Leer El Descenso del Santo (Novela) Capítulo 66 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
En el patio, Yan Shixu trajo una mesa baja desde la casa principal, calzó las cuatro patas con trozos de madera para elevarla y luego sacó cuatro tocones del almacén, sobre los cuales acomodó unos cojines.
El cuñado, por su parte, sacó un pequeño frasco con hojas de té de la habitación lateral y se dispuso a hervir agua para prepararlo en medio del patio.
Gao Mei y Huangfu Yi miraban a su alrededor, examinando aquella humilde morada.
A simple vista, la casa lucía modesta por donde se la mirase, indistinguible de los miles y miles de hogares comunes y corrientes de la Capital Oriental.
"Pensar que, en aquellos años, el clan Yan gozó de generaciones enteras de ilustres dignatarios y el Señor Yan llegó a ocupar el cargo de Gran Preceptor Imperial... Qué época tan gloriosa", suspiró Huangfu Yi, invadido por una inusual melancolía mientras se lamentaba.
Su visita a la familia Yan obedecía, en parte, a la cortesía natural y el trato habitual entre compañeros de estudios.
Por otra parte, deseaba ver con sus propios ojos cómo vivía la familia Yan en la actualidad.
Al oírlo, el cuñado, que estaba en cuclillas junto al brasero avivando el fuego, comentó con total desapego:
"Esas ya son historias viejas y marchitas de las que ni vale la pena hablar. Que los antepasados hayan sido ilustres no garantiza que los descendientes den la talla. Las dinastías rara vez superan los quinientos o seiscientos años de mandato; el clan Yan encadenó linajes nobles durante cuatro siglos, así que ya tuvieron su momento de gloria. No hay nada de qué lamentarse. ¿Cómo era que se llamaban ustedes dos?"
Huangfu Yi se apresuró a responder:
"Este servidor es Huangfu Yi, de cortesía Ziyao, compañero de Boheng. A mi lado está Gao Mei. Los tres compartimos dormitorio y, aprovechando el día de descanso, vinimos de visita".
El cuñado descolgó la calabaza de vino que llevaba en la cintura, bebió un sorbo y dijo:
"Este humilde daoísta se hace llamar el Ermitaño del Monte Luofu; mi nombre secular es Li Wu'an. El segundo muchacho de mi casa ha sido torpe desde pequeño, así que en adelante espero que ambos jóvenes señores cuiden bien de él".
"El cuñado es demasiado modesto", replicó Huangfu Yi sacudiendo la cabeza una y otra vez. "Boheng obtuvo el primer puesto entre los nuevos ingresantes y, nada más incorporarse a la academia, presentó una propuesta de reforma tributaria que el mismísimo Maestro Daoísta Yunmo elogió como una estrategia capaz de pacificar la nación. Un talento de tal calibre no se ve ni una vez en cien años".
"¡Pfff!..." El cuñado escupió un buche de vino turbio.
"¿Qué ocurre?", preguntó Huangfu Yi.
El cuñado tosió un par de veces y se limpió las comisuras de los labios:
"Nada, nada... Es solo que... me tomó por sorpresa".
Miró a Gao Mei, cambiando de tema con presteza:
"¿Desde cuándo la Academia Daoísta acepta monjes?"
Gao Mei respondió con semblante solemne:
"Ya he renunciado al budismo para regresar a la vida secular".
"¿Por qué motivo?"
"El estudio del budismo no puede salvar a la gente del mundo. Quiero aprender el Dao".
El cuñado soltó una carcajada:
"Tú, monje, eres bastante curioso. El budismo cuenta con nueve volúmenes de enseñanzas Mahayana y setenta y dos del Hinayana, y cada tomo busca salvarse a uno mismo antes que a los demás. El daoísmo ni se diga: cultiva la mente, la naturaleza, la magia y el poder, pero jamás se preocupa por las normas morales ni el orden social.
El confucianismo, en cambio, sí es capaz de establecer reglas y predicar principios morales para la gente del mundo, pero 'de nada sirve un letrado en tiempos de necesidad'. La Escuela de los Nombres recurre a sofismas falaces, los Estrategas son insidiosos y oscuros, y los Legalistas dependen enteramente de la corte imperial; ninguna de esas escuelas posee lo necesario para enderezar el destino del Estado. De no ser así, las Cien Escuelas no habrían sido expulsadas en su día por la Gran Dinastía Yong como perros sin dueño".
Yan Shixu, que estaba sentado en una pequeña banqueta de madera tejiendo un cesto de bambú, intervino:
"¿Por qué dices que de nada sirve un letrado?"
