Leer El Descenso del Santo (Novela) Capítulo 70 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Al contemplar las tres varillas de incienso consumidas en un instante, Yan Shixu enarcó una ceja.
Hacía tiempo que había notado que, durante el transcurso en que los devotos formulaban sus plegarias, las tres varillas de incienso ardían a un ritmo acelerado.
Cuanto más vehemente era el anhelo, más deprisa se consumía el incienso.
Sin embargo, ver cómo se reducía a cenizas en un abrir y cerrar de ojos era algo insólito. El poder de los votos de aquel hombre, que parecía un muerto viviente, era aterradoramente intenso.
"¿Qué rencor guardas contra Yuan Feng?", preguntó Gao Mei desde detrás de la cortina, con una voz pausada, imbuida de misterio y solemnidad.
El hombre de cabello grasiento y rostro tiznado guardó silencio durante unos segundos antes de responder en voz baja:
"Este humilde devoto, Chang Ji, administraba tres tiendas de grano en el Mercado del Sur. Después de que los bandidos saquearan, quemaran y asesinaran en el mercado, varios grandes comerciantes de grano de la ciudad nos convocaron a una reunión para conspirar juntos y forzar un alza en el precio del arroz. Sin embargo, al día siguiente, el gobierno de la Capital Oriental envió emisarios a advertirnos en secreto que estaba prohibido aumentar el precio.
Este devoto siempre ha comerciado con honradez; hicieron falta tres generaciones de esfuerzo familiar para hacerme un lugar en el gremio del grano. Por supuesto, no me atreví a desobedecer las órdenes de la Capital Oriental, de modo que rechacé las exigencias de subida de precios de los grandes comerciantes. Como resultado... al poco tiempo, un grupo de matones callejeros se presentó a mi puerta. El que iba al frente decía ser el cabecilla de la Banda de la Palma de Hierro, un tal Yuan Feng.
Pretendía comprar mis tres tiendas por quince guan".
¿Quince guan? Ni hablar de Yan Shixu: hasta el mismísimo Huangfu Yi, que despilfarraba el dinero a manos llenas y no tenía la menor noción del coste de las cosas, lo consideró un despropósito absoluto.
¡Aquello no se diferenciaba en nada de un robo a plena luz del día!
"Por supuesto, me negué. Pero a partir de entonces, las tiendas sufrieron constantes acosos por parte de esos granujas. Ahuyentaban a los clientes, destrozaban los locales, le rompieron las piernas a uno de mis dependientes y amenazaron con que, si no vendía las tiendas de arroz, se encargarían de arruinarme la vida y el sustento.
Fui a denunciarlo al Puesto de Guardia Wuhou, pero los guardias despacharon el asunto con meras evasivas. Luego acudí a la Prefectura de la Capital Oriental; el viceprefecto mandó arrestar a unos cuantos matones y le dio una advertencia a Yuan Feng. Al fin hubo calma durante unos días y creí que la pesadilla había concluido. Pero hace cuatro noches, una banda de criminales irrumpió en mi casa... Asesinaron a todo aquel que encontraron a su paso. Me oculté en el pozo del patio trasero durante toda la noche y logré salvar el pellejo por los pelos.
Desde el fondo del pozo oí a mis padres decirme que huyera, que corriera tan lejos como pudiera. Esos malnacidos ultrajaron a mi esposa y a mi hija para obligarlas a revelar mi paradero... Pasé la noche escuchando sus llantos y sus gritos desde el pozo hasta bien entrada la madrugada. Ni siquiera al final se doblegaron ante ellos. Esas bestias...
Al amanecer, cuando los vecinos llegaron acompañados por los guardias del Puesto de Guardia Wuhou, me atreví por fin a salir del pozo. A mis padres les habían cercenado las cabezas y las habían colocado en la sala principal como escarmiento. A mi hijo menor lo colgaron de una viga del techo... Solo tenía seis años, apenas acababa de iniciar su instrucción. El maestro de la escuela me decía que el niño poseía un talento natural, que era una auténtica promesa para el estudio, que en nuestra familia Chang por fin íbamos a tener a un letrado... Mi hija iba a alcanzar la edad casadera el año que viene; a principios de año le concerté un buen matrimonio y ya le tenía preparado un ajuar generoso. Creí que, una vez casada, solo le esperarían días dichosos".
