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Leer El Descenso del Santo (Novela) Capítulo 16 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
En los estratos más bajos de la sociedad, ¿cuáles eran las identidades más idóneas para recabar información? Los mozos de cuerda, los buhoneros, los artesanos, los dependientes de taberna y las mujeres del mundo flotante. Entre ellos, los clientes de los burdeles eran hombres opulentos o linajudos de cuna noble, propensos a cometer indiscreciones al calor del licor. Por tal motivo, las cortesanas constituían el blanco predilecto de las organizaciones de espionaje para ensanchar sus redes de captación. El único inconveniente era que cruzar el umbral de una casa de placer exigía desembolsar unos cuantos cientos de monedas a las primeras de cambio. En adelante, le convendría tramitar sus reembolsos de viáticos con mayor diligencia. Yan Shixu acomodó la caja de libros sobre su hombro con un leve vaivén y enfiló hacia el patio exterior del templo. En ese instante, al fondo del interminable corredor, hicieron su aparición dos sacerdotisas daoístas. Al principio, debido a la distancia, Yan Shixu no logró distinguirlas con nitidez; tan solo apreció dos siluetas esbeltas de sinuosas curvas, recortadas como una estampa primorosa. Conforme acortaron el trecho, descubrió que ambas poseían una belleza fuera de lo común. La de la izquierda ostentaba un rostro ovalado canónico y grandes ojos luminosos, muy lejos de transmitir la candidez de una doncella ingenua. Llevaba un tenue carmín en las mejillas que encendía su rostro con una belleza radiante; sus labios lucían sensuales y bermejos, mientras que en su mirada límpida, cual aguas otoñales, ondulaba la turbadora seducción de una mujer madura. Su porte desbordaba voluptuosidad, destacando sobremanera un busto prominente que arrancaba a la holgura del hábito daoísta un insólito matiz sugerente. La de la derecha, por contra, mostraba una faz afilada de pureza exquisita, de tez nívea y labios de palidez serena. Sus pestañas eran tupidas y sus ojos infinitamente hermosos; no obstante, al clavar la vista en sus pupilas, se percibía en ellas una frialdad vacía e impasible, como si contemplara el bullicio humano y los afanes del mundo desde un aislamiento infranqueable. Una era una peonía ardiente y desatada; la otra, una rosa blanca esculpida en hielo. En los diez días transcurridos desde su arribo a la Gran Dinastía Sheng, era la primera ocasión en que Yan Shixu se topaba con bellezas tan arrebatadoras, y por partida doble. Tang Shuang era una encantadora muchacha de vecindario, pero todavía demasiado tierna, un capullo en ciernes. Yuchi Yunjia derrochaba hermosura a raudales, pero arrastraba consigo una pátina mundana en demasía marcada. Estas dos bien debían de ser hermanas marciales de la Secta Chongzhen. Por consiguiente, en cuanto estuvieron a punto de cruzarse, Yan Shixu dio dos pasos de cortesía hacia la izquierda, dobló la cintura y compuso una reverente inclinación con las manos entrelazadas. La dama peonía ladeó el rostro y le dedicó una sonrisa cómplice. Al rozarse al paso, Yan Shixu percibió una tenue y embriagadora estela de fragancia misteriosa. ... Tras abandonar la Academia Daoísta, Yan Shixu dobló por una callejuela y luego se deslizó hacia un callejón recóndito aún más apartado. Se oprimió el labio inferior con los dedos y soltó una serie de silbidos agudos y sostenidos. Al poco tiempo, un aleteo resonó sobre su cabeza y una pequeña ave negra de plumaje desigual fue a posarse con presteza sobre su hombro. Yan Shixu inquirió: "¿Diste con el paradero del Pabellón de los Tesoros Escondidos?" Xueyi ladeó la cabeza, desorientado: "¡Ay, ze me olvidó...!" Al notar su habla pastosa, Yan Shixu fijó la vista y descubrió que