arrow_back

Leer Contrato de la Bruja de Hielo (Novela) Capítulo 141 online gratis en español

🏴 Grupo: Nishino✍️ Traducción: Nishino
Nueve años. No era mucho tiempo, pero tampoco era poco. Sin embargo, fue suficiente para borrar el contorno tosco de un pueblo fronterizo, lo suficiente para que creciera y se convirtiera en algo capaz de albergar ambiciones y sueños. No era solo Susurro de Escarcha. Puerto Gris, que ahora era la sede de un Vizcondado, estaba igual. Cuando el gran barco de vela, con su calado profundo y ondeando la bandera de la Alianza Mercantil del Sur, entró lentamente al puerto, los refugiados desaliñados y de rostros cansados en la cubierta dejaron escapar jadeos de asombro casi simultáneos y ahogados. ¡Qué puerto tan próspero! Los mástiles se erigían como un bosque; los atracaderos estaban densamente ocupados. Los estibadores que descargaban la mercancía gritaban mientras izaban cajas desde la bodega hasta el muelle; los administradores de las caravanas, con diversos uniformes, se abrían paso entre ellos, dirigiendo a los trabajadores para cargar los bienes en los carros. Más lejos, los muros de piedra blanca recién construidos relucían con un suave brillo bajo el sol. La aguja del templo del Dios del Viento del Norte y los torreones de las fincas nobles se alzaban en disposiciones dispersas, contemplando la bahía cada vez más bulliciosa. "¡Mamá! ¡Mamá, mira!" Una figura delgada se aferraba a la barandilla del barco, con su rostro polvoriento rebosante de una emoción apenas contenida. Era una niña que aparentaba unos doce o trece años, con el cabello rubio corto ajustado descuidadamente bajo una gorra suave y raída. Las ropas holgadas de tejido burdo colgaban vacías de sus hombros, acentuando su contextura delgada. Señaló con urgencia hacia el muelle que se aproximaba, con la voz temblando de agitación: "¡Ya llegamos! ¡Por fin estamos en Puerto Gris! Mira, qué puerto tan concurrido, ¡es incluso más animado que el puerto más grande del Ducado!" Detrás de ella, una voz débil pero gentil murmuró en voz baja: "Jamie… no te inclines tanto, te podrías caer." Antes de que las palabras se desvanecieran, le siguió un ataque de tos violenta. Jamie se giró rápidamente y sostuvo los hombros de su madre, con su pequeño rostro polvoriento arrugado de preocupación: "Mamá, estás tosiendo otra vez… Siéntate primero, respira despacio…" Aturdida, buscó a tientas en su bolsa de tela raída, sacó un odre mugriento y lo llevó con cuidado a los labios de su madre. Su madre dio un pequeño sorbo, forzando una tenue sonrisa en su rostro pálido y exhausto. Le dio palmaditas suaves en el hombro a la niña: "Está bien… Mamá está bien." Los ojos de Jamie se enrojecieron al instante. Pero contuvo las lágrimas con una determinación feroz. Ya no era una niña. No podía llorar delante de su madre. Bajando la cabeza, Jamie parpadeó con fuerza y luego sonrió: "Pronto, Mamá. Pronto estaremos en la legendaria ciudad de Susurro de Escarcha." Hizo una pausa, y su voz llevaba una esperanza que rayaba en la veneración: "¿Has oído hablar de ella, verdad? En la Ciudad de Susurro de Escarcha hay un Ángel de Cabello Plateado que puede curar todas las enfermedades, que es infinitamente bondadosa… Mientras podamos encontrarla, mientras ella pueda tratarte…." La niña apretó con fuerza la mano fría de su madre: "Tu enfermedad definitivamente se curará." Su madre no dijo nada, simplemente la miró con dulzura con unos ojos que se habían vuelto cada vez más nublados. No muy lejos de allí, un hombre de mediana edad con un atuendo de mercenario igualmente deshilachado captó las palabras de Jamie y sacudió la cabeza: "Niña ingenua…" Suspiró, y