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Leer Contrato de la Bruja de Hielo (Novela) Capítulo 30 online gratis en español

🏴 Grupo: Nishino✍️ Traducción: Nishino
Cuando Bertrand despertó de nuevo, estaba arrodillado en la llanura helada. Miró sus manos, cubiertas por una armadura de hielo azul ceniza y carne retorcida, mientras un gemido sin ritmo escapaba de su garganta. Dentro de su cuerpo, dos fuerzas estaban trabadas en una lucha mortal. La barrera azul gélido dejada por Pluma de Escarcha con su vida se aferraba obstinadamente, protegiendo el último destello de su luz humana en lo profundo de su corazón. La oscuridad de la corrupción del ritual, ahora mezclada en su propia alma, rugía e instigaba locamente, queriendo devorarlo todo, destruirlo todo. Pero lo más aterrador era el hambre. Esa oscuridad vil ansiaba vitalidad fresca, almas cálidas, el consumo de toda vida… Se tambaleó hacia las montañas profundas, usando lo último de su razón para encerrarse dentro de una cueva. Las cadenas fueron forjadas por el Viejo Morgan hace mucho tiempo. Él había arrojado la llave a un pozo profundo. “No puedo salir… les haré daño…” Lo repetía ante la pared de la cueva una y otra vez, como si recitara una escritura. Pero los aldeanos de Susurro de Escarcha lo encontraron. El carpintero Ruben fue el primero en correr hacia la cueva. Al ver al monstruo aterrador ante él, este hombre de casi cincuenta años se arrodilló directamente, con lágrimas corriendo por su rostro: “Mi señor… ¿es usted? ¡Mi señor!” Bertrand sacudió la cabeza frenéticamente, retrocediendo hasta golpear la pared de roca con un golpe sordo. Señaló la entrada de la cueva, con una advertencia ronca borboteando en su garganta: “Fuera… aléjense…” Ruben no se movió. Más aldeanos entraron a raudales. Los ancianos, las mujeres, los niños. Lo miraron. En sus ojos no había miedo, solo un dolor profundo y profuso. “Mi señor, nos enteramos de lo que pasó en las ruinas…” El viejo John, el mayor de todos, tembló mientras daba un paso adelante: “Fueron esos viles nobles los que le hicieron daño… y a Señor Pluma de Escarcha…” Bertrand se agarró la cabeza, la armadura de hielo raspando contra la roca con un sonido chirriante. “Fuera… por favor… fuera… les haré daño…” “No lo hará.” El viejo John se sentó ante él, igual que en incontables noches junto a la hoguera en el pasado: “Usted es nuestro Caballero, nuestra familia. Usted dijo que siempre estaríamos juntos.” “Pero ahora yo…” Bertrand levantó una mano retorcida y con garras, luego la retiró de un tirón, clavándola profundamente en su propio muslo: “¡Soy solo un monstruo!” “¡Entonces déjenos ayudarlo!” Dijo Ruben, con los ojos rojos: “¡Igual… que usted nos ayudó antes! ¡Esta vez, es nuestro turno!” “¡Nosotros… definitivamente lo ayudaremos a recuperarse!” Así comenzaron los esfuerzos espontáneos de los aldeanos para consolarlo. Los ancianos se turnaban para sentarse junto a la entrada de la cueva, a una distancia segura, contándole suavemente sobre los asuntos de la aldea: Qué niño había aprendido a levantar una espada. De quién eran las vacas y ovejas que habían dado a luz. Bajo el roble que Bertrand había plantado aquella primavera hace mucho tiempo, otro nido de pájaros había nacido… Al principio, funcionó. Entre las voces y los recuerdos familiares, la locura retrocedía temporalmente, la luz azul gélido brillaba un poco más. Bertrand podía recuperar la claridad brevemente, y podía hacer unas cuantas preguntas roncas sobre la aldea. Pero la corrupción era demasiado profunda. Finalmente, un día… Mientras el viejo John hablaba, el maná caótico dentro de Bertrand se volvió loco de repente. El hielo descontrolado y la energía inmunda se extendieron como una onda de choque. La voz del anciano se cortó a mitad de la frase. Las arrugas de su rostro aún estaban relajadas como si estuviera hablando, pero sus ojos se congelaron al instante. Simplemente se quedó allí sentado en silencio, con una sonrisa serena en sus labios. Estaba muerto. Muerto por la contaminación del maná y la congelación del alma. Un