Leer El Descenso del Santo (Novela) Capítulo 17 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Cerca del mediodía.
El firmamento lucía límpido y despejado, con tenues copos de nubes flotando en la calma.
Una pequeña ave negra surcó en vuelo rasante la Academia Daoísta; plazas, pabellones y galerías techadas retrocedieron velozmente a su paso.
Tras sobrevolar un alto muro, apareció ante su vista un complejo arquitectónico de escala aún más imponente y edificaciones más densas.
El pajarillo negro trazó círculos sobre el monasterio daoísta, como si buscara algo en particular, pero, incapaz de fijar a tiempo su objetivo, comenzó a revolotear ansioso dando vueltas en redondo.
Hasta que tres sacerdotes daoístas que caminaban con paso raudo y ligero llamaron su atención.
Siguió a los tres hombres adentrándose hacia las profundidades del monasterio.
En la parte posterior del Monasterio Chongzhen se extendía un jardín arbolado. Las rocallas del lugar habían sido labradas a partir de piedras exóticas traídas de los cuatro confines del mundo, y bajo los peñascos se abría un estanque serpenteante que encauzaba las aguas del río Luo, poblado de verdes lotos.
Siendo el octavo mes, las cápsulas de loto colgaban a la orilla del estanque. En esta estación, las semillas de loto eran tiernas y jugosas en su punto exacto; una vez entrado el noveno mes, madurarían y se volverían fibrosas, perdiendo su delicioso sabor.
Al borde del estanque se erguía un pequeño templo auxiliar con las puertas firmemente cerradas.
Los tres sacerdotes daoístas llegaron apresurados, deteniéndose frente a la entrada. El de mayor edad se inclinó y dijo:
"Su discípulo Wangyuan solicita audiencia con el maestro respetado".
Desde el interior del recinto llegó una respuesta: "¿Qué asunto traes?".
La voz sonaba curtida y añosa, pero rebosaba de vigor, impregnada de una serenidad propia de quien ha desentrañado las vanidades del mundo terrenal.
"Durante las pruebas de hoy, este discípulo se topó por casualidad con una disertación política enfocada en los pros y contras de las leyes tributarias. Sus reflexiones son profundas y cada frase da en el blanco con precisión. Por ello, la he traído especialmente para que el maestro le conceda una mirada". El sacerdote daoísta Wangyuan ofreció el pliego con ambas manos.
Las puertas del templo se abrieron por sí solas. Una ráfaga de brisa envolvió el manuscrito y, con un crujido de papel agitado, el texto fue arrastrado hacia el interior del recinto.
Luego, el templo quedó sumido en un prolongado silencio.
Los tres sacerdotes aguardaron en quietud, conscientes de que su maestro estaba deduciendo y calculando las implicaciones.
En sus años de juventud, el maestro había recorrido el mundo entero, sirviendo sucesivamente como consejero de nueve grandes casas; el censo de hogares, el recuento de almas, los tributos y las reservas de grano del imperio entero estaban grabados a fuego en su mente.
Si el sistema de división tributaria y las medidas de redistribución y transporte eran viables o no, y qué tan trascendentales podían resultar, él lo sabía mejor que nadie.
En ese instante, la pequeña ave negra descendió en picada desde el cielo, lanzándose contra las cápsulas de loto como si fuera una máquina de combate. Extendió sus dos patitas y, con un chasquido seco, arrancó una de ellas.
Cargando la cápsula, el pajarillo aterrizó junto al estanque. Con su pico ligeramente curvo, extrajo con pasmosa destreza una semilla de loto, picoteó la cáscara verde hasta abrirla y comenzó a comer con sumo deleite.
Los sacerdotes daoístas, curtidos y con un amplio mundo a sus espaldas, jamás en su vida habían visto a un pájaro capaz de pelar semillas de loto por su cuenta.
La especie del animal también era insólita: guardaba un gran parecido con un loro, pero lucía un plumaje abigarrado de un tono negro azabache.
En el aire comenzó a flotar, de manera casi imperceptible, un tenue aroma a tinta china.
Al fin, un anciano suspiro brotó del interior del templo, cargado de un hondo pesar y carente ya de toda serenidad.
El pajarillo negro se sobresaltó, soltó la cápsula de loto y alzó el vuelo batiendo las alas.