el pajarraco aprisionaba en el pico una píldora medicinal del tamaño de un grano de soja. "¿Y solo por esta minucia echaste en saco roto la misión que te encomendé?" Yan Shixu suspiró, debatiéndose entre la exasperación y la resignación. "Ezta hecha con medicina ezpiritual, huele a medicina ezpiritual", balbuceó Xueyi sin soltar el botín, antes de inclinar el pico. "Toma, te la traje a ti." '¿Refinada con medicina espiritual?' Yan Shixu extendió de inmediato la palma abierta, mudando el enojo en un deleite manifiesto: "Reconozco que hace un momento alcé la voz sin necesidad. A ver, ¿de dónde la birlaste?" Asentado sobre su hombro, Xueyi alzó el ala izquierda y apuntó hacia el recinto de la Academia Daoísta: "La robé en la caza de un daoízta." Yan Shixu arrugó el entrecejo. Xueyi musitó con tono compungido: "Ya zé, robar no ezta bien..." Yan Shixu sentenció con gravedad: "Por descontado que no está bien: primero debías vigilar el objetivo, aprenderte los horarios de salida del dueño y constatar si había patrullas vigilando los contornos. Sea uno pájaro o cristiano, cualquier empresa exige trazar un plan concienzudo antes de mover ficha. ¿Cómo se te ocurre actuar con semejante temeridad?" ¿Qué hubiera sido de él si caía cautivo? La vez anterior lo habían atrapado precisamente por devorar bocados ajenos; no podían permitirse tropezar dos veces con la misma piedra. Había que reconocer el terreno primero. "¿No veníaz a eztudiar?", preguntó Xueyi dando saltitos en torno a su hombro. "¿Por qué zalizte?" "Nos plantaron un examen sorpresa." "Zeguro te fue de pena." "Quién sabe. Podría ser una sarta de disparates, o quizás un as bajo la manga." ... Barrio Dingzheng, Oficina de Asuntos de Inspección. Ante la entrada del salón principal, el Magistrado Yang detuvo sus pasos y se encorvó en una reverencia: "El señor Vicesecretario de la Izquierda ha requerido la presencia de su subordinado. ¿Cuáles son sus mandatos?" Desde el interior brotó una voz teñida de un deje afeminado: "Adelante, entra a hablar." El Magistrado Yang se atusó la indumentaria, alzó el borde de su sayo, salvó el alto travesaño del umbral e ingresó en el recinto. El espacioso y fastuoso salón principal se hallaba desierto. En una tarima baja apostada en la antecámara lateral descansaba un eunuco de mediana edad, de tez pálida y rostro barbilampiño. La tarima rebosaba de piezas de oro, lingotes de plata, perlas finas y gemas luminosas nocturnas. El eunuco sopesaba una de aquellas perlas luminiscentes, contemplándola al trasluz del sol que se colaba por el ventanal, al tiempo que soltaba un suspiro melifluo: "Qué hermosura de prodigio. Al supervisor del ejército le chiflan estas fruslerías, y a mí tampoco me disgustan. Pero él ostenta el mando militar; un solo escalafón de ventaja en la corte aplasta a un hombre como si fuera una losa." El Magistrado Yang hundió la mirada en el suelo. El eunuco dejó la perla y preguntó: "¿Dieron caza a los facinerosos que asolaron el Mercado del Sur?" "Apenas apresamos a seis, y todos consumaron su suicidio." El Magistrado Yang inclinó la cabeza con mayor sumisión. El eunuco esbozó una mueca desganada: "Eran combatientes suicidas; arrancarles una confesión en vida resulta ilusorio. No recae culpa sobre ti. Sin embargo, los reptiles y sabandijas ponzoñosas proliferan sin freno en la capital." El Magistrado Yang intervino presuroso: "Descuide el señor Vicesecretario; este servidor ya propagó los rumores convenientes. Ahora todas las facciones clavan los ojos en la Academia Daoísta, lo que aliviará con creces el asedio sobre nuestras espaldas." Servirse del tesoro imperial de Mingzong como cebo apuntaba a un triple rédito: tentar a los espías enemigos a asomar la cabeza, presionar de paso a la Academia Daoísta y distender la soga en