Leer Contrato de la Bruja de Hielo (Novela) Capítulo 31 online gratis en español
🏴 Grupo: Nishino✍️ Traducción: Nishino
El mundo real.
El tiempo pareció congelarse por un momento.
Aivrel abrió lentamente los ojos.
La luz floreció en su mano, un halo azul gélido que cubría el cuerpo de la bestia mágica.
¡Envuelto en el cálido resplandor, esa forma masiva y aterradora comenzó a experimentar un cambio visible!
El feroz exoesqueleto y la carne retorcida se contrajeron como una marea que retrocede, y la coloración teñida de negro y rojo se desvaneció y se desprendió rápidamente.
Las extremidades distorsionadas regresaron gradualmente a las proporciones humanas normales, las escamas y los tumores que cubrían su cuerpo se derritieron, revelando la piel humana debajo…
En unas pocas y breves respiraciones, el monstruo de tres metros de altura había desaparecido. en su lugar yacía un hombre, acostado de espaldas en el suelo.
Parecía tener unos cuarenta años, con un rostro resuelto y rasgos definidos.
Su cabello castaño oscuro y corto estaba desordenado contra su frente, bajo párpados cerrados marcados por años de viento y sol.
Su torso desnudo estaba cubierto de viejas y nuevas cicatrices superpuestas, siendo la más prominente una marca azul hielo tenue y casi destrozada sobre su corazón.
Su expresión era de agotamiento y paz, como si estuviera simplemente en un sueño profundo.
Todos los signos de corrupción externa habían retrocedido temporalmente.
En este momento, se parecía vagamente a aquel héroe del norte una vez aspirante y profundamente amado.
Bertrand, el Caballero Blanco… en su forma residual final. Sus pestañas castañas temblaron.
Bajo la mirada expectante de todos los presentes, bajo las miradas agitadas y apenas contenidas de los aldeanos… Abrió lentamente los ojos.
Eran un par de ojos azul celeste, como el cielo despejado del norte.
Claros, pero aparentemente llenos de un cansancio que abarcaba la vida y la muerte, y una especie de confusión desconcertada como si despertara a otro mundo.
El Caballero Blanco había despertado.
"¿Dónde… es esto?"
Su voz era suave, cargando la sequedad de un largo letargo y un toque de aturdimiento.
Las manchas de lágrimas en los rostros de los aldeanos aún no se habían secado, agitándose violentamente de nuevo ante esta simple pregunta.
Sus labios temblaron, queriendo responder, pero ahogados por los sollozos crecientes, solo pudieron emitir jadeos incoherentes.
Al final, fue el anciano de más edad quien, reuniendo todas sus fuerzas, llamó temblando:
"¡Mi señor! ¡Esta es la Aldea Susurro de Escarcha! ¡La Aldea Susurro de Escarcha que construimos juntos!"
"Aldea… Susurro de Escarcha…"
El caballero repitió el nombre.
Su mirada se movió lentamente, recorriendo aquellos rostros familiares pero desconocidos, curtidos y surcados por las lágrimas.
Cada arruga, cada temblor, parecía despertar recuerdos distantes en sus ojos azules.
Sus ojos finalmente se posaron de nuevo en “Igor”.
En ese momento, algo más profundo atravesó la confusión inicial del despertar, uniéndose en las profundidades de su mirada.
Vio la luz azul gélida persistente en los ojos de “Igor”, sintió las fluctuaciones elementales que eran completamente diferentes a lo mundano.
Recordó la batalla con la otra parte justo cuando caía en la locura, recordó aquella figura alta y recta que se mantuvo firme ante los aldeanos incluso cuando estaba gravemente herida.
Vio la insignia del caballero en el pecho del otro, y también vio… el sello del señor perteneciente al 【Señor del Dominio Susurro de Escarcha】.
Él también… sintió en el cuerpo del otro esa fuerza misteriosa, pero aún más poderosa, pariente, de alguna manera trascendente, nostálgica y desconocida durante mucho tiempo.
Una sonrisa tenue, casi imperceptible, luchó por aparecer en los labios agrietados del caballero.
"Aldea Susurro de Escarcha… bien, muy bien…"
Su voz todavía era ronca, pero más firme que antes, como si confirmara lo más importante:
"La Aldea Susurro de Escarcha… finalmente tiene un nuevo señor en quien puedo confiar."
Estas palabras fueron ligeras, pero como un martillo pesado, golpearon el corazón de cada aldeano.
Después de un breve silencio sepulcral, estallaron gritos de dolor.
"¡No…! ¡Mi señor! ¡No diga eso!"
