Leer ¡Camino Marcial! (Novela) Capítulo 47 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Mellado murió sin cerrar los ojos, con las pupilas completamente dilatadas por el espanto.
"¿Acaso ya me cayó encima el respaldo del Tercer Amo?".
Tras liquidar a un experto de la Membrana Negra de un solo golpe, Li Xiuwen le arrancó la máscara de demonio y contempló aquel rostro desconocido: jamás lo había visto antes.
"Hay que admitir que este 'Polvo Devastador del Alma', fórmula secreta exclusiva del viejo Huang, es verdaderamente infalible en el combate real".
Amparado por la solitaria penumbra, Li Xiuwen cargó con el cadáver del enmascarado y desapareció a toda prisa.
Al reaparecer, se encontraba de vuelta en las familiares cloacas. A lo lejos titilaban unos tenues destellos verdosos como fuegos fatuos: eran los cocodrilos.
Li Xiuwen registró minuciosamente el cuerpo; de pies a cabeza, el sujeto apenas llevaba encima unos míseros cien yuanes en calderilla. Por supuesto, en esta época nadie en su sano juicio solía cargar grandes fortunas por la calle, al no existir bolsas de almacenamiento interdimensional ni nada semejante.
En medio de la oscuridad, un brillo dorado asomó en la boca del difunto. Li Xiuwen le abrió las mandíbulas y descubrió un diente de oro engarzado.
"Una buena pieza". Arrancó el diente de oro de un tirón y arrojó el cadáver hacia las aguas estancadas, sonriendo con desdén: "Muchachos, hora de comer".
Apenas cayeron las palabras, una enorme sombra emergió de las profundidades, atrapó el cuerpo entre sus fauces y se sumergió con él.
Li Xiuwen tomó otra ruta para salir de las alcantarillas. Para cuando eliminó al Tercer Amo, ya se había aprendido de memoria cada recoveco de la red subterránea que conectaba con la Avenida Longjin.
"Cúspide de la Membrana Negra, un diente de oro, actuaba bajo las órdenes de alguien y apestaba a humo de tabaco y opio... Con estas pistas tal vez logre averiguar quién está detrás".
...
De regreso en la Fábrica de Fideos Chenji, su tía y su tío se encontraban sanos y salvos.
"¿Ha venido alguien extraño a la casa estos días?", preguntó Li Xiuwen.
"Nadie...", respondió la tía sacudiendo la cabeza, para luego inquirir con preocupación: "¿Ocurrió algo malo?".
Li Xiuwen advirtió: "En este tiempo procuren salir lo menos posible a la calle. Si pasa cualquier cosa, llamen de inmediato por teléfono al gimnasio".
Los ojos de la tía se abrieron de golpe; miró a su alrededor con inquietud y preguntó en un susurro tembloroso: "A-Wen, ¿estás bien?".
Li Xiuwen tranquilizó: "No pasa nada. Más adelante nos mudaremos al Distrito Central; bajo la atenta mirada del Señor Ming, esa zona es comparativamente mucho más segura".
La tía asintió con presteza: "De acuerdo, haremos todo lo que digas".
...
Ya avanzada la noche.
Recostado sobre la cama, Li Xiuwen se levantó la camiseta para dejar al descubierto las cinco marcas violáceas sobre su abdomen, donde la sangre ya había formado costra.
Aún sentía una punzada de alarma en el pecho: era la primera vez desde que se adentró en el Camino Marcial que sufría una lesión superficial de semejante... gravedad.
Menos mal que su Técnica de la Armadura Atada estaba a punto de alcanzar el Logro Menor y que aquel sujeto pretendía capturarlo vivo sin emplear toda su fuerza; de lo contrario, ese puñetazo reforzado con puño de acero le habría reventado las vísceras por completo.
Dirigió la mirada hacia el \[Quemador de Incienso\]:
\[Técnica de la Armadura Atada: Iniciación (91%)\]
Si hubiera sido un Qigong Duro del nivel de la membrana cutánea como la Camisa de Hierro, ¿cómo demonios iba a desplegar semejante resistencia defensiva en el nivel de Iniciación? ¡La Técnica de la Armadura Atada hacía honor a su estatus como un método supremo que conducía directamente al Paso del Tigre y el Elefante!
Li Xiuwen reflexionó con frialdad: "El enemigo pecó de arrogante; seguramente todavía asumía que yo estaba en la Membrana Púrpura".
Si hubieran sabido que ya dominaba la Membrana Negra, sin duda habrían enviado a un experto del Segundo Paso. Esa era la razón de ser de la estricta regla del Gimnasio Sihai: sin el consentimiento del propio interesado, estaba terminantemente prohibido revelar el cultivo y el reino marcial real de los condiscípulos. El viejo Huang tenía toda la razón: en esta ciudadela era imperativo reservarse cartas, dosificar lo que se mostraba y actuar siempre con el más estricto perfil bajo.
