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Leer Camino del Extra (Novela) Capítulo 435 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Ya exhausto y sin aliento por el simple hecho de caminar, Azriel chocó contra la pared de un pasillo iluminado por antorchas de llama plateada. Apoyó el hombro en la piedra e intentó recuperar el aliento. "Ah, joder..." Escupió sangre al suelo y luego se limpió la boca con una mano que ya estaba cubierta de sangre seca. "Me sacó de quicio..." Necesitaba ducharse. Apestaba. Se sentía inmundo. Le daban ganas de erizar la piel bajo la mugre, la sangre, el sudor y todo lo demás que se le pegaba. "¿Luchar hasta el final?" Azriel soltó una risa amarga y entrecortada. "Decir eso sin tener ni idea... ¡Me cabrea de verdad, maldita sea!" No esperaba que las palabras de Celestina le irritaran tanto. Por suerte, la irritación le proporcionó otra cosa. Energía. No mucha. Pero suficiente. Impulsado únicamente por el rencor, Azriel apoyó el brazo contra la pared y se empujó hacia adelante. Empezó a caminar de nuevo. Entonces su visión parpadeó. Por un instante, el pasillo que tenía delante cambió. Las llamas plateadas que ardían en las antorchas se intensificaron violentamente, derramándose sobre las paredes y el techo. En un instante, todo el pasillo quedó sumergido en fuego plateado. Lo consumió todo. La piedra. El aire. El mismísimo Azriel. Entonces parpadeó. Y todo volvió a la normalidad. Azriel se detuvo en seco. Por un instante, dudó. Luego, hizo sonar el frasco de plata y bebió de él. "Haa..." Exhaló suavemente, sintiendo un leve alivio. Su mente se sentía un poco más tranquila, o quizás simplemente más serena, mientras seguía caminando con el frasco en la mano. Cuando giró hacia otro pasillo, casi se le sale el pecho del susto. Azriel dio un salto hacia atrás y casi tropezó al sentir un dolor agudo que lo atravesó. Allí, apoyado contra la pared con los brazos cruzados y los ojos cerrados, estaba otro él mismo. Las lágrimas se deslizaron por debajo de esos párpados cerrados. "Oh, Orfeo..." Su otro yo susurró el nombre como si estuviera de luto. Azriel permaneció inmóvil, cauteloso e inseguro. Cantaste hasta que el inframundo quedó en silencio, hasta que el asfódelo se inclinó y los muertos, esas criaturas dolorosas, olvidaron el silencio de sus tumbas. Llevaste su nombre a través de salas ctónicas y piedras sin aliento, más allá de ríos negros, más allá de dioses de ojos despiadados, más allá de cada umbral que el amor jamás debió cruzar. '¿Orfeo... de la mitología griega?' Azriel reconoció la historia. Su otro yo continuó. «Oh, Orfeo. Y allí estaba ella detrás de ti: Eurídice, suave como una plegaria desvanecida, lo suficientemente cerca para herirte, lo suficientemente lejos para dudar. Oh, Orfeo, tenías una sola orden. No mires atrás.» Las lágrimas seguían cayendo. "Oh, Orfeo, ¿por qué lo hiciste? ¿Era demasiado vasto el silencio? ¿Eran sus pasos demasiado fantasmales, demasiado tenues, demasiado parecidos al dolor disfrazado de misericordia? ¿Se volvió insoportable la esperanza misma cuando caminó tras de ti sin voz?" Azriel se sentía como si se estuvieran burlando de él. Frustrado. Jugó con él. Apretó los dientes y pasó de largo. Detrás de él, su otro yo continuaba con ese mismo tono triste. «Oh, Orfeo. No te desviaste porque tu amor fuera débil, sino porque era voraz. Porque el amor, cuando se le priva de alimento durante demasiado tiempo, no puede vivir solo de fe. Debe ver. Debe saber. Debe destruirse a sí mismo contra la verdad.» Azriel no quería escuchar. Pero aun así, con una voz aún más baja, escuchó el final. "Y en esa única y catastrófica mirada, ella se desvaneció: primero en la sombra, luego en la canción, luego en la inconmensurable ausencia que tu música jamás podría redimir." Por fin, no se oyeron más palabras. Azriel ya no escuchó a su otro yo detrás de él. De hecho, ni siquiera sabía si ese otro yo era el mismo que había conocido en la mesa de la arena. Tal vez... Quizás ninguna de ellas era real. Azriel se burló. Luego dio otro sorbo a su petaca y siguió caminando. "Supongo que ya es oficial..." Bebió una vez más y dejó escapar un suspiro cansado. "Lo he perdido." En cuanto pronunció esas palabras, su visión volvió a nublarse. Llamas plateadas volvieron a consumir el pasillo. Esta vez, también, Azriel fue engullido por ellos. Pero nada se quemó. Se miró a sí mismo, al fuego que lo devoraba sin calor, sin dolor. Entonces parpadeó. Y desapareció. Curiosamente, Azriel lo aceptó con calma. Fue extraño. Monstruoso. Aterrador, probablemente. Pero estaba demasiado agotado mentalmente como para encontrar la fuerza para preguntarse qué nueva y retorcida cosa le estaba sucediendo. Así que caminó. Entonces volvió a parpadear. Otro hombre, igual que él, estaba de pie en medio del pasillo, con los brazos