Leer El Descenso del Santo (Novela) Capítulo 74 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Los cantos y bailes del salón principal cesaron de pronto, y los hombres que bebían copiosamente giraron la cabeza al unísono para mirar.
¿Un monje? ¿Mil taeles de plata?
Un tipo visiblemente ebrio soltó una sonora carcajada:
"Este servidor solo ha visto a monjes amasar riquezas, jamás a uno regalando dinero. Amo Yuan, ¿cuándo fue que extorsionó a un monje a espaldas de los hermanos?"
Otro frunció el ceño:
"Los monjes de la Capital Oriental no son fáciles de tratar. Esa manada de pixius solo engulle y jamás suelta nada. Mejor será despacharlo cuanto antes".
Alguien más añadió con desenvoltura:
"Hablas como si los monjes de otras partes fueran dóciles. Sin embargo, por muy fuerte que sea la Escuela Budista, bajo nuestros cascos de hierro tendrán que agachar la cabeza y acobardarse de igual manera".
Yuan Feng levantó una mano, indicando a todos que guardaran silencio.
Se dirigió al subordinado que traía el mensaje:
"¿De dónde viene ese monje? ¿De qué templo es y cuál es su nombre del dharma?"
El guardia nocturno sacudió la cabeza:
"Afirma haber llegado del sur en peregrinaje, se hospeda de paso en el Templo Dinghui y viene completamente solo".
Yuan Feng meditó unos segundos y ordenó:
"Que pase. Quiero ver con mis propios ojos de qué calaña está hecho".
Yuan Feng lanzó una mirada de complicidad a sus hombres y sonrió:
"Espabílense todos. Si alguien viene a traernos plata, ¿con qué derecho habríamos de cerrarle la puerta en las narices?"
Los más de veinte fornidos hombres sentados al banquete soltaron sus copas, apartaron a las mujeres y, sin hacer aspavientos, posaron las manos sobre sus armas.
Momentos después, el guardia de turno guio a un monje al interior del salón principal.
El monje vestía una túnica monástica de hábito recto y cargaba a la espalda un fardo de tosco cáñamo. Al caminar mantenía la espalda erguida, con un porte firme y sereno.
Yuan Feng rodeaba con un brazo a una hermosa mujer mientras jugueteaba con la copa de vino en la otra mano. Lo examinó de arriba abajo:
"Monje, ¿de dónde sales?"
Gao Mei juntó las palmas en reverencia e inclinó levemente la cabeza:
"El nombre del dharma de este humilde monje es Jishi. Vengo del Templo Huangyan, en el Circuito de Jiangnanxi, y en la actualidad me hospedo en el Templo Dinghui".
Tras presentarse, y sin darle margen a Yuan Feng para interrumpir, continuó:
"El Ejército de Chengzhao se halla a las puertas de la ciudad, bloqueando el transporte fluvial, y el sustento de la gente común se ha vuelto penoso. Este humilde monje desea realizar una transacción con el benefactor Yuan".
"¿Qué clase de transacción?", preguntó Yuan Feng, haciendo girar la copa entre sus dedos con evidente curiosidad.
Gao Mei alzó la vista y clavó la mirada en Yuan Feng:
"Este humilde monje está dispuesto a ofrendar mil taeles de plata para pedirle al benefactor Yuan que rebaje el precio del arroz a cien monedas por dou. Salvar una vida genera un mérito incalculable; ruego al benefactor Yuan que se apiade del pueblo de la ciudad".
Yuan Feng soltó un bufido de desprecio:
"Monje, el grano está en mis manos. Ya no digamos a doscientas monedas por dou; aunque lo pusiera a trescientas, la gente de la Capital Oriental tendría que comprarlo de todos modos. ¿Por qué razón habría de cortar mi propio camino a la riqueza por tus míseros mil taeles?"
Los hombres estallaron en estruendosas carcajadas, burlándose abiertamente:
"¡Monje estúpido y engreído! ¡Tanto rezar sutras le ha secado los sesos!"
"¡Lárgate de aquí ya mismo y no nos arruines la borrachera!"
"Monje, ya que eres tan compasivo, ¿por qué no compras grano con esos mil taeles para socorrer a los damnificados? Los hombres de fe no pueden beber vino, ¿verdad? Hagamos esto: bebe una copa y te venderemos un dou de arroz por cien monedas".
