Leer Conviviendo con la villana (Novela) Capítulo 14 online gratis en español
La plaza seguía moviéndose a su alrededor como si nada hubiera pasado. Los vendedores continuaban voceando sus productos, los niños correteaban entre los puestos, y el murmullo constante de la multitud parecía tragarse cualquier rastro de lo que acababa de ocurrir apenas unos metros más allá.
Una gota fría se deslizó desde el borde de la capucha de Luke hasta su cuello. Parpadeó, como si recién entonces recordara que todavía seguía en mitad de la plaza.
—Bueno. Eso definitivamente no funcionó.
Sacudió la cabeza un par de veces, y algo en su cuello crujió levemente por la tensión acumulada de toda la tarde.
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Se rio de su propio comentario, un poco más fuerte de lo necesario para lo gracioso que en realidad era.
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Asintió para sí mismo, se acomodó la capucha un poco más sobre la frente, y dio media vuelta, avanzando por la calle opuesta.
Todavía quedaban cosas que quería ver. Todavía había un lugar al que quería ir. Y lo que fuera a pasarle a Arielle, sola en mitad de la plaza, sinceramente no era su problema. ¿Desde cuándo se suponía que comportarse civilizadamente en la mansión significaba tener alguna clase de obligación con ella fuera de esas paredes? Nadie firmaba ese contrato. Él, desde luego, no lo había firmado.
Ella ya no era una niña, darle igual arruinar el ambiente, montar un escándalo, y fuera de eso simplemente alejarse por su cuenta, significaba que era perfectamente capaz de cuidarse sola. Por supuesto que habría memorizado el camino de vuelta al carruaje, después de todo no lo necesitaba, ni a él ni a sus consejos. Sí. Lo mejor era olvidarse de eso.
Estaba seguro de que encontraría lo que buscaba sin mayor dificultad. No era algo especialmente difícil de conseguir, al fin y al cabo. Con diez minutos, tal vez quince, debería bastarle de sobra. Solo tenía que preguntar, o buscar el cartel correcto, o simplemente caminar en la dirección que su instinto le señalara. Cualquiera de esas opciones funcionaría igual de bien.
De esa manera continuó con su caminata hacía ningún punto en particular.
Durante su recorrido encontró un puesto que exhibía una hilera de sombrillas colgadas de un armazón de madera, meciéndose ligeramente con la brisa. Aprovechó la oportunidad para llevarse una consigo. No podía decirse que la llovizna fuera fuerte, pero quién sabría más adelante…
—Deme esa —señaló, sin detenerse a verla con detenimiento ni mucho menos comparar precios.
El vendedor se la entregó con una reverencia exagerada, probablemente animado por la rapidez con la que había cerrado la venta. Luke apenas prestó atención al cambio, guardándose las monedas sobrantes en uno de los compartimientos de su morral sin siquiera contarlas.
—Ahh... —Soltó un bostezo largo y estiró los brazos profundamente—. Qué bien se siente esto. En serio. Uno no se da cuenta de lo pesado que puede ser cargar con cierta compañía hasta que deja de tenerla encima.
La bolsa de viaje en su espalda empezaba a pesarle un poco. Nada de qué preocuparse, aunque quizás debería ajustar la correa en algún momento. O tal vez no. Ya vería.
La gente seguía pasando con normalidad a su alrededor. Un vendedor gritaba precios de fruta. Dos niños corrían esquivando piernas ajenas. Alguien reía en algún puesto cercano por una razón que Luke no alcanzaba a distinguir del todo, y de todas formas no le importaba cuál fuera, no era propio de un caballero como él escuchar a hurtadillas. Los puestos seguían alineados a ambos lados de la calle, coloridos, ruidosos, llenos de cosas que le entusiasmaría ver.
Todo bastante entretenido de ver, la verdad. Muy entretenido.
Alcanzó a distinguir un par de chicas bonitas entre la multitud, riendo de algo mientras compartían lo que parecía ser un dulce comprado en algún puesto cercano.
Se preguntó si tal vez podría acercarse a alguna de ellas y probar suerte esta vez. Quién sabe. Tal vez hoy fuera su día de suerte. A veces esas cosas pasaban. Nunca le había pasado a él en particular, pero seguro que a alguien le pasaban, así que técnicamente eran posibles.