cruzados. Este también parecía estar de luto por alguna pérdida insoportable. Azriel chasqueó la lengua y siguió caminando. Pero al mirar aquel rostro, su mano libre se cerró en un puño. En el instante en que su otro yo abrió la boca, el puño de Azriel se lanzó hacia adelante. "¡Sal de mi cabeza!" Gritó esas palabras con rabia. Entonces algo cambió. Antes de que Azriel pudiera comprender lo que había sucedido, su puño quedó incrustado en la pared. A su alrededor se extendieron grietas como una telaraña. Su otro yo estaba ahora a su lado, apoyado despreocupadamente contra la piedra con los brazos cruzados. Las lágrimas también corrían por su rostro. Observó a Azriel con unos ojos tan frágiles que parecían a punto de romperse en mil pedazos con un simple roce. "Oh, Arthur..." Su otro yo dijo. Azriel retiró el puño con cierto esfuerzo. El polvo caía de la piedra agrietada y se depositaba sobre sus nudillos, que palpitaban de dolor. Miró fijamente a su otro yo. Su otro yo no parecía afectado en absoluto por la mirada de Azriel. Fuiste coronado por una espada que ningún niño debería haber tocado, bajo un cielo ya cargado de presagios, mientras Gran Bretaña se arrodillaba no ante un niño, sino ante la carga oculta en su sangre. Construiste Camelot con juramentos y luz de velas, con acero brillante, estandartes sagrados y la creencia imposible de que los hombres podían volverse nobles con solo sentarse como iguales alrededor de una mesa. Una risa hueca e incrédula escapó de la garganta de Azriel. 'Esto no puede ser real...' Sus labios se curvaron con aún más incredulidad. "Solo... ¿cuántos poemas me vas a contar?" Por supuesto, Azriel también conocía esta historia. Era tan famoso que hasta un tonto analfabeto habría oído hablar de él. —En lugar de hablar del rey Arturo —dijo Azriel, con la voz cada vez más cortante—, ¿qué tal si me explicas cómo sabes que me quedan menos de cuarenta y ocho horas de vida? Su otro yo, por supuesto, no respondió. «Oh, Arturo, insensato. Por un tiempo, así fue. Tus caballeros brillaban como estrellas prestadas. Excalibur ardía a tu lado. Ginebra sonreía junto a ti como la primavera hecha carne, y Lanzarote, tu amada espada, tu hermano en todo menos en sangre, permanecía junto a tu trono con devoción en sus ojos y traición dormida en su corazón.» La expresión de Azriel se tensó. "Oh, Arturo, ¿lo sabías? ¿Acaso alguna parte silenciosa de ti escuchó la fractura antes de que partiera la piedra? ¿Sentiste cómo Camelot se pudría bajo su oro, cómo el amor se volvía clandestino, cómo la lealtad se convertía en vergüenza, cómo la profecía afilaba sus dientes en la oscuridad?" La voz de su otro yo tembló, pero no se quebró. "No fuiste destruido por monstruos. Ni por dragones. Ni por reyes extranjeros ni por guerras sin nombre. Fuiste arruinado por las manos en las que confiaste, por la mujer que amaste, por el hijo que nunca debiste haber engendrado, por el sueño al que te aferraste con tanta fuerza que sangró entre tus dedos." Su otro yo bajó la mirada y murmuró, con un tono casi desconsolado. «Y en Camlann, bajo aquel cielo ceniciento y fúnebre, cuando Mordred se alzó ante ti como tu propio pecado hecho carne, ¿lo comprendiste finalmente? Que los reinos no mueren gritando. Mueren recordando lo que desearon ser.» Las lágrimas seguían cayendo. "Oh, Arturo. Lo derribaste. Él te vengó. Y así cayó el rey, no como un tirano, no como un santo, sino como un hombre exhausto al borde del mito, viendo cómo su mundo perfecto se derrumbaba en lodo, sangre y silencio." Siguió el silencio. Entonces su otro yo volvió a hablar, más suavemente. "Excalibur regresó al lago. Avalon se abrió como una herida. Y en algún lugar más allá de la niebla, el rey que fue y será cerró los ojos, aún esperando un país que jamás volvería a merecerlo." Azriel suspiró y negó con la cabeza. "No entiendo el sentido de esto..." No tenía sentido. Ninguna en absoluto. Eran solo poemas. Hermoso. Triste. Y sin embargo... Sin sentido. Entonces Azriel se dio por vencido y se marchó. Fue entonces cuando oyó a su otro yo susurrar, con voz inconsolable, otro nombre que reconoció. Un nombre que hizo que Azriel se detuviera. Sus ojos se abrieron de par en par. "Oh, Lucifer..." Una pausa. Luego, aún más suave, "Oh, Samael..."
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Camino del Extra (Novela) Capítulo 435

Estás leyendo el capítulo 435 de Camino del Extra (Novela), un novela. Tras un trágico accidente que se cobró la vida de sus padres y su hermana pequeña, Leo, con solo 17 años, se vio obligado a asumir todas las responsabilidades él solo. Por algún milagro, sobrevivió los últimos cuatro… Este capítulo tiene publicado el 5 de agosto de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Camino del Extra (Novela) tiene 452 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.