Gao Mei volvió a juntar las palmas, impregnando su voz de compasión:
"Quienes abandonaron el hogar terrenal no tocan el vil metal. Este humilde monje no posee plata. Si he venido aquí, ha sido por designio del Buda. La plata, naturalmente, también la otorgará el Buda".
Esas palabras despertaron el interés de los presentes.
Yuan Feng enarcó una ceja:
"¿Otorgada por el Buda? ¿Y cómo te la va a dar? ¿Acaso puedes hacer que el mismísimo Buda se manifieste?"
El monje Gao Mei asintió con parsimonia:
"Este humilde monje puede recitar sutras e invocar la luz búdica para que descienda sobre el mundo. En ese instante, el Buda mismo pondrá la plata ante los ojos del benefactor".
Los hombres en la mesa se miraron entre sí. Tratándose de la figura del Buda, nadie se atrevía a proferir burlas a la ligera, y sus miradas vacilaron entre la sospecha y el asombro.
Yuan Feng se enderezó en su asiento. Clavó una mirada abrasadora en el monje y advirtió con voz sombría:
"Monje, te lo advierto de antemano: si te atreves a tomarme el pelo, hoy mismo te enviaré a ver al Buda en persona".
Gao Mei respondió con serenidad:
"Los monjes no dicen falsedades".
Habiendo dicho esto, se sentó con las piernas cruzadas sin pronunciar una sola palabra más, desató su fardo y extrajo un pez de madera, un incensario y tres varillas de fino incienso.
Como si estuviera completamente solo, encendió el incienso, lo clavó en el incensario, comenzó a golpear rítmicamente el pez de madera y entonó los sutras.
\*Toc, toc, toc...\*
El humo azulado se dispersó suavemente en volutas, y el sonido acompasado del pez de madera reverberó en el salón, trayendo sosiego y una profunda quietud.
Yuan Feng escuchaba en silencio. El estado de alerta en su pecho comenzó a disiparse gradualmente, cediendo ante una pesada fatiga y una extraña apatía.
'Qué sueño... Cómo quisiera dormir un rato...', pensó, mientras sus ojos se cerraban poco a poco.
Justo cuando todos se encontraban sumidos en el cántico sagrado, adormilados y despojados por completo de su espíritu combativo, una silueta se deslizó en silencio dentro del salón principal, rodeó el banquete por la retaguardia y, semejante a un tigre al acecho, se movió con la rapidez de una liebre en fuga, abalanzándose directamente sobre Yuan Feng.
El sable largo en manos de la sombra cortó el aire con un silbido aterrador, buscando el cuello de Yuan Feng.
Aquel tajo era tan rápido y feroz que habría cercenado de cuajo la cabeza de un buey; sin embargo, en la nuca de Yuan Feng resonó un agudo tañido metálico.
¡Clang!
Aquel chillido de hierro hendido destrozó la calma del salón y arrancó de golpe a todos los presentes de aquel trance fascinante.
"¿El Reino del Cuerpo Dorado?"
El rostro de Tío Hong, cuyo golpe mortal había fallado, se demudó por completo.
El Reino del Cuerpo Dorado era el símbolo de la perfección consumada en el Reino Humano dentro de la Escuela Militarista. Al alcanzar este peldaño, uno podía irrumpir en medio de miles de soldados y caballos para batirse a muerte, invulnerable a las hojas y lanzas, e inmune al agotamiento.
Aquellos dioses de la muerte que en los anales de la historia combatieron superados en número durante días y noches sin retroceder un paso pertenecían todos a este nivel.
El rostro de Yuan Feng se contrajo con ferocidad:
"¿Que los monjes no dicen falsedades? Maldito monje ladrón, ¡hoy mismo te mando a ver a tu Buda!"
Aferró el sable largo apoyado contra la mesa y se revolvió para cortar a Tío Hong.
Tío Hong interpuso su propia hoja para bloquearlo, pero su arma estalló en pedazos ante el impacto, despidiendo una lluvia de chispas.
Yuan Feng dio un paso al frente y descargó el puño izquierdo como si fuera una pesada lanza de guerra, apuntando a la sien del enemigo.