Los tres hombres lo miraron al unísono. Huangfu Yi respondió como si fuera la verdad más indiscutible:
"Cada escuela tiene sus virtudes, pero los letrados confucianos solo saben recitar citas rebuscadas; dependen exclusivamente de la soltura de su lengua y carecen de cualquier habilidad práctica. ¿Acaso no es de sentido común?"
'¿De verdad es de sentido común?', Yan Shixu revisó de inmediato sus recuerdos.
En efecto, en su memoria no halló indicio alguno de que los eruditos confucianos pudieran convocar el viento, llamar a la lluvia o blandir poderes mágicos sobrenaturales.
Gao Mei frunció el ceño:
"Entonces, según el criterio del Sacerdote Li, ¿cómo debería enderezarse el destino del Estado?"
El cuñado tomó otro trago de vino y negó con la cabeza, riendo con ironía:
"Yo no soy más que un pobre hombre de los mercados que se pasa los días yendo de aquí para allá para ganarse el sustento. ¿Qué voy a saber de métodos para gobernar imperios o administrar naciones? Sin embargo, este humilde servidor ha recorrido el norte y el sur durante veinte años y ha visto a infinidad de personas y situaciones; muchas de esas supuestas grandes verdades y profundas sabidurías se asimilan solas con el tiempo".
Mientras removía las brasas encendidas del brasero, continuó:
"Entre todas las corrientes, solo los Militaristas y la Escuela Mohista pueden resolver la encrucijada en la que se encuentra la corte imperial".
Huangfu Yi preguntó con curiosidad:
"Los Militaristas se entienden, pues desde la antigüedad han encabezado a las Cien Escuelas. Pero ¿qué hay de la Escuela Mohista?"
El cuñado señaló al herrero que trabajaba a unos cuantos metros:
"Lo que hace a un ejército temible depende, en primer lugar, de sus armaduras; en segundo lugar, de sus armas; y solo al final de la destreza de sus tropas y generales. Los artesanos comunes rara vez consiguen innovaciones de peso, pero los maestros de las artes mohistas pueden renovar por completo el armamento y las defensas de una tropa. El único problema es que, cuanto más profundo es el cultivo de un artífice mohista, más tiende a obsesionarse con crear ingenios letales extremos, despreciando las armas de uso ordinario. Y esos armamentos definitivos suelen ser tan costosos que resulta imposible producirlos a gran escala".
Tanto Huangfu Yi como Gao Mei se sumieron en profundas reflexiones.
Gao Mei suspiró con admiración:
"El ermitaño posee una visión vasta y un discernimiento privilegiado; es digno de respeto. No es de extrañar que Boheng ostente semejante talento y saber a una edad tan temprana".
Al instante, el semblante del cuñado se iluminó de orgullo y asintió una y otra vez:
"Es que ustedes no lo saben: su hermana mayor falleció temprano, así que yo, como cuñado, tuve que hacer de padre, de madre y de hermana para criarlo y sacarlo adelante. Por desgracia, el muchacho resultó ser bastante torpe y apenas heredó un tercio de mis verdaderos conocimientos".
Gao Mei y Huangfu Yi cruzaron una mirada y... ¡se lo creyeron por completo!
'Par de idiotas... Si mi cuñado fuera tan capaz, ¿acaso nuestra familia seguiría sumida en semejante miseria?', pensó Yan Shixu sacudiendo la cabeza para sus adentros.
En su propia casa, el cuñado lo hacía todo a medias tintas: ni servía para las letras ni para las artes marciales. Eso sí, era un consumado zorro del Jianghu que no necesitaba más que su labia al cruzar la puerta para conseguir con qué alimentarse.
Pese a que ni Gao Mei ni Huangfu Yi eran novatos inexpertos recién salidos al mundo, habían quedado fascinados y desconcertados ante su palabrería.
Entre charla y charla, la tetera de barro empezó a despedir vapor y el agua hirviente borboteó con fuerza.
El cuñado templó las tazas y la tetera, vertió las hojas de té, añadió el agua hirviendo, la agitó suavemente durante unos diez segundos y procedió a servirles a todos.
El té lucía un tono dorado, limpio y cristalino, desprendiendo un aroma penetrante.
El cuñado sonrió:
"Esta es la costumbre de mi tierra natal. Por allá cosechamos té, pero la gente del pueblo es humilde y no puede costear los utensilios refinados de las Llanuras Centrales, de modo que acostumbran infusionar las hojas tanto en agua fría como caliente. Aunque carece de la etiqueta de las Llanuras Centrales, deja un regusto fresco, límpido y perfumado que tiene su propio encanto".
