Leer Conviviendo con la villana (Novela) Capítulo 15 online gratis en español
El aguacero cobraba fuerza con cada paso adicional. Luke corría bajo la cortina de agua, con el calzado empapado por el suelo resbaladizo. A través de la capucha, el constante tamborileo de la lluvia se filtraba directo a sus oídos, mientras la tela, cada vez más pesada, empezaba a ceder ante el agua.
En cambio, su conciencia apenas y se veía sacudida por aquel caos exterior.
—¡No lo sé, era solo un hombre! Llevaba una capa oscura, i-iba borracho y... y el brazo, creo que tenía todo el brazo izquierdo quemado, no estoy segura, se fue hacia allá, hacia la calle de los—
Las palabras de Arielle se repetían en su cabeza al ritmo de sus propias zancadas, como si el eco de su voz desorientada fuera lo único que aún tuviera sentido en medio de todo aquel caos de agua y gente empezando a resguardarse.
Por un momento se preguntó qué habría pensado Arielle al verlo salir disparado sin decir ni una palabra más. Sobre todo, teniendo en cuenta la forma en la que habían terminado antes…
Apartó el pensamiento de inmediato. No era momento para eso.
Se puso a mirar en todas direcciones sin dejar de correr. Había gente pasando de un lado a otro, buscando refugio bajo los aleros; otros seguían atendiendo sus puestos a medias, resignados ya a mojarse. Muchos llevaban capas negras, cosa que no era de extrañar dada la frecuencia de las lloviznas en Rosenfall.
¿Cómo se suponía que iba a encontrar rápido a quien fuera que le hubiera robado a Arielle?
Según la descripción que le había dado, debía de estar ebrio, pero descartó la idea casi de inmediato. Probablemente era solo una artimaña para pasar desapercibido, y bastante buena, por cierto — al fin y al cabo, había terminado con un botín considerablemente más grande de lo que imaginaba: una de las joyas de la hija de los condes Lioren. Dudaba que aquel hombre tuviera idea real del valor de un solo accesorio de Arielle, pero eso no cambiaba nada. Tenía que encontrarlo, y de prisa.
¿Qué más podía revisar?
La quemadura sin duda era un rasgo distintivo, pero justamente por eso mismo, el ladrón no sería tan estúpido como para mostrarla al aire libre...
…Espera.
Puede que eso fuera exactamente la pista que necesitara.
Luke armó un plan improvisado en su cabeza. Bajó la velocidad de sus pasos, cambiando de acera hacia la izquierda para seguir avanzando desde ese lado.
Sus ojos comenzaron a recorrer los puestos y las personas que caminaban por aquella parte de la calle. No necesitaba encontrar a alguien con una capa negra; eso describía a demasiadas personas. Lo que buscaba era algo mucho más concreto.
Continuó caminando a paso veloz, observando uno tras otro a los hombres que encontraba en su camino. Algunos llevaban ambas manos fuera de la capa, otros las mantenían ocupadas con sus pertenencias y unos cuantos simplemente caminaban con los brazos pegados al cuerpo para protegerse de la lluvia.
Nada.
Avanzó más por aquella misma acera, sin apartar los ojos del camino.
Finalmente encontró una persona que encajaba con su teoría.
Un hombre con capucha negra caminaba unos metros más adelante, manteniendo el brazo izquierdo completamente oculto bajo el manto mientras avanzaba junto a los puestos.
El razonamiento de Luke era peculiar, cuanto menos.
Ningún ladrón experimentado saldría corriendo apenas terminado el robo, mucho menos en plena plaza principal — hacer eso no sería diferente a gritarle al mundo que era una persona extremadamente sospechosa y, por consiguiente, fácil de rastrear.
Lo más sensato sería intentar mezclarse con la multitud, caminando con calma y sin llamar la atención. Pero, al ser incapaz de mostrar el brazo izquierdo abiertamente, lo natural era cubrirlo dentro del propio manto. Aun así, casi nadie caminaba de esta forma, a no ser que tuviera alguna razón para mantener ese lado del cuerpo protegido.
Y, en efecto, el hombre de la acera caminaba exactamente así: procurando mantener siempre su cuerpo lo más cerca pegado a los puestos y toldos de la calle incluso cuando tenía espacio de sobra para alejarse. Al observarlo con más atención, Luke notó que también soltaba ojeadas cortas hacia su derecha y atrás. No eran miradas evidentes, siempre y cuando no estuvieras siendo buscado, eso era.
Luke aceleró el paso sin decir una palabra. Pensaba abalanzarse sobre él de sorpresa. Si resultaba no tener la quemadura en su brazo simplemente arrojaría una disculpa y seguiría buscando ¡Después de todo también tenían parte de la culpa por parecer sospechosos!
Pero por suerte y por desgracia, el factor sorpresa duró poco. El hombre cruzó miradas con él apenas un segundo, y aquello bastó para confirmar la sospecha de ambos. El ladrón abandonó de golpe cualquier intento de disimulo y echó a correr.
—¡Hey! ¡Ven acá, desgraciado!
El grito se perdió en el aire, pero Luke ya había salido corriendo sin esperar respuesta.
El ladrón le sacaba varios metros de ventaja desde el primer instante. Luke, sin embargo, no aflojó el paso ni un segundo. Esquivó a un vendedor que cargaba una caja de madera contra el pecho, rozó el hombro de una mujer que apenas alcanzó a apartarse con un grito de sorpresa, y saltó por encima de un cesto de fruta abandonado en mitad del camino sin siquiera mirar hacia abajo.
—¡Fíjate por dónde vas, mocoso!
Luke no se molestó ni en girar la cabeza.
El fugitivo giró bruscamente hacia una calle más estrecha, derribando a propósito una de las carpas de un puesto cercano al pasar junto a él. El tejido se desplomó a sus espaldas con un estruendo, obligando a Luke a esquivarla con un giro brusco que le costó parte del ritmo ganado.
Maldijo entre dientes y volvió a acelerar.