Tío Hong flexionó el codo para frenar el golpe.
¡Pum!
Yuan Feng no se movió un ápice, mientras que Tío Hong retrocedió tambaleándose varios pasos.
Yuan Feng se palpó la nuca y curvó los labios en una mueca salvaje:
"Este servidor formó en las filas bajo el mando del Comisionado de Mando Militar durante años y entrenó a diario en las formaciones de batalla bajo su tutela. Me he impregnado de parte del aura del Cuerpo Dorado; ningún arma mundana puede causarme daño".
El rostro de Tío Hong se tornó grave, y advirtió con urgencia:
"¡Joven amo, ya tiene medio pie metido en el Reino del Cuerpo Dorado! ¡Es imposible derrotarlo por la fuerza! ¡Márchese deprisa, este viejo sirviente le cubrirá la retirada!"
Yuan Feng soltó una carcajada burlona:
"¿Qué hacen ahí pasmados? ¡Formen la formación! Si dejan que estos dos escapen, juro que los degollaré a todos".
Los fornidos hombres empuñaron sus armas y, con disciplina marcial, corrieron hacia él.
Entre las distintas escuelas, si se trataba de combates individuales, los artistas marciales y los espadachines ocupaban la cúspide, mientras que la Escuela Militarista quedaba en un modesto tercer lugar. No obstante, en lo relativo a la capacidad de combate colectivo, la Escuela Militarista era la soberana indiscutible; bajo el implacable pisoteo de sus huestes de hierro, las Cien Escuelas no tenían más remedio que replegarse.
En el Reino Humano, una formación militar de apenas veinte soldados bastaba para combatir por encima de su propio rango. Si el Abanderado era un experto del Cuerpo Dorado en la cúspide del Reino Humano, resultaba prácticamente invencible dentro de ese reino.
El monje Gao Mei juntó las palmas y pronunció con tono profundo:
"Deseo que en esta batalla los reyes se midan con los reyes y los peones con los peones, sin interferir entre sí".
Al instante siguiente, el espacio en el salón principal pareció plegarse sobre sí mismo. Tío Hong y los más de veinte hombres fornidos quedaron agrupados en un solo sector, mientras que las inmediaciones de Gao Mei y Yuan Feng quedaron desiertas.
Un solo deseo había escindido el espacio en dos campos de batalla perfectamente delimitados.
Las cortesanas y las bailarinas de las regiones occidentales se replegaron aterradas hacia los rincones, abrazándose la cabeza y encogiéndose mientras temblaban sin control.
"¿El Sello de la Concesión de Deseos?", arqueó una ceja Yuan Feng con un resoplido. "Si cultivaras el Sello del Sometimiento de Demonios o el Sello Vajra, hoy tal vez habría mordido el polvo. Pero se te ocurre cultivar el Sello de la Concesión de Deseos, que carece de poder ofensivo para matar, ¿y aun así te atreves a allanar mi residencia?"
Mientras bramaba, se impulsó en el aire y alzó el sable largo con ambas manos, descargándolo con la fuerza de quien parte una montaña.
El cuerpo de Gao Mei se bañó al instante en un tenue resplandor búdico dorado. Levantó ambas manos y atrapó la hoja en el aire con las palmas.
El feroz qi de sable se desbordó como una riada. La fuerza colosal atravesó su cuerpo, haciendo añicos las baldosas de piedra bajo sus pies y levantando una densa polvareda.
Sin embargo, no logró causarle el menor rasguño.
Yuan Feng intentó tirar del sable para zafarlo, pero aquellas manos envueltas en un halo dorado parecían tenazas de hierro forjado; por más que tiró, fue incapaz de liberar el arma.
El corazón de Yuan Feng dio un vuelco. El martirio físico con el que los militares templaban su vigor no envidiaba en absoluto al de los artistas marciales. En las fases inicial y media del Reino Humano, la fuerza bruta individual de ambos apenas difería. Era solo en las fases tardías cuando los artistas marciales se concentraban en refinar el qi, mientras que los militares se enfocaban en las formaciones de combate, tomando así senderos diametralmente opuestos.
Él era un Abanderado de la Escuela Militarista en la fase media del Reino Humano; su fuerza combativa individual apenas estaba por debajo de la de un artista marcial.
