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Leer El Descenso del Santo (Novela) Capítulo 13 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
El Maestro Daoísta Yunmo era el Gran Erudito de la Academia Daoísta de la Capital Oriental y la segunda figura en jerarquía dentro de la Secta Chongzhen. Se trataba del discípulo principal del actual Preceptor Imperial y líder de dicha secta, quien este año alcanzaba la venerable edad de noventa años. Yunmo había ingresado en la Secta Chongzhen desde su tierna infancia. Tras superar el rito de iniciación a la adultez, se presentó a las oposiciones daoístas y se ganó el profundo aprecio imperial; Su Majestad estuvo a punto de nombrarlo Oficial Editor, un inicio formal y prestigioso reservado para los letrados más sobresalientes de la corte. Sin embargo, Yunmo declinó el nombramiento. Se echó la caja de libros a la espalda y dio comienzo a veinticinco dilatados años de peregrinaje. Durante aquel cuarto de siglo, acudió incansablemente ante diversos caudillos militares fronterizos ofreciéndose como consejero estratégico. A lo largo de esa peripecia sirvió sucesivamente a nueve amos distintos, demostrando una volubilidad que bien dejaba en mantillas la triple traición del mismísimo Lü Bu. No fue hasta que el emperador falleció y el nuevo monarca ascendió al trono con la determinación de recuperar los territorios perdidos, que el Maestro Daoísta Yunmo regresó a Chang'an. Se postuló ante el flamante soberano para el cargo de primer ministro, asegurándole sin rodeos que nadie bajo el cielo entendía mejor que él la problemática de los mandos militares fronterizos. El soberano quedó encantado y lo ascendió de inmediato a Viceministro de Personal y Consejero de Estado Conjunto. Poco después sobrevino el bochornoso desastre histórico de hacía veinte años: la rebelión de las Cinco Comandancias Militares, en la cual el nuevo emperador imitó al antiguo emperador Mingzong huyendo de Chang'an para buscar refugio en la cuenca de Shu. Aquel monarca —el emperador que gobernaba en el presente— jamás volvió a levantar cabeza tras semejante humillación. El Maestro Daoísta Yunmo, por consiguiente, fue desterrado a la Capital Oriental para ocupar el cargo de Gran Erudito, perdiendo para siempre toda posibilidad de reintegrarse a los círculos del poder central. A juzgar estrictamente por su trayectoria política, este discípulo predilecto del Preceptor Imperial había resultado ser un fiasco absoluto, un paquete irremediable. No obstante, en el terreno de la cultivación, Yunmo era un consumado maestro del Reino Terrenal, un auténtico Gran Daoísta. Durante los últimos años había llevado una existencia enclaustrada, entregado a la quietud del cultivo y mostrándose ante el mundo en contadísimas ocasiones. En su misiva, el Magistrado Yang detallaba dos de sus proezas. La primera tuvo lugar en el noveno año de la era Tonghe, hacia el ocaso de la revuelta de las Cinco Comandancias, cuando el Maestro Daoísta Yunmo arrojó granos de frijol para conjurar un ejército, aniquilando de un solo golpe a veinte mil guerreros de la vanguardia rebelde. La segunda aconteció en el segundo año de Changqing, hacía once años, en medio de una devastadora sequía que asolaba la Capital Oriental. Yunmo erigió un altar ceremonial, ofició un ritual y ordenó a los dioses dragón que vertieran sus aguas. El diluvio resultante se prolongó durante tres días con sus tres noches. "En el segundo año de Changqing yo apenas tenía ocho años; ¿cómo es que nunca me enteré de algo así?", murmuró Yan Shixu para sus adentros. En un puñado de renglones, su concepción