Poco a poco, metro a metro, la distancia entre ambos empezó a acortarse. El ladrón, sintiendo la cercanía, se lanzó de lleno contra una hilera de barriles apilados junto a la pared, empujando el de más arriba con el hombro para después seguir corriendo. El barril rodó pesadamente hacia el centro del camino, justo en la trayectoria de Luke.
Este saltó de costado en el último instante, sintiendo cómo el barril le rozaba el tobillo al pasar, y sin perder ni un segundo, retomó la persecución con el corazón latiéndole con fuerza en los oídos.
—¡Mis barriles, maldito imbécil, te voy a matar! —El vendedor salió corriendo de su puesto furioso, dispuesto a atrapar al ladrón, pero al ver la naturaleza de la persecución, decidió desistir por el bien de su puesto.
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Siguió corriendo, el ladrón intentó algunas tretas más para impedirle el paso a Luke, pero este no volvió a ceder un solo centímetro con sus artimañas. Esquivando cualquier distracción que se interpusiera en su camino. Aunque muchas veces salvándose por los pelos de terminar golpeado en el proceso.
Ya casi lo alcanzaba.
Extendió la mano, y sus dedos rozaron la superficie del manto del hombre.
Fue entonces cuando el ladrón, sin siquiera girarse, sacó algo pequeño de su mano libre y lo estampó contra el suelo con fuerza. Una nube gris estalló a sus pies y se tragó ese sector de la calle en un instante.
Luke se detuvo de golpe, tosiendo, con los ojos escociéndole mientras intentaba distinguir algo a través de aquella cortina espesa. A su alrededor, un par de transeúntes que se habían asomado a curiosear por el escándalo retrocedieron con exclamaciones de sorpresa, igual de desconcertados que él.
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No tenía tiempo para responderse aquello. Apretó los dientes y avanzó a ciegas a través de la nube, con los pulmones protestando ante cada bocanada de aquel aire espeso. No pensaba quedarse ahí parado esperando a que se disipara por su cuenta.
Salió al otro lado tosiendo, y se frotó los ojos con fuerza para forzar la vista a enfocar.
No lo veía a simple vista.
Giró la cabeza de un lado a otro, escaneando la calle para dar con su paradero, pero no había nada más que gente caminando de un lado para otro y algún que otro puesto.
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¡Ah, allí está! Relajó un poco los hombros al visualizarlo nuevamente. Su silueta encorvada estaba pegada contra la esquina más alejada de la cuadra, respirando con dificultad.
¿Por qué estaba parado? la pregunta lo descolocó un poco.
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Sus miradas se cruzaron una vez más.
—¡Otra vez tú! —bramó Luke, ya lanzándose de nuevo hacia adelante—. ¡No creas que te vas a librar tan fácil, maldito rastrero!
El hombre soltó una maldición propia y volvió a correr, esta vez con menos gracia que antes, tambaleándose un poco al arrancar.
Persiguió al hombre durante un par de minutos más, ganando terreno poco a poco, hasta que este dobló bruscamente hacia una calle lateral casi desierta y se internó en lo que parecía un estrecho pasaje entre dos edificios. Luke no dudó ni un segundo en seguirlo.
Dentro, el ladrón intentó despistarlo entre los recovecos del corredor, girando en cada esquina disponible, buscando alguna salida que le permitiera escapar de su vista. Pero el callejón se estrechaba cada vez más, hasta que finalmente terminó topándose de frente contra un muro sin salida.
—Por... fin... te alcancé —dijo Luke, respirando entrecortadamente.
El hombre, al verse acorralado, soltó una maldición completamente exhausta.
—Tsk... Niñato… de mierda... ¿qué nunca te cans—? ¿Espera, eras una chica todo este tiempo? Y yo pensando que eras amiga de la chica a la que le robé el pasador.
—¿Q-Qu—? Luke se quedó momentáneamente sin palabras ante la repentina falta de respeto, hasta que entendió por qué: en algún punto del recorrido, la capucha se le había caído del todo, dejando sus rasgos faciales al descubierto. Se recompuso de inmediato, intentando proyectar una imagen todo lo aterradora que pudiera
—¡¿A quién diablos llamas chica, imbécil, quieres que te lo compruebe aquí y ahora, eh basura?! ehem… digo…—Se intentó recomponer para dar una imagen completamente aterradora— para tu mala suerte… te cruzaste con el hombre con más resistencia que ha… pisado esta ciudad en toda su historia —jadeó con una sonrisa que pretendía ser maliciosa—. Deja todo lo que tengas encima, y como recompensa por tu excelente colaboración, te convertiré en una linda calcomanía para el suelo con cariño en vez de con desprecio.
¿Darle un castigo más suave? Por supuesto que no iba hacer algo así, ni aunque el hombre llorara y suplicara perdón de rodillas planeaba concedérselo. Ya tenía suficientes problemas propios como para que este bobalicón terminara de arruinarle el día todavía más. Y por cierto, no tenía absolutamente nada que ver con que lo hubiera confundido con una mujer.
—JAJAJA, convertirme en calcomanía, ¿dices? Te voy a demostrar quién será el que terminará pegado al suelo, chico.
El hombre continúo riéndose a carcajadas exageradas. Al menos ya había solucionado el malentendido más grande.
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El ladrón continuó sin verse inmutado por la impresión que pudiera estar dando.
—¿Crees que es la primera vez que pasa algo como esto? Cada tanto siempre hay algún estúpido que se cree inteligente, dándoselas de héroe. Todos y cada uno más idiota que el anterior. Ahora, por tu insolencia, lo vas a pagar aún más caro. Debiste haber cerrado el hocico y consolado a tu novia en vez de andar buscando problemas donde no deb—
—¡Cállate, cállate, desgraciado! —Luke lo interrumpió furioso en medio de su monólogo—¡No voy a permitir que digas una sola palabra más rebajándome de nivel! ¡Eso absolutamente que no lo haré! ¡¿Quién carajos dices que es mi novia?!
—¡¡¿Eso es lo que te molesta?!!
