Leer Classroom of the Elite (Novela) Capítulo 122 online gratis en español
🏴 Grupo: Koko88✍️ Traducción: Koko88
Obligué a mi cuerpo, pesado y torpe, a perseguir a Ibuki-san bajo aquella lluvia torrencial. El cielo estaba cubierto de nubes tan densas que tapaban el sol, así que la visibilidad era mala. Aunque no podía verla, Ibuki-san había ido dejando huellas en el barro. Si me limitaba a seguirlas, acabarían llevándome hasta ella.
Había recorrido unos cien metros desde el campamento base, desviándose a veces a derecha o izquierda. De forma bastante inesperada, la encontré esperándome, como si supiera que iba tras ella. Por instinto me escondí, aunque probablemente no servía de nada.
—¿Qué haces, Horikita?
Ibuki habló sin siquiera darse la vuelta. Su voz serena atravesó limpiamente el sonido de la lluvia.
—Me di cuenta de que me seguías. ¿Por qué no sales de una vez?
—¿Cuándo te diste cuenta? —pregunté.
—Desde el principio.
Su respuesta breve tenía algo inquietante. Mi impresión de ella como alguien callado y taciturno no cambió, pero había algo diferente.
—¿Por qué me seguías?
—¿De verdad no lo sabes?
—No, no lo sé.
Casi parecía que aquí la mala era yo.
—Tú sabes perfectamente por qué te seguía, ¿no?
—De verdad no tengo ni idea de qué estás hablando.
Ibuki-san se volvió hacia mí y me miró directamente a los ojos. No vi en ellos ni el menor rastro de engaño. Casi me dieron ganas de disculparme. Después de todo, no tenía ninguna prueba. Solo mi intuición.
—¿Por qué iba a mentir? —insistió, como si hubiera percibido mi vacilación—. Por lo menos me gustaría oír de tus propios labios por qué me has seguido.
—El robo de la ropa interior y el incendio. La desgracia no deja de caer sobre la Clase D.
—¿Y?
—¿Te das cuenta de que hay gente que sospecha de ti?
—Ah. Bueno, supongo que como soy una de fuera, no puedo hacer mucho al respecto.
—De eso es de lo que estoy hablando.
—¿Estás diciendo que soy la culpable? ¿Tienes alguna prueba?
—Por desgracia, no tengo ni una sola prueba relacionada con el robo de la ropa interior. Pero creo que fuiste tú.
—Es una acusación bastante fea. ¿Sospechas de mí aunque no tengas pruebas?
Tuve que admitir que me impresionó lo bien que estaba manejando la situación. Había permanecido en segundo plano hasta el quinto día y había mantenido las distancias con la Clase D. Contra lo que cabría esperar, nadie sospechaba de ella.
—Sospecho de ti por lo de hoy. No hace falta que te explique por qué, ¿verdad?
Quería oírlo de boca de Ibuki-san. Si yo exponía todos los motivos de mis dudas, sería casi lo mismo que admitir mi identidad como líder. Aunque estuviera segura al noventa y nueve por ciento, mientras existiera un uno por ciento de posibilidades de que fuera inocente, tenía que evitar ser demasiado directa.
—Voy al grano. Quiero que me devuelvas lo que me has robado —le dije a Ibuki-san, de pie frente a ella y sosteniéndole la mirada.
—No sé de qué me hablas.
Tras responder así de escueta, echó a andar rápidamente. Yo la seguí, igualando su ritmo. Ibuki-san cambió de dirección y se internó hacia el centro del bosque.
—¿Adónde vas? —pregunté.
—Quién sabe.
Caminar recto ya era bastante difícil. Lo había aprendido bien durante los últimos días. Y en un tiempo como este, con tan poca visibilidad, aún más. Sin embargo, Ibuki-san parecía no darle la menor importancia. Yo tampoco podía echarme atrás, no después de haber llegado hasta allí para descubrir la verdad. Como había cometido un error, tenía que asumir la responsabilidad y resolverlo.
Tengo que reparar mi error. Tengo que reparar mi error.
Repetía esas mismas palabras una y otra vez en mi cabeza. No podía fracasar aquí. Además, también tenía que asumir mi responsabilidad por cómo había tratado a Karuizawa-san, con quien había sido especialmente agresiva. El corazón me latía con fuerza. Me costaba respirar. Poco a poco fui acortando la distancia entre Ibuki-san y yo. Según cómo se desarrollara la situación, quizá tendría que recuperar la tarjeta llave por la fuerza. Teniendo en cuenta mis habilidades, podría hacerlo bien. Puedo hacerlo bien. Puedo. Puedo.
