría sido yo.”
“Qué está pasando…?”
Un miedo creciente se apoderó del corazón de John. Apenas llevaba diez minutos de vuelta en Tivian y ya había escapado de la muerte por los pelos... dos veces. De no ser por esas misteriosas palabras cambiantes que lo guiaban, ¿quién sabe qué habría pasado?
La conexión era demasiado fuerte para ignorarla. Los instintos de John le advertían del peligro. Apretó con fuerza el asa de su equipaje, pálido como un muerto, y sus ojos escudriñaron con cautela cada callejón y rincón mientras el terror crecía en su interior.
Todavía no comprendía del todo lo que estaba sucediendo, pero sabía que tenía que salir de allí, y rápido.
Justo cuando se disponía a reanudar la marcha, volvió a oír el sonido de cascos. Se puso tenso y giró bruscamente, expectante. Pero esta vez se trataba de un carruaje de alquiler normal, que avanzaba al trote por el camino antes de detenerse a su lado. El cochero se inclinó hacia delante, observando a lo lejos el lugar del accidente.
“¡Caramba… ¿Qué pasó ahí? ¿Cómo estrelló el carruaje así? Debió haber perdido el control…”
El joven cochero hizo un comentario, luego se volvió y sonrió al cauteloso John.
“¿Qué tal, señor? ¿Está esperando que lo llevemos? Si es así, suba. Vamos a cualquier lugar de la ciudad; vamos donde usted necesite.”
John vaciló. Después de todo lo que acababa de suceder, no quería confiar en nada. Pero entonces miró hacia la puerta del carruaje... y volvió a quedarse paralizado.
La vieja puerta de madera estaba rayada y desgastada, pero ahora los arañazos empezaron a retorcerse, igual que el letrero y la placa de antes. Se retorcían, se movían y se reorganizaban en una simple orden: “Entra”.

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El Grimorio Prohibido de Dorothy (Novela) Capítulo 593
Estás leyendo el capítulo 593 de El Grimorio Prohibido de Dorothy (Novela), un novela. En medio del vapor de la revolución industrial, los misterios surgen bajo la superficie. Las sectas y las sociedades secretas buscan lo extraordinario en las sombras, mientras que los dioses ocultos contemplan a la… Este capítulo tiene publicado el 17 de enero de 2026, Traducido por el grupo Crowli, Nishino. El Grimorio Prohibido de Dorothy (Novela) tiene 828 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.