La imponente postura del hombre se desinfló por completo, mirándolo como si el chico frente suyo hablara en un idioma alienígena.
—Puaj. Como sea, estás perdido, mocoso.
Extrajo una cuerda enrollada de su capa y se llevó dos dedos a la boca y dejó escapar un silbido agudo y prolongado.
FIIIUUUU.
Solo entonces Luke entendió las implicaciones de aquel gesto.
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Volteó a mirar a su espalda, hacia la bifurcación del callejón.
…
Pero no pasó nada.
...
Un silencio incómodo se instaló en la encrucijada. Luke incluso se devolvió hasta la esquina para mirar a ambos lados antes de volver.
—Ehm... ¿se supone que esto era una finta o algo por el estilo?
—¿C-Cómo? ¡Hey! ¡Elvis, Fran, Mike! ¿Dónde coño están?!
¿Cómo se había podido demorar tanto tiempo atrapando a este idiota? Fue el primer pensamiento que tuvo Luke al respecto. Ignoró las palabras del hombre y empezó a acercarse lentamente.
—¿Q-Qué haces? ¡Aléjate, mocoso! Si das un paso más lo vas a pagar caro. ¡No tendrás más advertencias!
Pero Luke no redujo el ritmo, lo cual solo consiguió llenar de rabia al hombre.
—¡¿Quién mierda te crees?! Y esa manada de inútiles, ninguno sirve para nada. Ya da igual el plan, como si me fuera a dejar intimidar por un crío de mierda. Te voy a volver papilla con mis propias manos.
El hombre sacó una navaja de debajo del manto, y la sonrisa de su rostro se ensanchó al ver que Luke, por primera vez, dudaba en dar el siguiente paso.
—Mierda...ese detalle no estaba en el plan —Luke tragó saliva sin apartar la vista del filo.
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Algunos pocos minutos antes, mientras aquella persecución se desarrollaba, sobre los tejados de Rosenfall se hallaba una persona saltando de una edificación a otra. El torrente de gotas no conectaba con su cuerpo, todas y cada una de ellas eran repelidas antes de conectar con su ropa o su piel.
—Vaya, esto es realmente problemático.
Incluso diciéndolo él mismo, no mostraba el menor signo de ansiedad ante la situación, en cambio, siguió corriendo por los distintos techos de la plaza.
Aquella intrépida ejecución de movimientos no era una habilidad que cualquier persona pudiera lograr ni mucho menos, pero para Arnold aquello apenas y era un buen ejercicio de entrenamiento.
Abajo, entre los puestos, distinguió la figura de su amo corriendo tras un hombre encapuchado. Ni una sola vez lo vio frenar.
—Siempre le he dicho al amo Luke que debe manejar las situaciones difíciles con la cabeza fría, pero al final siempre termina haciendo lo que quiere.
¿En serio lo primero que hace al descubrir que han robado a lady Arielle es dejarla sola una vez más y buscar al responsable?
—Bueno, a decir verdad, yo tampoco soy el indicado para hablar…
Correcto, él de igual manera había cometido un error, fallado y fuera de eso se rehusaba a tomar el curso de acción responsable, optando por la opción más arriesgada para obtener el mejor resultado posible.
Así no es como debía de actuar un mayordomo…
Dejó a lady Arielle por seguir a su amo en cuanto se separaron después de aquella discusión. No quería que las cosas terminaran entre ellos dos de esa forma, así que prefirió dejarlos un poco más de tiempo para ver cómo se desenvolvía la situación.
Belle se había quedado con Arielle, así que en rigor no se encontraba sola, pero de todas formas había sido irresponsable de su parte dejarlas a su suerte. Cuando Belle le contó lo del robo, al reencontrarse a escondidas mientras Luke y lady Arielle seguían por su lado, Arnold dudó un instante sobre qué decisión tomar. Fue lady Belle la que lo instó a separarse de nuevo para apoyar a su amo. Cada vez que la veía, le sorprendía más el temple de la doncella.
Sea como fuere, Arnold aceptó, aunque con cierto escepticismo, que se quedara cuidando a lady Arielle mientras él se encargaba de solucionar el problema del robo, y era lo que tenía pensado hacer.
—Supongo que debería arrojarle una piedra o algo para que el amo Luke pueda atraparlo con facilidad.
Se adelantó por donde creía que seguiría la persecución antes de agarrar un pequeño escombro de tejado. Se quedó allí unos segundos, hasta que efectivamente el ladrón empezó a recorrer ese mismo camino. Al verlo, estiró su mano hacia atrás, preparado a cumplir su cometido. No tenía miedo de fallar y golpear a alguien por error; no le decían mayordomo-escolta por nada.
—Aquí vam—
O al menos eso pensaba hacer, pero de repente el ladrón lanzó una bomba de humo que dejó en tinieblas una gran zona en donde se encontraba. Pero su amo ni siquiera retrocedió al sentir la nube; se lanzó de cabeza a través de ella.
El ladrón aprovechó la abertura para tomar mayor distancia, pero justo cuando estaba por perderse cruzando la esquina, paró en seco a tomar aire. Algo en esa pausa no le cuadraba a Arnold. “Mmm” se quedó pensando por un momento hasta que en definitiva descartó el plan de la piedra y tomó impulso, avanzando aún más rápido entre los tejados, adelantándose a ambos por si acaso.
Su amo encontró al ladrón nuevamente y se retomó la persecución.
Finalmente, el hombre se metió en un callejón con su amo Luke siguiéndolo por detrás. Arnold ingresó de igual manera por la parte superior y se puso a verificar lo más rápido posible cada pasillo de la intrincada callejuela.
—¡!
Ding Ding. Había dado en el clavo. En medio de una de las estrechas paredes se encontraban tres hombres de aspecto feroz esperando. Arnold dudaba de que estuvieran simplemente apreciando el estilo arquitectónico del pasaje, así que descendió cayendo desde la cubierta por detrás de ellos directamente.
—¡Huuoh! ¿¡Qué carajo es eso!?