La presencia de un enemigo oculto en las sombras volvía a colgar una espada sobre la cabeza de Li Xiuwen, justo cuando por fin empezaba a saborear una vida apacible.
"La prioridad absoluta es acceder al segundo piso y convertirme en discípulo oficial de Huang Sihai; así la gente común no se atreverá a meterse conmigo".
Pasó la noche en vela: ¿cómo iba a atreverse a pegar ojo ante el temor de que los atacantes irrumpieran directamente en la Fábrica de Fideos Chenji? Por fortuna sus temores no se materializaron; a la mañana siguiente el sol se alzó como de costumbre, aunque dentro de la ciudadela la luz jamás alcanzara a penetrar.
...
Durante el día, de camino al Gimnasio Sihai.
Li Xiuwen evitó su trayecto habitual; decidió que en adelante variaría su ruta todos los días. Si algo sobraba en la ciudadela eran los callejones y las estrechas hendiduras entre los edificios por donde escurrirse, ofreciendo incontables caminos alternativos.
Al cruzar por un callejón apartado, tres maleantes escuálidos estaban moliendo a golpes a una persona:
"¡Viejo decrépito! ¡¿Cómo te atreves a robarnos el polvo?! ¡Muérete de una vez!".
"¡Mírate nada más qué pinta tan miserable tienes! ¡Si tú fueras el vástago de una ilustre estirpe marcial, entonces yo sería el mismísimo Emperador de Jade!".
La víctima era un anciano encorvado hecho un ovillo en el suelo, protegiéndose la cabeza con los brazos y soportando los castigos sin soltar una sola queja.
Terminado el desahogo, los tres bribones vieron a Li Xiuwen observando la escena desde una esquina y soltaron una carcajada burlona: "Oye, mocoso, ¿qué demonios miras?".
Li Xiuwen ni se molestó en responderles; avanzó a paso firme y clavó la vista en el viejo moribundo en el suelo. Le pareció haberlo visto en una ocasión anterior: era aquel adicto al opio que pregonaba a los cuatro vientos poseer un arte marcial divino sin parangón. El anciano tenía el cráneo descalabrado y la sangre empapaba el pavimento a su alrededor.
Al ver que Li Xiuwen lo ignoraba por completo, uno de los maleantes enfureció. Se acercó al trote y le propinó un violento empujón, pero descubrió con pasmo que el joven no se movía ni un solo milímetro.
Li Xiuwen se limitó a lanzarle una mirada gélida y desapasionada: "Atrévete a empujarme otra vez".
El maleante comprendió al instante que estaba frente a un artista marcial consumado; cayó de rodillas de inmediato con un golpe seco, mientras los mocos y las lágrimas le brotaban al unísono:
"¡Gran señor, nos equivocamos! ¡Este es todo el dinero que tenemos para salvar el pellejo, perdónenos la vida!".
Los granujas se vaciaron los bolsillos a toda prisa y le extendieron todas sus monedas a Li Xiuwen: sumaban apenas trescientos yuanes.
Tomando el dinero, Li Xiuwen sonrió de medio lado y comentó: "Veo que son listos... ¿Tienen algún líder al que respondan?".
Los maleantes sacudieron la cabeza con desesperación: "Gran señor, nosotros nos criamos en esta misma calle, somos simples granujas de pacotilla sin bases marciales; ningún jefe nos quiere bajo su mando".
Li Xiuwen asintió y rio entre dientes: "En fin, ya que no tienen a nadie que los guíe, permítanme darles una lección para enseñarles cómo sobrevivir dentro de la ciudadela".
Los pillos creyeron que el gran señor había decidido dejarlos marchar y se deshicieron en gestos de gratitud: "¡Muchas gracias, gran señor!".
De pronto, Li Xiuwen descargó la palma de su mano.
¡Plaf, plaf, plaf!
Tres bofetadas fulminantes.
Los tres maleantes salieron despedidos por los aires hasta estrellarse contra la pared, cayendo al suelo escupiendo espuma sanguinolenta, con la cabeza zumbándoles entre estrellas y sangrando abundantemente.
Se acercó a uno de ellos que yacía moribundo, lo sujetó del cuello de la camisa y lo levantó en vilo con una sonrisa tranquila: "¿Llegaron a comprender algo?".
Sintiendo la cercanía inminente de la muerte, los maleantes se orinaron del pánico; empapados en sus propios orines, gimotearon entre sollozos: "¡Gran señor, díganoslo directamente, por piedad! Somos unos idiotas ignorantes, ¡no entendemos nada!".
Li Xiuwen sentenció con voz grave: "La lección es que la armonía es lo más valioso y se debe tratar al prójimo con cortesía... para evitar provocar a quien no deben y terminar muertos a golpes. ¿Les quedó claro?".
Con expresiones más amargas que un llanto desconsolado, los maleantes balbucearon: "Gran señor, lo entendimos... lo entendimos".
"Si lo entendieron, lárguense rodando... y que no vuelva a verlos ante mis ojos".
"¡Sí, nos largamos rodando ahora mismo!".