silencio sepulcral llenó la cueva. Entonces, un llanto mezclado con un lamento de dolor aulló en el viento. Era el sonido del corazón del Caballero Blanco rompiéndose. Aquel sonido, como el aullido más desesperado de una bestia atravesada por el corazón. Golpeó frenéticamente su cabeza contra la pared de roca. La armadura de hielo se hizo añicos, sangre negra y roja mezclada con inmundicia salió disparada. Sus garras desgarraron su propio pecho una y otra vez, intentando arrancar el corazón desbocado. “¡Mátenme!” Rugió: “¡Que alguien me mate!” Ruben corrió hacia adelante y lo abrazó, ignorando la inmundicia que corroía la piel, ignorando la afilada armadura de hielo que cortaba sus brazos, con su voz ronca por los sollozos: “¡Mi señor! ¡No es su culpa! ¡No lo es!” Más aldeanos surgieron hacia adelante, formando una pared humana con sus cuerpos para detener su automutilación. “¡No nos rendiremos con usted!” Una mujer, salvada una vez por Bertrand de los lobos, gritó: “¡Usted nunca se rindió con nosotros!” Después de aquel día, Bertrand se encerró aún más profundamente. Pero los aldeanos no se rindieron. Descubrieron que cuando muchas personas lo consolaban juntas con recuerdos, cantando suavemente las canciones antiguas que Bertrand y Pluma de Escarcha habían amado… La frecuencia del maná enloquecido disminuía. El alma del Caballero recuperaba la claridad de nuevo. Empezó un ciclo trágico. Los ancianos entraban voluntariamente en la cueva, sentándose en el borde mismo donde el maná podía alcanzarlos, usando sus últimos momentos para fortalecer la luz de la humanidad en el corazón de Bertrand. Cada intento de consuelo podía ser un viaje a la muerte. Pero iban, uno tras otro. "Vale la pena." Un anciano a punto de entrar se arregló la ropa y dijo con calma: "Sin el señor, habríamos muerto hace mucho tiempo." "Ahora, es nuestro turno de hacer algo por él." Durante sus intervalos de lucidez, Bertrand observaba cómo esos rostros familiares desaparecían uno a uno. Cada vez, se arrodillaba en las profundidades de la cueva, usando sus garras retorcidas para tallar sus nombres en el suelo. Por cada nombre tallado, dejaba una herida profunda hasta el hueso en su propio cuerpo. Castigo, recuerdo, o… solo para demostrar que todavía estaba vivo, todavía capaz de sentir el dolor. Y entonces… El nuevo señor llegó. Aquel pariente lejano del Barón Leslie, desterrado al Dominio Susurro de Escarcha, descargó todo su resentimiento sobre esta tierra y su gente. Cuando el cuerpo del primer aldeano fue colgado a la entrada de la aldea como advertencia, era simplemente una mujer que había robado unas pocas frutas para alimentar a su hijo hambriento. La noticia fue traída por Ruben. Tenía marcas de látigo en su rostro, sus ojos ardían con las llamas de la humillación. Se negó a hablar al principio, pero ante el persistente interrogatorio del Caballero, finalmente no pudo contenerse: "Mi señor… ese caballero de la familia Leslie…" "¡Él… él colgó a Leah! ¡Dijo que estaba robando la propiedad del señor!" El cuerpo de Bertrand comenzó a temblar. La armadura de hielo y la carne se rozaban entre sí con un sonido chirriante. "Él también dijo…" La voz de Ruben se ahogó: "A partir de mañana, todos los aldeanos mayores de dieciséis años deben entregar treinta libras de grano o su equivalente cada mes." "Aquellos que no puedan pagar… los hombres irán a las minas de la familia Leslie, las mujeres… irán a su mansión." "Mi señor… ¿qué debemos hacer?" La temperatura en la cueva se desplomó. La escarcha comenzó a condensarse en las paredes de roca. "¿M-mi señor?" Ruben sintió que algo andaba mal. Bertrand levantó la vista. En esos ojos, el carmesí enloquecido y la humanidad azul gélido estaban trabados en un combate feroz. Un gruñido bestial retumbó en su garganta, su cuerpo comenzó a hincharse y distorsionarse de forma incontrolada… "Fuera…" Dijo ronco con el último jirón de su razón: "Ruben… fuera. Bloquea la entrada." "Pero… mi señor… yo…" El carpintero aturdido palideció, dándose cuenta finalmente de que había dicho algo que no debía. "¡Vete