Al llegar a este punto, la voz se le quebró en un llanto incontenible y sus hombros se estremecieron violentamente.
Mucho después, Chang Ji serenó sus emociones y continuó con la garganta anudada:
"Esa misma noche, los encargados y dependientes de mis tres tiendas fueron asesinados, y saquearon los graneros hasta dejarlos vacíos. Volví a denunciarlo ante las autoridades, pero cerraron el caso a toda prisa con la excusa de que se trataba de disturbios provocados por espías rebeldes. El viceprefecto me mandó decir que dejara de presentar querellas. Ya no me atreví a regresar a casa; he pasado los días vagando por los barrios del sur de la ciudad, indagando en secreto sobre la Banda de la Palma de Hierro.
Sé con certeza que fueron ellos. Aquella noche reconocí la voz de Yuan Feng; fue él quien lideró a esos hombres para deshonrar a mi esposa y a mi hija. A partir de entonces, los comerciantes de grano del Mercado del Sur fueron malvendiendo sus locales uno tras otro. La Banda de la Palma de Hierro y varios grandes comerciantes inflaron el precio del arroz hasta doscientos wen por dou... prácticamente el doble".
Chang Ji golpeó la frente contra el suelo con una serie de secos impactos, postrándose sin descanso a pesar de que la sangre le manchaba ya la piel:
"He oído decir que en el Estudio Ruyuan se atiende a todas las súplicas y toda plegaria se cumple sin falta. Le ruego al maestro que me ayude a cobrar venganza... Se lo suplico, maestro, ¡se lo suplico!...".
Sabía que lo había perdido todo y que carecía de recursos para pagar cualquier retribución, de modo que solo le quedaba prosternarse una y otra vez.
"¿Cuánta información has logrado averiguar?", resonó la voz de Gao Mei desde detrás de la cortina.
Chang Ji alzó la cabeza de inmediato. Su mirada inyectada en sangre mutó del tormento a una viva agitación, y masculló con profundo rencor:
"He oído que ese Yuan Feng era originalmente un comandante de batallón del Ejército Tiance. Por alguna falta cometida, fue expulsado de sus filas. Entonces se llevó consigo a sus subordinados de confianza para abandonar el ejército y formó la Banda de la Palma de Hierro aquí en la Capital Oriental. En poco más de un mes consiguieron un enorme poder.
Pensé en denunciar a este sujeto ante los altos mandos del Ejército Tiance, pero me resulta imposible acceder a sus generales; no tengo a quién acudir".
Yan Shixu sintió una punzada de alarma en el pecho. Desertar de las tropas conllevaba la pena capital; en tiempos de conflicto la disciplina era aún más implacable y los familiares sufrían castigo por complicidad.
¿Qué clase de agallas habrían tenido esos hombres de confianza para atreverse a desertar del Ejército Tiance por su cuenta?
Temía que la expulsión de Yuan Feng del Ejército Tiance no fuera un asunto tan simple. Lo más probable era que actuara como el brazo ejecutor encubierto de algún alto mando militar, enviado a la Capital Oriental para exprimir ganancias ilícitas.
El precio del grano estaba estrechamente ligado a la subsistencia de la gente; reportaba beneficios con mayor celeridad que cualquier otro rubro comercial, y el Ejército Tiance le había puesto el ojo encima a tan suculenta presa.
Momentos antes aún se preguntaba cómo era posible que el saqueo de almacenes de grano, un hecho de semejante envergadura, pasara inadvertido ante las patrullas nocturnas del Ejército Tiance.
Sin embargo, si Yuan Feng pertenecía en verdad a sus filas, todo encajaba a la perfección.
Al principio, la Prefectura de la Capital Oriental probablemente se había mostrado reticente; de no haber sido así, a Yuan Feng le habría resultado demasiado fácil liquidar a un comerciante: le bastaba inventar cualquier pretexto para encerrarlo y, tras una sesión de torturas inhumanas, le habría arrancado no solo el patrimonio, sino hasta los bienes de dieciocho generaciones de ancestros.
Aun así, a juzgar por la postura posterior de la prefectura, era evidente que habían optado por transigir.
Al fin y al cabo, detrás de los grandes comerciantes de grano de la ciudad también existía respaldo oficial.
Extorsionar y saquear ya era deleznable, pero ultrajar y asesinar a las mujeres de la familia, aniquilar el linaje entero sin perdonar siquiera a un niño pequeño demostraba la desalmada sed de sangre de esos rufianes salidos del Ejército Tiance... Una intensa llamarada de indignación ardió en el pecho de Yan Shixu.