su voz llevaba el cansancio y la apatía del sufrimiento curtido por el tiempo: "Esos son solo rumores." Jamie se giró bruscamente, con sus ojos de color marrón grisáceo recelosos y ligeramente hostiles. Al mercenario no le importó su mirada fija y, en su lugar, se apoyó contra la barandilla, contemplando el muelle de Puerto Gris que se acercaba: "Mira a todos en este barco. Cada uno de ellos gastó los ahorros de su vida, vendió todo lo que poseía, solo para pagar un boleto." "Para gente como nosotros… si podemos encontrar un lugar para sobrevivir en el Reino de Las Tierras del Norte, eso ya es la bendición de la Diosa de la Luz." "¿Y todavía sueñas con que un Elementalista te cure? ¿Cuánto cuesta eso…? No, incluso el dinero podría no ser suficiente…" Sacudió la cabeza y no continuó. Jamie abrió la boca, queriendo replicar, pero no le salieron las palabras. Ella y su madre ni siquiera tenían boletos. Se habían colado a través de una brecha en la bodega de carga cuando los marineros estaban cambiando de turno. Durante dos meses enteros, madre e hija se habían acurrucado en un rincón oscuro apilado con barriles de pescado en conserva, sobreviviendo con una pequeña bolsa de pan negro duro, agua dulce ocasional conseguida cuando nadie miraba y las sobras de pescado salado de los marineros. No se atrevió a discutir. Pero aun así, no pudo evitar murmurar: "Estás equivocado…" El mercenario levantó una ceja, mirándola. Jamie se asustó, pero al final su terquedad no la dejó dar marcha atrás: "He oído a tantos juglares cantar sobre ellos… el Ángel de Cabello Plateado y el Caballero de la Escarcha. Ayudan desinteresadamente a los pobres, acogen a los refugiados, conceden tierras y hogares a los desamparados…." Levantó la cabeza, y sus ojos de color marrón grisáceo brillaron: "¡Son héroes enviados por los dioses para salvar al mundo! ¡No son la clase de nobles de los que estás hablando!" El mercenario se quedó en silencio por un momento. Luego suspiró y no la refutó. "Sí…" Su voz bajó, teñida de una emoción compleja: "Yo también he oído esas baladas." Hizo una pausa, y su mirada se desvió hacia la distancia: "Pero esos son solo trucos que los nobles usan para engañarnos a nosotros, los inmigrantes." "Los nobles son todos iguales." Sacudió la cabeza con una sonrisa de autocrítica: "Aun así… ese lugar está cerca de las legendarias Ruinas de Hielo. Se rumorea que el suelo está repleto de tesoros, podrías recoger Mineral de Cristal de Escarcha con solo caminar por ahí." "Ir allí sigue siendo… mejor que esperar a morir en el sur." Jamie no dijo nada más. Solo sostuvo con fuerza la mano fría de su madre y contempló el muelle que se aproximaba. No le creía al mercenario. Recordaba cada balada que cantaban los juglares. Desde 'El Ángel de Cabello Plateado de la Ciudad Susurro de Escarcha' hasta 'La Espada del Caballero de la Escarcha contra el Demonio'… Desde 'La Tierra del Norte de la Esperanza》 hasta 'El Juramento del escudo del Fénix'… Esas no eran mentiras. Eran reales. Tenían que ser… reales. "¡Clang…!" La amarra fue arrojada al muelle; los gritos ásperos de los marineros resonaron. El barco se sacudió ligeramente. Habían atracado. "¡Inmigrantes, desembarquen! ¡Formen una fila, uno por uno!" El primer oficial gritó. Jamie sostuvo a su madre y avanzó con el flujo de gente hacia las losas de piedra azul del muelle de Puerto Gris. Bajo sus pies estaba el suelo firme; sobre su cabeza, el cielo claro y azul del Reino de Las Tierras del Norte. La brisa marina irrumpía, salada y fresca. A lo lejos, las campanas de la iglesia repicaban lentamente, con un tono bajo y resonante. Tomó una profunda bocanada de aire. La Ciudad de Susurro