del mundo acababa de sufrir una sacudida total. ¿Un experto del Reino Terrenal era capaz de desatar tormentas e invocar las lluvias a su antojo? El límite superior del poder en este mundo parecía bastante más descomunal de lo que había presupuesto. "Xueyi, ven aquí, anda...", llamó Yan Shixu al periquito, que leía textos daoístas a un extremo del escritorio. "¿Quién es más poderoso? ¿Este daoísta o el Señor de tu Montaña?". "¡El Señor de la Montaña es más fuerte!", proclamó Xueyi sin pestañear. "Ni siquiera leíste la carta." "¡El Señor de la Montaña es más fuerte, el Señor de la Montaña es más fuerte...!", insistió Xueyi agitando el ala derecha con entusiasmo. "Fue una pérdida de tiempo preguntarte; vuelve a tus lecturas." Yan Shixu lo apartó a un lado con suavidad y continuó revisando el pliego. Aparte del Gran Erudito, la Academia Daoísta contaba con un Erudito principal y tres Eruditos Asistentes que ejercían como instructores auxiliares. El Erudito principal era el discípulo de clausura que el Maestro Daoísta Yunmo había admitido en su vejez, y su nombre daoísta era Wangji. La descripción dedicada a este joven abarcaba apenas una sola línea, pero resultaba sumamente elocuente: "Ingresó en el templo a los nueve años; alcanzó rango en el Sendero Marcial a los doce. Al recitar los sutras, brotaban lotos verdes de forma espontánea y se manifestaban portentos auspiciosos. Posteriormente su energía espiritual decayó; entregado a la gula y la ociosidad, fue tornándose mediocre con los días, consumiéndose por entero su talento original". Un vivo reflejo de Fang Zhongyong dentro de la Gran Dinastía Sheng. En lo concerniente a los tres Eruditos Asistentes, ninguno era funcionario imperial ni pertenecía a la Secta Chongzhen. Provenían de las ramas Sur y Norte de la Escuela del Caldero de Alquimia y de la Secta Shangqing. Aunque bajo el cielo florecían miríadas de santuarios y corrientes daoístas, sus raíces se sustentaban en cuatro pilares cardinales: la Secta Chongzhen, la Escuela del Caldero de Alquimia —subdividida en Rama Sur y Rama Norte— y la Secta Shangqing. Tanto el Caldero de Alquimia como la Secta Shangqing eran escuelas retiradas del bullicio profano que rehuían inmiscuirse en asuntos políticos; no obstante, cada año delegaban a tres de sus discípulos para apoyar en la enseñanza de la Academia Daoísta. Una vez concluido el ciclo escolar, la Secta Chongzhen les confería los registros daoístas a los tres enviados. El Magistrado Yang desconocía a qué discípulos enviarían este año las tres órdenes. '¿Conferir los registros?', caviló Yan Shixu frunciendo el ceño, intrigado ante el concepto. ¿Por qué discípulos procedentes de semejantes escuelas requerían que la Secta Chongzhen avalara sus registros? El Magistrado Yang no daba mayores explicaciones sobre el asunto en la carta. Además de estos pormenores, el documento desglosaba las técnicas mágicas primordiales impartidas en la Secta Chongzhen y el censo de discípulos del monasterio. Yan Shixu comenzaba a tener un panorama bastante lúcido acerca de la facción donde debía infiltrarse. Yan Shixu tamborileó sobre la superficie de la mesa mientras sopesaba las circunstancias en su interior: 'Esta misión en la Academia Daoísta entraña tantos peligros como oportunidades. Si logro desentrañar los secretos del Arte del Elixir Interno de la Escuela del Caldero de Alquimia, podré superar el cuello de botella que frena mi Sendero Marcial y alcanzar un rango formal'. Por añadidura, al tratarse de un centro académico de primer orden, disponía de un inmenso archivo bibliográfico que le permitiría empaparse de la