Sabía perfectamente que no estaba calmada, pero tenía que hacer algo. No tenía a nadie más en quien apoyarme. Hasta ahora me había encargado yo sola de todo, y podía seguir haciéndolo igual. La lluvia y el viento eran algo más llevaderos dentro del bosque que a campo abierto. Pero a cambio, la visibilidad había empeorado aún más, y el terreno era todavía más traicionero. Además, tras girar a derecha e izquierda varias veces, perdí por completo el sentido de la orientación.
Pero mi mayor problema era mi estado físico. A cada segundo que pasaba me encontraba peor. Hasta entonces solo había tenido unas décimas, pero con la lluvia cayéndome encima había alcanzado mi límite. Mi enfermedad empeoraba por momentos.
Ibuki-san se detuvo y, de manera inesperada, alzó la vista hacia un árbol. Miró fijamente un único pañuelo, empapado por la lluvia, atado a una rama.
—¿Hasta cuándo piensas seguirme? ¿No crees que ya va siendo suficiente?
—Hasta que me devuelvas lo que me has robado.
—¿Por qué no te calmas y piensas un poco? Si yo hubiera robado la tarjeta llave, ¿crees que seguiría llevándola encima? Si alguien me viera con ella, me descalificarían al instante. Al final perdería puntos yo también, ¿no?
Yo solo le había pedido que me devolviera lo que me había robado. No había mencionado ni una sola vez ninguna tarjeta llave. Ibuki-san acababa de delatarse ella sola. Cuando estaba a punto de señalarlo, Ibuki-san esbozó una sonrisa fina que dejó ver sus dientes blancos.
—Has pensado que acabo de confesar, ¿verdad? Te equivocas.
—¿Qué quieres decir?
—Me he cansado de hablar contigo.
Ibuki-san se agachó y empezó a cavar en el suelo con las dos manos.
—Ah… ah…
Asaltada por un mareo intenso y unas náuseas insoportables, apoyé la espalda contra el árbol que tenía al lado.
—Tu estado ha empeorado mucho, ¿verdad?
Ibuki-san se giró para mirarme. Pero enseguida volvió a concentrarse en lo que estaba haciendo.
—Ah… Ah… Ugh…
Intentaba controlar la respiración, pero ya no podía. El chándal, empapado por el aguacero, me robaba el calor del cuerpo. Había estado resistiendo las ganas de tumbarme y descansar, pero ya ni siquiera podía mantener la cabeza erguida. Teniendo en cuenta el estado de mis fuerzas, no me quedaba otra que luchar.
—Ibuki-san. Voy a registrarte con todos los medios que tenga. ¿No te importa?
Ibuki-san dejó de cavar, se puso en pie y se acercó a mí.
—¿Con todos los medios que tienes? ¿Podrías ser un poco más concreta? ¿Te refieres a que vas a recurrir a la violencia?
—Esta es tu última advertencia. Devuélvela…
Había querido evitar los métodos coercitivos, pero ya no quedaba otra. No quería mostrarle a nadie este lado de mí…
Recordé lo de antes, el incidente con Sudou-kun, cuando había golpeado a unos alumnos de la Clase C. Aquello había acabado en un juicio dentro de la escuela. En ese momento yo había condenado a Sudou, que se había visto atrapado en toda clase de problemas inesperados. Entonces lo abandoné, y ahora estaba recibiendo mi merecido. Que yo misma estuviera considerando resolverlo con violencia resultaba ridículamente irónico.
—¿Mi última advertencia, eh? Ah, ya veo. Ya lo entiendo. ¿Por qué no consigues lo que quieres?
Soltó la mochila al suelo y levantó ambos brazos, adoptando una postura de rendición. Estaba siendo obediente, pero en su cara no había rastro de resignación. Aun así, no podía dejar pasar aquella oportunidad. Alargué la mano para comprobar la bolsa.
En ese instante, la esbelta pierna de Ibuki-san salió disparada hacia mi cara. Lo poco de lucidez que me quedaba me salvó. Salté hacia atrás y esquivé su patada. El barro salpicó alrededor mientras yo adoptaba una postura defensiva, alzando ambos brazos.
—Vaya, eres buena —dijo.
—Usar la violencia implica descalificación inmediata…
—¿Te refieres a que alguien podría vernos aquí? ¿No estabas tú también dispuesta a recurrir a la violencia?
Mientras me preguntaba por qué sonreía con aquella expresión tan taimada, de repente me agarró por los hombros y me tiró al suelo. Ante una acción tan inesperada no pude reaccionar y me desplomé en el barro.
