Leer El Descenso del Santo (Novela) Capítulo 105 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Yan Shixu se inclinó para incorporar a su cuñado. Este levantó su calabaza de vino, dio un buen trago y porfió con orgullo herido: "Este humilde daoísta ha recorrido el mundo de norte a sur durante más de diez años y ha presenciado grandes escenas; no es como si un simple cofre de lingotes de oro fuera a amedrentarme".
Yan Shixu abrió en silencio el resto de los baúles de madera.
El cuñado, que apenas acababa de incorporarse, volvió a sentarse de golpe en el suelo. Con la mirada perdida en los baúles repletos de lingotes de oro, balbuceó: "De pronto... me flaquearon las piernas...".
Yan Shixu lo ignoró. Tomó dos lingotes de plata y uno de oro; entregó la plata a Ah Fu y Ah Gui, y el lingote de oro al Tío Hong: "Los tres han trabajado duro. Es una modesta muestra de aprecio".
Ah Fu y Ah Gui negaron con la cabeza.
El Tío Hong hizo un ademán de rechazo con las manos: "Joven amo Yan, este viejo sirviente solo cumplió con su deber. Jamás podría aceptarlo".
"Usted cumple con su deber hacia el hermano Gao, pero ante mis ojos, ha acudido en mi ayuda con rectitud y lealtad". Yan Shixu depositó con firmeza el lingote de oro en su mano encallecida, con una sonrisa apacible pero que no admitía réplica: "Ni el emperador hace marchar a tropas hambrientas. Tómelo".
El Tío Hong libró una breve batalla en su interior durante unos segundos y guardó el lingote de oro en silencio.
Ah Gui comentó con voz cavernosa: "El joven amo se equivoca. El emperador casi nunca paga el sueldo a las tropas".
Ah Fu lo fulminó con la mirada: "¡Cállate la boca! Siempre tienes que hablar de más".
Ambos vestían la misma ropa de tela basta, compartían el mismo rostro ancho y la misma barba incipiente; aunque no eran hermanos carnales, parecían tallados exactamente con el mismo molde.
"Ustedes dos tampoco se anden con remilgos. Si se los doy, recíbanlo", insistió Yan Shixu con firmeza. "Ni su propio joven amo se atreve a rechazarme".
Ah Fu y Ah Gui se guardaron los lingotes de plata en el regazo, rebosantes de alegría.
No habían participado en la matanza de esta noche, pero aun así el joven amo Yan se mostraba dispuesto a abrir generosamente la bolsa. Poseía una auténtica grandeza de espíritu.
Yan Shixu preguntó: "¿Nadie los siguió por el camino?".
El Tío Hong sacudió la cabeza: "Pierda cuidado, joven amo Yan. Dimos un largo rodeo a propósito y entramos y salimos de varios de los grandes barrios del oeste de la ciudad. Aunque las autoridades dispongan de una red en el cielo y la tierra, jamás darán con nosotros".
Dos peces que se mueven en línea recta llaman mucho la atención. Pero si se confunden dentro de un cardumen, ni los dioses inmortales podrían encontrarlos.
Tras coordinar a los tres para trasladar las riquezas al interior de la estancia principal, Yan Shixu los despidió.
Su cuñado lo siguió a la habitación dando pasitos presurosos y serviles, plantándose frente a los baúles sin poder despegar los pies del suelo mientras mascullaba: "Er-lang... a tu cuñado le entraron ganas de retirarse y disfrutar de la vejez".
Yan Shixu dijo: "Este es el botín que sacamos de la Oficina de Enlace de Yunshuo. Solo tres de estos baúles son nuestros; el resto habrá que repartirlo entre el hermano Gao, Ziyao y un amigo".
Su cuñado tragó saliva con dificultad: "¿De verdad... aniquilaron la Oficina de Enlace de Yunshuo?".
Yan Shixu asintió: "Ajá".
El cuñado inquirió con nerviosismo: "No dejaron a nadie con vida, ¿verdad?".
"Perdonamos a las mujeres del recinto familiar y las enviamos fuera de la ciudad". Yan Shixu le relató brevemente lo sucedido.
"¡Idiota!", estalló en improperios su cuñado, exasperado por su falta de luces: "Esas mujeres conocen tu identidad. Si se llega a filtrar la noticia, ¿acaso habrá en la Capital Oriental un solo rincón donde puedas refugiarte?".