El proceder de la Banda de la Palma de Hierro ya había rebasado la línea moral de cualquier persona de bien, así como los límites de las leyes imperiales. La única diferencia radicaba en que no eran simples facinerosos, sino bandoleros respaldados por la maquinaria militar del Ejército Tiance.
"¿Sabes dónde reside Yuan Feng?", preguntó la voz grave y solemne desde el interior de la cortina.
"En el Barrio Hengsheng", respondió Chang Ji.
"Regresa. En un plazo de tres días, tu deseo se verá cumplido". Desde el interior de la cortina, Gao Mei aceptó la petición.
"¡Muchas gracias, maestro! ¡Mil gracias, maestro!...", prorrumpió Chang Ji, como un náufrago aferrado a un madero de salvación, golpeándose la frente contra el suelo repetidas veces y dejando manchas de sangre sobre las baldosas.
Yan Shixu le advirtió con serenidad:
"Vuelve a tu hogar por ahora y aguarda noticias".
Chang Ji se incorporó con dificultad y se marchó cojeando.
\*\*\*
Al aproximarse la quinta vigilia, ningún otro devoto volvió a cruzar el umbral.
El tío Hong, que aguardaba en la tienda delantera, empujó la puerta de la sala de meditación:
"Joven amo, los devotos ya se han marchado todos".
Gao Mei emergió de detrás de la cortina. Sobre la superficie de su cuerpo flotaba un tenue resplandor dorado y sus pupilas brillaban con un matiz áureo; sin embargo, en un parpadeo, el fulgor se replegó y su aspecto regresó a la normalidad.
"Tío Hong, hoy tenemos un deseo obsesivo bastante espinoso". Tras relatarle brevemente la tragedia de Chang Ji, ordenó: "Después de la hora Mao, ve a recabar información sobre Yuan Feng, el cabecilla de la Banda de la Palma de Hierro. Vive en el Barrio Hengsheng y sirvió en el pasado como comandante de batallón en el Ejército Tiance".
"¿Comandante de batallón?". El tío Hong frunció el ceño con manifiesta inquietud. "Joven amo, debéis obrar con prudencia. Un comandante de batallón del Ejército Tiance tiene a mil hombres bajo su mando y sin duda es un abanderado de la Escuela Militarista. Aunque haya dejado las filas, seguro que conserva a su lado a más de treinta subordinados leales".
Gao Mei repuso:
"Puesto que ha roto con el ejército, ya no tiene permitido portar armadura. Si unimos nuestras fuerzas, no carecemos de oportunidades".
Bajo las leyes de la Gran Dinastía Sheng, las ballestas, las armaduras, las lanzas y los arneses de guerra constituían pertrechos terminantemente prohibidos. Entre ellos, el control de las armaduras era el más riguroso: ocultar tres cotas bastaba para morir en la horca.
Los mayores tormentos del mundo siempre habían brotado de los estragos bélicos. Por más que las leyes de la Gran Dinastía Sheng se hubieran relajado con los años, la tenencia clandestina de armaduras seguía siendo la línea infranqueable para la corte; cruzarla suponía una muerte inapelable.
El tío Hong dejó escapar un suspiro:
"Puesto que el joven amo ya ha tomado una determinación, este viejo servidor no insistirá más. No obstante, si las cosas se tuercen, debéis permitirme cubrir la retirada".
Dicho esto, dio media vuelta y salió de la estancia.
Gao Mei miró a Yan Shixu y a su acompañante, y les dijo en tono apacible:
"Yo también debo salir a consumar varios deseos para acumular poder de los votos y prepararme. Habéis pasado la noche en vela; podéis descansar un rato en la habitación del oeste".
En la lista de peticiones de aquella noche había bastantes asuntos que requerían que él mismo saliera a resolverlos en persona.
Yan Shixu y Huangfu Yi asintieron en silencio.
Ambos despidieron con la mirada a Gao Mei, pero no entraron a descansar. Huangfu Yi se recostó con fatiga bajo el alero, contemplando el firmamento nocturno teñido de negro azulado mientras su mente divagaba en el vacío.
Yan Shixu permaneció de pie a su lado, en absoluto mutismo.