Y, sin embargo, acababa de ser superado en pura fuerza muscular por el monje que tenía enfrente.
"Erradicar el mal no reside en el dharma; reside en la compasión".
El cuerpo de Gao Mei se abalanzó hacia adelante, arremetiendo como una montaña que se desploma o una marea desbordada, e impactó con tremenda brutalidad contra Yuan Feng.
Yuan Feng soltó el arma de inmediato y cruzó los brazos sobre el pecho.
¡Bum!
El cuerpo de Yuan Feng salió despedido hacia atrás al instante y se estrelló contra la pared a sus espaldas con un rugido ensordecedor, agrietándola en mil pedazos.
A Yuan Feng le dolió el pecho como si se le hubiera fracturado, y un sabor ferroso a sangre le brotó por la garganta. Se abrió la solapa de un tirón y bajó la mirada: en su pecho había quedado hundida la huella profunda de una palma.
El pavor le atenazó las entrañas.
Gao Mei dio una zancada hacia adelante y descargó una tempestad de puñetazos. Eran tan veloces que dejaban estelas residuales, pero a la vez desprovistos de artificios, golpeando el Cuerpo Dorado con pura y despiadada fuerza bruta.
Ambos se enzarzaron en un encarnizado combate cuerpo a cuerpo. Cada impacto de puños y piernas resonaba con sordos y atronadores estruendos, como si dos campanas gigantescas colisionaran una contra otra.
Para su absoluto espanto, Yuan Feng comprendió que en aquel duelo singular a muerte, él, que ya tenía medio pie puesto en el Reino del Cuerpo Dorado, no era en absoluto rival para aquel monje.
Su adversario poseía una fuerza inconmensurable; en cada golpe de puño y patada parecía asistirle un poder divino. Cada vez que él intentaba abrir distancia o escapar del vestíbulo, el otro avanzaba casi diez metros de una sola zancada, siguiéndolo como una sombra que jamás se aparta.
Daba la impresión de que, dentro de cierto margen, aquel hombre era capaz de conseguir cuanto su mente deseara.
Los pensamientos de Yuan Feng giraron a toda velocidad. Al vislumbrar por el rabillo del ojo el combate que se libraba no muy lejos, una idea cruzó por su cabeza y soltó una burla:
"Maldito calvo, tienes cierta destreza, pero qué lástima que el viejo sirviente que trajiste sea tan inútil. En cuanto mis hermanos lo destacen, vendrán a ayudarme a acabar contigo."
En ese instante, el tío Hong se encontraba atrapado en medio de la formación de batalla, envuelto en un peligro constante.
Los fornidos hombres se organizaban con perfecta disciplina en escuadras de cinco; un total de cinco grupos que lo rodeaban en círculos concéntricos sin concederle respiro.
El tío Hong levantó de una patada una pesada mesa baja, arrojándola contra la formación de cinco hombres que tenía al frente. Los dos sujetos en la vanguardia blandieron sus largos sables y partieron la mesa en dos.
En el preciso instante en que la mesa se partía, el tío Hong acortó la distancia de golpe y barrió con su sable corto hacia la garganta de uno de ellos.
El hombre no lograba esquivarlo a tiempo y estaba a punto de ser degollado, pero los dos compañeros que se hallaban tras él le sujetaron los brazos y tiraron de él hacia atrás con fuerza.
El filo del tío Hong cortó el aire vacío.
Al mismo tiempo, una lluvia desordenada de sables cayó a sus espaldas, obligándolo a doblar el torso para esquivar y a colocar su sable roto pegado a la espalda, bloqueando los tajos.
Aprovechando esa oportunidad, el hombre que casi había sido degollado dio una gran zancada al frente y propinó un violento rodillazo directo al rostro del tío Hong.
El tío Hong bloqueó el golpe de rodilla con una sola mano y se impulsó hacia arriba de un salto, intentando romper el cerco.
Los más de veinte hombres se dispersaron con rapidez y volvieron a rodearlo al instante, haciendo descender destellos de hojas de sable desde todas direcciones.
En un abrir y cerrar de ojos, múltiples heridas de sable se abrieron en el cuerpo del tío Hong, empapándolo en sangre fresca.
