Leer El Descenso del Santo (Novela) Capítulo 42 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
El Inspector de Zona era el cargo encubierto más crucial de la Oficina de Asuntos de Inspección; dominaba los informes de inteligencia de todo un barrio, y en su registro figuraban los nombres de cada una de las efímeras del sector.
Si un Inspector de Zona era asesinado o traicionaba a la organización, la Oficina de Asuntos de Inspección quedaba completamente a ciegas.
Por ello, la mayor parte del tiempo, los inspectores de zona se comunicaban con su magistrado de enjuiciamiento superior mediante cartas secretas o acordaban puntos de encuentro improvisados.
Un caso como este, en el que se presentaban directamente a las puertas de la residencia, resultaba en extremo insólito.
La ira del Magistrado Yang se desvaneció al instante, y ordenó: "Traedla a verme de inmediato... no, carece de decoro. Llevadla al salón interior; me reuniré con ella en un momento".
En la estancia contigua, la doncella personal ya se había despertado. Llevaba ropa informal en el regazo y llegó corriendo descalza.
El Magistrado Yang la reprendió: "Llevas a mi servicio bastantes años, ¿cómo puedes descuidar tanto el protocolo? ¿Cómo voy a recibir a una subordinada vestido de civil? Ve a traer mi túnica oficial".
Ataviarse con la túnica oficial tomaba su tiempo; para cuando estuvo vestido con impecable rectitud, ya había transcurrido el tiempo de quemar dos varas de incienso.
Con las manos tras la espalda, el Magistrado Yang salió de la habitación, cruzó el patio y se encontró con la señorita A Yan en el salón interior.
La señorita A Yan se puso de pie al instante y realizó una grácil reverencia: "Saludos, magistrado".
El Magistrado Yang despidió con un ademán a las doncellas que servían en la estancia y escrutó la expresión de A Yan. En su rostro no había rastro de urgencia ni ansiedad; al contrario, destilaba el ánimo radiante de quien acaba de toparse con una gran dicha.
El tono del Magistrado Yang también se relajó de forma involuntaria: "¿Asuntos de la Academia Daoísta?".
En la actualidad, la tarea primordial de A Yan consistía en coordinar y servir de enlace para los dos espías infiltrados en la Academia Daoísta.
A Yan asintió, curvando las comisuras de los labios sin poder evitarlo: "El espía que dispuso en la Academia Daoísta ya ha logrado infiltrarse hasta la segunda planta del Pabellón de los Tesoros Escondidos. Intimidado por el poder de la formación, no se atrevió a intentar romperla".
El Magistrado Yang se quedó perplejo, con un asombro evidente en el rostro.
Sabía que A Yan no traía malas noticias, pero no anticipaba un avance tan electrizante.
La cúpula de la Oficina de Asuntos de Inspección otorgaba una enorme importancia al Reloj de Sol de Mingzong; en especial el Vicesecretario de la Izquierda, quien indagaba al respecto cada dos o tres días.
Cada vez, el Magistrado Yang tenía que armarse de valor y responderle que comprendía su apremio, pero que mantuviera la calma por el momento.
Aquello debía planearse despacio y con tiento, pues el Pabellón de los Tesoros Escondidos del Monasterio Chongzhen entrañaba innumerables peligros y no era un sitio en el que cualquiera pudiera poner un pie a la ligera.
Quién habría imaginado que en menos de diez días, Yan Shixu conseguiría colarse hasta la segunda planta.
Él no preguntó quién había sido, ni A Yan lo mencionó por su nombre; ambos lo tenían perfectamente claro.
El semblante solemne del Magistrado Yang esbozó una sonrisa, y acariciándose la barba, comentó: "Vaya si tiene maña... Esto me quita un buen peso de encima frente al Vicesecretario de la Izquierda".
A Yan dijo: "Mañana enviará los patrones de la formación rúnica para que el señor magistrado ayude a identificarlos".
Al oírla, el Magistrado Yang la observó con detenimiento y preguntó: "¿Qué más ocurre?".
Si solo se tratara de transmitir que el espía había subido con éxito a la segunda planta del Pabellón de los Tesoros Escondidos, A Yan no habría tenido necesidad de presentarse allí en persona.
A Yan bajó la voz: "Durante su infiltración en el Pabellón de los Tesoros Escondidos, el espía tropezó con dos estudiantes. Se batió ferozmente con ellos dentro del edificio y consiguió abatirlos a ambos en defensa propia. Uno de ellos era el hijo del Asistente de Registros Qi Zong: Qi Shaoyou. Ya he traído los cadáveres; están en el patio trasero".