"Por favor, mi señor, no nos deje…"
Gritos y súplicas se fusionaron en uno solo.
El caballero, lenta pero firmemente, sacudió la cabeza.
El movimiento tiró de aquella marca azul hielo casi destrozada sobre su corazón. Sus cejas se fruncieron ligeramente por el dolor, pero su mirada era excepcionalmente tranquila.
"Es... suficiente."
Sus ojos recorrieron la multitud, mirando a aquellos seguidores que él personalmente había salvado de las mareas de bestias, con quienes había construido un hogar, ahora con el cabello blanco y envejecidos; mirando a aquellos rostros jóvenes que habían crecido escuchando sus leyendas en historias:
"Dejen que mi historia... termine aquí."
Respiró profundamente, un aliento que cargaba frío y debilidad, pero que le sostuvo para hablar con claridad:
"Mientras todavía pueda verlos claramente, todavía recuerde el sabor del viento... Mientras todavía sea... Bertrand..."
Su línea de visión regresó al rostro de “Igor”, como si mirara al joven, pero también como si contemplara algo en un nivel más profundo.
Su voz estaba llena de respeto, y también de gratitud:
"Mi señor..."
"Gracias... por concederme esta claridad final."
"Permitiéndome... poder morir como Bertrand..."
"De ahora en adelante... el Dominio Susurro de Escarcha queda confiado a usted."
Esta frase no tenía tono de mando, solo una encomienda pura y pesada.
Igor sintió como si su corazón fuera sujetado suavemente por una mano invisible, pesada... y cálida.
Simultáneamente, Aivrel, quien controlaba su cuerpo, también percibió claramente este sentimiento puro y profundo.
Era el reconocimiento y el legado sin reservas de un verdadero guardián al final de su vida hacia su sucesor.
Era la súplica más sincera de un alma a punto de desvanecerse hacia otras dos almas elegidas por el destino, destinadas a asumir la responsabilidad.
Como atraídos por el mismo hilo de emoción.
Aivrel, controlando el cuerpo, e Igor, en lo profundo de la conciencia, casi en el mismo instante, en sus corazones, con sus propias voluntades pero manteniendo la misma solemnidad, dieron la misma respuesta:
"Lo haré."
La voz era baja y ronca, pero cargaba una resolución inquebrantable.
El caballero la escuchó.
Mirando los ojos del joven, que instantáneamente se habían vuelto más profundos, como si cargaran algún peso intangible, la sonrisa de alivio del caballero se profundizó.
Los lamentos en el patio se hicieron más fuertes.
Pero esta vez, el llanto contenía un rastro de comprensión desesperada.
La gente vio la resolución inequívoca en los ojos del caballero, y vio la marca azul hielo sobre su corazón volviéndose más tenue, sus grietas más claras que nunca.
Ellos comprendían mejor que nadie.
Durante estos últimos seis meses, por qué clase de infierno su señor había estado luchando.
Aquella breve claridad era un milagro comprado con dolor y sacrificio interminables.
Y los milagros... siempre tienen un final.
Los ancianos fueron los primeros en cesar sus súplicas inútiles.
Apoyándose unos a otros, con sus rostros surcados por viejas lágrimas, intentaron enderezar sus espaldas encorvadas.
Uno, dos...
Más y más aldeanos levantaron la cabeza, contemplando a través de ojos llenos de lágrimas por última vez a su señor.
Su héroe.
La mirada del caballero recorrió a sus aldeanos, a su gente, por última vez.
Su mirada era gentil y clara, como para grabar cada rostro en la parte más profunda de su alma.
Entonces, usando el último vestigio de autoridad perteneciente a un señor, emitió la orden final de su vida:
"Yo... Bertrand, Caballero Pionero del Dominio Susurro de Escarcha, les ordeno…"
"Que juren su lealtad... a su nuevo señor."
"Ustedes deben... como una vez me siguieron a mí..."
"Seguirlo a él en la protección de esta tierra, en la protección de sus hogares."
"Esta... es mi... orden final."
Al caer las palabras, pareció que se agotaba lo último de su fuerza de apoyo.
Sus ojos comenzaron a perder el enfoque.
Los aldeanos se arrodillaron en el suelo, inclinándose profundamente hacia Igor, y también hacia su viejo señor de quien estaban a punto de separarse para siempre.
El sonido del llanto inundó el patio.
Votos entrecortados surgieron de forma intermitente, pero pesados como el lecho de roca: "Nosotros… acatamos su orden…" El caballero sonrió.
Esa sonrisa contenía alivio, contenía liberación.