torno a la Oficina de Asuntos de Inspección. Un certero lance de tres pájaros de un tiro. "De tus dotes no guardo duda alguna. Mas no digas que no te lo previne: apretar a la Academia o aligerar nuestras cargas carece de trascendencia real. Lo que exigen las altas esferas es el Reloj de Sol de Mingzong. He tenido noticia de que la Academia admitía hoy postulantes y los sometió a examen escrito." Al oírlo, el Magistrado Yang comprendió al instante que abordaban el nervio del asunto y se apresuró a declarar: "Este humilde servidor tomó providencias oportunas e infiltró a varios peones encubiertos entre la masa de aspirantes. Entre ellos abundan quienes aúnan luces letradas y pericia marcial." El eunuco inquirió: "¿A quiénes dispusiste?" "A Zhou Yuan, Sun Lingqian, Chen Siyuan..." El Magistrado Yang enumeró seis identidades de corrido, desgranando los antecedentes de cada uno. "Unos gozan de nombradía letrada, otros descollan por sus dotes de trato, otros por su extremada cautela y algunos por un poder marcial descomunal. De seguro colmarán las esperanzas de su señoría." Para deslizar topos en las entrañas de la Academia Daoísta, el brillo académico no constituía el factor cardinal. Lo decisivo estribaba en la capacidad operativa. Por consiguiente, al margen de dos letrados legítimos, el Magistrado Yang había camuflado a varios sabuesos de acción bajo la apariencia de eruditos. Ahora que la Academia Daoísta había sacado la leña de debajo del caldero recurriendo a un pliego de examen, aquellos desprovistos de erudición quedarían irremisiblemente fuera de combate. Tal era el caso de aquel vástago del clan Yan. El Magistrado Yang ya lo había condenado a muerte en sus adentros, por lo que resultaba ocioso siquiera mentarlo. "Destaca emisarios a apostarse frente a la Academia para que remitan novedades al minuto. Este negocio reviste gravedad extrema; quédate aquí conmigo a esperar el desenlace." El eunuco tomó entre sus dedos una hilera de perlas. "Aguarde un instante el señor Vicesecretario; debo despachar un breve recado." Concedida la venia, el Magistrado Yang salió del recinto, regresó a su despacho de guardia y le espetó a su amanuense: "Transmite aviso a Filo de Cigarra. Que dé muerte al blanco sin dilación." Presagiaba que ese tipejo de apellido Yan pondría pies en polvorosa. ... Hacia las diez y media de la mañana, en la cámara lateral oriental del Salón Qiuzhen. Las volutas de sándalo ascendían perezosas; puertas y ventanas permanecían abiertas de par en par, dejando entrar un torrente de luz solar donde danzaban motas de polvo en suspensión. Tres escritorios se alineaban en hilera. Tras cada uno oficiaba un sacerdote daoísta de luengas barbas, pasando pliegos con celeridad y deslizando comentarios a intervalos: "Este tal Zhou Yuan exhibe un trazo esmerado y una composición decorosa, mas su ensayo no hace sino rumiar fórmulas ajenas sin aportar una sola brizna de ingenio propio. ¿De qué valdría acogerlo en la Academia?" "Las finanzas de la corte arrastran vicios tan añejos que nadie aguarda ya que estos mozalbetes deslumbren con sentencias reveladoras." Los sacerdotes debatían mientras desgranaban las lecturas. Las comandancias militares regionales se dividían a grandes rasgos en tres calañas: las secesionistas, las neutrales y aquellas sujetas al yugo directo de la corte. En las dos primeras, caudales y cosechas eran saqueados por mesnadas insumisas y generales levantiscos, impidiendo que el fisco imperial alcanzara el trono. En las últimas, si bien el gobierno central conseguía cobrar tributos, la rapiña de los magistrados y la retención arbitraria en las provincias alcanzaban cotas alarmantes; los balances contables eran un barullo intrincado donde resultaba quimérico fiscalizar nada. De cada diez medidas de grano