realidad de este mundo. Los riesgos, por otra parte, eran evidentes: si su identidad salía a la luz, lo más probable era que acabara ejecutado en el patíbulo sin contemplaciones. Y si las suposiciones del Anciano Letrado Confuciano estaban en lo cierto, entre los aspirantes admitidos bien podían ocultarse espías de otras potencias. Yan Shixu sacó el pedernal, prendió la lámpara de aceite y arrimó la carta al fuego. ¡Toc, toc, toc! Apenas las llamas hubieron reducido el papel a una leve brizna de cenizas, un golpe seco y violento sacudió el portón exterior. Eran aldabonazos rotundos, carentes de todo miramiento. Aquello no encajaba con los modales de Tang Shuang ni con los de ningún vecino familiar, pues nadie se había anunciado de viva voz. Yan Shixu le lanzó una advertencia con la mirada a Xueyi y señaló hacia la parte inferior del lecho. El ave obedeció con docilidad, bajó del escritorio y se deslizó a saltitos para guarecerse bajo la cama. Solo entonces Yan Shixu se incorporó, atravesó el patio y abrió el portón. Al otro lado aguardaban dos desconocidos de fisonomía adusta, enfundados en túnicas negras de cuello redondo con mangas ceñidas, cubiertos con pañuelos futou y con largas espadas al cinto. El porte inequívoco de dos hombres de armas. El sujeto apostado a la izquierda extrajo un lienzo del pecho y preguntó con voz ronca: "Jovencito, ¿has visto a este pájaro?". El dibujo retrataba con precisión a un periquito lleno de vida, con un penacho de plumas amarillo pálido erguido con prestancia. Era, indudablemente, Xueyi. El guerrero de la derecha guardó silencio, pero estiró el cuello hacia el patio, barriendo el recinto con ojos inquisitivos. '¿¡Los sabuesos de la Oficina de Enlace de Yunshuo llegaron hasta aquí!?' A Yan Shixu se le apretó el pecho, pero compuso una expresión de abulia desinteresada y respondió: "¡No!". El hombre que sostenía la pintura lo examinó con mirada penetrante antes de añadir con parsimonia: "Es la mascota predilecta de nuestro Oficial de Enlace; ayer escapó volando por descuido. Si llegas a verla y te presentas a dar aviso en la Oficina de Enlace de Yunshuo, recibirás una gratificación de veinte sartas de monedas". "¡¿Veinte sartas?!", coreó Yan Shixu levantando la voz, adoptando al instante la avidez de quien percibe una ganancia inesperada. "¡Ah, pues entonces me pondré a buscarla con sumo cuidado!". El guerrero asintió con la cabeza: "Si encuentras alguna pista sobre su paradero, puedes acudir al Barrio Xingjiao para informar en la Oficina de Enlace de Yunshuo. La recompensa no será un obstáculo". Yan Shixu asintió rebosante de entusiasmo fingido: "No se preocupe, mantendré los ojos bien abiertos". Los dos emisarios hicieron un gesto de aprobación y se dirigieron al predio contiguo portando el lienzo. Yan Shixu cerró la puerta y mudó el semblante de inmediato: "Veinte sartas... Vaya, vaya, dan ganas de venderte, Xueyi". De vuelta en la alcoba, Xueyi sacó la cabecita por debajo de la cama y preguntó en un susurro temeroso: "¿Qué pasó? ¿Qué fue eso...?". "La gente de la Oficina de Enlace de Yunshuo vino rastreando la zona", contestó Yan Shixu en tono sombrío. "¿Y ahora qué hacemos?", se angustió el periquito. "Tranquilízate. La Oficina de Enlace de Yunshuo carece de potestad policial en la Capital Oriental; a lo sumo pueden realizar averiguaciones discretas, pero no se atreverán a registrar las viviendas una por una. Si arman demasiado alboroto, las Efímeras de la Oficina de Asuntos de Inspección se darán cuenta de inmediato, y ellos también temen que la Oficina descubra tu presencia", lo serenó Yan Shixu. Pese a