El Magistrado Yang se puso en pie de golpe y descargó una bofetada sobre la mesilla de té, con la mirada gélida y despiadada:
"Malditas alimañas traidoras. El Ejército de Chengzhao ni siquiera ha atacado y ya están ansiosos por cambiar de amo".
A Yan continuó: "La desaparición de Qi Shaoyou no tardará en divulgarse. La oficina debe actuar con rapidez antes de que Qi Zong escuche rumores y emprenda la fuga".
Esa era la verdadera razón por la que se había apresurado en plena noche: convenía consolidar el mérito cuanto antes.
El Magistrado Yang miró a A Yan: "Informaré de esto al Vicesecretario de la Izquierda y te anotaré un mérito. A Yan, llevas ya bastantes años en el Pabellón Jinhe; es momento de cambiarte a otro territorio".
A Yan sonrió radiante: "Estaré dispuesta a dar la vida por usted, señor magistrado".
Viendo que el Magistrado Yang no agregaba nada más, ella vaciló: "¿El magistrado no recompensará a ese muchacho?".
El Magistrado Yang la miró de reojo y soltó una risita burlona: "¿Cómo? ¿Acaso en unos pocos días te has encariñado con él en el lecho?".
A Yan esbozó una sonrisa tímida: "A esta servidora le atraen los letrados con talento. Cada vez que ese bribón acude al Pabellón Jinhe a rendir cuentas, se apoltrona y se niega a marcharse. Me he entregado a él en cada ocasión y el dinero corre como agua entre los dedos; esperaba que el señor magistrado me autorizara a pasarlo por gastos oficiales".
Al oír semejante descaro, el Magistrado Yang no pudo contener una risa seca: "¿Ustedes dos se revuelcan juntos y pretenden que la Oficina de Asuntos de Inspección pague la cuenta? En fin, hoy estoy de excelente humor. Más tarde puedes retirar diez sartas de monedas de cobre del almacén del yamen".
La sonrisa de A Yan se tornó todavía más dulce.
El Magistrado Yang añadió: "Transmítele de mi parte que librarse de la pena de muerte ya es la mejor recompensa que puede recibir".
A Yan se quedó pasmada un instante, sin atreverse a indagar: "Esta servidora se lo transmitirá".
Se puso en pie para marcharse, pero al llegar al umbral del salón interior, giró la cabeza: "Hay un asunto más. Desea información sobre el Antiguo Reino de Zhuli y me pidió que le consultara a usted".
"¿El Antiguo Reino de Zhuli?". El Magistrado Yang frunció el ceño. "¿Mencionó el motivo?".
"Parece ser para acercarse a uno de los eruditos asistentes de la academia".
"Mandaré a investigarlo", asintió el Magistrado Yang.
...
A la hora Chen, el sol recién se elevaba, suspendido en el este como un ardiente disco escarlata.
En el Salón Xuanming, los estudiantes permanecían sentados en rigurosa compostura, contemplando al espadachín —o mejor dicho, al sacerdote daoísta— que entraba al aula.
Llevaba a la espalda una Espada de las Siete Estrellas y una calabaza de vino colgada de la cintura; su moño estaba peinado con impecable pulcritud y la túnica daoísta, planchada sin una sola arruga.
Poseía facciones atractivas y unos singulares ojos rasgados de fénix.
Al recorrer con la mirada a los discípulos del salón, de sus pupilas brotaban ocasionales destellos afilados.
Yan Shixu tensó los músculos disimuladamente. Una indecible sensación de peligro le invadió el pecho, como si alguien le estuviera apuntando directamente a la cabeza con un arma.
Miró con disimulo a los estudiantes que le rodeaban: todos mantenían la cabeza erguida, el pecho henchido y la espalda rígida como una tabla.
"Mi humilde persona es Ye Zangfeng; mi nombre daoísta es Jinghongzi". La voz del sacerdote con la espada a la espalda era tan cortante y limpia como el filo de una hoja.
En el salón resonaron varios murmullos de asombro; al parecer, algunos lo habían reconocido.
"¿El Héroe Jinghong?".
"¿Acaso el maestro es aquel Espadachín Jinghong del que dicen: 'Desenvainada su espada nadie sale con vida, solo al blandir su filo purga al desalmado'?".
"¡Qué va! Es la temible espada siniestra Jinghong, de la que dicen: 'Quien roce mi acero perece al instante, viejos, débiles, mujeres y niños caen por igual'".
Al escuchar el alboroto que se desataba en el aula, Yan Shixu miró desconcertado a Huangfu Yi: "¿Quién es él? ¿Acaso es tan famoso?".