o plata recaudadas, apenas cuatro o cinco coronaban con éxito las arcas centrales. Tanto en las consultas políticas del trono como en los certámenes de oposición imperial, en cuanto se ventilaba el tema hacendístico, el desafío consistía en desanudar el entuerto de estas últimas. La corte padecía una sangría de fondos endémica desde hacía dos siglos y jamás había dado con el remedio definitivo. "Este escrito es un galimatías intrincado, no se entiende nada de lo que expone. ¿Acaso quien perpetró esto presume de letrado?" "Y aquí, este otro ni siquiera guarda concierto con la consigna. Ha debido de embutir a la fuerza un memorial memorizado de antemano." Conforme avanzaban, los tres sacerdotes perdían los estribos, al punto de mascullar improperios entre dientes: "¡Perro bellaco! ¿Acaso tu madre no te enseñó modales?" Algunos pliegos adolecían de torpeza estilística, pero al menos conservaban la traza de un ensayo; otros no pasaban de ser disparates bochornosos, y los peores desvariaban a leguas del enunciado. ¿Semejante ralea osaba considerarse letrada? Una sombra grácil cruzó el umbral. La sacerdotisa de rostro ovalado traspasó el cancel, escoltada por la doncella de semblante gélido. "Oí decir al hermano Wangji que la Academia sustituyó este año la revisión de antecedentes por una prueba escrita", deslizó la dama de la peonía con risueña cadencia. "El hermano Wangji se marchó al burdel a beber entre cortesanas. Hermanos mayores, ¿precisan que les preste mi auxilio?" El maestro de la izquierda se acarició la barba canosa y declinó con un aspaviento: "Déjalo estar, déjalo estar; no hay menester de mancillar los ojos de la hermana menor Hanzhang con semejantes despropósitos." El sacerdote de la derecha soltó un bufido desdeñoso: "La remesa de aspirantes de este año no pasa de ser un atajo de calabazas vanas. Miren este: trazo caótico, renglones torcidos... ¿Eh? ¿Del clan Yan?" Había empuñado ya el pincel resuelto a tachar la página con una cruz escarlata, pero al toparse con el linaje, la curiosidad lo forzó a demorarse unos instantes más. Al principio no halló nada deslumbrante: el arranque pregonaba el gobierno por la no-acción, con argumentos un tanto vaporosos y etéreos. Sin embargo, al dar de bruces con el concepto de "sistema de separación tributaria", el sacerdote quedó petrificado. Repasó una y otra vez aquellas escasas líneas, bisbiseando sin tregua: "Delimitar los ramos tributarios... Delimitar los ramos tributarios..." Sus pupilas oscilaban a velocidad vertiginosa, desmenuzando y calculando premisas en su cabeza. A medida que cavilaba, un estremecimiento de ardor lo sacudió por entero; la mano que sostenía el pliego empezó a temblar ostensiblemente, y con ella la barba canecida. "Hermanos míos, vengan... echen un ojo a este examen..." Desconcertados ante semejante agitación, los otros dos maestros abandonaron sus asientos y se aproximaron a la carrera. "¡Hombre, ¿a qué viene ese tembleque?!" Uno de los cofrades le arrebató el papel, pero conforme sus ojos devoraban el texto, sus manos también comenzaron a estremecerse. "El sistema de separación tributaria... ¡Sublime, sublime a más no poder...!" El sacerdote que aún no tocaba la cuartilla temblaba con mayor frenesí, experimentando la iluminación de un toque celestial en la coronilla: "Al delimitar los ramos tributarios, el grueso del erario engrosa directo las arcas imperiales y las minucias accesorias quedan para el fisco provincial. Los balances quedan transparentes y diáfanos. ¡Aun cuando los magistrados locales intenten extorsionar y meter mano, la corte se asegurará un caudal copioso y constante!" La razón de que los funcionarios provinciales pudieran retener caudales y malversar a su antojo radicaba en que todos los impuestos se recaudaban en un fondo