Ahora que hablaba de aquello, ¿cuánto tiempo llevaba sin intentarlo siquiera?
Antes de salir del ducado, acercarse a alguna chica atractiva en mitad de una escapada había sido casi una costumbre. No pensaba profundizar en su tasa de éxito, pero estaba convencido de que cada vez estaba más cerca de volverse un completo donjúan.
¿Cuándo dejó de hacerlo?
Ah, ya recordaba, había sido cosa del compromiso. Después de todo, un caballero comprometido no debería andar coqueteando con cualquiera que se cruzara en su camino, por más que aquel compromiso fuera una farsa que planeaba desmontar en cuanto tuviera oportunidad. ¿Con qué cara podría mirar a la futura mujer de sus sueños —quienquiera que fuese, porque desde luego no la había encontrado aún— si conquistaba mujeres en medio de un acuerdo matrimonial? Un hombre no podía hacer aquello. Incluso si no existía la mínima pizca de amor.
Era una lástima desde luego… aunque, pensándolo bien, tampoco es que hubiera tenido demasiadas oportunidades para lamentarlo. Entre las clases, las cartas de Cloe y el maldito taller de ingeniería mágica, ni siquiera recordaba la última vez que había tenido tiempo libre de verdad. Tal vez debería reconsiderar sus prioridades. Sí. Definitivamente eso era algo que valía la pena pensar con calma en otro momento, cuando no tuviera nada mejor que hacer.
En ese momento, un cartel de madera, colgando torcido sobre una puerta gastada por los años, le llamó la atención.
EL BARRIL FELIZ, decía, con letras desgastadas que alguna vez debieron ser doradas. Debajo, alguien había pintado un barril con dos ojos y una sonrisa exageradamente entusiasta para tratarse de un simple recipiente de madera.
Una sonrisa lenta se extendió por el rostro de Luke.
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Aquello era justo lo que necesitaba. Un lugar sin condes, sin duques, sin miradas midiendo cada uno de sus gestos para decidir si era digno o no de su apellido. Solo gente común, bebiendo cosas baratas, sin la menor intención de impresionar a nadie.
Aunque tendría que vigilarse.
En un sitio así, una cara reconocible podía convertirse en un rumor antes de que terminara la primera copa. Si alguien relacionaba su cabello, su ropa o sus modales con la casa Valenroth, los problemas llegarían ya fuera en ese momento o después.
Cerró la sombrilla cuando ya estaba lo suficientemente cerca de la entrada. Empujó la puerta y entró a la taberna.
El interior estaba más lleno de lo que esperaba para una hora tan temprana de la tarde. El aire olía a madera húmeda, a cerveza derramada hacía tiempo y nunca del todo limpiada, y a algo frito que probablemente llevaba en la sartén mucho más tiempo del recomendable. Las mesas, desgastadas y llenas de marcas de vasos antiguos, estaban ocupadas por grupos dispersos: un par de jugadores de cartas discutiendo entre risas, un hombre solo bebiendo con la mirada perdida en algún punto de la pared, y una mesa de tres que parecía llevar horas ahí, a juzgar por la cantidad de jarras vacías amontonadas al centro.
Inspiró hondo.
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En los encuentros nobles, siempre que la cabeza de familia sacaba una botella de algo "refinado", todos a su alrededor fingían apreciar el sabor con la misma expresión solemne, aunque Luke habría apostado su propia herencia a que la mitad de ellos encontraba aquello tan horrible como él. Pero nadie lo decía. Admitir que preferías el vino barato de una taberna a la porquería carísima que servían en las cenas de gala era, prácticamente, una declaración de guerra contra tu propia clase social.
Aquí, en cambio, nadie fingía nada. El que bebía cerveza barata la bebía porque le gustaba, o porque era lo único que podía pagar, y a nadie le importaba lo suficiente como para juzgarlo por ello.
Se acomodó la sombrilla bajo el brazo y avanzó hacia el mostrador, dejando que la mirada se paseara distraídamente por el lugar.
Un par de voces llamaron su atención sin motivo aparente.