Huangfu Yi encogió el cuello y susurró: "Es el Espadachín Jinghong, ¿cómo no va a ser famoso?".
A su lado, el monje Gao Mei tenía una expresión solemne:
"El Espadachín Jinghong goza de gran renombre en el Jianghu. Dicen que es adicto a la matanza por naturaleza y que jamás deja a nadie con vida bajo su espada. Vaya adonde vaya, desata tormentas de sangre. Jamás lleva provisiones de viaje al recorrer el Jianghu; se dedica a matar tiranos locales y bandidos para quedarse con su dinero.
Al principio, hubo facciones rebeldes que se unieron para emboscarlo y darle muerte, pero ninguno sobrevivió. Con el tiempo, dondequiera que llegaba, los caciques locales se apresuraban a ofrecerle dinero, retraían sus garras y se comportaban dócilmente.
Y aquellos que sabían que sus crímenes eran imperdonables, huían de sus hogares al amparo de la noche para refugiarse en otra parte".
Al oír aquello, Yan Shixu comentó perplejo: "¿Acaso no es algo bueno? ¿Por qué lo llaman espada siniestra?".
Huangfu Yi respondió con prudencia:
"¿No lo acaba de decir el hermano Gao? Este hombre es sanguinario por naturaleza. Hace tres años, este erudito asistente nuestro atravesó la región de Suzhou. La cordillera Canghuai de Suzhou había sido una guarida de forajidos desde tiempos inmemoriales; se dedicaban al bandidaje de generación en generación. A los diez años, los niños ya debían aprender a matar, y las mujeres y ancianos del campamento tenían las manos manchadas de sangre.
Él entró a la montaña solo con su espada y los mató a todos; no dejó a ninguno".
El monje Gao Mei no pudo evitar juntar las palmas de las manos: "Los párvulos son inocentes; aún podían enderezar su camino y empezar de nuevo".
'Este tipo es una máquina de matar...', pensó Yan Shixu, comprendiendo al fin por qué la reputación del Espadachín Jinghong despertaba tantas alabanzas como repudio.
Huangfu Yi añadió en voz baja: "En el Jianghu, un hombre puede recibir un mal nombre, pero jamás un apodo erróneo. Aquello de 'quien roce mi acero perece al instante, viejos, débiles, mujeres y niños caen por igual' alude a que, si ancianos o mujeres se cruzan en su camino, los decapita sin contemplaciones. Hay que prestar mucha atención a sus clases, o nuestras cabezas correrán peligro".
Yan Shixu se quedó sin palabras.
'¿Desenvainar la espada y rebanar a alguien por no poner atención en clase? No puede ser tan desquiciado, ¿verdad?'.
'Por lo que parece, este Erudito Asistente Ye Zangfeng es alguien a quien la moral no le dicta límites. Más vale andarse con pies de plomo'.
En ese momento, el sacerdote con la espada a la espalda dijo con desapego: "Silencio".
De inmediato, el salón enmudeció por completo; se habría podido escuchar la caída de una aguja.
"Mi camino principal es el estudio del \*Sutra Supremo\*. No hace falta que abran sus libros; basta con que escuchen lo que tengo que decir". Ye Zangfeng se sentó erguido tras el escritorio, con la vista fija al frente: "El adagio reza: 'El Cielo y la Tierra no son benévolos, tratan a todas las cosas como a perros de paja'. ¿Cómo se interpreta?".
Sin esperar respuesta alguna, sentenció: "El Cielo y la Tierra no distinguen el bien del mal, no diferencian lo noble de lo vil, no atienden al karma y mucho menos a la razón. Por lo tanto, los seres humanos y las hormigas no guardan diferencia alguna".
Hasta ese punto, todo marchaba con normalidad.
Sin embargo, en cuanto cambió de tono, el sentido dio un vuelco inquietante:
"Tanto bandidos como mujeres y niños carecen de diferencia con las hormigas a mis ojos.
Que mate a un forajido o que aniquile a mujeres y niños no me supone carga moral alguna. A cualquiera se le puede matar; cualquier atrocidad se puede cometer: el Dao Celestial lo permite todo".
Los estudiantes sentados abajo se quedaron boquiabiertos, sintiendo que regresaban al primer día de clases, cuando cierto sacerdote perezoso proclamó en el estrado que todo el \*Sutra del Deambular Libre\* se resumía en una sola premisa: para vivir como hombre, uno no debe tener soberano ni padre.