de Escarcha… Y el Ángel de Cabello Plateado… Definitivamente la encontraría. Definitivamente. En el muelle, una formación ordenada de soldados ya esperaba de pie. Jamie los observó en secreto, maravillándose para sus adentros. Estos soldados llevaban medias armaduras de placas de plata, pulidas hasta alcanzar un brillo de espejo. Sus posturas eran erguidas, sus manos descansaban en las empuñaduras de sus espadas, sus miradas estaban niveladas, completamente inmóviles, con una disciplina que superaba por mucho a los soldados similares a bandidos de los nobles del Ducado. Y en el pecho de cada uno de ellos había un blasón de plata prendido: Un fénix desplegando sus alas como si fuera a remontar el vuelo, con sus plumas desplegadas como nubes flotantes y su cola arrastrándose en arcos helados y prismáticos, elevándose detrás de un pico de montaña de plata cubierto de nieve. ¡Era el escudo del 【Fénix del Pico de Hielo】 del Dominio de Susurro de Escarcha! El corazón de Jamie latía violentamente. Había visto este blasón antes. En las baladas que cantaban los juglares, en los dibujos de pergamino desteñido en las paredes de las tabernas, en las innumerables noches de insomnio con las que había soñado… Era real… ¡Todas esas historias eran reales! A la cabeza de la formación de soldados, un joven caballero conversaba tranquilamente con el capitán del barco. Aparentaba tener poco más de veinte años, era alto y de espalda recta, con el cabello castaño oscuro corto y rasgos apuestos y serenos. A diferencia de los otros soldados, llevaba un atuendo de caballero gris plateado más refinado, con una media armadura de plata y una capa blanca sobre ella. En la capa también estaba el escudo del Fénix del Pico de Hielo. "¿Cuántos inmigrantes hay esta vez?", preguntó el joven caballero. El dueño del barco abrió apresuradamente su registro, con una actitud deferente y servicial: "Sir Karl, un total de 437 están registrados." "La mayoría del Ducado de Polos, las Ciudades-Estado de Viden y varias zonas de guerra en el sur. Sus antecedentes han sido verificados. Todos son plebeyos…." Hizo una pausa, bajando ligeramente la voz: "Es solo que… el mar estaba embravecido. Algunos de los ancianos y frágiles no sobrevivieron. Los vivos están todos aquí. 412 personas." El Caballero Karl asintió, tomó el registro y lo escaneó rápidamente. "Han trabajado duro." Le dio palmaditas en el hombro al capitán, guardó el registro y se giró para encarar al grupo de refugiados desaliñados y de aspecto ansioso reunidos en el muelle. A su aproximación, la multitud se calló instintivamente. Noble. Caballero. Elementalista… Cada uno de los títulos del joven caballero era suficiente para hacerlos mirar hacia arriba con asombro y deferencia. Karl se detuvo, y su mirada barrió lentamente estos rostros de tierras lejanas. Al ver el agotamiento y el miedo grabados en ellos, hizo una breve pausa y luego usó magia de viento para proyectar su voz hacia afuera: "Mi nombre es Karl. Soy un Caballero trascendente de la Familia Avensdale." "Ahora los escoltaré al Dominio de Susurro de Escarcha." Hizo una pausa y levantó el registro: "Cuando llame su nombre, por favor formen una fila a mi izquierda y aborden los carromatos por turno." "Irene…" "Thomas…" "…" Uno por uno, los refugiados dieron un paso al frente al escuchar sus nombres, cargando sus pertenencias y caminando con cautela hacia la fila de carromatos que esperaban. Los cocheros los ayudaban a subir, distribuyendo mantas de lana sencillas pero limpias y una bolsa de comida y agua. Jamie apretó la mano de su madre con fuerza, con las palmas pegajosas por el sudor frío. Sus nombres no estaban en ese registro. Eran