—Te digo que va a empeorar —decía uno de los hombres de la mesa más cercana, un tipo fornido con una cicatriz cruzándole la ceja, señalando hacia la ventana con la jarra en la mano—. Apuesto lo que quieras a que en menos de lo que te tomas otra jarra esto ya es una tormenta como Dios manda.
—Ni de broma. Esta ciudad nunca llueve así de fuerte, todos lo saben.
—Pues yo digo que sí.
Una gota de condensación resbaló lentamente por el costado de una jarra de cerveza abandonada en la barra, dejando un rastro húmedo sobre la madera antes de caer.
Una sensación de frío recorrió las entrañas de Luke, aunque no habría sabido explicar por qué.
Sacudió la cabeza antes de que el pensamiento terminara de formarse del todo. No tenía nada que ver con él. Era solo el clima. La gente hablaba del clima en todas partes, todo el tiempo, no significaba absolutamente nada.
Llegó al mostrador y golpeó la madera dos veces con los nudillos.
—Dos jarras. Del más fuerte que tengas.
El hombre detrás del mostrador era bajo —mucho más bajo de lo que la altura de la barra sugería a primera vista—, con una barba tupida que le llegaba casi hasta el pecho y unos brazos que parecían tallados en piedra. Un enano.
Luke parpadeó, genuinamente sorprendido.
En los recuerdos que conservaba de aquel otro mundo, los enanos solían aparecer en todas partes: forjando armas, comerciando, mezclándose con humanos en tabernas exactamente como aquella. Pero aquí las cosas no funcionaban así. Cada raza permanecía, en su mayoría, encerrada en sus propios territorios, con un aislamiento casi religioso que ni siquiera los humanos rompían del todo entre sus propias naciones. Encontrarse con un enano sirviendo cerveza en mitad de Rosenfall era, para sus estándares, casi un evento de rareza extrema.
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No tenía respuesta para eso. La historia jamás se había molestado en explicarlo, y él tampoco pensaba perder el tiempo intentando descifrarlo ahora.
El enano lo recorrió con una mirada franca y curtida, soltando un bufido antes de responder.
—Tranquilo, muchacho. Aquí no se grita ni se golpea la barra. Si vienes de algún lugar donde eso funciona, más vale que vayas aprendiendo rápido cómo son las cosas por aquí, de otro modo tarde o temprano vas a terminar metido en un problema que no te va a gustar.
—No pedí un sermón. Pedí cerveza.
—Y yo te estoy dando un consejo gratis, que es más de lo que mereces por esos modales.
—No necesito esa basura, dame las jarras y ahórrate el resto —chasqueó los dedos contra la barra, impaciente.
El bullicio de la mesa cercana se apagó de golpe.
—Hey crío, ¿Qué crees que estás haciendo? ¿Estás molestando al viejo Jank?
Uno de los hombres corpulentos se había puesto de pie, con la silla arrastrándose ruidosamente contra el suelo de madera. El otro seguía sentado, pero había dejado lo que estuviera haciendo para también prestar atención.
No solo él. Varios pares de ojos en el resto del local se giraron hacia el mostrador, todos sin excepción con miradas afiladas.
Luke sintió un nudo incómodo formándose en el estómago, aunque se cuidó de que no se le notara en la cara.
—Tsk... malditos punks — masculló entre dientes, sin molestarse en bajar la voz.
—¿Eh? ¿Qué dijiste, bastardo?
—Aquí el único bastardo eres tú —respondió, dándose la vuelta con la intención de salir de una vez—. No necesito quedarme a que me sirvan en un sitio tan patético como este. Disfruta tu pocilga.
El hombre soltó otra maldición y dio un paso al frente, con toda la intención de convertir aquello en algo más que palabras, pero el enano levantó una mano sin siquiera alzar la voz.
—Detente, Grosk. Se nota a leguas que el chico no tiene los pies puestos en la tierra. No vale la pena molestarse por algo así.
—¿Y eso qué? Nadie le habla así al viejo Jank en su propia taberna. Ni siquiera los que vienen aquí a emborracharse. Nos ha faltado el respeto a los dos y no pienso dejar que salga por esa puerta como si nada.