Yan Shixu replicó con cierta culpa en la voz: "Todas son personas de fiar".
Su cuñado desorbitó los ojos: "¡Cuando se trata de la propia vida, no se puede confiar en nadie!".
Yan Shixu replicó de mal humor: "Tampoco podía degollarlas a todas".
El cuñado le propinó un golpe en la cabeza con la calabaza de vino:
"Podrías haber empleado este dinero para comprar una mansión y mantenerlas allí dentro para amaestrarlas; así no solo preservabas el secreto, sino que te hacías con un enjambre de concubinas. Si temías que escaparan cuando salieras a la calle, bien podías invitar a Gao Mei y a Huangfu Yi a vivir contigo para usar a los sirvientes de sus familias como guardianes del recinto.
Además, tienes a Sanlang para cuidar la casa y vigilar el patio; tenerlas bajo control le sobraría y bastaría".
Yan Shixu se quedó atónito. Aquella era ciertamente una perspectiva en la que jamás se le habría ocurrido pensar.
El cuñado dio un trago a su licor, sacudiendo la cabeza mientras suspiraba: "Pelos en el bozo no dan buen juicio. Voy a cocinar".
Yan Shixu se sentó con las piernas cruzadas junto a la mesa para reflexionar.
Su cuñado se había curtido en el Jianghu durante más de diez años: había repicado campanas en templos budistas y cultivado el Dao en monasterios; era capaz de embaucar a la gente haciéndose pasar por médico errante, tanto como de recorrer callejones reparando ollas y vasijas rotas. Incluso tras haber sido vendido como esclavo a Nanzhao, se las había arreglado para regresar con vida.
A un sujeto con semejante capacidad de supervivencia al límite, ¿cómo era posible que lo hubiera ignorado hasta ahora? ¿Acaso no era un flagrante desperdicio de talento?
En ese momento, sobre el camastro bajo a un lado, el abultado acolchado de cáñamo áspero comenzó a elevarse ligeramente. Un bulto menudo se movía con lentitud bajo la tela y, al instante siguiente, la cabecita de Xueyi asomó al exterior; con cautela y una pizca del aturdimiento propio de quien acaba de despertar, examinó los alrededores.
Al divisar a Yan Shixu, saltó de inmediato de la cama y, como una mascota diminuta que ve regresar a su amo a casa, se arrojó de lleno contra su pecho.
Temblaba entre sus brazos.
Yan Shixu estrechó a Xueyi, acariciándole con suavidad la cresta de plumas para tranquilizarlo: "Ya estamos en casa".
Xueyi se encogió todavía más en su regazo, como si solo allí encontrara una sensación de seguridad.
Hombre y ave permanecieron en absoluto silencio, dejando correr el tiempo. Mucho después, Xueyi alzó la cabeza para mirarlo y preguntó en un hilillo de voz: "¿Estás herido?".
Había percibido el olor a sangre.
Yan Shixu sonrió: "Una herida sin importancia".
Xueyi chilló furioso: "¡Se lo voy a decir al Señor de la Montaña para que los mate a todos!".
Yan Shixu acarició sus alas tibias y suaves, respondiendo con ternura: "Ya están todos muertos".
Xueyi ladeó la cabeza: "¿En serio?".
Yan Shixu asintió.
Xueyi exclamó con voz cantarina: "¡Yan Shixu, eres increíble!".
Zafándose de su pecho, dio un salto hasta la mesa y se puso a brincar de aquí para allá como un gorrión: "Entonces, ¿ya puedo volver a ser blanco? ¿Ya me puedo lavar?".
Yan Shixu lo observó detenidamente y sonrió: "¡Claro que sí!".
Al principio temía que, al haber pasado por semejante trance, el corazón de Xueyi hubiera sufrido un trauma que lo sumiera en un período prolongado de decaimiento o que alterara drásticamente su carácter.
Al parecer, se había preocupado en vano.
Yan Shixu puso agua a hervir en un pequeño hornillo. Cuando rompió el hervor, añadió ceniza de madera y hierbas, y luego filtró el agua de lejía con un lienzo fino de cáñamo, vertiéndola junto con agua limpia en un lebrillo de madera.
La temperatura era perfecta.
Arrojó a Xueyi dentro del agua alcalina para ponerlo en remojo; el pequeño loro forcejeó intentando salir de un salto, pero él volvió a empujarlo hacia el fondo: "Ya estás bien impregnado; si no lo hacemos de este modo, la tinta jamás se irá".