todo, convivir con una jauría de sabuesos rondando a las puertas de casa distaba mucho de ser una situación deseable. Yan Shixu reflexionó unos momentos hasta que una idea tomó forma en su mente: "Se me ocurre una artimaña para camuflarte un poco". "¡¿Qué artimaña?!", quiso saber Xueyi, aproximándose a brincos. A las aves les resultaba instintivo desplazarse dando saltitos. Yan Shixu salió presuroso hacia el patio, extrajo un cucharón de agua de la tinaja, tomó media pastilla de tinta y se dispuso a frotarla en el tintero. Xueyi permaneció a su lado observando la faena y preguntó con tono inocente: "¿Vas a escribir?". "No voy a escribir". "¿Entonces qué pretendes?". "Teñirte". Hombre y ave intercambiaron miradas durante medio segundo. De pronto, Xueyi emprendió una fuga despavorida hacia el fondo de la cama, veloz como una centella, raudo como el rayo. Pero Yan Shixu se anticipó a su trayectoria y lo apresó firmemente entre las manos. "¡No quiero que me tiñas! ¡No quiero que me tiñas!", chillaba Xueyi, atrapado dentro del puño con solo la cabeza asomando, picoteando el nacimiento de los dedos de Yan Shixu como si fuera un pájaro carpintero. "¡Te voy a matar a picotazos! ¡Te mato, te mato...!". Sin prestar atención a sus quejas, Yan Shixu tomó el tintero y vertió la tinta directamente sobre el plumaje, que absorbió el líquido oscuro con pasmosa celeridad. En un santiamén, el hermoso periquito níveo mutó en una criatura negra como el carbón. Una vez que lo soltó, Xueyi sacudió sus plumas entre gemidos y sollozos ahogados. "Es un sacrificio elemental, no te pongas tan consentido", le reprendía Yan Shixu intentando convencerlo, mientras con la punta del pincel distribuía la tinta de manera uniforme hasta la última pelusa interior. "Para alguien que presume de haber memorizado los textos clásicos, ¿acaso ignoras el deber de tragarse las humillaciones para consumar una empresa mayor?". Xueyi gimió entre hipos: "¿De verdad no me van a reconocer así?". "Ni por asomo". "Pero si ni siquiera salgo de aquí dentro... ¿no tenía más sentido esperar a que sanaran mis heridas para embadurnarme de tinta?". "... ¡Tiene sentido!", admitió Yan Shixu, quedándose de una pieza. Ambos se contemplaron en silencio absoluto; el ambiente se congeló durante unos instantes. Al segundo siguiente, Xueyi dio un salto enfurecido directo hacia su rostro. "¡Te mato a picotazos! ¡Muérete, muérete, muérete, muérete!". ... A la mañana siguiente. Yan Shixu fue a desayunar a la Tienda Tang y comprobó que la clientela del establecimiento se había multiplicado notablemente. Tang Shuang atendía mesas a toda prisa, bañada en sudor por el ajetreo constante. Cuando por fin logró una pausa, apoyó las manos en la cintura jadeando y se secó la frente con el lienzo de tela que llevaba terciado sobre el esbelto cuello. "¿Por qué tanto alboroto hoy?", preguntó Yan Shixu con curiosidad. "¿Acaso tu madre inventó una nueva receta de aderezo?". Al pensar en su tía política —la madre de Tang Shuang—, Yan Shixu advirtió que casi había olvidado sus rasgos. Apenas guardaba el recuerdo de una dama serena y afable. En los días en que su hermana mayor aún vivía, la mujer solía acudir de visita trayendo a Tang Shuang consigo; ambas señoras podían permanecer sentadas en el patio charlando durante tardes enteras. En algún momento impreciso, Yan Shixu dejó de verla. Desde entonces permanecía recluida en los fogones traseros de la Tienda Tang, sin asomar jamás a la calle. "Ayer hubo una desgracia en el mercado", señaló Tang Shuang, devolviéndolo bruscamente a la realidad. "¿Qué clase de desgracia?", inquirió Yan Shixu. El