Desde el interior del templo, el Maestro Daoísta Yunmo suspiró:
"Este joven posee un talento capaz de ordenar y gobernar el mundo. Si en el futuro ingresa en el Ministerio de Hacienda, podrá resolver las penurias de grano y dinero que asfixian a la corte imperial. Es una lástima que su caligrafía sea tan tosca y descuidada... Wangyuan, saca una copia en limpio y envíala por correo urgente a Chang'an para que el patriarca maestro le eche un vistazo.
A Su Majestad no le queda mucho tiempo de vida, y sus actos se tornan cada día más apremiantes; ha abandonado la política de apaciguamiento de antaño y se niega a tolerar por más tiempo la sucesión hereditaria de padres a hijos en los mandos militares regionales. Después de todo, se resiste a resignarse.
Esta estrategia tal vez logre iluminar a Su Majestad, evitándole caer en la trampa de buscar éxitos inmediatos a cualquier costo".
¿Iluminar a Su Majestad?
Los tres sacerdotes se estremecieron; jamás habrían imaginado que el maestro otorgaría semejante valoración.
Es decir, ¿acaso en las deducciones del maestro, aquella disertación política se había elevado ya al rango de una estrategia capaz de estabilizar y decidir el destino del imperio?
Wangyuan respiró hondo. "Este discípulo cumplirá sus órdenes".
Las puertas del templo volvieron a abrirse, y el manuscrito, suspendido en el viento, descendió flotando frente a él.
\*\*\*
El Barrio Xiuzhen lindaba con el río Luo, desviando agua corriente para que atravesara el vecindario. Dentro del barrio, una red de canales se entrecruzaba, fluyendo hacia cada residencia para armonizar las corrientes telúricas.
En la Capital Oriental, esto era sinónimo de una zona residencial de la más alta alcurnia.
El Monasterio Chongzhen ocupaba la mitad del terreno de todo el Barrio Xiuzhen, mientras que el resto había sido repartido entre dignatarios, aristócratas y altos mandatarios, quienes habían erigido allí jardines privados, villas y fastuosas mansiones.
Durante toda la mañana, Yan Shixu estuvo vagando por el barrio. Este sitio carecía del bullicio cotidiano y la calidez del Barrio Ningyang; era mucho más apacible, y sus fincas y pabellones resultaban infinitamente más lujosos.
En el interior del vecindario operaban los negocios administrados directamente por el propio Monasterio Chongzhen: salas de alquimia, salones de incienso, talleres de papel y tinta, librerías de escrituras sagradas, cobertizos de té y comedores de comida vegetariana pura.
También había orfebrerías, perfumerías, tiendas de tesoros y sederías dedicadas en exclusiva al servicio de los poderosos... El burdel más grande del barrio era el Pabellón Jinhe, pero los establecimientos más exclusivos eran las residencias privadas y los monasterios femeninos clandestinos.
Aquellos supuestos monasterios de monjas taoístas, en realidad, no guardaban relación alguna con la Secta Chongzhen.
Eran clubes privados operados por particulares, donde seleccionaban a jovencitas de extraordinaria belleza, las vestían con túnicas daoístas y coronas de loto, dedicadas exclusivamente a recibir a clientes de altísimo linaje.
Durante el día, debatían las sagradas escrituras y discurrían con exquisita seriedad sobre el Dao junto a los ilustres señores.
Al caer la noche, los ilustres señores se ponían bien tiesos para discutir con ellas sobre los fluidos del cuerpo y la vida.
Cargando el baúl de libros a la espalda, Yan Shixu compró una torta de trigo en la entrada del barrio y, llevándola entre los dientes, caminó con paso perezoso de regreso a la Academia Daoísta.
Se acercaba el mediodía, y la academia estaba a punto de publicar los resultados del examen.
De repente, mientras caminaba por la Calle de la Encrucijada, oyó el batir de alas sobre su cabeza, acompañado por los agudos chillidos de Xueyi.
¡Le estaba advirtiendo de un peligro!
Yan Shixu continuó avanzando sin alterar el semblante, dobló en un callejón y de pronto echó a correr a toda prisa, serpenteando y dando vueltas a través de una telaraña de callejuelas y pasadizos oscuros.
Tras correr durante medio cuarto de hora, se detuvo en un rincón sombrío.
Xueyi, que revoloteaba sobre los tejados, descendió al instante. Su voz aniñada rezumaba pánico:
"¡Alguien te sigue! ¡Hay sed de sangre, hay sed de sangre!".