Por su parte, su contraataque apenas lograba herir a un enemigo. En cuanto uno resultaba lesionado, retrocedía de inmediato a la retaguardia para que otro compañero ocupara su lugar.
La ofensiva de Gao Mei vaciló por un instante.
Yuan Feng no esperaba que él revocara su deseo; lo que buscaba era precisamente esa fracción de segundo de indecisión. Sin perder el tiempo, se desprendió del combate y huyó a toda prisa hacia el patio trasero.
Gao Mei lo persiguió sin darle tregua.
Durante la persecución, ambos derribaron un muro. Un patio de cuatro pabellones no era ni demasiado grande ni demasiado pequeño.
Gao Mei iba pisándole los talones a Yuan Feng. Al ver que este destrozaba una puerta de madera, se dispuso a irrumpir tras él en la habitación, pero en ese momento vio a Yuan Feng salir a la carrera empuñando una pequeña bandera de color amarillo brillante.
La bandera tenía la forma de un pequeño estandarte triangular, manchado de sangre. En una cara llevaba inscrito el carácter «Orden», y en la otra, «Zhu».
Gao Mei detuvo el paso en seco.
La pequeña bandera amarilla parecía una criatura viva: de ella emanaban ecos espectrales de gritos de guerra, relinchos de corceles y choques de armas de metal. Un aire feroz y homicida inundó de pronto todo el patio trasero.
Gao Mei sintió como si estuviese plantado ante un ejército entero de miles de jinetes, y su temple espiritual se estremeció.
En sus pupilas resplandeció una dorada luz búdica, y su imponente aura se elevó nivel tras nivel, como si fuera un Buda descendido al mundo mortal, contrarrestando con ello la sofocante presión que despedía la Bandera de Mando.
Yuan Feng ya no mostraba la pesadez de antes. Con la Bandera de Mando en la mano, esbozó una sonrisa de burla:
"Si no fuera porque el comandante supremo me concedió esta Bandera de Mando, es muy probable que esta noche hubiera caído en tus manos.
"¿Quién te envió a asesinarme? ¿El Ejército de Chengzhao? No tendría sentido; que yo infle el precio del arroz en la Capital Oriental es algo que a ellos les conviene ver. ¿Entonces fue el gobierno de la Capital Oriental? Tsk, tsk... el Gobernador Regente de la Capital Oriental no tiene semejantes agallas, sin contar que los grandes comerciantes de grano de la ciudad están estrechamente vinculados con sus subordinados.
"Las demás guarniciones militares tienen todavía menos motivos para fijarse en mí. Monje, ¿no me digas que de verdad hiciste esto por mera compasión?"
El rostro de Gao Mei permanecía sombrío como el agua estancada. La operación había tropezado con un contratiempo tras otro; el intento de asesinato de esta noche ya había fracasado.
No quedaba más opción que retirarse del lugar y aguardar una mejor ocasión en el futuro.
Dio media vuelta y corrió de regreso al salón delantero.
"¿Quieres huir?"
Las tornas de ataque y defensa se habían invertido. Yuan Feng lo persiguió de vuelta al salón principal y arrojó la Bandera de Mando con todas sus fuerzas.
¡Bang!
La Bandera de Mando destrozó una losa de piedra y quedó firmemente clavada en el suelo.
El lienzo ondeó sin que soplara viento alguno, dejando escapar gritos fantasmales de matanza y relinchos desbocados; todo el salón delantero pareció transformarse en un campo de batalla.
Las cortesanas de las regiones occidentales, encogidas en los rincones, se llenaron de un pavor aún mayor. Aquellas cuyo temple era más débil se desmayaron en el acto o perdieron por completo la cordura.
Por el contrario, los fornidos hombres no solo no se vieron oprimidos, sino que sus ojos se tiñeron de un rojo sangriento. Sus rostros se tornaron progresivamente salvajes y feroces, sumiéndose en un estado de exaltación demencial.
El tío Hong apenas se sostenía a duras penas, en clara desventaja; al quedar sometido a la sofocante presión de la Bandera de Mando, cayó de inmediato en una situación desesperada.