Uno de los hombres alzó instantáneamente la voz y rotó la cabeza para ver que había sido el estruendo. Los demás siguieron también su ejemplo.
—Tengan todos un buen día—Saludó Arnold inclinándose levemente su cabeza de forma digna. —He venido porque hay un joven que está buscando una pertenencia que le fue arrebatada hace poco, les pido humildemente el favor de apoyar la investigación respondiendo unas cuantas preguntas.
Después de escuchar sus palabras, los tres hombres se sorprendieron al escuchar nombrar el tema de robos allí mismo. Pero eso solo duró un segundo. Al mirar más abajo encontraron una espada envainada colgando de su cintura.
—Tch… no me vengas con esos cuentos baratos. Así que eres un guardia de la ciudad ¿Eh? no creas que puedes meterte a nuestro territorio como se te dé la regalada gana.
—Oh, creo que existe un pequeño malentendido, no soy ningún guardia, a lo mucho actúo como mayordomo personal de cierta persona. Pero eso es todo.
—¡Deja de joder! —gritó otro de los hombres.
— ¡Estás muerto, bastardo! —finalizó el último.
Los tres matones sacaron entonces un arma cada uno de sus cinturas. Eran dagas de hierro. Al menos lo habían sido, ahora no parecían más que oxidadas hojas de hojalata. Arnold se sacudió su cabello negro con resignación. El gesto no arruinó su corte porque estaba despeinado desde el principio.
Hubiera deseado que no se redujera a una pelea. Pero ya que se había convertido en eso, lo mejor era acabar rápidamente.
Uno de ellos, buscando el primer golpe se lanzó al frente con la daga por delante, gritando algo que ni siquiera llegó a formar una palabra completa.
Arnold simplemente se movió ligeramente a un lado.
En medio de la entrante embestida, giró la muñeca del matón, y el hombre pasó de largo junto a él como si Arnold nunca hubiera estado ahí. Posteriormente envió un puño justo entre sus omóplatos, y lo mandó a estrellarse directo contra la pared del callejón, sin que la espada saliera siquiera de su vaina.
—¡Elvis!
—¡Desgraciado!
Los dos restantes empezaron a gritar apretando con fuerza su arma.
Se lanzaron desde ambos lados buscando sofocarlo desde diferentes direcciones. Arnold esquivó al primero inclinando el torso, y aprovechó el impulso para desenvainar por fin la espada, aunque no de la forma que ellos esperaban: usó la empuñadura para asestar un golpe de lleno contra la mandíbula del segundo hombre, que cayó como un saco al empedrado mojado.
—¡Hijo de—!
El tercero, el que había gritado primero por Elvis, aprovechó que Arnold seguía girado hacia el otro lado para intentar tomarlo por sorpresa desde atrás.
No funcionó.
Arnold ni siquiera necesitó mirar. Dio un paso lateral, y liberó un codazo certero haciendo que el hombre terminara doblado sobre sí mismo, sin aire, antes de desplomarse junto a sus compañeros.
El primero, todavía medio aturdido contra la pared, intentó incorporarse una vez más a la pelea, temblando. Pero un solo golpe en la nuca bastó para tumbarlo de nuevo contra el pavimento. En donde no se movió más.
Silencio.
Los tres hombres quedaron desparramados entre charcos de agua sucia, mascullando maldiciones que ya no sonaban tan amenazantes como antes.
—¿Q-Quién mierda eres? —logró articular uno de ellos, escupiendo agua—. Nadie normal es así de fuerte...
—Ya se los dije —respondió Arnold, guardando la espada de vuelta en su vaina con un pequeño golpe seco—. Soy solo un mayordomo en busca de su amo y lo que fue robado.
El hombre lo miró un instante, procesando sus palabras hasta que de repente abrió mucho los ojos, como si acabara de ganarse la lotería.
—Un mayordomo... —repitió con dificultad—. Eso significa que ese "amo" tuyo es algún mocosito noble, ¿no? Y si viniste corriendo hasta aquí siguiéndolo, es porque se topó con Bram.
Dejó caer un hilo de sangre antes de continuar, con un tono que pretendía sonar amenazante.
—Así que ya puedes ir despidiéndote de él. A estas alturas tu señorito seguro ya está retorciéndose en el suelo, rogando que alguien lo salve. Esos niñitos ricos no duran ni cinco minutos fuera de sus mansiones. Como mucho, Bram ya lo tiene amarrado de rehén. Así que, si no quieres más problemas, más te vale dejarnos ir ahora mismo.
Arnold acomodó la espada en su cadera con un gesto delicado, casi ignorando por completo lo que acababa de escuchar.
—Es una historia bastante interesante la que acabas de armar —dijo finalmente—. Pero para tu desgracia, el amo Luke no es exactamente un noble convencional… de muchas maneras distintas.
Dio media vuelta sin esperar respuesta y saltó hacia el borde del tejado más cercano, dejando a los tres hombres tirados en el piso, todavía masticando su propia confusión.
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Arielle se encontraba estupefacta de lo que acababa de ocurrir.
Todo sucedió tan rápido que no fue capaz de intervenir en lo más mínimo en la conversación. Si es que siquiera se pudo haber llamado así.
Después de reencontrarse con Luke, Arielle sintió un remolino de emociones agolpándose de golpe, pero antes de que pudiera decir la primera palabra, su prometido ya se había dado cuenta de la pieza faltante en su cabello. No solo eso, sino que reaccionó de forma completamente exagerada.
Espera... ¿en serio se podría llamar a eso exagerado? Su pasador era uno de los muchos regalos que le habían dado sus padres, con múltiples gemas incrustadas cuyo valor por sí solo superaba el de cualquiera de los locales por los que habían pasado.
