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Leer Camino del Extra (Novela) Capítulo 424 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
"Puaj..." A Jazmín le palpitaba la cabeza. Sin pensarlo, se la agarró con ambas manos y dejó escapar un leve gemido de dolor. 'Esto me da una sensación de déjà vu...' Al sentir la nuca apoyada contra una piedra lisa y fría, los ojos de Jazmín finalmente se abrieron lentamente. "¿Eh...? ¿Dónde... dónde estoy ahora?", preguntó, con la voz temblorosa por la confusión. "Este es un jardín que solía visitar siempre que quería despejar mi mente." Giró la cabeza bruscamente hacia la voz familiar. Pólux permanecía allí de pie, con los brazos cruzados, recostado contra uno de los pilares de una columnata. Una sonrisa serena, casi nostálgica, se dibujaba en su rostro. Solo entonces Jazmín se dio cuenta de que ella también estaba apoyada contra la hermosa columnata de tonos oscuros. Ella dirigió su mirada hacia adelante. Y lo único que pudo hacer fue mirar con asombro. "Guau..." murmuró, tratando de asimilarlo todo. Más allá de la columnata donde se encontraban, un jardín se extendía ante ella con una grandeza tan improbable que parecía más un vestigio de la nada. Los senderos estaban pavimentados con amplias losas de piedra oscura y brillante, cada una incrustada con una filigrana concéntrica que captaba la luz astral y la retenía, de modo que el suelo mismo resplandecía con un tenue brillo ceremonial. Nada aquí poseía la vulgar abundancia de un jardín terrenal. Cada línea había sido compuesta. Cada flor había sido colocada con la meticulosa inteligencia de una corte que creía que la belleza, para ser digna de poder, también debía ser exacta. Los ojos de Jazmín comenzaron a temblar. A ambos lados de la avenida, flores exóticas se alzaban en densas constelaciones de tallos plateados y hojas translúcidas, cuyos pétalos estaban impregnados de un frío fuego cian. No solo brillaban; emanaban un resplandor lúcido, como si cada flor encerrara una estrella. La luz que proyectaban era delicada, pero omnipresente, derramándose sobre la piedra en veladuras de verde pálido y azul acuoso, vidriando el envés de las hojas, delineando los bordes de las balaustradas y filtrándose en los arroyos plateados que serpenteaban entre los parterres. El aire estaba impregnado de una fragancia tan refinada que resultaba casi abstracta: una mezcla entre jazmín nocturno, lluvia sobre mármol y la tenue dulzura metálica de algo que Jazmín no sabría identificar. Entonces, cuando finalmente encontró el valor para apartar la mirada de la belleza imposible que tenía ante sí, vio algo aún más innombrable. El cielo. O quizás sería más preciso decir que el cielo la encontró a ella. Se desplegó en lo alto en un espectáculo tan inmenso que desvaneció toda noción terrenal de la noche. No era oscuridad salpicada de estrellas, sino un imperio de galaxias en movimiento. Grandes nebulosas violetas se desplazaban por los cielos como estandartes imperiales desgarrados, luminosas en los bordes y oscureciéndose hasta un índigo amoratado en su interior. Las constelaciones ardían con una claridad casi lúcida. Un planeta colosal pendía bajo sobre el horizonte, su superficie surcada por franjas de amatista oscura y perla ahumada, bordeada por una tenue corona que le confería el aspecto de un ojo sellado que observaba desde el firmamento. Cuerpos celestes más pequeños —algunos anillados, otros poco más que puntas pulidas de fuego color oro rosa— flotaban en los confines del empíreo, otorgando a toda la bóveda una profundidad tan vertiginosa que daba la sensación de que uno podría caer hacia arriba dentro de ella. "Ja... jaja... jajajaja..." Una risa extraña y vacía escapó de los labios de Jazmín, y por alguna razón, ni siquiera ella comprendía por qué. Sintiéndose como