semblante de Tang Shuang se tornó lúgubre: "Ayer un grupo de forajidos atacó el Mercado del Sur. Asesinaron a una multitud y quemaron casi medio barrio. El viejo Zhang, el del puesto de tortas hu de al lado, fue al Mercado del Sur a comprar arroz y perdió la vida allí". ¿Habían arrasado el Mercado del Sur? La preocupación ensombreció también las facciones de Yan Shixu. Su primera deducción fue clara: los infiltrados de Chengzhao habían pasado a la acción. El Mercado del Sur era el eje comercial de toda la Capital Oriental, del cual dependía el abastecimiento cotidiano de miles de familias. Si aquel corazón neurálgico quedaba destruido, la urbe entera se exponía a la parálisis y al colapso. Llegado ese punto, el ejército de Chengzhao ni siquiera necesitaría asediar los muros exteriores; la propia ciudad se derrumbaría desde adentro. Su segundo pensamiento fue de alivio: por fortuna no había ido al Mercado del Sur la víspera. La Señora Yuchi le había encomendado ir a buscar tablones de madera allí; de no haber postergado el encargo, habría quedado atrapado en un conflicto sangriento. Desde que Xueyi había aparecido en su vida, Yan Shixu sentía que su fortuna mejoraba y que los golpes de suerte empezaban a alinearse a su favor. "El precio del grano se va a disparar en la Capital Oriental", suspiró Tang Shuang llena de pesadumbre. Desde el instante en que transmigró a este mundo, esta era la primera ocasión en que Yan Shixu percibía de manera cruda y tangible lo que significaba habitar en una plaza en pie de guerra. El exterior se había tornado peligroso; ¡lo prudente sería guarecerse y dedicarse de lleno a su cultivo! Decidió con firmeza que evitaría cruzar la puerta durante los próximos días. ... El tiempo transcurrió con presteza y seis jornadas se esfumaron en un parpadeo. Yan Shixu se encerró por completo, manteniendo un perfil bajo y consagrando cada jornada al estudio de los tratados daoístas, el entrenamiento marcial y la meditación visual. Durante aquel intervalo descartó reunirse con el Anciano Letrado Confuciano; tanto él como el periquito obraron con escrupuloso recelo. Solo salió a la calle en una oportunidad para abastecerse de un arcón de libros, una túnica lanshan, utensilios de caligrafía y carbón. Además, empleando tres piezas de hierro forjado que guardaba en su cobertizo, forjó una daga corta, un puño de acero y seis Agujas de Manga. Al día siguiente comenzaba la convocatoria de admisión de nuevos discípulos en la Academia Daoísta. Apenas rebasado el mediodía, unos golpes ásperos y contundentes resonaron en el portón del patio. El visitante era un hombre maduro ataviado con una sobria túnica de cuello redondo, con facciones del todo desconocidas. Yan Shixu apenas se disponía a indagar por el motivo de su presencia, cuando el recién llegado tomó la palabra: "El Magistrado Yang solicita tu presencia". \----- • Novela: Lín Shèng / 临圣 • Autor: Mai Bao Xiao Lang Jun (卖报小郎君) • Traductor: Inmensurable ⚔️ ¿Qué te pareció el capítulo? ¡Deja tu reacción y comenta abajo! Tu apoyo impulsa con fuerza los próximos capítulos. 💬✨
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Estás leyendo el capítulo 13 de El Descenso del Santo (Novela), un novela. En este mundo, ¿quién mueve las piezas del tablero y quién es tan solo un peón? La pluma y la espada grabaron la lealtad y la rectitud, solo para volverse y conspirar con traición. Las danzas en el Salón del Trono… Este capítulo tiene publicado el 16 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Descenso del Santo (Novela) tiene 108 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.