A continuación, puso a hervir otra tetera con agua y arrojó vainas de jaboncillo machacadas para cocerlas a fuego lento.
Xueyi asomó la cabeza por el borde del lebrillo de madera, observándolo afanarse de un lado a otro. No fue sino hasta que el perro marioneta se acercó con pasos crujientes de 'clac, clac' a frotarse contra la pernera del pantalón de Yan Shixu, que Xueyi reaccionó y chilló alarmado:
"Se... se mueve...".
Con cautela y desconfianza, volvió a meter la cabeza hacia adentro.
"Se llama Sanlang, es el perro que crie cuando era niño. De ahora en adelante, ustedes dos serán colegas". Yan Shixu palmeó la cabeza de madera del can: "Sanlang, este es Xueyi. Salúdalo".
Sanlang echó a trotar haciendo 'clac, clac, clac', se arrimó al costado de Xueyi y comenzó a olisquearlo a izquierda y derecha.
A pesar de que hacía muchísimo tiempo que carecía de olfato.
Xueyi sintió un poco de miedo y la emprendió a picotazos contra la nariz de Sanlang: ¡toc, toc, toc...!
Al contemplar la interacción entre el perro y el ave, a Yan Shixu le dio por pensar de pronto: 'Vaya, ahora sí que me he convertido en un viejo vejestorio con el sabueso amarillo a la siniestra y el loro a la diestra; solo me falta montar a lomos del caballo del patio para salir a arrasar las lomas'.
Tras cocer a fuego lento las vainas de jaboncillo durante medio cuarto de hora, Yan Shixu sacó de la lejía a Xueyi —que tenía las plumas completamente aplastadas—, lo depositó sobre la mesa, vació el agua alcalina del lebrillo y vertió el extracto de jaboncillo mezclado con agua limpia. En cuanto la temperatura fue la adecuada, devolvió al loro al recipiente.
Tomó el retazo de lienzo fino de cáñamo que le había sobrado sobre la mesa y comenzó a restregarle las plumas grisáceas.
En toda su vida, Xueyi jamás había experimentado que nadie le frotara el cuerpo de semejante manera. Sus patitas flacas no soportaban la presión, así que en cuanto intentaba ponerse de pie se caía de bruces, volviendo a tropezar una y otra vez mientras trinaba y chillaba sin cesar.
A medida que Yan Shixu lo restregaba con empeño, las partículas de carbón adheridas a las plumas se fueron desprendiendo a toda prisa, y el plumaje ceniciento empezó a recuperar su blancura original.
Con todo, la eficacia limpiadora del agua alcalina y el jaboncillo no podía compararse a la de los detergentes de su vida anterior; para que Xueyi volviese a lucir tan inmaculadamente blanco como antaño, todavía haría falta algún tiempo.
Yan Shixu absorbió el exceso de agua con la manga y sonrió: "Noventa y nueve por ciento como nuevo, una auténtica rareza. De hoy en adelante, ya no tendrás que volver a ocultarte ni andar escondiendo la cabeza".
Dicho esto, alzó a Xueyi en alto con ambas manos, exactamente igual que si sostuviera a un recién nacido.
Un renacimiento a una nueva vida.
...
Concluido el almuerzo, Yan Shixu se sentó en el patio a pulir astiles de flecha, mientras su cuñado acarreaba dos cubos de madera para alimentar a los caballos.
Al caballo castaño de la Academia Daoísta le echaba forraje seco; al corcel negro de Yunshuo le servía habas y mijo.
El cuñado distinguía a la perfección entre lo ajeno y lo propio.
"¿Cuándo vas a devolver ese caballo? El forraje también cuesta dinero, ¿sabes?", protestó el cuñado.
"En unos días", respondió Yan Shixu con desgana para salir del paso.
El cuñado posó los cubos en el suelo. El caballo castaño asomó la cabeza con intenciones de engullir las habas y el mijo, pero el corcel negro soltó un resoplido y le lanzó un mordisco feroz a la quijada.
El caballo castaño retrocedió dolorido, sin atreverse a disputar más el terreno, y comenzó a masticar dócilmente el forraje.
El cuñado acariciaba la crin del corcel negro, incapaz de apartar las manos: "¡Buen caballo, qué magnífico corcel! Un caballo de guerra no baja de treinta guan en ningún sitio; además, habría que buscar a los mercaderes extranjeros en el Mercado del Norte y ni siquiera así tendrías la certeza de conseguir uno".