ahora—!" El monstruo rugió enojado. Ruben salió gateando de la cueva. Justo cuando bloqueaba la entrada con piedras, un rugido ensordecedor estalló desde el interior. Era un aullido mezclado con dolor, rabia y desesperación. Esa noche, toda la cordillera pudo escuchar aquel lamento inhumano. Al amanecer del día siguiente, cuando Ruben apartó las piedras con miedo, la cueva estaba vacía. Solo en la pared de roca, profundamente surcada por garras, había una línea de palabras: "Yo me encargaré." Al lado de las palabras, una gran cantidad de sangre negra y roja, que emitía un aura ominosa, se había secado. … Carey Leslie murió en una noche en que el viento del norte aullaba. Aquella noche, se celebraba una fastuosa fiesta en la Mansión del Voto de Nieve. Las copas tintineaban en el gran salón. Hermosas esclavas, con sus ropas desordenadas, eran sujetadas en los brazos de los nobles. Cuando sonó la campana de medianoche, las puertas de la mansión fueron destrozadas. Bajo la luz de la luna, una figura retorcida de tres metros de altura permanecía afuera. "¡M-monstruo—!" Desde las sombras, los guardias gritaron y levantaron sus lanzas. La oscuridad se vertió en la mansión y comenzó su propia matanza… … Cuando el último rastro de vida en la mansión se convirtió en un cadáver frío, un destello de claridad regresó finalmente a los ojos frenéticos del monstruo. Miró su garra izquierda, luego el suelo de la mansión sembrado de cuerpos. Su cuerpo comenzó a temblar violentamente. Se arrodilló, se agarró la cabeza y dejó escapar un sonido reprimido que era parte sollozo, parte rugido. Estaba agonizando por haber matado. Incluso si había matado a esos bastardos nobles y a sus sirvientes. Este era Bertrand. Incluso transformado en un monstruo, todavía recordaba su juramento: Donde su espada apuntara, sería contra la injusticia. Pero también recordaba la segunda mitad de aquel juramento: Donde la escarcha llegara, protegería a los inocentes. Y ahora, había usado estas manos para matar. También había matado a aquellas… pobres personas inocentes que simplemente fueron obligadas a servir a los nobles. Incluso si era por sus propios guardianes. … Cuando Lobo de Sangre encontró a Bertrand, estaba acurrucado junto al Estanque de Hielo. Aquella noche de matanza loca había agotado lo último de su fuerza humana. La barrera dejada por Pluma de Escarcha era ahora tan delgada como el ala de una cigarra. La contaminación oscura surgió como una marea, amenazando con tragarse la última mota de luz azul gélido. Más de una docena de mercenarios completamente armados lo rodearon. Bertrand levantó la vista. Sus ojos estaban turbios, la locura y la claridad alternándose frenéticamente en sus pupilas. Reconoció que Lobo de Sangre había venido a cazarlo. Igual que cazadores acorralando a una bestia. Él debería resistirse. Pero no quería hacerlo. Hasta que Lobo de Sangre sacó un fardo de tela de su pecho y lo arrojó a los pies de Bertrand. El fardo se abrió, revelando su contenido. Varias prendas de vestir pequeñas y manchadas de sangre. Bertrand se congeló. Eran ropas que pertenecían a los niños de la aldea. "¿Reconoces estas?" Lobo de Sangre se puso en cuclillas, con una sonrisa cruel: "Las recolectamos de la aldea." "Tus aldeanos… son bastante tercos. Se negaron a decir dónde estabas, sin importar qué. Me hicieron buscar con mucho esfuerzo." Bertrand lo miró fijamente. "Este es el trato." Lobo de Sangre se puso de pie lentamente, desenvainando la hoja curva de su cintura: "Vienes con nosotros pacíficamente, dejas que estudie ese interesante poder de escarcha en tu cuerpo… y perdonaré a tus aldeanos." "Si te resistes…" Apuntó su hoja hacia la aldea: "Empezaré con el niño más pequeño. Uno al día, hasta que cooperes." "No intentes ningún truco. Si no envío una señal dentro de diez minutos, toda tu aldea… será enterrada contigo." "Elige, Monstruo… mi señor." La luz de la luna cayó sobre el rostro retorcido de Bertrand. Miró a Lobo de Sangre, a los mercenarios de alrededor que lo observaban como tigres acechando a su presa, luego a las tenues luces de la