Huangfu Yi exhaló un largo suspiro y esbozó una sonrisa amarga:
"Cuando aún estudiaba en la Academia Imperial, los maestros no dejaban de lamentarse por el sufrimiento del pueblo. Uno decía una cosa, otro añadía otra, como si solo de esa forma pudieran justificar su condición de modelos de virtud. Pero en qué consistía exactamente ese sufrimiento, jamás lo explicaban.
Con el tiempo, nosotros, los hijos de nobles y altos funcionarios, también empezamos a repetir mecánicamente lo del 'sufrimiento del pueblo' cada vez que salía a colación; después de todo, decir eso nunca estaba de más".
"Pero la gente común que yo he visto, la que creía que era el pueblo llano, son los mercaderes de los mercados del Este y del Oeste, los peregrinos del Templo Tianfu, los sirvientes que atienden en los campos de polo, el gentío incesante durante la feria de linternas de Shangyuan, las damas enjoyadas del Barrio Pingkang... e incluso los mozos de los burdeles de allí visten con decoro.
Pero en realidad ninguno de ellos lo es. He oído que los verdaderos pobres están al sur de la ciudad de Chang'an, aunque jamás he ido allí.
Al llegar a la Capital Oriental, no he hecho más que entretenerme en burdeles y tabernas. Ah Fu y Ah Gui no me permitían deambular sin rumbo por la ciudad, y yo tampoco tenía ganas de hacerlo. Solo hoy, al venir al Barrio Zhende, comprendí cómo se escriben en verdad las palabras 'penurias del pueblo'.
Antes no entendía al hermano Gao; siendo un monje budista, siempre tenía en la boca eso de 'salvar al mundo', me parecía que solo buscaba problemas de puro aburrimiento. Pero ahora de pronto lo comprendo. Ha visto demasiada maldad en este mundo, demasiado sufrimiento, demasiado odio; todas esas cosas son como un fuego salvaje que le quema el corazón a cada instante.
Con el paso del tiempo, ante algo así uno o enloquece o se convierte en santo. El hermano Gao eligió lo segundo, y lo admiro profundamente por ello.
Y por fin entiendo también por qué el Erudito Asistente Ye Zangfeng mataba allá a donde fuera".
Huangfu Yi habló durante un buen rato sin obtener respuesta de su amigo. Al girar la cabeza, descubrió que Yan Boheng mantenía la mirada baja en silencio, sumido en pensamientos indescifrables.
Huangfu Yi se rio con amargura de sí mismo: "Claro, al igual que el hermano Gao, tú también has vivido en carne propia las penurias del pueblo; supongo que estas cosas ya no te sorprenden".
'¿Que ya no me sorprendían?'.
Frente a un joven noble autóctono como Huangfu Yi, la perspectiva y la experiencia de vida de Yan Shixu lo superaban por completo en todos los sentidos.
Él conocía la perfidia del corazón humano, así como la impotencia y la desesperanza de un individuo al enfrentarse a la corte imperial.
En su vida pasada, cuando se desenvolvía en el mundo de los negocios, había presenciado cómo su empresa era esquilmada sin piedad por ciertos departamentos gubernamentales incompetentes para cumplir sus propias cuotas de rendimiento; y aun sabiendo que no habían cometido falta alguna, no les quedaba más remedio que apretar los dientes y someterse.
Y el que orquestaba todo aquello era apenas un funcionario insignificante, de poca monta.
Pero después de todo, aquella era una época de paz y prosperidad donde la explotación y el expolio permanecían ocultos bajo la superficie. En cambio, en la Gran Dinastía Sheng, la frontera entre los funcionarios y los bandidos ya se había vuelto difusa; prácticamente eran lo mismo.
Oprimir a los indefensos, exterminar familias enteras, despojar y arrebatar por la fuerza... Cuando tales atrocidades aparecían de forma tan cruda ante sus propios ojos, el impacto y la conmoción que le provocaban no tenían punto de comparación con una simple noticia o una página leída en un libro de historia.
Escucharlo de otros y presenciarlo en persona eran dos mundos completamente distintos.
"Este mundo me da asco", murmuró Yan Shixu. "Así que, para no sentir tanto asco, voy a ponerme a limpiar la basura".
"¿Qué?". Huangfu Yi no entendió a qué se refería.
Yan Shixu no le prestó atención; caminó hasta la base del muro, dio un salto ágil y abandonó la tienda.