—Tú tampoco lo hacías la primera vez que pisaste este lugar, si mal no recuerdo —respondió el enano, sin perder la calma, mientras seguía secando una jarra con el trapo que llevaba al hombro—. Déjalo, Grosk. Tiene más orgullo que mundo. Anda, vuelve a tu sitio; te invito una ronda y dejas que este viejo se cobre la ofensa con tu cerveza.
Grosk se detuvo a medio paso, resoplando.
—Tch. Como sea. Si al viejo Jank no le molesta, entonces está bien. Solo espero que sea una bebida de las buenas. —gruñó antes de dejarse caer de nuevo en su silla.
—No lo dudes, la más barata va en camino.
La breve discusión arrancó un par de risas entre los presentes y, poco a poco, las conversaciones del local volvieron a ocupar el espacio.
Para entonces, Luke ya había cruzado la puerta de la taberna.
—¡Que no tengo los pies en la tierra, dice! —masculló para sí, abriendo la sombrilla de un jalón seco—. La tierra entera es la que va a terminar bajo mis pies antes de que ese montón de perdedores se dé cuenta de con quién estaban hablando.
Salió a la calle sin haber conseguido ni una sola gota de licor.
—Bah. Vaya cuchitril —refunfuñó mientras se llevaba la mano a la nuca. Sentía una picazón molesta—. Seguro ni siquiera tenían algo decente que servir. Ese tipo ni siquiera se atrevió a acercarse. Todos unos cobardes.
Ya encontraría otro sitio. Hoy era un día especial, así que no planeaba arruinárselo por un mal establecimiento. Continuó caminando, dejando que la irritación se disolviera poco a poco entre el ruido habitual de la calle.
Fue entonces cuando lo vio, casi de reojo, junto a un contenedor de desperdicios arrimado a la pared de un callejón lateral.
Un gato.
Pelaje gris, orejas alerta, sentado con esa pose desganada tan propia de los gatos callejeros, como si el mundo entero le debiera algo y todavía estuviera esperando el pago.
La boca de Luke se curvó en una sonrisa genuina, la primera en varios minutos que no necesitó ningún esfuerzo para sostenerse.
Le gustaban los gatos. Siempre le gustaron. En la mansión de su padre jamás pudo tener uno propio —no estaba oficialmente prohibido, pero tampoco exactamente permitido—, todo porque su hermana era alérgica y, peor aún, tenía la costumbre de perseguirlo a todas partes como una sombra particularmente ruidosa. Cualquier gato que hubiera entrado a su habitación terminaría, tarde o temprano, cruzándose con ella. Así que, sencillamente, nunca hubo gato.
Pero aquí no había ninguna estruendosa hermana pequeña rondando cerca. Aquí no había nadie decidiendo qué podía o no podía tener.
Se acercó con pasos lentos, agachándose un poco al llegar cerca del animal, con el mismo cuidado ceremonioso que emplearía cualquiera que se considerara, secretamente, un experto en la materia.
—Gatito, gatito —susurró, extendiendo dos dedos hacia él—. Dime, ¿quién es el segundo ser más bonito~?
Sin dejar de acercarse, inclinó la sombrilla hacia el animal para cubrirlo de la llovizna. El borde de la tela dejó fuera al propio Luke, pero aquello no pareció importarle.
El gato lo observó con un ojo entrecerrado.
—Si te portas bien, quizás hasta te consiga un lugar en la mansión. Comida todos los días, una cama calentita, y absolutamente nadie que te obligue a asistir a clases administrativas. Suena bastante mejor que esto, ¿no crees?
Estiró un poco más la mano. Ya estaba a tan solo un poco más de distancia de alcanzarlo, pero de repente el gato gruñó.
Fue un bramido corto, arisco, casi ofendido, y antes de que Luke pudiera siquiera retirar la mano, el animal ya había saltado hacia atrás, arqueando el lomo, y salió disparado calle abajo hasta perderse entre dos puestos.
Luke se quedó allí, agachado, con los dedos todavía extendidos hacia el espacio vacío que el gato acababa de dejar. La sombrilla permanecía inclinada sobre el mismo lugar, protegiendo una ausencia repentina.
El tamborileo de la lluvia comenzó a espesarse sobre la tela, corriendo por los bordes con mayor frecuencia y salpicando el suelo y la ropa, aunque Luke difícilmente lo registró.