Xueyi sacudió con fuerza sus alitas un par de veces.
La percepción del peligro en los animales era mucho más aguda que en los humanos.
¿Sed de sangre? El corazón de Yan Shixu dio un vuelco.
Él no tenía enemigos personales; si alguien quería matarlo, forzosamente provenía de la Oficina de Asuntos de Inspección.
¿Acaso se debía a que la Academia Daoísta había modificado las normas a última hora y el Magistrado Yang, asumiendo que él quedaría descartado sin remedio, le había dado la orden de ejecución a Filo de Cigarra?
"Ese viejo Yang calculó que, llegado a ese punto, mi única salida sería escapar corriendo. Hay que reconocer que el tipo sabe juzgar a la gente", murmuró Yan Shixu.
"¡Ya te alcanzó!", chilló Xueyi aterrorizada.
Al mismo tiempo, Yan Shixu escuchó el eco de pasos precipitados que se aproximaban.
"¡A correr!".
Se guardó en el pecho la torta de trigo a la que apenas le había dado un bocado, dio media vuelta e inició una carrera desesperada. Xueyi despegó de su hombro hacia el cielo, planeando sobre los densos tejados para vigilar desde lo alto la intrincada maraña de pasajes.
El ave trazaba círculos directamente sobre Filo de Cigarra, ayudando a Yan Shixu a rastrear la posición del enemigo.
La velocidad de Yan Shixu era tremenda, corriendo con fiereza mientras el viento le zumbaba en los oídos; no se atrevía a detenerse ni por un solo instante, pues las alertas chillonas de Xueyi se escuchaban cada vez más cerca.
El enemigo era más veloz que él y recortaba la distancia tramo a tramo.
En un momento así, el baúl de libros se convertía en un estorbo absoluto, pero no podía deshacerse de él: allí dentro llevaba su dinero, sus armas ocultas y el marcador de tiralíneas que le había dejado su hermana mayor; era la totalidad de su patrimonio.
'¡Maldita sea mi falta de experiencia!'.
La saeta de manga era incómoda de portar encima, pero el marcador de tiralíneas debió haberlo llevado colgado al cinto; ponerse a sacarlo ahora era inviable.
Al doblar en una bocacalle, Yan Shixu volvió la cabeza: el encapuchado de negro ya se encontraba dentro del mismo callejón que él.
Entre agudos silbidos desgarradores, el encapuchado lanzó un guijarro con un golpe de dedos.
Yan Shixu agachó la cabeza violentamente. Tras él, el muro de tierra estalló abriendo un hoyo poco profundo, despidiendo fragmentos de barro por doquier.
¡Maldición!
Esa fuerza digital correspondía indiscutiblemente a un artista marcial del Reino Humano.
Yan Shixu no se atrevió a mirar atrás de nuevo y aceleró al límite. Los silbidos arreciaron en todas direcciones; los guijarros pasaron rozándole a gran velocidad, dos de ellos perforaron de lado a lado el baúl de libros y uno le impactó de lleno en el muslo.
Sintió como si estuviera cruzando bajo una lluvia torrencial de proyectiles; sin tiempo para atender al dolor, bajó la cabeza y corrió con el alma en un hilo.
Cruzando este callejón, justo enfrente se abría la Calle de la Encrucijada.
Desde lo alto descendió el grito desgarrador de Xueyi y, acto seguido, sintió que las pisadas enemigas estaban ya pegadas a sus talones.
Yan Shixu sintió un terror espantoso, pero en un relámpago de ingenio, metió la mano en el pecho, sacó la torta de trigo que apenas tenía un bocado y bramó con todas sus fuerzas:
"¡Cuidado con el arma oculta!".
Lanzó la torta hacia atrás con violencia feroz.
Por el rabillo del ojo alcanzó a vislumbrar que Filo de Cigarra frenaba en seco sus pasos y extendía ambas manos para atrapar la torta de trigo.
Yan Shixu aprovechó la fracción de segundo para salir despedido del callejón. Sin frenar el paso un solo instante, se incorporó al gentío de la Calle de la Encrucijada; justo delante se alzaba la Academia Daoísta.
Frente a las grandes puertas de la academia, la multitud bullía apretujada.
Los estudiantes aguardaban congregados bajo la sombra de los aleros a que se publicara la lista de aprobados.