Corrió a toda prisa por la Calle de la Encrucijada. La quinta vigilia ya había pasado; los transeúntes eran escasos y la mayoría de los comercios ya habían cerrado. La bacheada calle estaba repleta de basura por todas partes.
Yan Shixu se detuvo frente a una tienda donde el dueño gordo encajaba las tablas de la puerta, una tras otra, preparándose para cerrar.
"¡Tendero, espere un momento!", gritó Yan Shixu.
El dueño gordo se dio la vuelta, lo miró de arriba abajo y soltó un sonido de reconocimiento: "Ah, eres tú. Ya estamos cerrando; si quieres comprar algo, vuelve por la noche".
Yan Shixu se sorprendió un poco de que el dueño gordo todavía lo recordara.
"El hombre de antes que dijo...", Yan Shixu lo pensó un momento y continuó: "...que a la muchacha de su casa le hacía falta el cariño de un hombre, ¿dónde vive?".
Al oírlo, el dueño gordo esbozó una sonrisa de complicidad masculina y rio entre dientes:
"Vaya, jovencito, ¿no tenías humor por la noche y ahora que casi amanece te dieron ganas? Ese perro miserable se llama Zhang Si. Entra por este callejón y sigue todo recto; la casa que tiene dos acacias en el patio es la suya".
Yan Shixu se dio la vuelta y se marchó.
Siguiendo la dirección que le indicó el dueño gordo, avanzó a paso veloz y, en efecto, no tardó en divisar dos acacias.
Se trataba de un patio decrépito; la parte superior del muro de adobe estaba casi derruida, y en el tramo más bajo bastaba con alzar la pierna para entrar.
Bajo las acacias se alzaba una alargada hilera de habitaciones de tierra pisada, seis en total, cuyas puertas colgaban torcidas y el papel de las ventanas estaba hecho jirones.
Yan Shixu saltó el muro de adobe y avanzó hacia la construcción.
¡Crash!
De una violenta patada, reventó la puerta de madera de la primera habitación.
En un camastro rústico, un hombre con el pecho cubierto de espeso vello negro roncaba despatarrado, con el vientre y las partes bajas cubiertos por una sábana de arpillera. A su lado yacía una jovencita de catorce o quince años, completamente desnuda, pálida y desnutrida.
La muchacha acababa de ser ultrajada y aún no se había dormido; al oír el repentino estruendo, profirió un chillido, se incorporó de golpe y se cubrió el pecho con fuerza.
El hombre se despertó sobresaltado y vio a un apuesto joven de pie junto a la puerta.
"¡¿Quién diablos eres?!". Sobresaltado, el hombre se incorporó de un salto y fue a echar mano del sable apoyado en la cabecera.
Pero Yan Shixu desenvainó su sable largo de hierro refinado antes que él y, con un movimiento fluido, lanzó un tajo ascendente de filo helado.
El hombre solo sintió un frío repentino en el pecho. Bajó la mirada atónito y vio una línea de sangre que se extendía desde el ombligo hasta el torso, seguida por un torrente carmesí que brotó a borbotones; lo que no llegó a ver fue que, por dentro, sus intestinos, estómago y pulmones habían quedado hechos pedazos.
"Tú... tú...", balbuceó el hombre; sus labios temblaron un instante antes de desplomarse inerte, con los ojos vacíos.
Yan Shixu salió de la habitación empuñando el sable.
El violento estruendo de la puerta rota y el alarido de la chica habían despertado a otros clientes y al hombre enjuto que vestía una túnica andrajosa.
Blandiendo dagas o machetes, salieron furiosos de sus respectivos cuartos.
Al ver al muchacho salir empuñando un sable largo manchado de sangre, el hombre enjuto empezó a dar pisotones mientras soltaba improperios: "¡Maldito mocoso imprudente! ¡¿Cómo te atreves a matar y provocar disturbios en el Mercado Wugeng?! Has roto las reglas; ¡hoy no vas a salir vivo del Barrio Zhende!".
De inmediato se volvió hacia los dos clientes: "¡Mis valientes amigos, maten a este mocoso! Llévenle su cabeza al jefe de barrio para cobrar la recompensa, ¡y les dejaré a las muchachas de mi patio para que se diviertan con ellas durante dos días gratis!".
Los dos hombres desaliñados soltaron una carcajada siniestra y cargaron armados contra Yan Shixu.