Se enderezó despacio.
La capucha, caída un poco más adelante de lo normal, le cubría el rostro desde el ángulo de la calle. Nadie pudo ver bien su expresión cuando bajó la cabeza y se quedó inmóvil frente al contenedor.
…
…
¡CLANG!
El sonido retumbó entre los puestos, seco y fuera de lugar.
¡CLANG! ¡CLANG!
Otro golpe. Y otro. El contenedor se tambaleó con cada impacto, la tapa suelta repiqueteando contra el borde.
¡¡¡CLANG!!!
Terminó por volcarse, derramando su contenido sobre el empedrado: cáscaras, papeles arrugados, algo que olía a fruta podrida. El ruido, sin embargo, no se detuvo. Los golpes siguieron cayendo sobre el contenedor volcado, haciendo traquetear ahora la tapa suelta y estremecer las paredes de metal.
¡CLANG! ¡CLANG!¡CLANG!
Varias cabezas se giraron hacia el escándalo. Una mujer apretó la mano de su hijo y se alejó unos pasos. Los vendedores de la zona fruncieron el ceño antes de empezar a decirse alguna cosa entre ellos.
—¡Oye, mocoso! ¿Qué diablos crees que estás haciendo?
Un hombre corpulento, de delantal manchado y brazos gruesos de tanto cargar cajas, salió de un puesto cercano y se plantó frente a él. Sujetándolo del hombro con una fuerza suficiente para hacerlo tambalear.
—¡NO TE ATREVAS A TOCARME! ¡SUÉLTAME DE UNA MALDITA VEZ!
Luke se sacudió de encima aquella mano con un movimiento brusco, soltando la sombrilla al piso y dando un paso atrás que casi lo hizo tropezar con los restos desparramados del contenedor.
—¿Qué? —el hombre frunció el ceño con fuerza, incrédulo—. Me da igual quién te creas que eres, mocoso de mier—
Lo agarró del cuello con la otra mano. El puño ya se había alzado, listo para caer.
Entonces lo miró directamente a la cara donde aterrizaría aquel golpe, pero el brazo se detuvo en el aire. El agarre del cuello se aflojó por pura inercia, y los dedos se abrieron por su cuenta.
—O-Oye, chico... tú...
Parecía que se habían dado cuenta de su verdadera identidad. Unas náuseas insoportables amenazaron con imponerse en su garganta.
No tenía forma de saber cuánto se sabía ya, fuera de la mansión, sobre el hijo del duque comprometido con la hija de los condes Lioren. Apenas llevaba una semana viviendo allí, y poco más desde que se había cerrado el acuerdo, pero ese tipo de noticias rara vez se quedaban encerradas entre las paredes de una casa noble. Bastaba con que un sirviente comentara de más, o que algún proveedor reconociera el escudo de un carruaje, para que el rumor terminara filtrándose hasta la ciudad. Su cabello rojizo y su rostro androgénico, demasiado particular incluso entre la nobleza, tampoco ayudaban precisamente a pasar desapercibido cuando alguien mencionaba su nombre.
Ya sabía lo que vendría.
Aquel hombre, si de verdad sospechaba algo, lo arrastraría hasta los guardias más cercanos. Los guardias, mejor informados, confirmarían el hecho antes de mandar aviso a la mansión. Allí, Arnold —y probablemente también Belle— llegarían de inmediato, encontrándose primero con él, para después preguntar dónde estaba Arielle. Arnold terminaría furioso por haberla dejado sola. No podía imaginar cómo respondería Belle, pero al final serían llevados de vuelta, y los condes tendrían que ser informados de la salida. Tarde o temprano, la noticia llegaría hasta su padre.
Y entonces, ¿qué?
Podía imaginarse perfectamente el resto. Su padre tomando medidas todavía más severas. Tal vez inclusive terminaría desheredado por completo, sin nada a lo que aferrarse más que a su propia insensatez.
El silencio se extendió un segundo de más.
Pero lo que el hombre dijo después no tuvo nada que ver con eso.
—...¿Te encuentras bien?
¿Qué? ¿Qué se suponía que significaba eso?