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Luke no era alguien que se moviera por asuntos que no le concernieran directamente. Arielle lo había comprendido con solo la semana que llevaban conviviendo. Después de todo, aunque ella no le hubiera dirigido la palabra la mayor parte del tiempo, lo había visto en incontables ocasiones, ya fuera en las comidas o algunas veces en la biblioteca. En estas últimas, Arielle siempre agarraba lo que necesitaba y se marchaba, pero muchas veces alcanzaba a notarlo completamente ajeno a los asuntos de la mansión. Incluso su forma de responder a los sirvientes, con aparente amabilidad, no lograba borrar del todo esa mirada desinteresada, la misma que le había dedicado la primera vez que se conocieron...
¿Pero entonces por qué...?
Sssshh.
El chapoteo de la lluvia seguía llenando la esquina en la que se encontraba.
Luke le había ordenado que no se moviera de allí, justo antes de echar a correr, dejando atrás su bolsa de viaje y la sombrilla que llevaba consigo.
Arielle tomó la bolsa y la arrastró con dificultad hasta pegarla contra la pared. La tela había absorbido tanta agua que pesaba varias veces más de lo normal. Por suerte, las bolsas de compras en su interior parecían haber quedado protegidas, aunque igual buscó el rincón más seco que pudo encontrar para dejarla, solo por precaución.
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Le habían robado a ella, así que era su responsabilidad encontrar al responsable, no la de Luke. Por muy orgullosa que fuera, no tenía reparos en reconocer sus propias flaquezas, no para quedar bien con nadie, sino precisamente porque ella misma lo necesitaba si quería corregirse. Lo mismo pasaba con la magia: daba todo lo que podía, y ni así lograba su objetivo. Todos los profesores que llegaban a enseñarle decían que no encontraban fallos en su aprendizaje ni en su esfuerzo, pero aun así, ni un solo hechizo había salido jamás de su mano. Si insistían en que el error no era ella, entonces la incompetencia debía ser de ellos, por no saber enseñarle a resolver el problema.
—Lo haré yo misma.
Se giró hacia donde Luke había desaparecido corriendo. Un leve temblor le recorrió los hombros al observar el camino por el que había pasado hacía apenas unos minutos. Tomó una bocanada de aire, recogió la sombrilla y dio el primer paso.
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Rotó ciento ochenta grados hacia la bolsa de viaje que seguía en el suelo, dudando un segundo sobre qué hacer con ella. Le habló al vendedor que se encontraba resguardando algunos de sus productos bajo la lona de su puesto.
—Hey, tú. Cuida esta bolsa y te recompensaré generosamente.
—¿Mmm? ¿Qué acabas de decir, chica? —cómo era normal, el vendedor no comprendió sus palabras a la primera, extrañado de que le arrojara la orden como si nada.
Arielle sencillamente repitió sus palabras.
—Ya te lo dije, cuida la bolsa de viaje mientras vuelvo y te daré una recompensa benevolente. Solo para que lo sepas dentro no contiene más que ropa. Ten por seguro que no conseguirás más con eso de lo que obtendrás si haces bien tu trabajo.
Omitió adrede el hecho de que dentro también se encontraba un artefacto de un precio inconmensurable, pero se veía como una manta común y corriente, sin recitar la activación nadie siquiera se imaginaría su valor. Odiaba tener que dar explicaciones a los demás de sus cosas, pero Luke se había cuidado de mantener un perfil bajo así que ella intentó hacer lo mismo. Aunque en serio le desagradaba…
Habiendo dicho aquello, avanzó por la calle protegiéndose del clima únicamente con su sombrilla.
No tuvo que preguntar mucho para saber hacia dónde ir. Los transeúntes todavía comentaban el escándalo entre murmullos, señalando calle abajo con gestos exagerados, sin saber muy bien que estaba ocurriendo.
Las manos le empezaron a temblar con mayor frenesí a medida que avanzaba. Probablemente aquella zona fuera considerablemente más fría que el resto de la plaza.
Media hora antes, ese frío todavía no la había alcanzado.
¿Y ahora qué? se preguntó en ese momento, caminando por esa misma calle después de ver a Luke marcharse por su cuenta.
Se había alejado del gentío sin mirar atrás, con la vista fija en cualquier punto que no fuera la dirección en la que Luke acababa de desaparecer. Aquel charlatán ambulante ya había cambiado a algún otro espectáculo con los objetos de una mesa en el podio. Por más furiosa que se encontrara entrometerse allí parecía un sinsentido ahora que había terminado todo.
Luke se había ido sin decir si pensaba volver siquiera. No es que a ella le importara hablar con él, por supuesto. Si de verdad creía que iba a asustarse y salir corriendo detrás suyo pidiendo ayuda y disculpándose, estaba profundamente equivocado. Ella no era ninguna damisela en apuros fácil de manipular.
Continuó caminando, alejándose del lugar. Podía llegar sola hasta el carruaje sin ningún problema; una vez allí, simplemente esperaría a que los sirvientes se devolvieran a la mansión. Si Luke llegaba o no ya era problema de él. Al fin y al cabo, se la pasaba jactándose de que siempre tenía todo bajo control.
Una llovizna ligera le acariciaba los hombros, aunque no había de qué preocuparse. No debería tardar demasiado en llegar.
Aunque, pensándolo bien, ¿qué pasaba con la manta de camuflaje? Luke lo llevaba en su bolsa de viaje, junto con el resto de sus cosas, ¿Cómo se escondería en aquel momento?
—No me interesa. Lo pensaré cuando ya esté allí.
De cualquier manera, tampoco tenía sentido seguir ocultándose de nadie: fue él quien la había sacado de la mansión con su fanfarronería en primer lugar. Al final resultaba que él también era otro charlatán, solo que en vez de usar trucos baratos escupía palabras que llamaban la atención. ¿Aprender magia de la nada, solo por probar una experiencia nueva? Menuda tontería. Solo lo dijo porque le pareció divertido sacarla de la mansión para verla haciendo el ridículo en un entorno completamente nuevo, como si fuera un hazmerreir.
La manzana. El helado. La ropa. La comida.
¡En cada circunstancia aprovechó la oportunidad para burlarse de ella! ¡Carcajeándose de sus propios problemas!