Las ventajas de un caballo militar eran incontables: comprendía la naturaleza humana, poseía una resistencia excepcional, una tremenda fuerza explosiva y una gran capacidad de adaptación al entorno. Además, no temía al olor de la sangre ni a la carnicería del combate; aplastaba por completo a los caballos ordinarios en todos los aspectos.
Tras acariciarlo complacido durante un buen rato, el cuñado exclamó de repente: "No, esto no servirá. Llama demasiado la atención... Saldré un momento".
Regresó a la habitación, tomó media sarta de monedas y se marchó a toda prisa.
Una hora después, trajo consigo conchas marinas de un blanco inmaculado, alumbre y cola de vejiga de pescado.
Puso agua a hervir para disolver la cola de pescado, agregó las conchas pulverizadas y el polvo de alumbre, y obtuvo un cuenco de tinte blanco.
Tomando tintura con la yema de los dedos, el cuñado tiñó de blanco la frente del corcel negro y luego transformó sus cascos oscuros en cascos níveos.
Ante sus ojos acababa de nacer un Taxue Wuzhui, el corcel que pisa la nieve.
"¿Acaso no llama todavía más la atención así?", inquirió Yan Shixu, desconcertado.
"¿Qué sabrás tú?", resopló el cuñado con desdén. "Los guardias encubiertos que la Oficina de Enlace de Yunshuo mantiene apostados fuera todavía no han muerto. Aunque se crucen con él ahora, no lo reconocerán en absoluto. Solo así podremos dormir tranquilos sobre la almohada".
Yan Shixu suspiró conmovido: "El Ermitaño del Monte Luofu es verdaderamente el primer estratega bajo mi mando".
El cuñado lo increpó de inmediato: "¡Respeta a tus mayores!".
Al caer el crepúsculo, Yan Shixu tomó dos guan de monedas y se dirigió a la Tienda Tang. El establecimiento ya había cerrado y las tablas de la puerta estaban puestas en su sitio, dejando únicamente una rendija sin atrancar.
Al entrar en la tienda, vio al corpulento padre de Tang sentado a solas junto a una mesa, bebiendo con semblante abatido.
Al percatarse de la llegada de Yan Shixu, el anciano compuso deprisa su expresión y forzó una sonrisa:
"¿Has vuelto, Segundo Yan? ¿Te apetece una sopa de fideos cortados? Le diré a Tang Shuang que prepare un cuenco".
"No hace falta". Yan Shixu depositó los dos guan de monedas sobre la mesa. "Tío Tang, he vuelto a ganar un buen dinero. Le presto otros dos guan para que solvente sus gastos".
La expresión del padre de Tang se tornó sumamente extraña: "Chuchería, ¿de verdad pretendes casarte con Tang Shuang?".
"¿Eh?".
"¡Quien muestra atenciones sin motivo, o trama el mal o busca robar! Tú vienes por iniciativa propia a regalar dinero, ¡así que robar no es!".
Soltar dos o tres guan a la primera de cambio... ¿Quién regalaba el dinero de semejante forma? Aparte de desear desposar a Tang Shuang, no se le ocurría ningún otro motivo.
"Tío Tang, no malinterprete las cosas. Es solo aquello de 'si alcanzas la riqueza, no olvides a tus allegados'", explicó Yan Shixu mientras miraba alrededor. "¿Dónde está Tang Shuang?".
El padre de Tang lo miró con ojos cargados de complejidad: "Aunque a nosotros, la etnia Sute, se nos permite contraer matrimonio con clanes ajenos, Tang Shuang ha perfeccionado las artes de control del fuego. Está destinada a convertirse en una Invocadora del Culto del Fuego Sagrado. A ella le está vedado desposarse con extranjeros, y mucho menos entrar a tu casa como concubina".
'¿No habrá venido mi cuñado a soltarle disparates?', pensó Yan Shixu para sus adentros.
La etnia Sute valoraba en extremo la pureza de su sangre, prohibiendo a los suyos mezclarse en matrimonio con extranjeros; las altas esferas del Culto del Fuego Sagrado incluso practicaban la endogamia, considerándola un honor y un símbolo supremo de estatus.
Tras la Rebelión de los Tres Reyes, las rutas comerciales que unían a la Gran Sheng con las Regiones Occidentales quedaron interrumpidas, imposibilitando que la etnia Sute pudiera cruzar de vuelta a su tierra natal.