Solo entonces notó que algo le nublaba la vista, borroneando los contornos de la calle, del hombre frente a él, de todo. Parpadeó con fuerza, sin entender qué diablos estaba mal con sus propios ojos.
—Vamos, chico, no sé qué te habrá pasado, pero deberías calmarte un poco. Llorar no es propio de un hombre.
—¡NO ESTOY LLORANDO!
Se apartó de un tirón, retrocediendo hasta chocar con el borde de un puesto cercano, pero ni siquiera eso bastó para que el aire volviera a entrarle bien a los pulmones.
Sentía el pecho apretado, incómodo, como si le hubieran quitado el aire de encima sin darle tiempo de recuperarlo.
Hasta ahora no encontraba la fuente de aquel pinchazo, pero por más vueltas que le daba, una única imagen se proyectaba una y otra vez en su cabeza.
Un mechón celeste asomando bajo una capucha, en la esquina de una calle cualquiera. Completamente inmóvil.
No podía quitársela de encima.
¿Qué estupidez era esa?
...
...
Estaba cansado.
Cerró los ojos, tratando de que aquella sensación desagradable simplemente se detuviera. Finalmente, se pasó la manga por el rostro, limpiándose el sudor que amenazaba con seguirle empañando la vista…
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La salida fue idea suya. Él quiso conocer la ciudad y él decidió invitarla. Nadie se lo pidió.
Entonces, ¿por qué terminó preocupándose tanto por cómo transcurría aquella tarde?
No salió con la intención de hacer feliz a Arielle. Ni siquiera le interesaba especialmente que ella disfrutara del paseo. Simplemente fue él quien la llevó consigo y, una vez tomada aquella decisión, algo dentro de él le impidió tratarla como si lo que ocurriera después ya no fuera asunto suyo.
Soportó sus caprichos, siguió su ritmo, procuró que no terminara aburriéndose y, sin darse cuenta, hasta empezó a pensar en cómo conseguir que aquella salida tuviera algún sentido para los dos.
El Luke de antes jamás habría hecho algo así.
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La respuesta no apareció.
Solo quedó aquella sensación incómoda de haber intentado algo que, hasta hacía poco, ni siquiera habría considerado necesario.
Y al final, ni siquiera había servido para nada.
—Ya da igual...
La frase escapó con un cansancio que no consiguió ocultar.
Quizá todo aquello era simplemente otra consecuencia de los recuerdos.
Llevaba demasiado tiempo intentando convencerse de que podía aceptarlos, de que los cambios que provocaron en él eran poco más que una madurez que había llegado antes de tiempo. Arnold incluso le dijo que había cambiado, aunque seguía siendo el mismo Luke.
Pero si seguía siendo él, ¿por qué las cosas que antes le habrían dado exactamente igual ahora podían dejarle aquella sensación?
El pensamiento no consiguió aliviar nada. No cambió nada.
Se agachó a recoger su sombrilla y dio media vuelta, iniciando el camino de regreso por donde había llegado.
—¡Oye, espera! ¿acaso no piensas solucionar el desastre que dejaste acá?
El vendedor seguía junto al contenedor volcado, señalando los restos esparcidos por el suelo con un gesto indignado, aunque sin acercarse demasiado esta vez.
Luke no respondió.
Metió la mano en el bolsillo, sacó lo primero que encontró y lo lanzó hacia atrás sin mirar siquiera.
El hombre lo atrapó por puro reflejo, al bajar la vista para ver qué tenía entre los dedos, la indignación de su rostro se transformó en otra cosa completamente distinta.
Era una moneda de oro.
—¡O-Oye, espera, esto es dema—!
Pero Luke ya había doblado la esquina, sin detenerse y sin siquiera volver la vista atrás.
El resto del camino lo hizo en silencio, sin prestar demasiada atención a nada de lo que dejaba atrás. Tardó unos cuantos minutos en volver sobre sus propios pasos hasta el lugar de la función.
Allí la encontró, exactamente en el mismo rincón apartado en el que la había dejado, a la sombra de uno de los edificios que rodeaban la plaza, aunque la lluvia ya caía con fuerza suficiente como para que aquel resguardo apenas sirviera de algo.