Yan Shixu dio un paso pausado hacia adelante. Dos destellos de hoja fulguraron y dos cabezas rodaron por el suelo. Los cuerpos de los clientes dieron un par de pasos tambaleantes hacia el frente antes de desplomarse pesadamente.
Sin alterar el compás de sus pasos, Yan Shixu caminó hasta quedar frente al hombre enjuto.
Con la daga en la mano, el hombre enjuto temblaba como una hoja al viento, con el rostro pálido como la cera: "Tú... ¿vienes buscando a alguien?".
Yan Shixu negó con la cabeza: "No".
El hombre enjuto tragó saliva: "¿Te... te he ofendido en algo?".
Yan Shixu volvió a negar con la cabeza: "Tampoco".
"Entonces, tú...", antes de que pudiera terminar la frase, el hombre enjuto vio cómo el cielo y la tierra empezaban a dar vueltas.
¡Plaf!
La cabeza rodó por el suelo boca abajo; los labios todavía se estremecían espasmódicamente.
Yan Shixu pasó por encima de la cabeza y fue abriendo una por una las cinco habitaciones restantes. Tres estaban vacías; en las otras dos había sendas jovencitas, ninguna mayor de dieciocho años.
Yan Shixu le dijo a la última muchacha: "Vístete y sal".
Enseguida entró a la habitación del hombre enjuto, rebuscó en cofres y armarios y encontró dos sartas de monedas.
Cuando salió, las tres jovencitas estaban de pie en el patio, completamente desnudas, temblando de frío y mirándolo con temor e incertidumbre.
Ni siquiera tenían ropa.
Al ver cómo temblaban con violencia, Yan Shixu pensó al principio que era por el pánico, pero al mirar con más atención, descubrió que los tendones de sus manos y pies habían sido cortados.
"¿Tienen familia todavía?", preguntó Yan Shixu.
Solo una de ellas asintió; las otras dos negaron con la cabeza, con expresión entumecida e inexpresiva.
Yan Shixu se desató la bolsa del dinero de la cintura, se la entregó a la que había asentido y dijo en voz baja: "Vuelve a casa".
Luego señaló hacia las habitaciones: "Pónganse la ropa de ellos".
Los ojos de la pequeña se llenaron de pronto de lágrimas; asintió con un sollozo ahogado y entró en la habitación secándose el llanto.
Yan Shixu entregó las dos sartas de monedas a las otras dos jovencitas y, sin pronunciar palabra, abandonó el patio sin mirar atrás.
...
Al regresar al Estudio Ruyuan, Huangfu Yi ya se había acostado a descansar.
Al oír el crujido de la puerta al abrirse, alzó la cabeza de inmediato para mirar.
"¿Adónde fuiste hace un momento?".
"A limpiar la basura".
"Habla claro".
"Fui a buscar al perro miserable cuya 'hija necesitaba el cariño de un hombre'. Le di bastante cariño, y de paso también a las tres bestias de su casa".
Huangfu Yi entrelazó las manos tras la nuca, contempló las vigas del techo y suspiró: "'Con el vino en la sangre empuñar la espada; saldado el agravio, regresar en calma'. En verdad los envidio a ti y al hermano Gao: resolver rencores sin vacilar, hacer justicia por mano propia. ¿Qué se siente? Seguro que ha sido sumamente gratificante, ¿no?".
Yan Shixu se sentó junto a la mesa: "La sensación es espantosa".
El sufrimiento sigue siendo sufrimiento; no por degollar a unos canallas con la propia espada se vuelve algo gratificante.
Había ido allí para desahogar el fuego salvaje de su corazón, pero al regresar, ese fuego ardía con más fuerza todavía.
Yan Shixu se puso de pie en silencio: "Me voy a casa".
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• Novela: Lín Shèng / 临圣
• Autor: Mai Bao Xiao Lang Jun (卖报小郎君)
• Traductor: Inmensurable
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El Descenso del Santo (Novela)
Capítulo 71
El Descenso del Santo (Novela) Capítulo 70
Estás leyendo el capítulo 70 de El Descenso del Santo (Novela), un novela. En este mundo, ¿quién mueve las piezas del tablero y quién es tan solo un peón? La pluma y la espada grabaron la lealtad y la rectitud, solo para volverse y conspirar con traición. Las danzas en el Salón del Trono… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Descenso del Santo (Novela) tiene 108 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.