Gao Mei se vio obligado a disipar su deseo. Cruzó como una saeta el aire y se internó en la formación; sacudió las mangas para apartar de golpe la maraña de sables que acosaban al anciano y, acto seguido, apresó por el cuello a dos hombres que no alcanzaron a retroceder a tiempo. Con una flexión de los dedos, partió sus cuellos con un seco crujido.
"¡Formen la formación!", bramó Yuan Feng.
Los hombres respondieron al instante, alineándose bajo su mando para escoltarlo al frente.
El qi de las más de veinte personas resonó al unísono, fundiéndose en una sola entidad. Un aura asesina, intangible pero densa como materia física, barrió el salón como un vendaval furioso. Las llamas de las velas se inclinaron hacia abajo al mismo tiempo y el papel de las ventanas tembló con violencia, azotando el cuerpo de Gao Mei hasta hacer que la luz búdica que lo cubría vacilara y perdiera brillo.
Empuñando su largo sable de hierro refinado, Yuan Feng sintió cómo un caudal inagotable de qi se volcaba dentro de su cuerpo. Dejó escapar un prolongado suspiro:
"Comparada con una formación de cien o de mil hombres, una formación de apenas veinte hombres difícilmente puede entusiasmarme, pero para matarte a ti, sobra y basta."
Su voz adquirió una resonancia firme, autoritaria y profunda, como si fuera el soberano absoluto del campo de batalla.
A sus pies, el qi se agitó en oleadas turbulentas, elevándolo en el aire; aquella corriente continuó ascendiendo e impregnando la hoja del arma, haciendo que el aire a su alrededor se distorsionara visiblemente.
Alzó el largo sable, como si sostuviera un peso de diez mil jin.
¡Partir la Montaña Hua con fuerza colosal!
Un tajo de energía de sable de varios zhang de longitud se abatió directamente sobre su cabeza.
Las venas de la frente de Gao Mei se hincharon. La luz dorada sobre su cuerpo ardió con intensidad deslumbrante, condensando tras su espalda una figura de dharma borrosa de dos metros de altura, que lanzó un puñetazo para recibir el tajo de energía.
¡Boom!
Los cuencos, platos y copas de vino dentro del salón salieron volando por todas partes como pedazos de papel roto.
Las mesas bajas salieron despedidas, chocando estrepitosamente unas contra otras.
La figura de dharma a espaldas de Gao Mei colapsó en un instante. La luz del sable, imparable en su curso, dejó una aterradora herida en su pecho.
"¡Amo mayor!", exclamó el tío Hong con espanto. Corrió a sostenerlo y dijo con urgencia: "¡Márchese de inmediato, yo me quedo a cubrir la retaguardia!"
Gao Mei estaba pálido, con gruesas gotas de sudor resbalando por su frente. Aun así, su expresión continuaba serena mientras negaba despacio con la cabeza:
"Tú no podrás contenerlos."
Al otro lado, Yuan Feng lideraba a los veinte hombres en una carga implacable. Se desplazaban a un paso unísono, sus respiraciones enlazadas; al embestir parecían un ejército de diez mil corceles, con un ímpetu sobrecogedor.
¡Fiuuu!
Un estridente silbido desgarró el aire. Una flecha cruzó desde detrás de Gao Mei convertida en una sombra borrosa, atravesó la hirviente barrera de qi y perforó de lado a lado el pecho de uno de los hombres.
El avance de Yuan Feng y de sus secuaces se detuvo en seco; la armoniosa circulación de su qi se desestabilizó al instante, aunque al segundo siguiente recuperó su fluidez.
Todas las miradas se dirigieron fuera del salón.
Bajo la luz de la luna se hallaba un joven de porte apuesto, vestido con una túnica de cuello redondo, sosteniendo con ambas manos una ballesta de madera de dimensiones exageradas.
A su lado se encontraban además dos hombres vestidos con ropas de tela burda.
Al notar que Gao Mei lo miraba, Huangfu Yi sonrió con maliciosa picardía:
"Hermano Gao, tratándose de erradicar a los tiranos y traer paz a los inocentes, ¿cómo podría faltar yo?"
Al ver la ballesta que sostenía aquel intruso, la expresión de Yuan Feng cambió por completo.
¡Una ballesta de madera!
Si a esa arma se le añadía un torno de poleas, equivalía a una balista portátil; era capaz de abrirle un boquete a un jinete con armadura pesada.