polizones. Gente que no debería estar aquí. ¿Qué debería hacer? Si las descubrían, ¿las mandarían de regreso? ¿Las arrestarían? El cuerpo de su madre no podía soportar más dificultades… Pronto, todos los demás refugiados habían abordado los carromatos. Solo ella y su madre permanecían en el muelle. "¡Qué mala suerte! ¡Polizones otra vez!" La voz del capitán vino desde atrás, impregnada de una irritación apenas reprimida. Luego, inclinándose ante el joven caballero, dijo de manera zalamera: "Sir Caballero, este es un descuido nuestro. Estas dos no están en el registro de inmigración, se colaron a bordo. Las nos llevaremos de inmediato…." La cabeza de Jamie se levantó de golpe, con el rostro pálido. Sabía lo que significaba "llevárselas." En barcos como este, los polizones solían ser vendidos como esclavos. Quería hablar, pero el terror apoderó su corazón. Sentía la garganta bloqueada; no salió ningún sonido. "Espera." El Caballero Karl levantó la mano, indicándole al capitán que se detuviera. Su mirada cayó sobre la madre y la hija. Miró la figura pequeña, flaca y temblorosa de Jamie, y luego a la mujer de mediana edad detrás de ella, con el rostro pálido, apenas capaz de ponerse de pie. Tras un momento, sacudió la cabeza: "Son refugiadas lejos de casa, como todos los demás. No hay necesidad de causarles problemas." Karl hizo una pausa, y sus ojos se posaron brevemente en el rostro joven y temeroso de Jamie: "No creo que sean espías del sur." Luego, se giró ligeramente e hizo un gesto hacia la caravana: "Ustedes dos, aborden también." Jamie se quedó atónita. Sus ojos se enrojecieron. Asintió vigorosamente y luego se inclinó profundamente ante el Caballero Karl. Después, sosteniendo a su madre, caminó paso a paso hacia ese espacioso carromato acolchado con hierba seca. El capitán guardó tímidamente su registro y no dijo nada más. Los cascos de los caballos resonaron. La caravana partió. La procesión pronto dejó las puertas de Puerto Gris y, a lo largo del camino hacia el norte, se integró gradualmente en el incesante flujo de caravanas y viajeros… Jamie se sentó en el rincón más interno del carromato, dejando que su madre se apoyara contra su delgado hombro. Fuera de la ventana, el paisaje pasaba velozmente como un borrón: vastos campos de trigo, granjas dispersas, bosques de coníferas cada vez más densos… Todo era desconocido. Todo era diferente de aquella patria devastada por la guerra y grabada en su memoria. Pero no tenía tiempo para mirar. Toda su atención estaba fija en el pan que tenía en sus manos. Los soldados acompañantes se lo habían entregado a cada refugiado antes de abordar. Grueso. Suave. La superficie ligeramente tostada, emanando un rico aroma a trigo. Lo sostenía con cuidado, como si fuera el tesoro más preciado del mundo. Le dio un pequeño bocado. El pan cálido y suave se disolvió en su lengua, llevando consigo una tenue salinidad y el dulzor de la malta. De repente, las lágrimas brotaron a mares por su rostro. Bajó la cabeza, sofocando desesperadamente cualquier sonido, pero las gotas de lágrimas cayeron una a una sobre el pan, dejando manchas oscuras y húmedas. Nunca había probado un pan tan bueno. Mejor que las tortas de centeno distribuidas por los templos durante las festividades en su hogar. Mejor que el pan negro duro y mohoso de su viaje como polizón. Mejor que toda la comida con la que había soñado durante innumerables noches de hambre… Comía bocado a bocado, masticando cada porción durante largo tiempo, reacia a tragar. Pero el pan era demasiado pequeño. Había pasado hambre durante días. Este poco no era ni de lejos suficiente. "Jamie." La voz débil de su madre sonó en su