…Aunque también era cierto que en cada una de esas ocasiones había terminado resolviendo la situación… más o menos.
Bah. Daba igual ¿por qué seguía pensando incluso en eso? Seguramente solo lo hizo porque no le quedaba de otra. Al final, ella seguía siendo la única hija de los Lioren. Él podría venir de una familia ducal, pero ni siquiera iba a ser el heredero. Y aunque lo fuera, tampoco cambiaría nada: ella ya tenía todo lo que un nombre importante podía ofrecer.
—¿Era por aquí? — No recordaba haber visto esas tiendas antes. Tal vez en la siguiente calle recuperara la orientación. Sí, probablemente solo no se había fijado en ellas la primera vez.
Pero al llegar a la otra calle, todo seguía igual de desconocido. Y no solo eso: la llovizna había empezado a incrementar su intensidad. Mejor dicho, "lluvia" era ya la palabra más adecuada para describirla. Debía llegar pronto al carruaje. O, al menos, conseguir algo con qué cubrirse.
Como si su visión estuviera esperando el pensamiento, divisó, al otro lado de la calle, un escaparate lleno de sombrillas.
Eso era.
Cruzó la calle corriendo, sujetando con fuerza los bordes de la capa para que el viento no se la arrancara. El incesante goteo arreciaba con cada paso, empapándole el borde de la falda y calándole los zapatos, aunque poco podía hacer al respecto ya.
Al menos no tendría más problemas una vez que obtuviera la sombrilla.
—Deme una sombrilla —soltó al hombre tras el mostrador, era un tipo de unos cuarenta años, ya bastante calvo, con el poco pelo que le quedaba reducido a los laterales.
Aunque lo que más llamó la atención de Arielle fue que el hombre permanecía casi echado en una silla mecedora en el centro de su lona, como si no se preocupara en lo más mínimo por vigilar su mercancía.
El hombre se despegó de aquel asiento con un gruñido, empujándose con ambas manos contra los reposabrazos, sin mostrar el mínimo de decoro. Solo cuando por fin logró ponerse en pie y girarse hacia ella, algo en su rostro cambió.
—En cami— oh. ¿pero qué tenemos aquí? —Se detuvo a media frase, dando unos pasos al frente y entrecerrando los ojos para enfocarla mejor.
Arielle se ajustó la capucha de un tirón brusco, sin poder evitar que un gesto de recelo se le escapara en el proceso, mientras el hombre soltaba una risa untuosa, como si aquella reacción en guardia le pareciera divertida.
—Oh, no hay necesidad de ponerse tan a la defensiva, preciosa. Solo estaba admirando esa cara tan bonita que tienes. Me sorprende que un bombón como tú ande tan sola por estos lares ¿No te gustaría tomarte unas copas conmigo después de cerrar?
—¡¿Hah?! Por supuesto que no. Solo quiero una sombrilla. No me haga perder el tiempo.
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—Oho, así que tenemos a una damisela tímida por aquí... —Al hombre le brotó otra risita que a Arielle le pareció particularmente repulsiva. —A la orden. Serían dos monedas de plata. Cuesta eso porque está hecha de mad—
—No necesito que me explique de qué está hecha. La explicación me interesa tanto como tu compañía. Deme una y acabemos con esto.
Sacó el monedero de uno de los bolsillos de su ropa recién comprada y lo abrió acercándolo hacia si misma para que no le cayeran gotas de agua.
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Solo entonces recordó de golpe las palabras que su prometido le había soltado sobre usar su dinero hace tan solo un rato.
Frente a ella, el monedero descansaba abierto, lleno hasta el borde de monedas de oro blanco. El vendedor no alcanzaba a ver el contenido desde su posición, pero Arielle, de todas formas, ensanchó la abertura sin darse cuenta.
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El recuerdo pausó sus movimientos por un instante, pero se sacudió la cabeza repetidas veces para esfumar el irritante malestar.
¿Por qué tendría que hacerle caso, para empezar? Ya ni se encontraba con ella. No tenia nada que ver en su decisión.
Su mano se elevó despacio hacia el interior del monedero.
Debió haberlo incluso interrumpido desde el momento que habló de sus propias cosas. Era su dinero. Sus reglas. Nadie tenía derecho a decirle cómo gastarlo, y mucho menos un noble que apenas llevaba una semana pisando aquella ciudad.
Sus dedos rozaron el borde frío de una de las monedas.
Además, seguramente todo aquel discurso había sido ciertamente una exageración sin fundamento. Esa persona tenía la costumbre de convertir cualquier tontería en un drama de proporciones ridículas, solo para sentirse importante durante cinco minutos.
Cerró los dedos alrededor de la moneda. Lista para terminar ya con aquello.
…
Y entonces, nada.
La mano se quedó ahí, suspendida a medio camino, como si de pronto hubiera olvidado la orden que se suponía debía seguir. Arielle se quedó mirando el punto exacto donde sus propios dedos sostenían el metal, incapaz de completar el gesto tan simple de sacarlo.
¿Acaso le pasaba algo a su mano? no se movía como ella quería.
Intentó aplicar un poco más de fuerza, pero nada ocurría.
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Algo como eso era extremadamente inverosímil por no decir una total absurdez. Era más probable que tuviera encima un hechizo a que le dijeran que simplemente sabía que estaba equivocada y por eso no tomaba la decisión.
…
Se quedó unos segundos más, pero seguía sin ponerse de acuerdo consigo misma.
Fue el desagradable vendedor el que tuvo que terminar con el statu quo.
…
—Oye, preciosa, ¿ocurre algo?
...
—Hey, ¿sigues por ahí? El frío te heló las manos, ¿eh? Si quieres, yo te puedo ayudar con eso, jeje.
Arielle terminó soltando un suspiro.
—Cállate, simplemente se me fueron las ganas de comprar.
—¿Qué pasa, bombón? ¿No tienes con qué pagar? —El hombre se acercó, con una sonrisa que no le gustó nada—. Si necesitas ayuda, podemos llegar a algún tipo de acuerdo...