Yan Shixu no se atrevió a detenerse; continuó arremetiendo hasta cruzar las puertas de la Academia Daoísta y, solo tras sortear el umbral, se detuvo sofocado, jadeando sin aliento.
Miró hacia atrás. Su vista cruzó por encima del gentío y divisó al encapuchado de negro de pie en el callejón oscuro, contemplándolo con una mirada gélida como el hielo.
En la mano del encapuchado descansaba la torta de trigo, de la cual solo quedaba ya la mitad.
En ese preciso instante, dos oficiales menores salieron de la Academia Daoísta: uno cargaba un cubo de madera que contenía pasta de arroz, mientras que el otro sostenía un rollo de papel rojo.
\*\*\*
En el Barrio Dingzheng, en la sede de la Oficina de Asuntos de Inspección.
En la sala lateral, un ambiente de quietud y refinamiento envolvía el espacio, con un hornillo de bambú alimentando un fuego apacible bajo la ventana.
El Magistrado Yang tomó una torta de té prensado y la colocó sobre las brasas bajas para tostarla ligeramente. Una vez que brotó el aroma de las hojas, utilizó un mortero para molerla con minuciosidad y tamizó el polvo hasta obtener una harina de té sumamente fina.
En el hervor de la tetera asomaron las primeras burbujas. El Magistrado Yang tomó una pizca de sal, la arrojó al agua y, al alcanzar el segundo hervor, vertió el polvo de té revolviéndolo con suavidad, hasta que una espuma densa y lechosa cubrió la superficie, inundando la estancia entera de fragancia vegetal.
Apenas acababa de ofrecer la taza al eunuco de mediana edad, un escribano entró a toda prisa en la sala sujetando un rollo de papel. Deteniéndose tras el biombo, anunció en voz alta:
"Reporto al Vicesecretario de la Izquierda: la Academia Daoísta acaba de publicar los resultados".
El eunuco de mediana edad dejó la taza sobre la mesa. "Tráelo aquí".
El Magistrado Yang recibió el pliego de manos del escribano y, sin atreverse a mirarlo primero, se lo entregó con reverencia al eunuco.
El pliego de papel se desenrolló con lentitud.
La mirada del eunuco recorrió los nombres de arriba abajo varias veces, y su semblante se fue ensombreciendo por momentos.
El Magistrado Yang observó los cambios en su rostro y sintió que el corazón se le desplomaba hasta el fondo del pecho.
De pronto, el eunuco le estampó el papel directo en la cara, rugiendo con una furia incontenible:
"¡Mira nada más la porquería de trabajo que hiciste!".
El Magistrado Yang comprendió al instante: de todos los espías que había infiltrado, solo Sun Lingqian había conseguido aprobar el examen.
Rápidamente desdobló la lista copiada por la red encubierta de la Oficina de Asuntos de Inspección y, buscando de abajo hacia arriba, divisó el nombre de Sun Lingqian en la segunda línea.
El eunuco lo increpó furioso:
"¡¿De qué demonios nos sirve un solo Sun Lingqian?! ¡Los letrados no sirven para un carajo! ¡¿Acaso va a poder robar el reloj de sol para nuestra oficina?!".
El Magistrado Yang no se atrevía a decir palabra, pero al pasar la vista por el primer lugar de la lista, se quedó súbitamente petrificado.
¡Yan Shixu!
Casi llegó a dudar de sus propios ojos. ¡¿El primer lugar de la lista era Yan Shixu?!
El eunuco dio un puñetazo sobre la mesa: "¡Habla!".
El Magistrado Yang pareció no haber escuchado nada. Su rostro mudó de color al instante: "Maldición...".
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• Novela: Lín Shèng / 临圣
• Autor: Mai Bao Xiao Lang Jun (卖报小郎君)
• Traductor: Inmensurable
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El Descenso del Santo (Novela)
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El Descenso del Santo (Novela) Capítulo 17
Estás leyendo el capítulo 17 de El Descenso del Santo (Novela), un novela. En este mundo, ¿quién mueve las piezas del tablero y quién es tan solo un peón? La pluma y la espada grabaron la lealtad y la rectitud, solo para volverse y conspirar con traición. Las danzas en el Salón del Trono… Este capítulo tiene publicado el 16 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Descenso del Santo (Novela) tiene 108 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.