Las ballestas de madera más grandes requerían incluso el esfuerzo conjunto de tres o cuatro hombres para operarse, y en el campo de batalla, de un solo disparo atravesaban de parte a parte a caballo y jinete.
"¡Mátenlo a él primero!", ordenó Yuan Feng, cambiando de rumbo para cargar junto a sus hombres hacia el exterior del salón.
Al ver semejante escena, los dos hombres que acompañaban al joven comenzaron a gritar despavoridos:
"¡Cuarto Amo, parece que vienen hacia usted!"
"¡Cuarto Amo, quedamos de acuerdo en que nosotros no intervendríamos, solo cuidaríamos de su seguridad! ¡Ah Gui, saca al Cuarto Amo de aquí!"
Huangfu Yi gritó con obstinación y reproche:
"¡Par de perros serviles, dejen de decir tonterías y ayúdenme a tensar la cuerda! ¡Dejen que dispare otra flecha, huir de esta forma es demasiado humillante!"
En medio de aquel caos estrepitoso, de pronto cayó del cielo una esfera negra que rodó directamente hacia el centro de la formación de batalla.
Todos afinaron la mirada: era una esfera de madera del tamaño de un puño. Su superficie no era lisa ni uniforme, sino que estaba formada por piezas de madera hexagonales encajadas y ensambladas entre sí, repletas de diminutos orificios.
¿Qué era esa cosa?
¿Quién la había arrojado?
Desde la oscuridad se escuchó un nítido chasquido de dedos:
¡Plaf!
Al segundo siguiente, desde el interior de la esfera se oyó el rechinar mecánico de engranajes encajando entre sí, seguido por el chasquido de resortes liberando su energía acumulada.
Una lluvia torrencial de incontables agujas largas salió disparada en todas direcciones. Los seis hombres más cercanos recibieron los impactos en los muslos, en el rostro y en el pecho.
La fuerza de las agujas era limitada, por lo que no llegaron a penetrar por completo en sus cuerpos; la mayor parte de su longitud quedó visible en el exterior.
Semejantes heridas no parecían mortales en absoluto.
Sin embargo, los seis hombres se llevaron de pronto las manos al pecho, retorciéndose con semblantes desfigurados de dolor mientras sus labios se teñían de un negro azulado.
En apenas unos cuantos respiros, cayeron al suelo convulsionando, al borde de la muerte.
Yuan Feng clavó la mirada en la oscuridad que envolvía el exterior del salón y rugió:
"¡¿Quién es?! ¡Deja de esconder la cabeza y asomar la cola, sal de una maldita vez! ¡A este padre no le importa matar a unos cuantos más!"
En la penumbra del patio delantero, una figura cubierta con una capa avanzó paso a paso, entrando en el radio que alcanzaba la luz de los faroles.
Tenía facciones apuestas y una mirada brillante y despejada.
"¡¿Boheng?!", exclamó Huangfu Yi con desbordante alegría. "¿Cómo es que tú también viniste?"
'¿Te vienes a lucir sin avisarme, y todavía tienes el descaro de preguntar?'
Yan Shixu sonrió y respondió:
"¡Vine por la mismísima razón por la que viniste tú!"
El corazón de Huangfu Yi se tranquilizó por completo y él también soltó una carcajada:
"El hermano Gao resultó ser un completo inútil. Sin nosotros dos, no es capaz de lograr una sola mierda."
Los encuentros en este mundo casi siempre nacen del azar; solo cuando los hombres acuden juntos en defensa de la rectitud y la justicia quedan sus destinos entrelazados, forjando un lazo que perdura para siempre.
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• Novela: Lín Shèng / 临圣
• Autor: Mai Bao Xiao Lang Jun (卖报小郎君)
• Traductor: Inmensurable
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El Descenso del Santo (Novela)
Capítulo 75
El Descenso del Santo (Novela) Capítulo 74
Estás leyendo el capítulo 74 de El Descenso del Santo (Novela), un novela. En este mundo, ¿quién mueve las piezas del tablero y quién es tan solo un peón? La pluma y la espada grabaron la lealtad y la rectitud, solo para volverse y conspirar con traición. Las danzas en el Salón del Trono… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Descenso del Santo (Novela) tiene 108 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.