El monje Gao Mei se sorprendió:
"¿El ermitaño es oriundo del Circuito de Jiangnanxi o del Circuito de Yuedong?"
El cuñado también mostró extrañeza:
"¿Y tú...?"
Gao Mei contestó:
"Provengo del Circuito de Jiangnanxi; mi tierra ancestral es Qingzhou".
De inmediato, el cuñado se volvió sumamente efusivo:
"¡Con razón sentí tanta cercanía en cuanto te vi! Resulta que somos casi paisanos. Este humilde daoísta es natural de Wuyang, en el Circuito de Yuedong".
Complacido, le llenó de nuevo la taza a Gao Mei:
"Si hablamos del té del Circuito de Yuedong, la 'Lluvia Primaveral de Wuyang' se lleva la palma. Por desgracia, ese té solo puede beberse si se recolecta antes de la Fiesta de Qingming o antes de las lluvias primaverales, y hace ya muchos años que no lo cato".
Los dos continuaron charlando amigablemente, saltando de un asunto a otro. Uno comentaba que Qingzhou era tierra de "ocho partes de montaña, una de agua y una de cultivo", mientras que el otro replicaba que Wuyang tenía "siete partes de montaña, dos de agua y una de cultivo", afirmando que, al ser vecinos fronterizos, eran como dos hermanos que compartían los mismos pesares.
Poco después coincidieron en que, teniendo agua, montes y campos de siembra, poco importaba si el cielo se mostraba benévolo o no: la gente común jamás padecía hambrunas crueles.
A diferencia de las Llanuras Centrales, donde a simple vista parecían extenderse miles de hectáreas de tierras fértiles, pero bastaba con que el cielo estornudara para que, al año siguiente, todos tuvieran que apretarse el estómago y pasar hambre.
Al ver que la luz del día comenzaba a apagarse, el cuñado, aún con ganas de continuar la conversación, lo apremió:
"Segundo muchacho, ve a la Tienda Tang a pedir prestada un poco de harina, arroz y panceta curada. Hoy cocinaré yo mismo para agasajar a estos dos distinguidos invitados".
Huangfu Yi sonrió:
"No hace falta pedir nada prestado. Si no me fallan las cuentas, mi gente debe de estar al caer".
Apenas terminó de decir aquello, una figura cruzó el portón del patio: se trataba del corpulento cochero, Ah Fu.
Detrás de Ah Fu venían una carretilla de mano y dos mozos de carga.
"¡Con cuidado, despacio! Este vino cuesta una fortuna, ¡no lo vayan a quebrar!"
"Joven señor Yan, ¿dónde dejamos las frutas secas...? ¿Y la cecina curada? Ah, de acuerdo, va colgada en la cocina, ¿no?"
"Ustedes dos son un par de manazas, ¿tanta prisa tienen por reencarnar? Me llenaron de polvo las telas de seda fina de primera calidad".
El cochero Ah Fu impartía órdenes a los dos mozos mientras descargaban los obsequios en el patio, uno tras otro.
El cuñado se quedó de pie a un lado, boquiabierto, y le susurró a Yan Shixu:
"¿Acaso le inventaste que tenías una hermana en casa y vinieron a dejar los regalos de pedida de mano?"
Huangfu Yi se puso de pie, sacudió sus amplias mangas y dijo con una sonrisa:
"Este humilde menor goza de cierta holgura familiar. No son más que unos modestos presentes para manifestar mi consideración; le ruego al cuñado que tenga la gentileza de aceptarlos".
La sonrisa del cuñado se estiró tanto que casi le partía la cara de oreja a oreja. Tomó la mano de Huangfu Yi con efusivo cariño:
"En cuanto vi a Ziyao, sentí una calidez nacida de lo más hondo del pecho, como si tú y Boheng fueran auténticos hermanos carnales nacidos de distinto padre y distinta madre. ¿Por qué no sellan un juramento de hermandad ahora mismo? Boheng es descendiente del venerable Señor Yan, así que no desmerecerá tu linaje en absoluto".
Huangfu Yi, quien siempre se enorgullecía de su destreza social, se quedó sin palabras ante semejante ocurrencia, luciendo un gesto de absoluto embarazo.
Yan Shixu se encargó de indicarles a los mozos que llevaran la panceta curada y la carne fresca a la cocina, los frutos secos y los rollos de seda a la casa principal, y que colocaran el selecto vino en el almacén.