—No se acerque un paso más. No necesito ningún "acuerdo" con alguien como usted.
—Vamos, no seas así. —Acortó aún más la distancia, ahora lo bastante cerca como para que Arielle pudiera oler el alcohol rancio en su aliento—. Una chica tan bonita no debería andar sola por aquí de todas formas. Es peligroso. Deja que te acompañe un rato, yo te cuido bien.
Su mano, gruesa y manchada de tinta vieja, se acercó al hombro de Arielle sin pedir permiso.
Arielle le apartó la muñeca de un manotazo, retrocediendo hasta chocar contra el estante de sombrillas, que tambaleó con el impacto.
—¡Le dije que no me tocara! —¿Cómo se atrevía a intentar ponerle una mano encima sin su permiso? Con una sola palabra suya, ese viejo podría ser ejecutado antes de que siquiera parara de llover.
—Tch. Maldita malcriada. —El vendedor frunció el ceño, con la sonrisa desapareciendo por completo de su rostro—. ¿crees que tienes el derecho de menospreciarme como si fuera alguna especie de cucaracha? Te parezco eso, ¡¿heh?!
Volvió a estirar la mano hacia ella, esta vez cerrando los dedos con intención de agarrarla del brazo.
Pero Arielle agarró a ciegas una de las sombrillas del estante y se la estrelló en plena cara con todo el impulso que pudo reunir. Sin esperar a ver el resultado, la soltó al suelo, giró sobre sus talones y echó a correr.
—¡MALDITA—!
El hombre dio un paso al frente, con toda la intención de perseguirla, pero se detuvo en seco al notar que varias cabezas de la calle ya se habían girado hacia el alboroto. Apretó los puños, frustrado, y se quedó ahí, soltando maldiciones al aire sin moverse del sitio.
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Después de unos segundos escapando de allí, Arielle bajó la velocidad, más por su cansancio que porque se sintiera tranquila de nuevo, inventando nuevos insultos contra aquel hombre a cada pocos metros, como si con eso pudiera distraerse del temblor que todavía le recorría las manos.
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Siguió quejándose del horripilante hombre hasta que se dio cuenta de que se había alejado demasiado de aquel establecimiento sin revisar realmente hacia dónde se dirigía.
—... ¿Hacia dónde se supone que tengo que ir ahora?
Intentó mantener la calma girando hacia una esquina que le pareció reconocer de antes. Sin embargo, por más que intentara convencerse de lo contrario, nada de lo que veía en aquel camino le resultaba remotamente familiar.
¿Y ahora qué hacía? ¿Debería devolverse por el mismo camino? No. Sacudió el pensamiento con desgana; no quería volver a cruzarse con aquella tienda de sombrillas.
Hablando de sombrillas, ella seguía sin ninguna, la lluvia no había disminuido en lo más mínimo en todo ese tiempo. Ya hacía rato que su capucha se había empapado por completo, filtrándose incluso a través de su ropa nueva. La humedad empezaba a desprender un frío en su cuerpo que se volvía cada vez más difícil de ignorar.
Siguió caminando, pero no pensaba ser estúpida y complicarlo todo más de lo necesario. Giró en la siguiente esquina, intentando buscar una ruta distinta que la devolviera cerca de donde había empezado sin pasar otra vez por las mismas calles.
Aun así, los locales seguían sin resultarle conocidos. Con cada paso, Arielle se fue impacientando cada vez más, hasta el punto en que ya no caminaba rápido, sino que corría de nuevo ansiosa por volver a donde se encontraba antes.
No poseía la certeza de cuánto le duraría aquella resistencia. Ya había superado por mucho cualquier distancia que hubiera corrido en su vida, y aun así el cansancio no llegaba, reemplazado por el latido constante de su propio corazón golpeándole en los oídos. Pero algo le decía que aquello no podría sostenerse mucho más tiempo.
Cruzó una nueva calle. Nada.
Otra. De nuevo nada.
Otra. Absolutamente nada.
Nada. Nada. Nada. Na—
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Ya no podía seguir ahí ni un segundo más. Al diablo todo. Buscaría al primer guardia que encontrara y le contaría todo, sin importarle las consecuencias. Que la amonestaran en la mansión. Que la castigaran como quisieran. Lo que fuera, con tal de que aquello terminara.
—¡A-Ah, eso es—!
Fue entonces cuando lo vio.
A lo lejos, un grupo de gente seguía apiñado alrededor de algo, voces y risas filtrándose a duras penas entre el torrente continuo de agua.
Lo había encontrado. Había vuelto al espectáculo.
Sus pies no se hicieron esperar, aceleró incluso más la velocidad que llevaba consigo antes de que terminara de procesar lo que acababa de reconocer.
Llegó, por fin, al punto exacto donde había empezado todo, y aunque ese solo hecho la llenó de alivio, no duró mucho, antes de instalarse otro pinchazo en el estómago.
No había rastro de su prometido ni del carruaje. Había vuelto al principio. Y no había solucionado absolutamente nada.
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Se arrepentía profundamente de haber salido de la mansión, aunque al principio no hubiera sido tan malo como habría imaginado. ¿De qué servía ya todo aquello? ¿Qué cambiaría ahora que—
—¡Kya!
Un hombre apareció de la nada, envuelto en una capa oscura raída en los bordes, tambaleándose por el camino contrario al suyo, y se estrelló directo contra su hombro.
Arielle cerró los ojos por el impacto, sintiendo cómo su espalda chocaba contra la pared del edificio que la había estado resguardando.
El hombre soltó un gruñido ronco, llevándose una mano a la cabeza, y siguió de largo sin decir palabra, tambaleándose ahora en dirección contraria, hasta chocar con alguien más envuelto en varias capas de ropa que caminaba en sentido opuesto. Paradójicamente, esta vez fue el borracho quien terminó cayendo al suelo por el impacto. Intentando enderezarse rápidamente, la manga de la capa se le resbaló un poco por el brazo, dejando ver, tan solo por un instante, la piel marcada y enrojecida que se extendía desde la muñeca hasta el codo, antes de volver a levantarse y seguir su camino.