Con el fin de granjearse el favor y el respaldo de la corte imperial de la Gran Sheng, la etnia Sute derogó la prohibición de las nupcias mixtas y permitió que su gente se uniera a miembros de otras etnias.
Sin embargo, el personal clerical del Culto del Fuego Sagrado no quedaba comprendido en aquella apertura.
Esa era la línea roja inquebrantable del Culto del Fuego Sagrado.
Aun así, dada la proverbial belleza de las mujeres sute, muchas sacerdotisas, tras casarse y dar a luz dentro de su linaje, se entregaban en secreto a miembros de la nobleza y los altos cargos para convertirse en sus amantes.
Y el Culto del Fuego Sagrado, a cambio de recabar apoyos en el tablero político, solía hacer la vista gorda.
"Tío Tang, siempre he visto a Tang Shuang como a una hermana menor", aclaró Yan Shixu con resignación.
El semblante del padre de Tang se distendió un poco: "Llévate tu dinero. El transporte fluvial por los canales ya se ha restablecido y el grano de otoño del sur no tardará en llegar. El precio del cereal en la ciudad ha vuelto a bajar a cien monedas por dou; a la Tienda Tang no le falta dinero ahora".
Empujó los dos guan de vuelta hacia él: "Los tiempos son difíciles; debes aprender a ahorrar".
En ese instante, un chillido desgarrador resonó desde el patio trasero, seguido por el grito alarmado de Tang Shuang y el rápido golpeteo de pezuñas. Un cerdo negro irrumpió a la carrera en la estancia.
Huía despavorido, como si llevara a una tigresa persiguiéndole los talones.
Tang Shuang salió corriendo del patio trasero tras él: "¡Ah, hermano Segundo Yan!... ¡Rápido, ayúdame a sujetar al puerco!".
Yan Shixu apoyó una sola mano sobre el animal y lo inmovilizó contra el suelo. El cerdo forcejeaba desesperadamente, emitiendo chillidos estridentes.
"Gracias, hermano". Tang Shuang murmuraba encantamientos mientras se acercaba presurosa. Se puso en cuclillas y posó ambas palmas sobre el vientre del animal.
Los chillidos del cerdo se volvieron aún más lacerantes mientras pataleaba con furia con las patas traseras; de improviso, todo su cuerpo se estremeció, sus cuatro extremidades se pusieron rígidas y quedó completamente inconsciente.
"¿Lo estás usando para practicar la Bendición del Dios del Fuego?", preguntó Yan Shixu, mirándola con una expresión enigmática.
Tang Shuang vestía una blusa corta de cuello cruzado en tono verde claro, sobre la cual llevaba un chaleco de gasa lisa semitransparente, acompañada por una falda ceñida a la cintura de fino lienzo color blanco lunar. Al agacharse, el ruedo de la falda se desplegó en el suelo como una hoja de loto.
Se limpió las gotas de sudor de la punta de la nariz con el dorso de la mano y soltó una risita:
"Desde que empezaste a salir tan seguido, hermano Segundo Yan, ya nadie quería acompañarme a practicar la Bendición del Dios del Fuego. Tuve que rogarle a mi padre durante días para que aceptara comprar un cerdo que te reemplazara".
'¿Acaso eres un demonio? Además, esto suena de lo más raro... ¿A qué viene eso de comprar un cerdo para reemplazarme?', pensó Yan Shixu, mirando al animal con honda compasión.
Al comprobar que el animal no daba señales de despertar a corto plazo, Yan Shixu lo levantó de una pata trasera con una sola mano: "Te ayudo a devolverlo al corral".
"¡No hace falta!", intervino el padre de Tang, arrebatándoselo. "Yo lo llevaré al corral. Tang Shuang, prepárale un cuenco de sopa de fideos a Segundo Yan".
Yan Shixu volvió a declinar la oferta.
Tang Shuang lo tomó del brazo y lo obligó a sentarse a la mesa. Luego apoyó la barbilla en las manos, dejando que sus brillantes ojos grisáceos destellaran con una emoción peculiar:
"Hermano Segundo Yan, por ahí afuera todos andan diciendo que un letrado de la Academia Daoísta venció en el debate al mismísimo Maestro Baoyue. Le pregunté a tu cuñado si habías sido tú, pero él se negó a admitirlo".
