Leer El Gobierno Quiere que Embarace a Mil Mujeres (Novela) Capítulo 36 online gratis en español

En la sala de control, el ambiente era como si hubiera pasado un huracán. El aire estaba denso, cargado de una mezcla de sudor, perfume femenino y puro pánico. Varias operadoras permanecían de pie… o más bien, medio de pie: habían quedado desmayadas sin llegar a caer del todo, apoyadas en escritorios o sobre sus compañeras. Otras estaban siendo atendidas por el equipo médico interno que por primera vez servía para algo y sentían que se estaban ganando su salario, con oxígeno en la cara y suero en el brazo, como si de verdad estuvieran en un campo de batalla.
La Comandante Riko estaba en el centro del desastre, de pie, con la mirada perdida. Su teléfono, aún con línea directa a la Primera Ministra y a la Emperatriz, yacía en el suelo. Del otro lado, el silencio estaba roto por respiraciones agitadas y… ruidos extraños.
Ambas líderes parecían en shock. Normalmente, nada podía alterar tanto a dos de las figuras más poderosas del país. Pero esto no era un caso normal. Esto era Keita lanzando chistes sin entender la diferencia cultural del mundo donde había reencarnado.
—He… — susurró Riko, como si su cerebro necesitará reiniciarse. Sus piernas temblaban mientras se dejaba caer en su asiento, sosteniéndose la cabeza con una mano.
En medio del silencio colectivo, una oficial — que salió del shock inicial — se acercó a la consola principal. Sus dedos volaron sobre los controles y, sin pedir autorización, puso en la pantalla gigante la repetición en bucle de lo ocurrido.
Nadie protestó.
Riko levantó la mirada y lo que vio la dejó más perturbada que el propio video: varias de sus subordinadas, las que habían logrado salir del shock inicial, estaban de rodillas, con las manos juntas, en postura de oración hacia la pantalla gigante. Sus labios se movían murmurando frases como si estuvieran presenciando el nacimiento de una nueva fe.
—Dios ha bendecido a Japón… — susurró Riko con voz grave — pero me ha maldecido a mí. ¿cómo se supone que controle esta situación?
En ese momento, desde el altavoz del teléfono, la voz de la Primera Ministra irrumpió como una ráfaga:
—¡Rikoooo! ¡Rikoooo, escúchame! Autorizo la movilización del ejército, ¿me oyes? ¡Repito, mandaré al ejército a la ciudad! Maldita sea, esto se salió de control, corta la transmisión en vivo. Si el video se filtra, incluso los Estados Unidos meterá sus manos con tal de llevárselo. ¡Rikooooo, escucha!
En la otra línea, la Emperatriz no decía palabras. Lo que emitía eran… sonidos. Sonidos que solo podían describirse como una mezcla entre jadeos y suspiros de amor, que por desgracia salpicaban directamente sobre el micrófono del teléfono.
Fue entonces cuando todas las alarmas de la sala de control comenzaron a sonar a la vez. No una, ni dos… sino todas, cada una con un timbre diferente, como si Japón entero estuviera entrando en estado de guerra. Las luces rojas parpadeaban, las pantallas mostraban alertas, pero Riko… simplemente miraba al vacío, con los ojos de quien contempla el fin del mundo.
Finalmente, como si un resorte invisible la empujara, Riko se levantó con una lentitud inquietante. Caminó hasta la plataforma más alta de la sala con pasos lentos, sacó su arma reglamentaria y, sin previo aviso…
¡PAM! ¡PAM! ¡PAM!
Tres disparos al aire.
El estruendo sacudió a todas. Las oraciones se interrumpieron, las operadoras que estaban desmayadas abrieron los ojos como si hubieran recibido una descarga eléctrica, y hasta las médicas dejaron caer a las personas inconscientes por el susto.
—¡Escuchen! —bramó Riko con voz firme y cortante — Ahora mismo, su deber es proteger a Keita. ¡Dejen de estar alucinando como si fueran adolescentes en un concierto de ídolos!
Nadie respiraba.
—Debemos calmar la situación cueste lo que cueste… — continuó, endureciendo el tono—. ¡Y si lo hacen…! — Pausó, bajando la voz dramáticamente pensando en la mejor forma de hacerlas trabajar a toda máquina — les prometo a todas que estarán en la lista de espera para recibir la semilla de Keita.
El efecto fue inmediato. Aquellas palabras fueron como un conjuro prohibido. Las que estaban en el suelo se levantaron de golpe, como resucitadas. Las que apenas podían sostenerse, ahora estaban firmes, con la mirada encendida.
—¡¡SÍ, SEÑORA!! — gritaron al unísono, con una determinación tan intensa que el eco resonó por toda la sala. El brillo en sus ojos era casi inhumano, como el de un ejército de fanáticas listas para iniciar una guerra santa.
El suelo vibró con la fuerza del grito.
Riko, satisfecha con la respuesta, ni siquiera se molestó en recoger el teléfono. Se dio media vuelta y caminó hacia la puerta trasera que conducía a sus aposentos privados. Desde fuera, su figura era la de una mujer de hierro: espalda recta, pasos firmes, presencia indomable.
Pero apenas cerró la puerta, todo el peso del día se le vino encima. Soltó la pistola, que cayó al suelo con un golpe seco, y ella misma se dejó caer de rodillas, cubriéndose el rostro con las manos.
—¿Qué… acaba de pasar? —murmuró, con una voz quebrada que nadie más podía escuchar.
El silencio de la habitación privada la envolvió, mientras en la sala de control, cientos de ojos vigilaban a Keita en las pantallas… como si vigilarán el tesoro más valioso del país.

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