Al recuperar el equilibrio, Arielle abrió la boca de inmediato, lista para reclamarle con enojo, dispuesta incluso a perseguirlo si hacía falta.
Pero su cuerpo no obedeció.
Se quedó clavada donde estaba, bajando la mirada perdida en el suelo, en sus propios pies encharcados, sin producir ningún otro gesto bajo el alero que la resguardaba de la lluvia.
...
—Esto es lo peor.
No debió haber venido. Se lo repetía ahora una y otra vez en su cabeza. Y, sin embargo, al mismo tiempo se negaba a descartar completamente toda la tarde. ¿Era por la ropa que había conseguido? ¿tanto le importaba esas prendas?
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—...He vuelto.
Una voz destrozó sus propias divagaciones, como si hubiera apagado de golpe todo el ruido que tenía en la cabeza.
Su acompañante había regresado. Arielle no fue capaz de soltar una sola palabra en ese momento. Le dijo unas palabras más pero no fue capaz de identificarlas en su estado, a cambio, entreabrió la boca, dispuesta a expulsar unas palabras que tampoco lograba identificar.
—Espera. ¿Dónde está el pasador que llevabas puesto?
—¿Q-Qué?
Se llevó una mano al cabello casi sin pensarlo, buscando el peso familiar del pequeño adorno.
Pero no percibió el broche que trajo consigo.
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En realidad, a ese punto ya no le podía importar menos. Si acaso, podía tomarlo como un pequeño precio a pagar con tal de salir por fin de aquella situación; volverían al carruaje y se compraría otro, eso estaba perfectamente bi—
Pero entonces Luke la sujetó de los hombros con una fuerza que no esperaba de él, y con una seriedad que no terminaba de encajar con la pérdida de un simple adorno, disparando pregunta tras pregunta sin darle tiempo a procesar ninguna. Arielle apenas alcanzó a sentir el pánico de él filtrándose en su propia voz antes de que el suyo propio empezara a aparecer también, aunque no sabía exactamente de qué tenía miedo.
Mencionó al hombre casi sin pensarlo. El borracho, la capa oscura, el brazo que recordaba vagamente quemado bajo la tela. El lugar por el que se había ido.
Sin embargo, no llegó a terminar su versión.
Para cuando quiso añadir algo más, Luke ya la había soltado, y su bolsa de viaje caía al suelo junto a la sombrilla que traía consigo, mientras él desaparecía corriendo entre la gente sin decir una palabra más.
Arielle se quedó allí, con la mano todavía suspendida cerca de donde debería haber estado su pasador, sin terminar de entender del todo qué acababa de pasar.
El recuerdo de aquel momento se apagó súbitamente, como una vela sorprendida por una ráfaga de viento.
Frente a ella ahora se abría la boca oscura de un callejón, iluminado por lo poco que la tarde gris todavía lograba filtrar. Alguien, unas calles atrás, le había asegurado haber visto correr a dos hombres en esa dirección, uno persiguiendo al otro, hacía ya un buen rato.
Se quedó ahí parada, con la sombrilla todavía goteando sobre el adoquín.
No tenía ni idea de qué iba a encontrar ahí dentro, ni de si Luke seguía siquiera cerca, o si todo aquello ya se había resuelto en algún otro punto de la ciudad del que ella no tenía noticia.
Ni tan siquiera sabía si de verdad quería saberlo.
Apretó los dedos alrededor del mango de la sombrilla y dio el primer paso hacia la oscuridad del callejón.
Caminó cruzando esquina tras esquina, adentrándose cada vez más entre las callejuelas estrechas. Afortunadamente, no se topó con nadie más en el trayecto.
Finalmente, dobló una última esquina.
Y no pudo creer lo que vio.
Ahí estaban Luke y el ladrón, pero la imagen que se proyectó ante sus ojos no era algo que hubiera podido imaginar ni siquiera una vez entre cien.
El ladrón yacía bocabajo sobre un gran charco de agua, con la espalda arqueada en un ángulo que parecía doloroso solo de mirar. Sus cuatro extremidades habían sido atadas juntas detrás de él con una soga tensa, obligándolo a mantener el pecho elevado del suelo en un esfuerzo constante por no hundir la cara en el agua. La misma cuerda le atravesaba la boca de lado a lado, como un freno de caballo, mordiéndola sin que tuviera forma alguna de escupirla o de articular una sola palabra coherente.
Parecía un atún recién sacado del agua, agitándose sin ningún control sobre la cubierta de un barco.
Y, de pie junto a él, con una expresión de puro disfrute que no parecía tener la menor intención de desaparecer, Luke le presionaba la espalda con un pie, empujando hacia abajo cada vez que el hombre lograba levantar un poco la cabeza, soltando pequeñas carcajadas cada vez que el gesto le arrancaba un gemido ahogado a través de la mordaza.
—¡¿Te gusta eso?! ¡¿Eh?! ¡¿Te sigo pareciendo una mujer ahora?! ¡Vamos, dímelo!
Solo entonces Luke por fin se percató de su presencia. Su sonrisa se le congeló a medio camino, y las carcajadas se le quedaron atoradas en la garganta con un sonido parecido a un hipo.
—¿A-Arielle?
Su pie, que seguía plantado sobre la espalda del ladrón, dejó de empujar. Y durante un segundo que pareció eterno, ninguno de los tres se movió.
—¡¿Qué demonios está ocurriendo aquí, par de imbéciles?!
La situación logró arrancarle a Arielle incluso una maldición nada propia de una dama.
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Estás leyendo el capítulo 15 de Conviviendo con la villana (Novela), un novela. Luke es un joven noble que disfruta de una vida cómoda, evitando a toda costa cualquier responsabilidad. Y se supone que así debería seguir siendo. Hasta que una mañana despierta con los recuerdos de otra vida. En… Este capítulo tiene publicado el 4 de octubre de 2026. Conviviendo con la villana (Novela) tiene 15 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.