Tenía la vista clavada en algún punto del suelo, con los brazos cruzados como si se estuviera abrazando a sí misma. Pero sin duda lo más extraño era lo empapada que estaba. ¿Cómo podía haberse mojado tanto si el tejado cubría la parte de arriba?
Seguro que podía llegar a mojarse de otras formas. Después de todo, el propio viento podía arrastrar consigo las gotas de lluvia. Pero si tanto le estaba cayendo encima, ¿no se le había ocurrido simplemente correrse un poco de sitio?
No lo sabía. Sin embargo, no pensaba darle demasiadas vueltas. Seguía ahí… eso era lo importante.
Se acercó finalmente hacia donde Arielle seguía apartada, sin intentar llamar su atención más de lo necesario.
—...He vuelto —dijo, sin mucha convicción.
No recibió respuesta. Así que continuó con lo que tenía preparado.
—Sucedieron unas cosas por mi lado... así que voy a dejar lo que estaba buscando para otro momento… volvamos al carruaje.
Pasaron unos segundos así, uno frente al otro, sin que ninguno volviera a decir nada.
Arielle levantó la vista, entreabriendo los labios como si por fin fuera a responder algo. Si iba a ser un insulto, una réplica o cualquier otra cosa, Luke no llegó a descubrirlo — su atención ya se había desviado hacia algo distinto.
—Espera. —La interrumpió antes de que llegara a pronunciar una sola palabra—. ¿Dónde está el pasador que llevabas puesto?
—¿Q-Qué?
La pregunta la tomó tan desprevenida que ni siquiera atinó a fingir indignación. Se llevó una mano al cabello por puro instinto, palpando donde debería haber estado sujeto el pequeño adorno.
No había nada ahí.
Un escalofrío la recorrió al mismo tiempo que Luke la sujetó por ambos hombros, usando una fuerza cargada de urgencia.
—¿A dónde fuiste? Todo este tiempo, ¡¿a dónde fuiste exactamente?!
—¿Q-Qué te pasa? —Arielle intentó zafarse, pero el agarre no cedió—. Solo caminé un poco por la calle, no es que—
—¡¿Hablaste con alguien?! ¡¿Te cruzaste con alguien?!
—¡No! Bueno... —dudó un instante, todavía descolocada por la urgencia repentina en su voz—. Con nadie, en serio. Solo caminé un rato y luego me devolví aquí…
—Piensa bien. —La sujetó con más fuerza todavía, casi sin darse cuenta—. ¿Nadie se te acercó? ¿Nadie te dijo nada?
—¡Ya te dije que no! —El pánico empezaba a colarse en su propia voz, contagiado del apremio de Luke más que de cualquier miedo propio—. Solo... solo hubo alguien que chocó conmigo hace un rato, pero ni siquiera se disculpó como es debido, ese desgra—
—¡Eso es! ¿Cómo era? —La pregunta salió casi encima de la suya, sin dejarla terminar—. ¡¿Cómo era esa persona?! ¡¿Hacia dónde se fue?!
—¡No lo sé, era solo un hombre! Llevaba una capa oscura, i-iba borracho y... y el brazo, creo que tenía todo el brazo izquierdo quemado, no estoy segura, se fue hacia allá, hacia la calle de los—
No llegó a terminar la frase.
—No salgas de aquí. No te vayas a mover por nada del mundo de este lugar.
Luke ya había soltado sus hombros. La bolsa de viaje cayó al suelo con un golpe sordo, olvidada por completo junto a la sombrilla que había aterrizado un segundo antes, mientras él echaba a correr en la dirección que Arielle acababa de señalar, perdiéndose entre la multitud sin decir una sola palabra más.

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Conviviendo con la villana (Novela)
Capítulo 15
Conviviendo con la villana (Novela) Capítulo 14
Estás leyendo el capítulo 14 de Conviviendo con la villana (Novela), un novela. Luke es un joven noble que disfruta de una vida cómoda, evitando a toda costa cualquier responsabilidad. Y se supone que así debería seguir siendo. Hasta que una mañana despierta con los recuerdos de otra vida. En… Este capítulo tiene publicado el 21 de septiembre de 2026. Conviviendo con la villana (Novela) tiene 15 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.