Los bribones se dejaron caer sobre el suelo y se arrastraron rodando para escapar; el impacto contra el muro les había fracturado las piernas, dejándolos lisiados de por vida.
Viendo la pasmosa velocidad con la que se habían arrodillado a suplicar piedad, resultaba evidente que no era la primera vez que se metían con un artista marcial. Solo cabía decir que hay gente a la que ni las palizas le sirven de escarmiento. Con ese golpe que les propinó, aquellos tres cascarones vacíos consumidos por el opio difícilmente pasarían del día de mañana en una ciudadela carente de toda ley. Lo más probable era que terminaran devorados por otros maleantes o adictos al opio, y las pocas "piezas" útiles de sus cuerpos serían vendidas en el mercado negro para comprar más droga.
Li Xiuwen consideraba que había obrado con piedad al permitirles escapar de su miseria sin tormentos prolongados; de haber sido alguien más sanguinario, les habría arrancado las cabezas de cuajo para usarlas de orinales sin dejarles ni un cadáver completo. No había otra salida: en estos tiempos, la ciudadela estaba plagada de necios con el juicio corroído por el opio que hacía mucho habían perdido la razón y el discernimiento.
"Eres tú...", murmuró el viejo demente abriendo los ojos mientras contemplaba a Li Xiuwen. "Aprendiste artes marciales".
"Vaya, veo que todavía te acuerdas de mí", respondió Li Xiuwen con cierta sorpresa.
"Soy descendiente de una ilustre estirpe marcial; desde niño me instruí en los textos clásicos y tengo una memoria privilegiada". Al borde de la muerte, el tono del viejo demente había perdido su desvarío habitual, hablando con la compostura de un hombre lúcido.
En el pasado, Li Xiuwen habría descartado semejante afirmación como una sarta de patrañas. En la ciudadela abundaban refugiados de los cuatro confines del mundo; aquellos que se autoproclamaban vástagos de linajes marciales o de la nobleza de la dinastía anterior se contaban por centenares. El noventa y nueve coma nueve por ciento eran simples embaucadores que huían en cuanto atrapaban un centavo.
Sin embargo, tras tratar con el viejo Chen, su perspectiva había variado sensiblemente. Hacía un siglo, los monarcas extranjeros con sus artistas marciales monstruosos y sus cañones de fuego abrieron las puertas del Gran Imperio Gan a la fuerza; en aquella interminable contienda bélica, incontables estirpes marciales quedaron reducidas al polvo del olvido.
"¿Y a qué ilustre estirpe marcial pertenecías?", preguntó Li Xiuwen con una leve sonrisa.
El viejo loco guardó silencio unos instantes antes de romper a llorar; con las lágrimas mezclándose con los regueros de sangre en su rostro, murmuró: "Ya no lo recuerdo...".
"¿Y qué hay de ese método supremo de cultivo que heredaste de tus ancestros en el Estado de Sheng? Te lo compro".
Llevado por la curiosidad de probar suerte, Li Xiuwen extrajo un billete de cincuenta yuanes y se lo ofreció al anciano. Siendo ya un artista marcial consagrado, no temía que el viejo intentara engañarlo; en el peor de los casos le bastaba con darle una paliza mortal y recuperar su dinero.
El viejo demente tomó el billete y preguntó con voz apagada: "¿Alcanza esto para pagar un ataúd?".
Li Xiuwen sacudió la cabeza: "No alcanza".
"Olvídalo entonces". El viejo demente negó con la cabeza y le devolvió el dinero.
Tras toser levemente, añadió: "Muchacho, a juzgar por tu acento, ¿tú también provienes del Estado de Sheng?".
"Así es".
"¿Acaso piensas regresar algún día?".
"Regresaré".
El Estado de Sheng constituía la cuna de todas las escuelas del Camino Marcial en Xianghai, la auténtica patria de las artes marciales. Cuando contara con el poder necesario, Li Xiuwen ciertamente pensaba visitarlo para contemplar su grandeza.
"Si algún día tus pasos te llevan al Estado de Sheng, te ruego que lleves este objeto a la provincia de Qizhou en la tierra de Lu, al Monte de los Mil Budas... Solo recuerdo que provengo de allí...".
Con esas palabras, el viejo demente se quitó su zapato destrozado, retiró la fétida plantilla apestosa y, de entre las capas ocultas, extrajo un retazo de tela de seda dorada...
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• Novela: ¡Camino Marcial! (武道!)
• Título en inglés: Martial Dao!
• Autor: Tian Li (田隶)
• Traducción del chino al español: Inmensurable
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Estás leyendo el capítulo 47 de ¡Camino Marcial! (Novela), un novela. Ciudades amuralladas, fumaderos de opio, distritos rojos, casinos, tríadas, grandes detectives... Li Xiuwen transmigró a Xianghai, bajo el dominio del gobierno colonial. En este mundo, aún permanecen los vestigios del… Este capítulo tiene publicado el 9 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. ¡Camino Marcial! (Novela) tiene 107 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.