Su cuerpo comenzó a volverse translúcido.
Una suave luz azul plateada brotó de él, tenue al principio, luego volviéndose más brillante, comenzando desde la marca sobre su corazón, como nieve derritiéndose en el inicio de la primavera, extendiéndose por sus extremidades.
Los bordes de su cuerpo comenzaron a disolverse en innumerables puntos finos de luz, como polvo de estrellas esparcido por el viento, flotando hacia arriba ligeramente.
Levantó la cabeza, mirando hacia el trozo de cielo otoñal enmarcado por los altos muros del patio.
La luz del sol brillaba a través de su cuerpo que se desvanecía gradualmente, proyectando un resplandor brumoso.
"Gracias…"
Dijo suavemente, su voz etérea como si viniera del horizonte.
No estaba claro si se dirigía a Igor, a los aldeanos, o a esta tierra a la que había dado todo por proteger.
O quizás… a aquel pájaro cristalino, desaparecido hace mucho tiempo, pero ligado a su alma para siempre.
Por un momento fugaz, el caballero pareció ver de nuevo aquella pequeña taberna.
Aquella puerta de madera familiar y algo moteada se abrió lentamente bajo una cálida luz de lámpara.
Dentro, el ruido era el mismo de siempre, el aroma de la cerveza mezclado con el olor a carne asada flotando hacia afuera.
Vio a aquellos compañeros mercenarios que habían fallecido hacía mucho tiempo.
Karl, quien siempre pulía su escudo hasta que brillaba; Rex, a quien le encantaba contar chistes malos; el silencioso y confiable Viejo Morgan…
Todos estaban sentados en sus antiguos lugares, levantando sus jarras hacia él mientras permanecía en el umbral de la puerta, riendo.
El laúd de la taberna sonaba melodiosamente.
Las llamas de la chimenea danzaban, proyectando un resplandor rojo en sus rostros, haciendo que incluso la oreja a medio perder de Karl pareciera especialmente entrañable.
Y junto a la barra, la exquisita y encantadora muñeca de una joven por la que él lo había intercambiado todo estaba sentada allí en silencio.
Sus ojos azul agua parecían haber cobrado vida, mirándolo suavemente.
El caballero miró hacia abajo.
Vio que ya no vestía ropas andrajosas y manchadas de sangre, sino aquel conjunto de vieja armadura de cuero de mercenario que lo había acompañado en innumerables aventuras, desgastada por los lavados pero limpia y ordenada.
Su cuerpo se sentía ligero y fuerte, como si hubiera regresado a aquella era apasionada y juvenil de beber copiosamente con sus compañeros.
La sonrisa en su rostro se volvió genuina y cálida. Dio un paso, caminando hacia aquella puerta abierta que rebosaba luz y calor.
Sus pasos eran firmes, como los de un viajero que regresa a casa.
Su voz no era fuerte, pero se extendió claramente por toda la cálida habitación, cargando el cansancio y la paz después de atravesar una larga oscuridad:
“Hola a todos… ¡He vuelto!”
…
La figura ilusoria se hizo añicos con un estruendo silencioso.
Innumerables motas de luz danzaron, revelando tenuemente dos siluetas suaves y acurrucadas.
Una era humanoide, otra era como un pájaro.
Se inclinaron hacia “Igor”, separando un flujo de luz brillante que cayó en la palma del joven, luego, abrazándose el uno al otro, girando en espiral, volaron hacia arriba.
Sus figuras… dirigiéndose hacia aquel vasto y despejado cielo otoñal, hacia algún destino más allá del entendimiento mortal pero ciertamente lleno de paz… se alejaron más y más.
Finalmente, fundiéndose en el resplandor celestial, desaparecieron sin dejar rastro.
Como si se llevaran todo sonido con ellos,
En el patio, solo quedó el lamento del viento a través de los aleros en ruinas.
Y…
Los gritos de llanto desenfrenado de cientos de aldeanos que ya no podían ser suprimidos.

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Contrato de la Bruja de Hielo (Novela) Capítulo 31
Estás leyendo el capítulo 31 de Contrato de la Bruja de Hielo (Novela), un novela. “Con la protección como mi espada; con el deber como mi escudo”. “Hacia donde apunte la espada, la injusticia caerá; hasta donde llegue la escarcha, el inocente será protegido”. “Si rompo este juramento—” “¡Que el hielo… Este capítulo tiene publicado el 1 de mayo de 2026, Traducido por el grupo Nishino. Contrato de la Bruja de Hielo (Novela) tiene 205 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.