una hormiga indigna que contempla algo que nunca debería haber visto, Jazmín bajó la cabeza avergonzada. ...Fue demasiado. Aquí y allá, faroles adornaban los senderos sobre elegantes pedestales de hierro, aunque apenas eran necesarios. Sus llamas ardían violetas e inquebrantables, alimentadas no por mecha ni aceite, sino contenidas en cámaras de cristal facetado. Entre ellas flotaban diminutas motas de luz ámbar, que se elevaban desde los macizos de flores y permanecían suspendidas en el aire como chispas fugaces de una fragua invisible. Daba la impresión de que el jardín mismo respiraba, lenta e imperceptiblemente, con la inmensa paciencia de algo más antiguo que las dinastías. Jazmín no sabía qué sentir. No sabía qué decir. Ella sentía demasiado. Nada en el jardín invitaba a la relajación. Inspiraba un asombro demasiado intenso como para llamarlo consuelo. Su esplendor era inmaculado, sí, pero también ligeramente imponente, como si hubiera sido cultivado por seres para quienes la belleza nunca estaba separada del dominio. Era el tipo de lugar donde los emperadores podían caminar solos en medio de la noche, con sus túnicas ondeando sobre piedras iluminadas por las estrellas, mientras mundos enteros velaban en silencio sobre ellos. Un lugar donde las flores resplandecían no para dar la bienvenida, sino para ser testigos. Un lugar suspendido entre el paraíso y el aparato, entre el sueño y el decreto, donde el universo, exquisitamente disciplinado, se había visto obligado a florecer dentro de los muros del palacio. "Ah..." Un leve sonido escapó de sus labios. "Esto... esto es simplemente..." A Pollux se le escapó una risita mientras la observaba, claramente complacido por su reacción. "Yo tenía la misma expresión en la cara cuando vine aquí por primera vez." Cerró los ojos y luego dijo en voz baja: "Dicen que el primer Emperador de los Sangre Estelar construyó este jardín eterno para su hermano... para demostrar que su amor por él era tan imperecedero como el propio jardín." Jazmín se giró hacia él, apretando los labios hasta formar una fina línea. "¿Por qué me traéis aquí...? ¿Por qué no me matáis directamente? ¿Qué sentido tiene mostrarme esto si vais a matarme... si vais a matar a mi hermano...?" La sonrisa en el rostro de Pollux se desvaneció lentamente. Se acercó a ella con tranquila seguridad, luego se agachó frente a ella, con ambas rodillas tocando el suelo, sin importarle lo más mínimo la dignidad ni la distancia. Cuando alzó una mano hacia ella, Jazmín se estremeció, y su cuerpo, instintivamente, se apoyó con más fuerza contra el pilar que tenía detrás. "Shh. Ya está bien, niño." Su voz era suave, casi paternal, y con los dedos apartó suavemente las lágrimas que habían resbalado por sus mejillas antes incluso de que se diera cuenta de que estaba llorando. En el instante en que comprendió lo que él estaba haciendo, sintió que se le subía el calor a la cara. La vergüenza la invadió, pero aun así lo miró confundida, sorprendida por la ternura en sus ojos, por el cariño que parecía demostrarle. "Nunca hablé de matarte", dijo Pollux. "Yo jamás haría eso." "Pero matarías a mi hermanito..." La voz de Jazmín salió ronca, temblando en los bordes como si fuera a romperse en sollozos en cualquier momento. "No hay otra opción. Debe morir." "Por qué...?" "Porque es la voluntad de los dioses." Jazmín lo miró fijamente, perdida y conmocionada. "Creía que los dioses estaban de su lado... A-Azriel... él es el Apóstol de la Muerte, ¿no es así...?" Pólux bajó la mirada solemnemente y dejó escapar un largo y silencioso suspiro mientras retiraba la mano. Los dioses son seres complejos. Desconozco qué pasa por sus mentes... pero sé del odio que le profesan. No solo los Diez Dioses Antiguos. Todos aquellos que ostentan el título de dios... todos ellos sienten por él