Leer El Gobierno Quiere que Embarace a Mil Mujeres (Novela) Capítulo 37 online gratis en español

Oficina de la Primera Ministra de Japón.
Shizuku, la mujer más poderosa del país después de la Emperatriz, estaba sentada detrás de un escritorio que parecía más un campo de batalla administrativo que un lugar de trabajo. Tenía solo 40 años, la Primera Ministra más joven de la historia japonesa, y llegar hasta allí no había sido un camino fácil. Su ascenso había estado lleno de obstáculos, intrigas y ataques políticos que habrían destruido a cualquiera con menos ambición y sangre fría.
En teoría, Japón era uno de los países más pacíficos del planeta. En la práctica, siempre había un nuevo incendio que apagar: disputas diplomáticas, tensiones económicas, escándalos políticos… y ahora, un chico de 17 años llamado Keita que estaba a punto de desatar el colapso del orden mundial.
Shizuku estaba recostada en su sillón, mirando un sobre manila lleno de fotos de Keita. Al principio había oído su nombre por un incidente que, en teoría, debía haber sido un caso más de los archivos policiales: una mujer que intentó secuestrarlo y lo atropelló. Pero el caso se convirtió en escándalo nacional. El Congreso la atacó directamente, acusándola de no proteger “el bien más preciado de la humanidad”: las semillas.
Al principio, Shizuku no sintió más que molestia. No le importaba realmente la salud del chico; para ella, Keita era solo “otro más del montón”. No había resultado herido de gravedad, ni siquiera sangró. El problema, sin embargo, fue lo que pasó después.
El Centro de Monitoreo Local usó al chico para una campaña de relaciones públicas, transmitiendo en vivo su primera salida voluntaria a comprar ropa. Las imágenes explotaron en internet. Cada prenda que compró se agotó en minutos y las marcas involucradas vieron ventas millonarias y rápidamente escaló a ser un fenómeno nacional en internet.
Pero aquello fue solo el inicio.
Shizuku, por pura curiosidad, terminó viendo la transmisión. No estaba preparada para lo que encontró: Keita tenía una sonrisa peligrosa, capaz de derretir voluntades. En cuanto entró a una joyería, docenas de marcas comenzaron a llamar a su oficina. Algunas enviaron ejecutivas en persona para rogarle aparecer en la revista que le enviarían al chico.
Y luego… las manos. Keita dio la mano voluntariamente a la empleada de la joyería y, más tarde, a una oficial infiltrada como mesera en una heladería. Aquellas mujeres necesitaron atención psicológica intensiva después del contacto. Los videos se viralizaron a nivel global en segundos.
Eso desató la tormenta: informes de espías extranjeros intentando averiguar quién era Keita, quién era su padre para obtener semillas del mismo progenitor, y cómo acceder a él. Shizuku creyó que había encontrado una mina de oro. Podía usarlo como cortina de humo para tapar cualquier escándalo político. Incluso fantaseó con extorsionar discretamente a ciertas figuras ofreciéndoles un lugar en la lista secreta de candidatas para recibir su semilla — algo ilegal, claro, pero trivial de manejar con sobornos y favores.
Las cosas escalaron a nivel global cuando él voluntariamente y sin ser presionado empezó a subir canciones y tocar guitarra en internet. aquello escaló a niveles de audiencia que ni siquiera los mundiales de fútbol tenían.
Entonces llegó el golpe maestro: Keita pidió por voluntad propia entrar a un colegio. Eso generó un terremoto sin precedentes. Millones de solicitudes llegaron de todo el planeta, muchas provenientes de las familias más poderosas de la Tierra. Se planificaban transmisiones en vivo de las clases, películas, documentales, líneas de productos, e incluso se discutía la venta del asiento en el que él se sentara, cambiándolo de lugar a diario para multiplicar el negocio.
Era, para Shizuku, el inicio de una nueva época dorada. Su influencia crecía tan rápido que potencias extranjeras firmaban tratados solo para asegurar la participación en el “Proyecto Colegio Keita”.
Pero quedaba un riesgo: la recolección de su semilla.
Era un procedimiento que ningún hombre hacía voluntariamente. La mayoría quedaban traumatizados o incluso sufrían infartos por el estrés. Si Keita se negaba o se volvía retraído, todo el castillo de cartas se derrumbaría.
Entonces, contra toda lógica, el chico dijo aquellas palabras que ahora resonaban en todo el mundo:
“Yo mismo quisiera tener muchas esposas.”
“De forma natural.”
“Podría embarazar… no sé, como mucho a cien mujeres. O tal vez a mil si me esfuerzo.”
Fue como encender una mecha en un depósito de pólvora. Esas frases se repitieron sin cesar en redes, noticieros y discursos políticos. Algunas guerras se detuvieron temporalmente, y no existía un solo periódico en el planeta que no tuviera su imagen en portada.
Shizuku pasó de sentirse en la cima del mundo… a darse cuenta de que estaba atrapada en una tormenta que ni siquiera ella podía controlar. Ahora estaba encerrada en su oficina, con las manos cubriéndose el rostro. Afuera, el pasillo retumbaba bajo los golpes contra la puerta.
No era la policía. No era un grupo de manifestantes.
Eran presidentas, empresarias, primeras ministras y reinas de otros países, esperando turno para hablar con ella. Algunas llevaban horas. En la sala de espera había más líderes mundiales que en una cumbre de la ONU, y cada una estaba dispuesta a todo por obtener un fragmento de lo que ahora se conocía como “el recurso más valioso de la humanidad”.
— ¡Listen, you son of a bitch, open the door or I'll put a 500% tariff on your country.! —
Shizuku estaba teniendo su sexta crisis nerviosa ese día.
Nota. la que habla en inglés es una versión femenina de Trump gritando que le pondría 500% de aranceles si no abría la puerta… jajaja

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