En aquel entonces, los discípulos aún se atrevían a refutar y debatir; esta vez, a nadie le quedaba valor para hacerlo.
Salvo al monje Gao Mei, a quien no le temblaba el pulso. Con un matiz de indignación en la voz, intervino: "¿Atribuirse la representación del Dao Celestial justifica acaso la matanza indiscriminada? Me temo que no puedo coincidir".
Ye Zangfeng lo miró con calma y negó con la cabeza:
"Atribuirse el entendimiento del Dao Celestial no significa dar rienda suelta a los propios deseos carnales. El Dao Celestial no mata de forma indiscriminada; el Dao Celestial es desapasionado. Como nacieron humanos, creen que arrebatar vidas es incorrecto. Pero cuando pisan un nido de hormigas y siegan incontables vidas, ¿acaso sienten culpa o remordimiento? ¿Se consideran pecadores colmados de faltas gravísimas?".
Yan Shixu creyó captar el trasfondo: 'no dejarse atar por las cadenas de la moral'.
Tras sopesar sus palabras, opinó:
"El Dao Celestial no mataría gente con el único fin de costearse los gastos del viaje".
En realidad, quería decir que el Dao Celestial no actúa con intención subjetiva al matar, pero ese concepto sonaba demasiado moderno y temía que el erudito asistente no lo comprendiera.
Lejos de enfurecerse al ver interrumpido su ritmo por sucesivas réplicas, Ye Zangfeng explicó con paciencia:
"Por eso mismo aún no he alcanzado el Dao; sigo varado en el polvo del mundo mundano y continúo sujeto a los lazos del karma.
Tanto el daoísmo como el budismo hablan de causa y efecto. El karma no es un misterio insondable: si matas a un hombre, sus hijos buscarán venganza, sus padres exigirán justicia, y la ley reclamará retribución. Eso es el karma.
Si mato a un bandido o a un malvado, la ley no me perseguirá. Si mato a quien me agravia, la justicia moral no me condenará; así corto el karma tanto como sea posible. Si ustedes han de obrar con maldad, deben aprender a cercenar los lazos del karma".
'¡Cercenar el karma... nos está diciendo que arranquemos las malas hierbas de raíz!', entendió Yan Shixu a la perfección esta vez.
Ye Zangfeng prosiguió:
"Si han de practicar el bien y salvar vidas, empleen sabiamente el karma y cosecharán una buena retribución. Pero si no reciben recompensa, no deben culpar al Cielo ni a los hombres, ni abandonar la rectitud para entregarse al mal, pues el Dao Celestial jamás les ordenó hacer el bien.
Solo de ese modo sus pensamientos fluirán sin trabas y su corazón original permanecerá inquebrantable".
Aunque proyectaba un aire distante y gélido, en el fondo era bastante elocuente. Partió de "El Cielo y la Tierra no son benévolos" y llegó hasta "Sostén la Gran Imagen y el mundo acudirá a ti"; no disertaba sobre el bien o el mal, sino sobre el Dao.
'Ciertamente, el daoísmo no sirve para gobernar un imperio. En comparación, el confucianismo resulta mucho más apto para adoctrinar a las masas y satisfacer las exigencias de los gobernantes...', reflexionó Yan Shixu. Tras llevar varios días en la academia, su comprensión de las escrituras daoístas era cada vez más profunda.
Ya había descubierto que la esencia fundamental de los Cuatro Clásicos del Daoísmo residía en enseñar al individuo a trascender los confines de lo "humano" y contemplar la existencia desde la perspectiva del cosmos.
Sus doctrinas sobre el gobierno no eran más que meros derivados.
El verdadero núcleo radicaba en guiar hacia la consecución del Dao.
Al aproximarse el mediodía, Ye Zangfeng comentó de pronto: "Faltan dos estudiantes entre ustedes. ¿Adónde se han ido?".
La atmósfera dentro del aula cayó instantáneamente hasta el punto de congelación.
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• Novela: Lín Shèng / 临圣
• Autor: Mai Bao Xiao Lang Jun (卖报小郎君)
• Traductor: Inmensurable
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El Descenso del Santo (Novela)
Capítulo 43
El Descenso del Santo (Novela) Capítulo 42
Estás leyendo el capítulo 42 de El Descenso del Santo (Novela), un novela. En este mundo, ¿quién mueve las piezas del tablero y quién es tan solo un peón? La pluma y la espada grabaron la lealtad y la rectitud, solo para volverse y conspirar con traición. Las danzas en el Salón del Trono… Este capítulo tiene publicado el 16 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Descenso del Santo (Novela) tiene 108 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.