un odio tan profundo que supera cualquier cosa que yo pudiera imaginar. Me imagino que todas las razas —no solo los dioses, sino todas las razas— desean su muerte. Jazmín también bajó la mirada, con los labios temblorosos. "No..." susurró. Su voz temblaba tanto que apenas parecía la suya. "Las estrellas verdaderas ya me lo han dicho", dijo Pollux. "Morirá inevitablemente en cuarenta y nueve horas". "No..." Su perdición fue creerse más listo que los demás y permitirse voluntariamente ser atrapado por nosotros en el Reino del Juicio. Si se hubiera quedado en tu planeta, habría vivido, protegido por la Providencia Mundial. —¡No! —Jazmín levantó la cabeza de golpe, con lágrimas que ahora corrían libremente—. ¡Me niego! ¡Me niego a todo esto! ¡De ninguna manera voy a permitir que esto suceda! ¡Él no morirá! ¡Azriel no morirá! Ella lo miró fijamente con los ojos empañados por las lágrimas, con el rostro contraído por el dolor y la furia. «¡Él es mi hermano, no un dios malvado al que todos ustedes odian! ¡Él es mi hermano, ¿me oyen?!» Su voz se quebró en un tono áspero y lastimero. «¡No permitiré que muera! ¡Los mataré a todos antes de que eso suceda!» Pollux la miró sin burla, sin ira. En su mirada solo había comprensión. Él volvió a extender la mano hacia ella, con la intención de secarle las lágrimas, pero Jazmín le apartó la mano de un manotazo. "¡No me toques! Si odias a Azriel, ¡yo te odio! ¡Odio a todos los que odian a mi hermano!" Se sentía menos como una amenaza y más como una niña haciendo una rabieta, pero eso solo hizo que apretara más los dientes. No tenía otra opción. Tenía que hacer algo. Tenía que gritar, tenía que llorar, tenía que hacer cualquier cosa menos quedarse sentada y ahogarse en la impotencia que le oprimía el pecho. "Nunca dije que lo odiara." "¿Qué?" Jazmín se quedó congelada. Pollux sostuvo su mirada y continuó, "No le guardo rencor." "E-Entonces, ¿por qué...? ¿Por qué tienes que matarlo? ¿Por qué trabajas con ellos...? ¡Nada de esto tiene sentido...!" "Porque nuestros intereses coinciden. Si yo puedo ayudarlos, ellos pueden ayudarme a mí." "¿¡Con qué!?" "Matarlo." Jazmín lo miró fijamente como si la respuesta misma la hubiera herido. "¿Y cómo encaja matarlo con vuestros intereses? ¿Por qué odian a Azriel?" Pólux se puso de pie lentamente, con expresión solemne, y miró hacia arriba, hacia algo que Jazmín no se atrevió a seguir con la mirada. "...Al parecer, hay muchas razones para odiarlo. La mayoría, las desconozco. Los dioses han intentado sepultar su existencia en la nada, así que incluso yo sé poco sobre él. Pero por lo que ella me contó... y por lo que revelaron las Estrellas Verdaderas... él fue quien selló a todas las razas." "...!" Los ojos de Jazmín se abrieron de par en par. Por un instante, ni siquiera pudo empezar a comprender lo que quería decir. Entonces Pólux bajó la mirada de nuevo. Levantó ambas manos y las contempló con una tristeza tan profunda que parecía casi ancestral. Una sola lágrima se deslizó por su mejilla. "En cuanto a mí...", dijo en voz baja, "desde antes de nacer, hasta el momento en que vine a este mundo y hasta el día de mi muerte, mi existencia ha estado ligada a un único propósito." Sus dedos se curvaron ligeramente. "Para matarlo."
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Camino del Extra (Novela) Capítulo 424

Estás leyendo el capítulo 424 de Camino del Extra (Novela), un novela. Tras un trágico accidente que se cobró la vida de sus padres y su hermana pequeña, Leo, con solo 17 años, se vio obligado a asumir todas las responsabilidades él solo. Por algún milagro, sobrevivió los últimos cuatro… Este capítulo tiene publicado el 2 de agosto de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Camino del Extra (Novela) tiene 452 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.