Con un comentario despreocupado, acudió al rescate de Huangfu Yi:
"Cuñado, trajeron vino Bingtangchun y vino de carnero. ¿No quieres llenar un poco en tu calabaza?"
"¡Ya voy!", exclamó el cuñado, dejando plantado a Huangfu Yi para correr solícito hacia el trastero.
...
Al atardecer, el resplandor del crepúsculo se derramaba sobre el mosaico de tejas de los tejados.
Yan Shixu trajo un tablero redondo del trastero y lo colocó sobre la mesa baja.
Para la cena, el cuñado se puso en persona a los fogones. El plato principal eran fideos fríos de hojas de acacia: hebras verde esmeralda, lustrosas y elásticas, servidas en robustos cuencos de cerámica rústica. Al lado se disponían pollo al vinagre con cebolleta, tofu estofado con cornejo, malva guisada con chicharrones, codillo estofado y rodajas de pepino.
La brisa vespertina traía consigo el frescor otoñal. Rozaba el rostro con una agradable frialdad que despejaba los pulmones y el ánimo; antes de probar el licor, uno ya se sentía embriagado.
El cuñado sostenía una jarra de Bingtangchun, vaciando una copa tras otra sin dejar de lado a Gao Mei ni a Huangfu Yi. Con Gao Mei conversaba sobre el budismo y el destino del mundo; aquel viejo tunante, tras haber recorrido el Jianghu durante años, conocía al dedillo las penurias del pueblo y los vicios de la corte, logrando que el taciturno maestro budista soltara la lengua sin parar.
Al girar la cabeza, se ponía a charlar con Huangfu Yi sobre las cortesanas célebres del Barrio Pingkang, los paseos en barca por el Estanque Qujiang y los grandes teatros de los templos Heilong y Tianfu.
Huangfu Yi experimentaba la dicha de reencontrarse con un viejo amigo en tierra extraña, brindando una y otra vez con entusiasmo: "El cuñado es un auténtico hombre de mundo, un inmortal del vino. Jamás imaginé que en una humilde herrería saldría una pareja semejante de dragón agazapado y fénix incipiente como ustedes dos, mi señor cuñado y Boheng. ¡Brindo por el cuñado!".
El cuñado apuró la copa de un trago: "Por supuesto, ¿acaso olvidas quién crió a Boheng?".
Yan Shixu escuchaba en silencio, bebiendo a sorbos de vez en cuando aquel licor dulce. De pronto pensó que, si no cargara con la identidad de un espía ni existiera la amenaza de dos ejércitos enfrentados, una vida así tampoco estaría nada mal.
Tener un cuñado desinhibido y libertino que jamás lo había considerado una carga, y unos cuantos amigos íntimos con quienes sentarse de tanto en tanto a beber y comer carne bajo el fresco viento otoñal, charlando de la vida, para luego dispersarse al pasar la embriaguez a ganarse el sustento cotidiano con la promesa de volver a brindar otro día.
Si fuera así, no extrañaría tanto su antiguo hogar.
Por desgracia, habiendo nacido en una época de paz y prosperidad, le resultaba imposible sentir apego o sentido del deber hacia un mundo caótico donde la vida humana no valía más que la hierba segada.
Solo deseaba escapar de la Capital Oriental y llevarse a Xueyi a vivir en reclusión en el sur.
Aquella idea se había arraigado aún más tras la muerte de He Siqi.
Terminada la cena, Yan Shixu cedió la habitación principal. Gao Mei ayudó a sostener al tambaleante y ebrio Huangfu Yi para compartir la cama.
Él, en cambio, se acomodó en el cuarto lateral junto a su cuñado.
Abrazado a su calabaza de vino, el cuñado se desplomó sobre la cama y cayó en un sueño profundo, roncando a pierna suelta.
Yan Shixu sacó una esterilla de bambú que guardaba de repuesto para tenderla en el suelo, sentándose con las piernas cruzadas a respirar y refinar su espíritu.
Tras salir del mundo dentro del libro, había rozado de manera sutil el umbral del "Corazón de Artesano", siendo ya capaz de mantener dieciocho diagramas en su mar de la conciencia.
Según las anotaciones de su hermana en el \*Sutra del Corazón de la Observación de las Cosas\*, cuando lograse mantener inmóviles los dieciocho diagramas durante un cuarto de hora, alcanzaría el reino del Corazón de Artesano. En ese momento, podría escuchar la "voz de todas las cosas" y "comunicarse con los artefactos".