—¿Quieres un momento para descansar? —preguntó.
Yo estaba en el suelo, ya herida, y ella me miraba desde arriba con una mueca de desprecio. Su cara se veía borrosa. Ibuki-san me agarró del cuello de la chaqueta y me levantó a tirones. Si me golpeaba así, perdería la consciencia sin remedio. Me escurrí de su agarre y rodé por el suelo para zafarme. Traté desesperadamente de incorporarme saliendo del barro. Fue la primera vez que agradecí de verdad haber practicado artes marciales.
—¿Oh? Vaya, sí que sabes moverte. Y bastante bien, sorprendentemente. ¿Practicas o algo?
Ibuki-san, sin alterarse ni lo más mínimo, parecía sinceramente impresionada mientras me evaluaba. Había percibido mis conocimientos de artes marciales, y probablemente ella tampoco era una simple aficionada. ¿Cómo podía responder sin dejar traslucir que me encontraba en el peor estado posible?
—He sido… un fracaso absoluto de principio a fin en este examen.
No había aportado ni una sola cosa a la Clase D. Si acaso, probablemente había sido una carga. Todos los demás, esforzándose al máximo, se habían visto arrastrados por mi mal estado físico. Ojalá se lo hubiera dicho desde el principio. Podría haber pedido que otra persona se convirtiera en líder, ya que yo no me encontraba bien. Habría bastado con negarme. Pero mi orgullo se interpuso, y eso era imperdonable.
Me burlaba de los demás. Detestaba lo inútil, lo tachaba de incompetente, cuando la inútil era yo. Ja, ja… solté una risa seca dentro de mi cabeza. ¿De verdad seguía poniéndome excusas?
—Fuiste tú, ¿verdad? Tú robaste la tarjeta llave.
Ibuki-san dejó de moverse. Yo recorté la distancia entre las dos. Fingió que iba a lanzar un golpe con el brazo derecho, pero en realidad soltó una patada alta y rápida. La esquivé y alargué el brazo para contraatacar. Ibuki-san percibió el peligro y evitó mi ataque. A continuación enlazó con el siguiente, en un vertiginoso intercambio de ofensiva y defensa.
El suelo en aquella zona era terrible, pero ella no parecía preocuparse por su juego de pies. Estaba claro que tenía habilidad. Además, no mostraba el menor reparo en herir a alguien. Ibuki-san sonreía enseñando los dientes blancos, como si aquello le divirtiera. Nunca habría imaginado verla con una sonrisa tan grande.
De tanto moverme, el frío y las náuseas me golpeaban con violencia. Apenas podía mantenerme en pie.
—Te has esforzado mucho hasta ahora. Así que te diré la verdad como recompensa. Sí, robé la tarjeta.
Ibuki-san metió la mano en el bolsillo y sacó lentamente la tarjeta. Me enseñó el lado en el que estaba grabado mi nombre.
—Has soltado la verdad con bastante facilidad.
—Ya no importa que lo admita o no. No hay pruebas de que haya usado la violencia contra ti. No es como si la escuela pudiera emitir aquí un juicio. ¿No es así?
Ibuki-san había leído perfectamente la situación. Nada permitiría a la escuela percibir esto tal como realmente era. Aunque solo yo saliera herida, Ibuki-san podía decir lo que quisiera para escabullirse. Incluso si me quejaba, ambas seríamos castigadas. Y la Clase D tenía puntos que perder.
Pero si conseguía recuperar la tarjeta llave, quizá todavía podríamos salvarnos. Si obteníamos una prueba tan sólida, la Clase C se vería obligada a admitir lo que había hecho.
Sus huellas dactilares estaban en la tarjeta. Tal vez podríamos sostener que había sido robada de verdad. Si sacábamos la verdad a la luz, quizá la escuela investigaría el asunto a fondo. No podía renunciar a esa esperanza. Sin embargo, no podría recuperar la tarjeta a menos que derrotara a Ibuki-san. Pero dudaba que fuera tan estúpida como para cometer un error evidente.
Si escapaba, probablemente no volveríamos a encontrar la tarjeta jamás. Y si eso pasaba, no podríamos demostrar que había sido robada. Ya no me quedaban fuerzas para seguir corriendo detrás de ella. Es más, ni siquiera tenía fuerza para cerrar los puños. Pero tenía que aprovechar hasta la última pizca de energía que me quedara.