aldea en la distancia. ¡Su poder seguía aumentando, su aura se volvía más violenta…! Pero al final… Se calmó de nuevo. Tomó su decisión. Se puso de pie lentamente, su cuerpo de tres metros proyectando una sombra masiva bajo la luz de la luna. Los mercenarios retrocedieron tensos, con las armas apuntándole al unísono. Pero Bertrand no atacó. Simplemente se giró, y con su brazo izquierdo, que aún conservaba una forma vagamente humana, se señaló a sí mismo, luego a las cadenas y grilletas en manos de los mercenarios. Unas pocas sílabas rotas salieron de su garganta: "Enciérren… me." Lobo de Sangre se quedó desconcertado, luego extasiado: "¡¿Entiendes?! ¡¿Estás dispuesto a ser encarcelado?!" Bertrand asintió. Echó una última mirada en dirección a la aldea. Algo en sus ojos se extinguió por completo. Entonces, caminó activamente hacia los mercenarios, permitiendo que gruesas cadenas de hierro se enrollaran alrededor de su cuerpo, permitiendo que las grilletas grabadas con runas de sellado cerraran sus muñecas y tobillos. Durante todo el proceso, no se resistió. Incluso cuando las cadenas se tensaron, cortando su carne, solo dejó escapar un gruñido reprimido. Porque lo sabía… Este era el último acto de protección que podía realizar. Cambiando su propio encarcelamiento por la seguridad de los aldeanos. … En las mazmorras de la Mansión del Voto de Nieve, Bertrand fue encerrado en una jaula de hierro fabricada especialmente. Lobo de Sangre venía diariamente a estudiarlo, usando varios métodos para estimularlo a liberar maná, intentando despojarlo del poder persistente de Pluma de Escarcha. El dolor se volvió rutina, la locura se volvió la norma. Pero incluso en la oscuridad más profunda, Bertrand aún custodiaba esa mota de luz azul gélido. Ocasionalmente recuperaba momentos de claridad. En esos breves momentos, miraba más allá de los barrotes de hierro hacia la entrada de la mazmorra. Ruben y otros aldeanos se escabullían secretamente para verlo usando un pasaje secreto que solo ellos conocían. Lloraban, lo llamaban, intentaban pasar comida y agua a través de los barrotes. Bertrand siempre sacudía la cabeza. Usaba sus garras para rayar palabras en el suelo: "No vengan… peligro." Una vez, Ruben, con los ojos rojos, dijo a través de los barrotes: "¡Mi señor… fue mi culpa, toda mi culpa! ¡Toda!" "¡Usted… no se rinda! ¡Nosotros… nosotros definitivamente encontraremos una forma de salvarlo!" Pero Bertrand no respondió. Su corazón había muerto en el momento en que Pluma de Escarcha cayó. Se había convertido en un monstruo completo. Ya no era el 【Caballero Blanco】 Bertrand. Él… estaba cansado. … El torrente de recuerdos retrocedió lentamente. Aivrel permanecía en el centro de las ruinas de aquella alma, mirando la tenue pero ardiente bola de luz azul gélido en su mano. Finalmente, lo comprendió. Este no era un corazón contaminado. Este era un corazón… que, después de ser pisoteado, destrozado y corrompido, todavía había ardido obstinadamente durante medio año completo, solo para iluminar la oscuridad una última vez antes de su destello final. Ella acunó suavemente la luz, envolviéndola en su maná de escarcha más puro, como si sostuviera un sueño a punto de hacerse añicos. "Es hora de despertar, Bertrand." Susurró, su voz cargando una gentileza que ella misma no había notado: "Has… protegido lo suficiente." La bola de luz tembló ligeramente en su palma. Entonces, comenzó a arder. Esta vez, no para iluminar a otros. Sino para sí mismo.
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Contrato de la Bruja de Hielo (Novela) Capítulo 30

Estás leyendo el capítulo 30 de Contrato de la Bruja de Hielo (Novela), un novela. “Con la protección como mi espada; con el deber como mi escudo”. “Hacia donde apunte la espada, la injusticia caerá; hasta donde llegue la escarcha, el inocente será protegido”. “Si rompo este juramento—” “¡Que el hielo… Este capítulo tiene publicado el 24 de abril de 2026, Traducido por el grupo Nishino. Contrato de la Bruja de Hielo (Novela) tiene 205 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.