Ahora mismo, solo le faltaban treinta respiraciones para completar el cuarto de hora.
En el plazo más corto de tres días, o a lo sumo en una decena, lograría adentrarse en el reino del Corazón de Artesano.
El dueño original del cuerpo se había dedicado a pulir su espíritu primordial durante ocho años. Ocho años enteros de duro esfuerzo que por fin rendían sus frutos.
En ese instante, el cuñado, cuyos ronquidos antes hacían retumbar el techo, despertó sin que se supiera cuándo y preguntó con voz pastosa por el licor:
"¿Cuándo entraste a estudiar en la Academia Daoísta?".
'Ah, lo inevitable al fin tenía que llegar'. Yan Shixu abrió los ojos y tanteó el terreno: "¿Podríamos no hablar de eso?".
El cuñado soltó una risa fría: "Me parece bien, no lo digas. Pero cásate con la muchacha Tang Shuang. Este año cumple quince, la edad propicia para contraer matrimonio. Los obsequios que trajo tu compañero de estudios servirán a la perfección como dote nupcial".
Yan Shixu se quedó atónito y replicó con fastidio: "¿Qué tiene que ver esto con Tang Shuang? Además, solo la veo como a una hermana".
"Por supuesto que tiene que ver", respondió el cuñado, dándose la vuelta para mirarlo fijamente en la oscuridad. "Te casas con Tang Shuang, el año que viene engendran un crío y, una vez que la familia Yan tenga descendencia, podrás hacer lo que te plazca sin que me meta. En el futuro, incluso si mueres allá afuera, podré mirar a tu hermana sin remordimientos. No importa si quieres a Tang Shuang o no; veo que esa muchacha te quiere mucho. Aun si queda viuda, no abandonará al niño, te lo criará bien".
Yan Shixu sintió remordimiento y murmuró: "No exageres, no es para tanto".
El cuñado no respondió. Volvió a tenderse bocarriba, contemplando las vigas del techo durante un largo rato antes de suspirar:
"Aquel año jamás debí aceptar que ese maldito letrado te enseñara artes marciales. Tu hermana también fue una insensata".
"¿Insensata por qué?", preguntó Yan Shixu.
"Por nada", zanjó el cuñado, negándose a hablar más.
'Aunque el cuñado no sepa que soy un espía, es muy probable que ya sospeche algo'. A Yan Shixu se le encendió una chispa de inquietud. Ya que la conversación había llegado a ese punto, decidió hablar a tumba abierta:
"Cuñado, ¿cómo murió mi hermana en realidad? Todos estos años practicando las artes Mohistas, me doy cuenta cada vez más de que su cultivo no era nada ordinario. ¿Cómo pudo haber muerto en medio de una guerra?".
"¿De qué sirve tener un cultivo alto?", replicó el cuñado con indiferencia. "Entre las cien escuelas de pensamiento, la Escuela Militar ocupa la cima. Cuando la devastación de la guerra barre el mundo, ni siquiera los expertos del Reino Terrenal pueden librarse de la muerte. Tu hermana buscó su propia muerte por voluntad propia; persiguió la benevolencia y la obtuvo".
"¿A qué te refieres con que persiguió la benevolencia y la obtuvo?", insistió Yan Shixu.
El cuñado se exasperó de pronto, descolgó la calabaza de vino, bebió un largo trago y maldijo:
"Lleva muerta tantos años, ¿qué sentido tiene preguntar? Los vivos no deben pasarse la vida pensando en los muertos, ¡o de lo contrario cómo se sigue adelante!".
Yan Shixu murmuró por lo bajo:
"Dices de palabra que no hay que pensar en los muertos, pero desde que ella murió, no has hecho más que ahogarte en el licor...".
El cuñado montó en cólera y levantó la calabaza dispuesto a arrojársela, pero tras pensarlo mejor, la cambió por la almohada: "¿Se te han crecido las alas, muchacho?".
Yan Shixu atrapó la almohada y se la devolvió en silencio.
El cuñado resopló con disgusto:
"No me da la gana discutir contigo. Respecto a tu boda con Tang Shuang, hablaré con sus padres; en este asunto no tienes voto".
Tras un momento de silencio, añadió: "La Tienda Tang lleva dos días cerrada".
Yan Shixu frunció el ceño al instante: "¿Qué ocurrió?".