oído. Colocó suavemente su propio trozo de pan, del que solo había tomado un pequeño bocado, frente a Jamie: "Mamá no puede comer tanto… Ayuda a Mamá a terminarlo." Jamie levantó la vista hacia el rostro pálido y los ojos hundidos de su madre, sacudiendo la cabeza con firmeza: "Cómelo tú." Empujó suavemente la mano de su madre de vuelta: "Si comes más, te mejorarás más rápido." Hizo una pausa, envolvió con cuidado la mitad restante de su pan y lo guardó a salvo en la bolsa de tela contra su pecho: "Ya estoy llena. Guardaré esto para mañana." El vagón avanzaba a trompicones. Poco a poco, el silencio se apoderó del interior. Los refugiados se apoyaban unos en otros, sumergiéndose en un sueño cansado entre los vaivenes. De vez en cuando, bajos murmullos escapaban de los durmientes; de vez en cuando, surgía el tenue llanto de un bebé, rápidamente calmado por el suave arrullo de una madre. Jamie también durmió. Se acurrucó contra el delgado hombro de su madre, con ambas manos sosteniendo la pequeña bolsa que contenía las migas de pan. Soñó un sueño muy largo… En el sueño, por fin llegaba a la legendaria Ciudad de Susurro de Escarcha. Qué clase de ciudad era. Los muros brillaban dorados, en realidad estaban apilados con pan dorado y crujiente, emanando un aroma tentador. Sosteniendo la mano de su madre, cruzaba los portones. Por dentro, cada edificio era una casa de dulces construida de golosinas y frutas confitadas; una gran fuente rociaba leche rica y aromática. Con cautela, tocaba una casa, se lamía la yema del dedo… Era dulce. Entusiasmada, arrastraba a su madre hacia la torre más alta en el corazón de la ciudad. En la cima de la torre, un ángel de cabello plateado con alas de color blanco puro permanecía en silencio, con un semblante santo y hermoso, como la Diosa de la Luz en los templos. Entonces el ángel levantaba la mano y curaba la enfermedad de su madre. El ángel le decía que era una niña devota y que podía concederle un deseo. "¡Elementalista…! ¡Quiero convertirme en una Elementalista!" Jamie le gritaba al ángel: "¡Quiero ser tan fuerte como el Caballero de la Escarcha! ¡Quiero proteger a Mamá, y proteger a todos los demás que están desamparados como yo!" "¡Ese es mi deseo!" El ángel la contemplaba, con una sonrisa complacida en su rostro. Extendía la mano y presionaba suavemente su dedo contra la frente de la niña… "¡Pum!" El vagón se sacudió violentamente. Jamie se estrelló contra el costado, abriendo los ojos de golpe. El sueño había terminado. Dentro del carruaje, los refugiados se asomaban entusiasmados por las ventanas. Los jadeos y los vítores se sucedían uno tras otro: "¡Miren! ¡Allá!" "¡Es la Ciudad Susurro de Escarcha! ¡Esa es la Ciudad Susurro de Escarcha!" "Diosa de la Luz en las alturas… Esto… ¡¿esto es realmente la ciudad de un señor de la frontera?!" Jamie se frotó los ojos adoloridos y ayudó a su madre a sentarse erguida. Luego miró por la ventana. Al instante siguiente, abrió los ojos de par en par, llena de asombro.
Contrato de la Bruja de Hielo (Novela)

Continúa leyendo

Contrato de la Bruja de Hielo (Novela)

Capítulo 142

Siguiente Capítulo ›

Contrato de la Bruja de Hielo (Novela) Capítulo 141

Estás leyendo el capítulo 141 de Contrato de la Bruja de Hielo (Novela), un novela. “Con la protección como mi espada; con el deber como mi escudo”. “Hacia donde apunte la espada, la injusticia caerá; hasta donde llegue la escarcha, el inocente será protegido”. “Si rompo este juramento—” “¡Que el hielo… Este capítulo tiene publicado el 24 de agosto de 2026, Traducido por el grupo Nishino. Contrato de la Bruja de Hielo (Novela) tiene 205 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.