No sabía si Ibuki-san tenía prisa por algún motivo o si simplemente me estaba subestimando, pero se lanzó al ataque sin pensárselo, como un cazador disfrutando de una presa fácil. Sus ojos se dirigieron a mis pies, pero fue una finta. Mientras yo me concentraba en la mitad inferior de su cuerpo, soltó de inmediato un golpe hacia mi cara. Lo esquivé por muy poco, pero pasó tan cerca que me rozó el pelo.
Aproveché su propio impulso y apliqué un poco de fuerza. Ibuki-san perdió el equilibrio, aunque no lo suficiente como para caerse. Intenté sujetarla del brazo, pero entendió lo que pretendía y se escurrió de mi agarre. Probablemente se dio cuenta de que intentaba usar su propia fuerza y velocidad en su contra. Reuniendo las últimas fuerzas que me quedaban, le clavé el puño izquierdo en el plexo solar.
—¡Ah!
Ibuki-san se quedó sin aire y cayó de rodillas, claramente presa del dolor. Al mismo tiempo, mis fuerzas físicas llegaron a su límite y mi campo de visión empezó a deformarse. No podía perseguirla, así que me limité a mantenerla controlada.
—Esto es lo peor… ya estoy… al límite…
Ya antes me encontraba mal, pero haberme forzado hasta ese punto lo había vuelto todo irremediable. Aun así, no podía desplomarme allí. Mi ataque había sido superficial, no lo bastante fuerte como para dejarla fuera de combate.
—No lo entiendo… Yo pensaba que estabas implicada.
Ibuki-san se levantó mientras se limpiaba el barro de la cara.
—¿Implicada? ¿En qué? —pregunté.
Ibuki-san pareció vacilar un instante, pero luego murmuró:
—Yo no quemé el manual.
—¿A estas alturas piensas seguir mintiendo?
—¿Qué ganaría quemándolo? Era inevitable que, tras ese alboroto, la gente empezara a buscar al culpable. Además, las sospechas recaerían sobre mí con bastante fuerza. No había nada que ganar y sí mucho que perder.
—Eso…
Desde luego, lo que decía Ibuki-san tenía sentido. Ella había robado la tarjeta llave antes de que se declarara el incendio. No había tiempo suficiente para que quemara el manual a propósito y además avivara las llamas. Pero entonces, ¿quién lo había hecho? ¿Qué significaba haber quemado el manual?
—He hablado contigo dando rodeos para confirmar algo. Tú eres distinta. Pero supongo que esto te costará mucho aceptarlo. ¿Crees que está en la Clase D? Hay un tipo que me descubrió antes que tú.
Ibuki-san soltó un suspiro, como exasperada.
—Entonces… no me digas que…
Justo después de que esa persona surgiera en mi mente, me di cuenta de que Ibuki-san había desaparecido. Al instante siguiente, un objeto contundente me golpeó la cabeza y me derribó con violencia.
—Esta conversación ha terminado.
Tenía que levantarme, así que empecé a impulsarme hacia arriba. Ibuki-san me barrió la mano con el pie derecho de forma ligera, haciéndome caer otra vez. Luego me agarró del flequillo y tiró de mí hacia arriba.
—S-suél…tame…
—Lo siento. Tengo muchas cosas que hacer.
Me dio unas palmadas ligeras en la mejilla con la mano derecha. Mi mente y mi cuerpo estaban al límite, mis movimientos eran torpes, y me era imposible detenerla. Logré soltarme de la mano que me sujetaba el flequillo. Intenté ponerme en pie y cerrar la distancia entre nosotras. Pero se me enredaron los pies y las fuerzas se me agotaron, así que me desplomé una vez más.
—¿Crees que permitirán métodos coercitivos como este? —murmuré.
—Vamos, no me apetece responder a eso.
Cuando volví a acercarme, levantó la pierna en alto y me pateó la cara.
¿Cuántas veces iba a repetir esa misma frase? Yo… había cometido un error terrible. Y al intentar arreglarlo por mi cuenta, lo había convertido en una situación que ya no tenía arreglo.

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Classroom of the Elite (Novela)
Capítulo 123
Classroom of the Elite (Novela) Capítulo 122
Estás leyendo el capítulo 122 de Classroom of the Elite (Novela), un novela. Kiyotaka Ayanokouji se ha inscrito en la Preparatoria Metropolitana de Educación Avanzada, donde se dice que el 100% de los estudiantes van a la universidad o encuentran empleo. Pero termina en Clase 1-D, que está lleno… Este capítulo tiene publicado el 4 de mayo de 2026, Traducido por el grupo Koko88. Classroom of the Elite (Novela) tiene 159 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.