El cuñado suspiró apesadumbrado:
"Tras el incendio en el Mercado del Sur, un grupo llamado la Banda de la Palma de Hierro absorbió rápidamente más de una decena de tiendas de grano del mercado. Se coludieron con los grandes comerciantes de la ciudad para inflar los precios del arroz, y ahora un dou de arroz ha subido a doscientos wens. Con el arroz por las nubes, el costo de las sopas de masa plana también se disparó; era de esperar que nadie fuera a comer allí. Ayer el viejo Tang vino a pedirme dinero prestado. En teoría, ese vejete debió haber ahorrado una buena suma, pero quién sabe en qué se la habrá gastado. Ahora que tienes dinero, échale una mano a la Tienda Tang; después de todo, somos vecinos desde hace más de diez años".
Yan Shixu frunció el ceño con severidad:
"Doscientos wens por un dou de grano... De verdad no dejan salida a los habitantes de la ciudad. ¿Acaso las autoridades no intervienen?".
Las leyes de la Gran Dinastía Sheng prohibían de manera estricta la especulación y el acaparamiento para inflar los precios, sobre todo en tiempos de guerra.
En circunstancias semejantes, lo habitual era que el gobierno abriera los graneros públicos para distribuir grano y estabilizar los precios.
El cuñado se dio media vuelta y replicó con naturalidad cansina:
"¿Quién crees que respalda a esos grandes comerciantes de grano en la ciudad? ¿Cómo van a intervenir las autoridades? ¿Pretendes que se arresten a sí mismos? El grano de los graneros de beneficencia debe reservarse para socorrer a los refugiados y darles una salida para subsistir. En cuanto a los habitantes de la ciudad, inflando los precios del arroz exprimen sus patrimonios familiares; a quienes tienen reservas sólidas, solo les arrebatan las ganancias de diez o veinte años de trabajo. A los de pocos recursos les queda vender a sus hijos o rematar sus casas; y si caen en la miseria absoluta, todavía queda el socorro público oficial. No habrá revueltas. Los cálculos de los señores funcionarios son sumamente meticulosos".
Yan Shixu guardó silencio al instante.
Al día siguiente, a la hora mao, antes de que despuntara el alba, Yan Shixu despertó al compás de su reloj biológico.
El cuñado dormía como un tronco, con la boca entreabierta y abrazado aún a su calabaza de vino.
Yan Shixu salió del cuarto sin hacer ruido. Las puertas de la habitación principal permanecían cerradas; Gao Mei y Huangfu Yi aún no se levantaban.
Siendo un día libre tan poco frecuente, bien podían permitirse dormir hasta saciarse. Yan Shixu se lavó la cara, se enjuagó la boca a la ligera y abandonó la casa sigilosamente.
Bajo la penumbra azulada del amanecer, avanzó por la Calle de la Encrucijada hacia el callejón oeste, cruzando calles y pasajes con la pequeña ave negra sobrevolando en círculos sobre su cabeza en todo momento.
Tras asegurarse de que nadie lo seguía, llamó a la puerta del patio del anciano letrado confuciano.
"Toc, toc... Toc, toc, toc... Toc, toc...".
Los golpes seguían un ritmo pautado y discreto.
Al cabo de un buen rato, se oyeron pasos en el patio. El anciano letrado confuciano abrió la puerta y, al reconocer a Yan Shixu, miró apresuradamente a ambos lados antes de decir:
"Boheng, ¿tienes día libre? Pasa rápido".
Yan Shixu se deslizó por la rendija de la puerta.
El anciano letrado confuciano cerró la puerta y lo guio hacia la sala principal, frunciendo el ceño: "¿Por qué has venido? Con tu descanso recién iniciado, seguro que la Oficina de Asuntos de Inspección tiene espías vigilando".
Yan Shixu replicó con serena confianza: "Maestro, nadie puede seguirme. Ya he logrado la Entrada en Rango en el Sendero Marcial".
"Tú...", el anciano letrado confuciano abrió los ojos de par en par, perplejo por la sorpresa.
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• Novela: Lín Shèng / 临圣
• Autor: Mai Bao Xiao Lang Jun (卖报小郎君)
• Traductor: Inmensurable
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El Descenso del Santo (Novela)
Capítulo 67
El Descenso del Santo (Novela) Capítulo 66
Estás leyendo el capítulo 66 de El Descenso del Santo (Novela), un novela. En este mundo, ¿quién mueve las piezas del tablero y quién es tan solo un peón? La pluma y la espada grabaron la lealtad y la rectitud, solo para volverse y conspirar con traición. Las danzas en el Salón del Trono… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Descenso del Santo (Novela) tiene 108 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.