Yan Shixu sonrió sin pestañear: "Naturalmente que no fui yo. Tú y yo crecimos juntos desde niños, compartiendo hasta los pantalones; bien sabes que yo no tengo madera para los libros".
Tang Shuang replicó con picardía: "Sí, sí, claro, casualmente un letrado con tu mismo nombre y apellido... Y tampoco sé que la Academia Daoísta da dos días de descanso cada diez días de clases, no sé nada de eso".
Yan Shixu le propinó un suave golpecito en la coronilla: "Mantén el secreto".
Tang Shuang rio con aire coqueto: "¡Entendido!".
Yan Shixu empujó los dos guan de monedas hacia ella: "Tu padre dice que a la tienda no le falta dinero, así que toma estos dos guan como regalo de tu segundo hermano para que te compres colorete y polvo".
Acto seguido, extrajo un brazalete de jade de entre sus ropas: "Al vencer a Baoyue, la Academia Daoísta me otorgó cuantiosas recompensas, así que te compré este brazalete".
Los ojos de Tang Shuang resplandecieron. Extendió la mano por instinto para tomarlo, pero luego la retiró, sonrojándose con timidez: "Hermano... hermano Segundo Yan, ¿podría no ser tu concubina?".
"¿Qué?". Yan Shixu se quedó de una pieza.
Aun así, Tang Shuang tomó el brazalete de jade y se lo deslizó por la muñeca, blanca como la nieve virgen, diciendo con rubor: "Tu cuñado vino a casa hace unos días. Dijo que tomaría la decisión por ti para acogerme como tu concubina".
Con el temperamento de Tang Shuang, si cualquier otra persona le hubiese propuesto semejante afrenta, ya le habría roto la cara a golpes; pero tratándose del hermano Segundo Yan, estaba dispuesta a negociarlo.
'¡Qué calamidad de cuñado tengo!', suspiró Yan Shixu en su fuero interno.
Saltaba a la vista que Tang Shuang abrigaba sentimientos hacia él; no era de extrañar, pues ¿qué doncella podría resistirse a un rostro como el suyo, más aún tratándose de su compañero de la infancia?
Para colmo, a esa condición de amigo de la infancia se le sumaba ahora el halo misterioso de alguien caído del cielo.
"¿Acaso no vas a convertirte en Invocadora? Al clero del Culto del Fuego Sagrado no se le permite desposar a personas de fuera", le devolvió Yan Shixu la pelota.
Tang Shuang bajó la cabeza, apretando los labios: "Solo necesito ejercer como Invocadora durante un año; pasado ese plazo, renunciaré a mi posición".
Yan Shixu se quedó perplejo: "¿Y eso por qué?".
El puesto de Invocadora era una posición inamovible de por vida; no solo conllevaba poder real, sino también prebendas fabulosas. ¿A quién se le ocurriría dimitir tras un solo año?
Tang Shuang se mordió el labio inferior, como si le resultara impropio responder.
En ese momento, la voz grave del padre de Tang resonó a sus espaldas: "Segundo Yan, Shuang'er no se casará con nadie ajeno a nuestra etnia. Con tu origen y el patrimonio de tu familia, no te faltará una buena pareja digna de ti".
Habiendo hablado el dueño de la casa con tanta claridad, Yan Shixu comprendió que era hora de marcharse: "Tío Tang, me retiro entonces".
\*\*\*
A la mañana siguiente, muy temprano.
Yan Shixu durmió hasta que cesó el redoble de los tambores matutinos y solo entonces se levantó con parsimonia.
Tras un aseo rápido, envolvió la base del reloj de sol en una tela de cáñamo, se la ató a la espalda y montó sobre el Taxue Wuzhui rumbo a la Oficina de Asuntos de Inspección del Barrio Banzheng.
Había llegado el momento de cobrar sus méritos.
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• Novela: Lín Shèng / 临圣
• Autor: Mai Bao Xiao Lang Jun (卖报小郎君)
• Traductor: Inmensurable
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El Descenso del Santo (Novela)
Capítulo 106
El Descenso del Santo (Novela) Capítulo 105
Estás leyendo el capítulo 105 de El Descenso del Santo (Novela), un novela. En este mundo, ¿quién mueve las piezas del tablero y quién es tan solo un peón? La pluma y la espada grabaron la lealtad y la rectitud, solo para volverse y conspirar con traición. Las danzas en el Salón del Trono… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Descenso del Santo (Novela) tiene 108 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.