indiferenciado. Trucar las cuentas resultaba un juego de niños. Pero al segregar de raíz las partidas fiscales —destinando la capitación agraria, el tributo por cabeza, los estancos de sal, hierro y té, y los peajes fluviales y aduaneros en exclusiva al poder central, vedando su acceso a los mandatarios locales—... ¡Las cuentas quedarían cristalinas como el agua! El otro sacerdote clamó: "¡De promulgarse este decreto, los mandarines y potentados locales se quedarán atados de pies y manos!" "A mi juicio, el sistema de transporte y redistribución coordinada resulta todavía más prodigioso", terció el primero. "Que las obras de socorro ante hambrunas y la ingeniería hidráulica pasen a depender de la batuta unificada del gobierno central... Bien mirado, esto extirparía de cuajo las derramas forzosas y las exacciones despiadadas de las provincias, domeñando la tiranía local. Aunque una demarcación sucumba a una catástrofe, la corte conservará recaudación intacta para el ciclo siguiente." "Centralizarlo todo por entero tampoco sería prudente; las minucias deberían seguir recayendo en aportes comarcales." "Y su estrategia para domeñar a las comandancias regionales desborda una agudeza encomiable; posee un sentido práctico imbatible." "¡Este muchacho es un talento prodigioso regalado por el cielo! ¡Un coloso equiparable al mismísimo Patriarca Fundador!" Los tres maestros procedían de la Secta Chongzhen y dominaban las artes de gobierno con maestría, por lo que se enzarzaron en una disputa encendida. Gu Hanzhang parpadeó con sus hermosos ojos almendrados y arrimó el rostro colmada de intriga: "¿Comparable al Patriarca Fundador de Chongzhen? Siendo así, he de juzgar yo misma ese texto." Para su sorpresa, los tres sacerdotes recogieron el pliego de golpe y replicaron: "Hermana Hanzhang, hazte cargo de revisar el resto de los exámenes. Nosotros debemos acudir de inmediato ante el maestro." "¡Cierto, certísimo! Si en sus años mozos el maestro hubiera contado con una propuesta de tal calibre para atesorar solvencia fiscal durante un lustro, ¿cómo no habría culminado su magna empresa?" "¿No será imprudente? ¿Y si el maestro recobra los arrestos y pretende regresar a la corte como primer ministro?" "Descuida, el emperador ya no le guarda pizca de crédito." "Ni el Gran Maestro tampoco." Y sin más dilación, salieron disparados de la cámara lateral como un torbellino. Gu Hanzhang solo alcanzó a leer al vuelo el nombre rubricado al pie: ¡Yan Shixu! La esbelta y distante sacerdotisa contempló la desbandada de los tres hombres, dejando traslucir una sombra de perplejidad en sus ojos impasibles. Aparentaba no entender cómo una simple hoja de papel podía trastornar el sosiego de nadie con tal vehemencia. Volvió el rostro hacia su compañera y preguntó con parsimonia: "¿No se supone que la senda daoísta profesa la pureza y la no-acción?" Gu Hanzhang soltó una risita avergonzada: "Solo los adeptos de la Secta Chongzhen son así de escandalosos; con el tiempo te harás a la idea. El resto de nosotros no somos así..." \----- • Novela: Lín Shèng / 临圣 • Autor: Mai Bao Xiao Lang Jun (卖报小郎君) • Traductor: Inmensurable ⚔️ ¿Qué te pareció el capítulo? ¡Deja tu reacción y comenta abajo! Tu apoyo impulsa con fuerza los próximos capítulos. 💬✨
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Estás leyendo el capítulo 16 de El Descenso del Santo (Novela), un novela. En este mundo, ¿quién mueve las piezas del tablero y quién es tan solo un peón? La pluma y la espada grabaron la lealtad y la rectitud, solo para volverse y conspirar con traición. Las danzas en el Salón del Trono… Este capítulo tiene publicado el 16 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Descenso del Santo (Novela) tiene 108 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.